“Lo que tiene el chico es que no lo dominan los miedos”, aseguró Marcelo Piñeyro sobre el personaje protagónico de Ismael, el filme que el director de éxitos como Kamchatka o Plata quemada estrenaba este jueves en Mendoza. Se trata de la historia de un niño de ocho años, que con sólo una dirección que encuentra en una carta, deja Madrid para ir a Barcelona a conocer a su padre biológico.
Marcelo Piñeyro habló obre el personaje protagónico de Ismael, el filme que el director de éxitos como Kamchatka o Plata quemada estrenaba este jueves en Mendoza. Los trailers con los estrenos de la semana.
“Estrenar en mi país una película extranjera es una situación rara”

La película del premiado director argentino –21 galardones internacionales, entre ellos tres Goya– también aborda de manera indirecta la conformación de las nuevas formas de familia, la inmigración, los nuevos vínculos que eso genera y, por elevación, cómo se reflejan esos cambios en la sociedad, pero sobre en los vínculos afectivos.
–¿Cómo surge la idea de Ismael?–En realidad por cuestiones que no tienen mucho que ver con el cine hice varios viajes a Barcelona y a la zona de Cataluña. Tiene que ver con la observación. Por un lado, con mirar una realidad diferente, pero parecida como es la catalana y la argentina, con observar personajes, y de algún modo reflexionar con determinadas cuestiones. Pero todo eso era como la piel de la película. Lo esencial es que es una película que va de vínculos familiares, de padres, hijos, de historias de amor y de desamor, de encuentros y desencuentros. Eso uno lo busca en la propia experiencia, en la propia vida.
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–¿Se filtra el tema de la inmigración?–Tiene que ver. No la definiría como una película sobre la inmigración, pero sí la inmigración tiene que ver. Esa postal tradicional de la familia de los ’50 de madre, padre, dos hijos, entró muy en crisis. Esto no implica el fin de la familia, sino de nuevas formas. El ser humano necesita el nido y de alguna manera sigue rodeándose. También creo que aquellas sociedades sin inmigración son una postal del pasado. El mundo contemporáneo genera otro tipo de migraciones totalmente diferentes que generan nuevos conceptos de sociedad. Y, como en la familia, estamos en un momento de cambio, de transición, también en la conformación de nuestras sociedades estamos en un proceso de transición. Y esos temas están, sin duda.
–Desde el punto de vista de la realidad, ¿era una apuesta arriesgada poner en el centro del filme a un niño que un día se va solo de Madrid a Barcelona?–Si pensás que hay niños que se van de un país muy lejano a otro, es menos extraño. Ismael todo lo que tiene es un sobre en el que hay escrito un nombre, una dirección y otras cosas que le dan un indicio cierto de que ese es su padre. La madre de algún modo siempre postergaba ese encuentro, nunca le hablaba del padre. Él necesita saber. La diferencia con los adultos que conforman esta historia es que de alguna manera están cristalizados en lo emocional y no pueden ponerse en movimiento. Ismael tiene, entre comillas, la inocencia de sus 8 años y lo que quiere saber lo tiene que resolver. En realidad, es muy fácil ahora averiguar por internet cómo tiene que hacer las cosas. Y se van a resolver sus preguntas. Este movimiento obliga a los adultos a que también se pongan en movimiento y que no tengan otro remedio que enfrentarse a sus preguntas y ver si las resuelven o no. Lo que tiene el chico es que no lo dominan los miedos.
–Abordás los vínculos familiares, temas que se vinculan con otras películas tuyas...–Eso ha sido bastante central en algunas películas mías. Pienso en Cenizas del paraíso, Kamchatka, de una manera diferente en Las viudas de los jueves, pero en esta película es totalmente de lleno. En Cenizas del paraíso, el tema era la corrupción de la Justicia; en Kamchatka, el tema estaba puesto en otro lado, aunque lo familiar era constitutivo. Y lo mismo en Las viudas de los jueves. Esas diferentes formaciones familiares son clave, pero lo que se cuenta tiene que ver más con el afuera que con el adentro.
–El método se diferencia como una película más fría y racional...–Las viudas... y El método son dos películas diferentes, deliberadamente frías. Las veo como conformando una especie de díptico. Son más cerebrales que emocionales, donde yo intentaba que no hubiera
un involucramiento emocional del espectador con lo que se contaba. Y aquí retomo la línea de las anteriores en el sentido de que lo emocional es lo que consolida la historia.–¿Muchas personas en Argentina y Latinoamérica en algún momento emprendieron la búsqueda de una especie de padre al emigrar a España o Italia?–Nunca lo había pensado, pero es como todo. Cuando uno se centra en el microcosmos de lo familiar inevitablemente empieza a hacer asociaciones con el macrocosmos de la sociedad. Yo de pronto me encontré, cuando la película se estrenó en España, con personas que hacían asociaciones que francamente no se me habían pasado por la cabeza, pero que eran legítimas, lícitas y coherentes. Uno se centra en el interior de su casa y eso no quiere decir que no esté hablando del mundo.
–¿Cómo vivís estrenar en el país una película española?–Es una coproducción entre España, Francia e Italia, Argentina no participó. Pero lo de la producción tiene más que ver con el dinero. Y la verdad que eso no me influye mucho en la película que estoy haciendo. Ismael nació para rodarla donde la rodamos. Y si bien hay varios argentinos porque yo lo soy, el guionista Marcelo Figueras lo es, Juan Diego Botto también aunque se radicó muy chico e hizo su carrera en España, la verdad que a mí me pareció que no era del todo lícito forzar fondos del Instituto de Cine para una película que estaba resuelta económicamente. Claro, no pensé esto que me está pasando ahora: estrenar en mi país una película extranjera. Es una situación muy rara (risas).
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