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Elogió el sarcasmo mendocino

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Oscar Alejandro Trapé

otrape@diariouno.net.ar

Se transformó en un superhéroe –bien argentino– de lo absurdo y delirante para toda una generación que aún lo sigue. Desde aquella inspirada creación televisiva, Cha Cha Cha, Alfredo Casero no paró de crear espacios para su singular humor. Es que como buen observador de lo que lo rodea, sabe que detrás de cada carcajada que genera hay una liberación. Y eso lo conecta de manera permanente con el teatro, aunque esté alejado de la televisión.

“Cada vez que tengo un show en un teatro, siento que me voy a morir en ese lugar. En cambio siento que la televisión me acerca a gente a la que no le intereso un carajo”, dispara tajante desde su perfil más reflexivo.

Con esa intención tan puntual, Casero regresa a Mendoza para mostrar hoy en la sala del teatro Plaza y mañana en el teatro Roma de San Rafael, su nueva propuesta, Todo en etéreo. Allí, el actor y humorista asegura que entra en un estado de convite con su público. “El espectáculo me tiene esencialmente a mí, que eso ya es todo un privilegio para mí. Lástima que yo no me puedo ver y me encantaría. Puedo pagar 1.500 dólares para verle el culo de cerca a Madonna, pero no puedo pagar 2.000 para verme”, sostiene entre risotadas, con su inconfundible picardía. Pero pisa el freno repentinamente y vuelve a cero: “Todo en etéreo es una comida que le sirvo a la gente que se viene a sentar para que la haga reír, pero también la hago volar y pensar en boludeces que la aíslan totalmente de algo que hace tanto ruido, como la realidad”.

Y como nunca se sabe hasta dónde va a llegar su verborragia, avisa: “Voy a Mendoza a jugar a lo que sé y a lo que me gusta”. Claro, también sabe que del otro lado hay un público especial. “El mendocino es un público selecto, no es como el cordobés que produce humor. El público de Mendoza está ávido. Es más, he visto a tipos que no entendía de qué se reían hasta que conocí a otros mendocinos y entendí todo. El mendocino tiene un sarcasmo propio y genuino que lo hace único, es como que siempre va buscando algo distinto”.

Este análisis del público cuyano que hace Casero tiene sus fundamentos, que explica así: “Desde que estoy viviendo en San Luis es como que voy tocando puntos que los hace reír. Entonces, es como que voy haciendo fuerza para que se rían desde los grandes hasta los más chicos”.

Pero cuando termina de tirar ese concepto, vuelve a aparecer el Casero reflexivo: “El instante en el que arranco mi espectáculo es único. Allí siento que puedo destruir todo. Arriba del escenario siento que puedo conquistar lo inconquistable, que es la gran cosa que el cómico de vocación tiene. Puedo hacer cagar de risa a un japonés”.

Y deja que fluya su indagación: “Hacer teatro es algo maravilloso, es una bendición de Dios. En cambio, en la televisión no sé qué es lo que tengo que hacer. Allí hay una guerra muy baja y ahora estoy en una búsqueda distinta. Millones de células nerviosas que se conectan conmigo cuando me paro en un escenario. Y a eso no lo cambio por nada”.

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