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Drexler, a una sola luz

Por Rosana Villegas

Tiene el talento de descubrir la musicalidad de las palabras. Cantando le pide a un técnico que le suba la luz del escenario, cantando le dice a su músico que el ukelele no está sonando y cantando le sugiere a su público que a esa canción no le sientan las palmas, sino los silencios. Así, cantando, Jorge Drexler va creando ese ambiente en el que nada a gusto y hace que sus seguidores se dispongan a nadar con él. El resultado, entonces, es un recital memorable, de esos que se cuentan una y otra vez con una sonrisa dibujada en el rostro.

La voz de Fernando Barrientos y las cuerdas de Tilín Orozco reciben a un teatro Plaza colmado y ansioso. Ellos, a pedido de Drexler, son los encargados de abrir el juego. Como buenos dueños de casa, con la simpleza de siempre, los mendocinos recorren cinco de sus grandes temas, pasando por tonadas y cuecas, para finalizar con ese himno en el que se convirtió “Celador de Sueños”, y arrancar un pedido de “otra” que deciden no cumplir para darle paso al uruguayo.

Guitarra en mano Drexler avanza seguro en la oscuridad del teatro, casi como sabiendo que sólo con su guitarra le bastará para ir descubriendo el camino. “No tengo a quien rezarle pidiendo luz, ando tanteando el espacio a ciegas” canta desandando su brillante Hermana duda y una tenue lamparita se enciende junto a él. Ese será el cálido clima que irá gestando de a poco, tema a tema, y al que se sumarán luego distintas sensaciones, esas que quizá fue hallando toda vez que se dispuso a encontrarle sonoridad a sus palabras.

Compositor de tiempo completo, el cantautor uruguayo asume que mientras viajaba a Mendoza comenzó a twitear cómo veía el atardecer de nuestra provincia y ese cielo azul también recibió sus acordes y quizás sea en un futuro parte de alguna letra de este trotamundos que en todos lados se asume de paso, pero que tiene la precaución de registrar sonidos de los lugareños de cada región o pueblito que visita. Esas frases musicalizadas le dan paso a Polvo de estrellas, a la que le siguieron varias propuestas a las que fue sumando el coro del público participativo hasta para pedir algunos temas en particular.

Sincero y despojado, Drexler no tuvo empacho en contar la anécdota de cómo escribió Noctiluca, una canción que nació a orillas del mar en el pueblito de Cabo Polonio, cuando él caminaba guiado por el faro que sólo iluminaba la noche 12 segundos. “Mas tarde supe que de ahí vendría algo bueno y tres años después nació mi hijo Luca”, se abrió al presentar ese tema en el que incluyó el sonido de una especie de cajita musical que Carlos Campón, su técnico en sonido ejecutó a una orilla del teatro, debajo del escenario.

En increscendo, el recital fue cambiando también la puesta y el escenario tuvo de fondo, una pantalla que siempre con un sentido minimalista, fue acompañando varias de sus canciones, entre ellas Guitarra y vos, Horas y Transeúntes, para jugar luego con Fusión, tema en el que Campón hizo delirar a todos los afectos a la tecnología incluyendo los novedosos theremín y tenori-on.

Habían pasado dos horas pero para el público, totalmente complacido por Drexler en sus pedidos, parecían sólo unos pocos minutos hasta que llegó el requerido Deseo para culminar y regresar, copa en mano, para brindar por la inolvidable noche. Brindó antes de despedirse con Todo se transforma y brindó con un vino que antes de llegar a su mano, había estado en la mano de una fans mendocina y antes de ella de alguna viña local. Esa fue la comprobación de que el lema dreliano de que “cada uno da lo que recibe” se cumplió una vez más y volvió transformado de parte del público mendocino para darle las gracias.

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Fotos: UNO/Adrián Mariotti
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