La película "David Lynch: The Art Life", un documental de Jon Nguyen, Rick Barnes y Olivia Neergaard-Holm que se está exhibiendo en salas locales, indaga en los vínculos familiares y en las obsesiones íntimas que dieron forma a la vocación artística de David Lynch, haciendo hincapié no en su faceta de cineasta, sino en el trabajo pictórico y escultórico que realiza diariamente con pinceles, pinturas, sustancias, lienzos, maderas y todo tipo de herramientas.No es la primera vez que un largometraje documental aborda la obra de Lynch más allá de su conocido rol como cineasta, ya que en 1997 el realizador Toby Keeler había mostrado en "Pretty as a picture: the art of David Lynch" su abultada obra como pintor, fotógrafo y escultor, además de otras tendencias artísticas surgidas desde el lugar más remoto de su inconsciente.En aquel filme donde Keeler entrevistaba a Mel Brooks, Patricia Arquette, Angelo Badalamenti, Jack Nance y Barry Gifford, entre otros amigos y colaboradores del autor, se llegaba a una conclusión similar a la que ofrece este nuevo documental estrenado el jueves: el arte de David Lynch se expande en todas las direcciones posibles (además es músico y diseña y construye sus propios muebles) con la misma intensidad y la misma extrañeza que en el cine.Acuciado desde niño por sueños y pesadillas, que lejos de asustarlo lo fascinaban y le permitían escapar imaginariamente de los espacios urbanos derruidos de las ciudades donde le tocó vivir con su familia, Lynch comenzó a desplegar libremente sobre papeles y lienzos un universo peculiar, fantástico, deforme y ominoso que luego trasladó al cine, y donde la oscuridad y la maldad se dan la mano con la ternura y la esperanza.La película, que llega a las salas tras su paso por el último Festival de Cine de Mar del Plata, permite a los espectadores acercarse a la intimidad del autor de filmes como "Cabeza borradora", "Terciopelo azul" y "Carretera perdida", echando luz sobre la cotidianidad y los mecanismos creativos de un hombre cuya mayor afición, además del trabajo, es tomar gaseosa y fumar un cigarrillo tras otro.En cualquiera de los múltiples talleres que posee en su casa, en los que las herramientas conviven desordenadamente con papeles, maderas, pinturas, sustancias orgánicas y lienzos, Lynch pasa varias horas de sus días sentado, tomando notas, pensando, cortando maderas, doblando alambres o manipulando pinceles sobre diversas superficies, exorcizando -al fin y al cabo- los monstruos y las ansiedades de su mundo interior.Su estilo es descuidado e informal, oscuro y tenebroso, pero eso no le impide a Lynch expresar su universo de manera lúdica y dinámica, construyendo esculturas de queso que se derriten o modifican con el paso del tiempo, colocando animales muertos en sus pinturas que se transforman al pudrirse o al ser devorados por las hormigas, o manipulando con sus manos sustancias pegajosas sobre telas y maderas."Lynch, el contador de historias, nos llevó en un viaje a través de sus primeros años, reflejando de nuevo los eventos y las personas que han dejado marcas indelebles en él. Aprendimos sobre el viaje que el joven artista hizo y sobre las luchas internas que todavía le dan forma a estos día", afirmaron Nguyen, Barnes y Neergaard-Holm en un texto.Los directores, que grabaron más de 20 conversaciones de audio en su casa antes de filmar el documental, indicaron que "al oírlo hablar de la vida, descubrimos cómo su arte y películas se han vuelto muy coloridos por su vida misma, reflejando ideas y estados de ánimo que han originado de sus experiencias personales".En ese sentido, se destaca una de las anécdotas que el propio Lynch relata en el filme, en la que da cuenta de la gran colaboración que recibió de su padre en su formación artística -pese a que salió despavorido una vez que lo invitó a ver sus obras-, ya que siempre lo ayudaba económicamente, con la única condición de que él le demostrara con trabajo y esfuerzo que esa era su verdadera meta, que su pasión era auténtica.Además de exhibir su actividad como artista plástica, "David Lynch. The Art Life" muestra también su profunda vocación por la música y el modo en el que la vida lo fue conduciendo a convertirse en uno de los cineastas estadounidenses más reconocidos en el mundo, primero filmando sus cortometrajes "Seis hombres enfermos" (1966) y "The Alphabet" (1968), y luego viajando a Los Ángeles a estudiar en el American Film Institute Conservatory.Lynch cursó en esa institución desde 1971, luego de ganar un premio por "The Grandmother", un corto sobre un chico de la calle que se las ingenia para conseguir una abuela a partir de una semilla, en el que comenzó a delinear un estilo propio que desplegaría luego en sus películas posteriores, con un sonido perturbador y envolvente y una potente imaginería enfocada en los deseos y el inconsciente reprimido.Gracias a una ayuda de 10.000 dólares que le otorgó el American Film Institute, que además le cedió para que construyera su set de filmación las caballerizas de la antigua casona donde funcionaba, Lynch empezó a trabajar allí en su primer largometraje, "Cabeza borradora" ("Eraserhead"), en el que empezó a desplegar el universo audiovisual sorprendente y surrealista que lo hizo famoso.
No es la primera vez que un largometraje documental aborda la obra de Lynch más allá de su conocido rol como cineasta.
"David Lynch: The Art Life" indaga en el proceso creativo del artista plástico
