Por Selva Florencia Manzurfmanzur@diariouno.net.ar
Daniel Quiroga se revela como un actor capaz de conmover, en el unipersonal basado en la tragedia de Shakespeare. Dirige Ernesto Suárez.
Con Otelo, Quiroga dio una clase magistral de actuación
Otelo, la tragedia que William Shakespeare escribió en Inglaterra en el siglo XV, es quizás una de las obras más representadas del teatro universal por su temática siempre presente, el valor de su mensaje y la riqueza de sus textos.
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En Argentina y el mundo se han montado versiones de todo tipo. A nivel nacional existen la recordada puesta musical de Cibrián-Mahler, que se estrenó en 2009, y Otelo en emergencia, dirigida por Eduardo Meneghelli, montada en 2010. Y hasta se puede mencionar una innovadora versión rapeada del clásico, que se vio en Londres en mayo de este año, en el marco del Festival Mundial de Shakespeare, en Inglaterra.
Con esos ejemplos queda claro que esta obra del dramaturgo inglés tiene la capacidad de mutar en lo que un director o actor quiera hacer de ella. Claro que animarse a un texto tan magnánimo no es tarea sencilla.
Pero ahora, a esa enorme lista de versiones de Otelo se le suma la protagonizada por el mendocino Daniel Quiroga, quien se enfrentó al desafío y lo encaró en la forma de un unipersonal dramático que cautivó al público y lo mantuvo en vilo durante una hora, este fin de semana en el Independencia.
En esta apuesta, Quiroga interpreta los roles de Otelo y Yago, pero contando la historia desde el punto de vista del segundo, haciéndolo verdadero protagonista de la trama. Sólo un actor con la versatilidad y el talento de Quiroga –en su debut en el género dramático– pueden triunfar en un trabajo tan complejo.
La función comienza con un monólogo de Otelo y continúa con la aparición de Yago. Para diferenciar a los personajes, el mimo y comediante hace de Yago cubriendo su rostro con una máscara, pero es en el cambio de registro de voz y en los movimientos corporales que el actor logra un pase excelente entre un personaje y el otro, haciéndoles creer a los presentes que realmente están frente a dos personas distintas.
Con la sutileza que da vida a Otelo y la fisicalidad que otorga Yago, Quiroga demuestra los dotes de un actor experimentado. El lacayo se presenta como un ser despreciable, envidioso y vil que por momentos parece tomar la forma de un animal salvaje, despojado de toda humanidad. Otelo, en cambio, se muestra como un guerrero fuerte en el campo de batalla pero débil en lo mental, sucumbiendo al mundo de mentiras y manipulación que le imponen.
La obra, que cuenta con la dirección del maestro Ernesto Suárez, es una producción meticulosa. Desde la música –todas piezas clásicas del repertorio orquestal– hasta el uso de la luz y la oscuridad para acentuar el dramatismo.
Ingenioso resulta, además, el uso de un elemento que, al principio, simula ser una mesa, pero a medida que transcurre la acción va haciendo de podio, de cama y de trono, lo que logró introducir al público en cada escena.
La versión de Otelo lograda por la dupla Quiroga-Suárez merece ser visitada y conforma una excelente oportunidad para conocer la acertada dirección del Flaco Suárez y el talento inconmensurable de Quiroga.