Hay historias de vida que parecen escritas con contrastes imposibles. En el caso de Emiliano Perviu, la paradoja se convirtió en destino: creció en el barrio La Estanzuela, en Godoy Cruz, entre partidos de rugby y tardes de danza clásica.
Emiliano Perviu, el jugador de rugby mendocino que encontró su destino en la danza clásica
Creció entre guindas y zapatillas de danza. Lo que empezó como una indicación médica se convirtió en su vocación, pero mantiene intacta su pasión por el rugby
A los cinco años pisó por primera vez una cancha, pero casi al mismo tiempo, por recomendación médica, se subió a un escenario. El diagnóstico era claro: tenía un problema de cadera y el ballet, con su exigencia de rotación de piernas, podía corregirlo.
Nadie sospechaba entonces que aquella prescripción médica se transformaría en pasión. Menos aún cuando se destacaba como un gran jugador de rugby.
Durante más de una década jugó en el Universitario Rugby Club y bailó en la academia Bella Durmiente de Patricia Motos. Pasaba de los golpes duros en la cancha a la precisión delicada de los movimientos en la barra.
Ese tránsito, lejos de ser un obstáculo, lo fue formando en valores que hoy reconoce como parte esencial de su carácter: la disciplina, el respeto y la entrega absoluta a lo que se ama. Porque hoy, siendo bailarín profesional, guarda el rugby en un rincón de su corazón.
¿El rugby o la danza?: la elección más difícil de su vida
El quiebre llegó a los 18 años. El rugby se había vuelto más exigente, más violento, y la danza demandaba una dedicación exclusiva.
Emiliano se enfrentó entonces a la decisión más difícil de su vida: dejar uno de sus dos amores. Eligió bailar, no sin dolor pero con la convicción de que estaba abriendo la puerta de su destino.
Tras un breve paso por el Ballet de la UNCuyo y una audición fallida en Salta, la oportunidad llegó desde Misiones, el lugar quizás menos pensado para él en su plan de independizarse y convertirse por fin en un bailarín clásico profesional.
Con apenas 19 años, valija en mano y sueños intactos, se instaló en Posadas para formar parte del Ballet Estable del Parque del Conocimiento, una de las compañías más destacadas del país.
Desde entonces, su vida se construyó sobre ese escenario: allí se formó como profesional, conoció a su pareja y madre de sus dos hijos, y alcanzó el rango de primer bailarín.
Un diagnóstico médico lo hizo descubrir la danza clásica
Hoy, con 31 años, Emiliano Perviu mira hacia atrás y sonríe. Sabe que no se equivocó. Cada tanto regresa a Mendoza, ya sea para bailar en la Vendimia, visitar a su familia o reencontrarse con sus raíces en La Estanzuela.
Lo mueve una certeza: el arte también se juega como en el rugby, con cuerpo, alma y perseverancia.
El barrio donde creció fue el escenario de sus primeros pasos para encontrar ese amor dual que todavía siente entre la danza clásica y el rugby.
Su hermana Sofía bailaba y su hermano mayor Ezequiel jugaba al rugby. Entre ambos mundos se movía Emiliano, que a los cinco años comenzó a entrenar en el Universitario Rugby Club.
Pero la vida lo puso ante una una jugada inesperada. Un traumatólogo le diagnosticó una rotación de fémur 15 grados hacia adentro. La recomendación fue tan inusual como certera: bailar ballet.
Nunca sufrió bullying por compartir el rugby con la danza
“La danza tiene esto de que se baila con los pies abiertos, como un método antinatural. Se trabaja mucho la rotación desde la cadera, y eso fue corrigiendo mi problema”, recuerda.
Lo que empezó como un tratamiento médico se convirtió en amor verdadero. A los 11 años, sus pies y caderas ya estaban alineados, pero él no quería dejar el ballet. El hechizo estaba concretado.
“Pasaba el tiempo y me fui enamorando tanto de la danza como lo estaba del rugby”, dice.
La convivencia de ambos mundos en su rutina deportiva era desafiante: los entrenamientos lo llevaban del roce físico al control técnico, de la rudeza del scrum a la sutileza de un arabesque. Dos mundos que pueden sonar opuestos y que en él se amalgamaban de forma natural.
Emiliano Perviu nunca sintió rechazo en ninguno de los dos ambientes. “Nunca sufrí bullying en el rugby por ser bailarín. Siempre hubo respeto, y eso es algo que valoro mucho”, afirma. Así como asegura que tampoco fue cuestionado por su cuerpo de danza ni mucho menos por su familia que lo apoya en todo lo que emprende.
La danza le dio independencia
La dualidad se sostuvo hasta los 18 años. Pero el deporte, con su intensidad creciente, exigía más compromiso físico. “De chico lo vivía como un juego. Cuando cumplí 18 me di cuenta de que debía dedicarme a una cosa o a la otra. Era imposible sostener ambas disciplinas”, cuenta el ex rugbier.
Dejar el rugby fue doloroso. “Me apasionaba el deporte, el grupo de amigos, la vida de club. Fue muy difícil soltar”, admite. Sin embargo, la danza lo atraía con más fuerza.
“Llegó un punto en el que no me podía ver sin bailar. El rugby me dio valores y principios, pero la danza me ofrecía un futuro y un modo de vida fascinante”.
El paso no fue inmediato ni sencillo. Primero probó suerte en el Ballet de la UNCuyo. Luego audicionó en Salta, donde no quedó seleccionado.
Esa negativa, lejos de desanimarlo, lo empujó a seguir buscando otros horizontes en la danza.
El inesperado salto a Misiones: el escenario definitivo
La oportunidad apareció en una charla casual con un colega que le habló del Ballet del Parque del Conocimiento. Tomó coraje, viajó a Posadas y se presentó a la audición. A los 19 años fue aceptado como parte del cuerpo de baile.
Desde entonces su vida cambió para siempre. “No fue que salí de Mendoza y ocurrió la magia. Fueron años de mucho esfuerzo, de seguir aprendiendo cada día. Así fui escalando: de cuerpo de baile pasé a solista y luego a primer bailarín, interpretando los roles principales”, relata.
El Ballet del Parque del Conocimiento no es sólo su lugar de trabajo, es también su hogar en Misiones. Allí conoció a María Emilia, chaqueña, ex bailarina de la compañía y actual maestra en la academia de danza del Parque del Conocimiento, una especie de semillero que forma nuevos talentos.
Juntos formaron una familia con dos hijos y viven en su casa propia en Posadas. “Vivo de lo que amo. Eso no tiene precio. ¿Qué más puedo pedir?”, dice.
El mismo día bailó en Vendimia y ganó un torneo de rugby
Aunque su carrera se consolidó lejos de su provincia natal, Emiliano Perviu nunca cortó los lazos con Mendoza.
En 2018 vivió una experiencia inolvidable que sellaría la unión de sus pasiones para siempre: viajó para bailar en la Fiesta de la Vendimia y, el mismo día, jugó un torneo de rugby en el que salió campeón.
“Ese 3 de marzo lo disfruté como el nacimiento de mis hijos. Fue una verdadera locura”, recuerda con emoción aquel día que pasó de levantar un trofeo como rugbier por la tarde a ser primer bailarín de Vendimia por la noche.
Regresar a su tierra siempre le genera una mezcla de orgullo y nostalgia. Bailar en el teatro griego frente a sus padres, o volver a la academia de Patricia Motos para interpretar “Paquita” en sus bodas de plata, son momentos que atesora.
Su mensaje a las nuevas generaciones
“Lo que más sueña un artista es volver a sus pagos y compartir con quienes lo vieron crecer. Es una satisfacción única”, asegura el bailarín.
Su vínculo con Mendoza se mantiene vivo también a través de proyectos recientes, como su participación en la inauguración del Ballet Argentino de los Andes. “Es lindo empezar a compartir lo aprendido con las nuevas generaciones”, dice.
Emiliano no se ve sólo como intérprete, sino también como referente para quienes dudan en animarse al ballet. Su hermana, que dejó de bailar pero tiene su escuela de danza en La Estanzuela, es parte de esa red que busca derribar prejuicios.
“Es un mito que los varones no pueden bailar. Así como hoy vemos chicas jugando al rugby o al fútbol, también debemos naturalizar que los chicos bailen ballet. Depende mucho de los padres y de los adultos que los rodean”, reflexiona y al tiempo agradece el apoyo incondicional de su familia.
Por eso, cada vez que puede, deja un mensaje: “Bailar hace bien. Descarga emociones, es liberador. Todos pueden hacerlo si tienen ganas. A los padres les digo que acompañen, que se animen a derribar prejuicios. Yo tuve la suerte de contar con el apoyo de los míos, y eso me marcó para siempre”.
Epílogo de un alma en movimiento
A sus 31 años, Emiliano Perviu sabe que su camino recién comienza. Ha interpretado obras icónicas, ha explorado personajes y emociones diversas, y sigue descubriendo en cada ensayo nuevas formas de crecer.
“Un primer bailarín, además de técnica, debe tener alma. Eso es lo que te permite transmitir”, define.
Quizás por eso su historia conmueve: porque combina disciplina y sensibilidad, fuerza y delicadeza, rugby y ballet. Dos mundos que parecían irreconciliables pero que en su vida encontraron armonía.
“Así como me hubiera encantado ser un Puma, también me hubiera encantado ser un bailarín profesional. La vida me dio lo justo. Y hoy sé que elegí bien”, concluye mientras atiende a sus hijos misioneros Benjamín (10) y Benicio (3).
El encanto de su historia está en la valentía y la convicción de un hombre que, sin importar las etiquetas ni los mandatos, se animó a hacer camino al andar. De la rudeza del rugby a la sensibilidad del ballet, Emiliano eligió no ponerse límites y construir un destino propio, demostrando que el verdadero triunfo está en ser fiel a uno mismo y bailar la coreografía que dicta el corazón.











