Entrevista

El artista Sergio Roggerone pinta vírgenes, construye con cal y ahora quiere intervenir la vajilla Colbo

El artista mendocino es pintor por instinto, arquitecto por pasión y artesano por elección. Tras exponer por el mundo, volver a Mendoza siempre es su destino

En una finca de Chachingo donde antes crecían duraznos, hoy habita una casa-taller, La Alboroza, que parece suspendida entre el tiempo y el arte. Allí vive y crea Sergio Roggerone, un artista visual que nunca quiso ser artista pero que terminó encontrando su voz -y su lugar en el mundo- entre vírgenes pintadas, muros de calicanto y pigmentos alquímicos.

A los 56 años, Roggerone se define más como un artesano que como pintor. Ha vivido en Nueva York, en Boloña (Italia), ha expuesto en México, en España y en Estados Unidos, entre tantos otros países. Pero su corazón late al ritmo de la tierra mendocina y Mendoza siempre es su destino.

“Amo profundamente Mendoza, es mi lugar en el mundo”, repetirá más de una vez en el encuentro que mantuvo con Diario UNO en su atelier.

Sergio Roggerone, artista visual, en su casa-taller La Alboroza
En su casa-taller La Alboroza (que significa lugar donde habita la felicidad) recibió a Diario UNO el artista Sergio Roggerone.

En su casa-taller La Alboroza (que significa lugar donde habita la felicidad) recibió a Diario UNO el artista Sergio Roggerone.

Después de un largo recorrido por las artes visuales, Sergio Roggerone -para muchos, el artista más codiciado de la región- se embarca en un nuevo desafío: intervenir vajillas de Colbo, la reconocida firma de cerámica mendocina cuyas piezas jamás en su medio siglo de existencia han recibido un trazo de pincel y que justamente se caracteriza por su liso impoluto de colores.

Lo hace con el mismo rigor con que estudió arquitectura andina para diseñar Los Chozos, el lujoso resort ubicado en Alto Agrelo (Luján de Cuyo), o con el que modeló esculturas bajo la guía de Selva Vega. Lo hace también, como todo lo suyo, desde una mirada identitaria, comprometida y sensible.

Universo Roggerone: un arte encarnado

“La idea con Colbo es hacer una cápsula, voy a pintar una serie. Estamos haciendo pruebas de color con pinturas bajo cubierta que sean aptas para uso gastronómico. Quiero respetar los colores tradicionales de los azulejos, como el verde, el azul y el ocre”, anuncia.

La colección de vajillas, aún en proceso, promete ser una síntesis entre su estilo personal y la estética depurada de Colbo.

Pero esa es apenas una de las muchas capas que componen el universo Roggerone: hay también espiritualidad, historia, una devoción por lo vernáculo y una clara preferencia por el trabajo silencioso, el que no busca aprobación sino sentido.

Sergio Roggerone, artista visual, en su casa-taller La Alboroza
Pincel en mano, Roggerone puede pasar hasta 12 horas pintando en su atelier.

Pincel en mano, Roggerone puede pasar hasta 12 horas pintando en su atelier.

Roggerone nació en Mendoza y desde chico sintió fascinación por la construcción. Su abuelo tuvo una importante empresa constructora y su padre, un contador “eximio”, lo incentivó a elegir entre tres caminos: arte, diseño o arquitectura. “Le dije que arte lo descartara porque no quería ser artista”, recuerda.

Estudió arquitectura pero las artes plásticas se le metieron por los poros. Su abuela Casilda fue la precursora dándole telas y pinturas desde niño. En 1989 ganó una beca para estudiar en Italia y dos años después -sin proponérselo siquiera- obtuvo un premio de pintura que cambió su rumbo.

Arquitectura andina para un resort de lujo

Esos reconocimientos, más que empujarlo hacia la validación externa, lo enfrentaron a debates familiares y a una incógnita que -pese a su fama internacional- lo acompañó durante años: ¿ser o no ser artista?

“La arquitectura es la mayor de las artes, porque combina escultura, pintura y funcionalidad”, sostiene. Y desde ese cruce fértil entre disciplinas es como fue forjando un camino propio, donde las paredes hablan, los cuadros cuentan historias y la materia cobra vida.

Durante la pandemia, Sergio Roggerone recibió un encargo especial de parte del desarrollador inmobiliario Nicolás Armentano: diseñar un complejo arquitectónico para un hotel de lujo en Alto Agrelo, Luján de Cuyo, propiedad de los inversores asiáticos-estadounidenses Young Woo y Margarette Lee y de Armentano Desarrollos Inmobiliarios.

Así nació el proyecto de Los Chozos, una serie de sofisticados alojamientos inspirada en la arquitectura andina, vernácula y con identidad ancestral mendocina.

Chozos Resort, hotel de lujo en Alto Agrelo, Luján de Cuyo, diseñado por el artista Sergio Roggerone
Chozos, una propuesta de alojamiento de lujo ubicada en Alto Agrelo, tuvo al artista en el diseño arquitectónico.

Chozos, una propuesta de alojamiento de lujo ubicada en Alto Agrelo, tuvo al artista en el diseño arquitectónico.

Inspirado en los urus y huarpes -pueblos originarios de la región andina-, Roggerone estudió las bóvedas hechas con totora, el uso de la cal mezclada con leche de pencas y cactus, y los colores del paisaje local. Recuperó también el uso del calicanto, técnica jesuítica del siglo XVII que mezcla cal y canto rodado, para el diseño arquitectónico del lugar.

“Quería crear un producto de lujo que tuviera identidad mendocina, que no fuera extranjero. Fue mi primera experiencia de arquitectura vernácula y fue muy divertido hacerlo”, relata. El resultado es un espacio que huele a historia y habla en idioma local, sin perder modernidad ni confort.

Vajillas de Colbo intervenidas por el artista

Su actual colaboración con Colbo es una extensión natural de ese amor por lo ancestral y lo bello. Fue la periodista y chef Rosario Díaz-Araujo quien, un día cualquiera, le sugirió que debía intervenir esas vajillas de curvas perfectas y belleza original. “Colbo es mendocinísimo, tenés que hacer una cápsula”, le dijo. Y él aceptó el desafío.

La colección, en la que empezó a trabajar junto a los responsables de Colbo Matías Jannello y Martín Endrizi, propone una intervención artística inédita sobre las piezas minimalistas de la marca.

“Nunca han intervenido sus cerámicas. Lo de ellos es liso, limpio. Yo estoy metiéndole dibujos, cosas más power, pero quiero respetar la pureza del diseño original; veremos cómo sigue la cosa”, anticipa el artista.

Sergio Roggerone, artista visual, en su casa-taller La Alboroza
El artista tiene un proyecto en mente: intervenir una serie de vajillas de Colbo.

El artista tiene un proyecto en mente: intervenir una serie de vajillas de Colbo.

Si pintás arriba del óleo con acrílico, se despega como un cintex viejo. Todo eso hay que saberlo. El arte es alquimia Si pintás arriba del óleo con acrílico, se despega como un cintex viejo. Todo eso hay que saberlo. El arte es alquimia

La búsqueda de la técnica adecuada -algunas ya en desuso, como el arte plumaria- es exhaustiva en cada proyecto de Roggerone, un estudioso de la historia del arte: bruñidos, pinturas bajo cubierta, esmaltes aptos para el uso gastronómico. Aquí, el conocimiento químico y la sensibilidad artística se entrelazan.

Fábrica de cerámicas Colbo - vajillas artesanales
Algunas de las vajillas mendocinas Colbo, que se venden como objetos de culto en el mundo, podrían ser pintadas por Roggerone.

Algunas de las vajillas mendocinas Colbo, que se venden como objetos de culto en el mundo, podrían ser pintadas por Roggerone.

Las musas del artista son las vírgenes

Una constante en la obra de Sergio Roggerone es la figura de la Virgen. No sólo por su formación católica -fue al colegio San Luis Gonzaga-, sino porque en ella encuentra símbolos de la tierra, la mujer y la fertilidad.

“La Virgen tiene que ver con la Pachamama”, dice y lo refleja en sus obras, desde aquella primera virgen que pintó por encargo de su maestra, la recordada Maga Correas, a quien define como “un personaje geográfico e histórico de Mendoza”.

Desde entonces, el artista ha pintado decenas de ellas, siempre desde un lugar espiritual pero también simbólico.

Actualmente trabaja en una gran obra de arte sobre Santa Úrsula y las 11 mil vírgenes, una historia medieval de martirio y consagración cristiana que lo tiene fascinado.

Sergio Roggerone, artista visual, en su casa-taller La Alboroza
El color y la luz se destacan en las obras del artista mendocino que lleva más de 30 años de trayectoria.

El color y la luz se destacan en las obras del artista mendocino que lleva más de 30 años de trayectoria.

Y ante la cámara de Diario UNO desliza el lienzo para mostrar el proceso de creación de esta pintura de grandes dimensiones.

Ante el caballete y el arco iris de pomos de acrílicos y pinceles, Roggerone contagia pasión y entusiasmo por lo que hoy le inspira: “La leyenda dice que Santa Úrsula y las 11 mil vírgenes viajan en peregrinación de Inglaterra a Roma para consagrar su virginidad al Papa, y a su regreso las matan a todas los hunos. Es alucinante. Mueren vírgenes y mártires. Estoy pintando eso”.

Cuando el arte nace en la contemplación

El artista no se reconoce como parte del circuito comercial ni académico. Nunca fue a la Facultad de Artes de la UNCuyo y jamás esperó legitimación institucional. “Ningún gobierno me dio nada, jamás. Siempre tuve una carrera independiente”, aclara. Lo único que rompió ese silencio oficial fue una columna elogiosa del ex gobernador José Octavio "Pilo" Bordón en los años '90.

Entre los primeros trabajos que recuerda con afecto está su participación en el diseño del Museo del Área Fundacional: “Con mis compañeros artistas comíamos un panchito y seguíamos trabajando sin parar. Fue una época hermosa”, confirma.

También intervino en el Hotel Huentala -por amistad con el empresario hotelero Julio Camsen- y en el Sheraton. Su enfoque nunca fue decorativo. “La arquitectura, como el arte, tiene que tener magia. Si no, son paredes que no hablan”, suelta como al pasar.

La arquitectura, como el arte, tiene que tener magia. Si no, son paredes que no hablan La arquitectura, como el arte, tiene que tener magia. Si no, son paredes que no hablan

Sergio Roggerone, artista visual, en su casa-taller La Alboroza
Lámparas traídas de Grecia, alfombras hindúes, una estatua de Santa Rosa de Lima. Objetos del mundo lucen en la casa-taller de Roggerone, ubicada en Chachingo.

Lámparas traídas de Grecia, alfombras hindúes, una estatua de Santa Rosa de Lima. Objetos del mundo lucen en la casa-taller de Roggerone, ubicada en Chachingo.

Su vida actual transcurre como hace 30 años, entre largas jornadas de trabajo en el atelier y momentos de contemplación que pueden durar días. “Con los años entendí que el cuadro no se pinta en la tela, el cuadro se pinta en la cabeza. Esos tres días mirando el techo estás generando algo”, sostiene el artista quien además viaja mucho por el mundo.

Con los años entendí que el cuadro no se pinta en la tela, el cuadro se pinta en la cabeza. Esos tres días mirando el techo estás generando algo Con los años entendí que el cuadro no se pinta en la tela, el cuadro se pinta en la cabeza. Esos tres días mirando el techo estás generando algo

Sus días suelen ser sedentarios, concentrados, intensos. Pinta hasta 12 horas seguidas. A veces necesita salir a caminar, disciplinarse. La música, la gastronomía, los libros y los viajes en familia equilibran ese ritmo interno. “Si no te acompaña la familia en esto es muy difícil ser artista”, confiesa quien lleva casi 30 años junto a su mujer, Marina Ferrary Day.

Con su hija Francesca, cantante pop formada en la UCLA (Estados Unidos) y diseñadora de joyas, comparte el amor por el arte, el diseño y la gastronomía. Nacieron el mismo día, un 11 de octubre, con apenas minutos de diferencia, y eso -dice- “marca un destino”.

Roggerone se define como un artesano curioso

Entre tantísimas otras cosas, y con su espalda cargada de una biblioteca de cientos de libros, Sergio Roggerone estudió iconografía en el Monte Athos (Grecia), técnicas plumarias en México y escultura con Selva Vega, quien le enseñó la diferencia entre modelar de adentro hacia afuera o tallar de afuera hacia adentro. “Ella decía: 'si le pegás mal a una nariz, esa piedra ya no sirve'. Y eso es la escultura”.

Defiende una ética del trabajo artesanal, sin reproducciones masivas ni series infinitas. “Yo me defino más como un artesano curioso que como un artista”, revela.

Y por sobre todo, cree en el arte como un modo de vida, no como una empresa. “Nunca me importó la plata. Las cosas se dan cuando se hacen con amor. Nada se puede forzar. Ni siquiera hay que tener expectativas”, considera.

Cuando ser artista se vuelve cotidiano

En la parte superior de una de las vitrinas de su taller escribió una frase que sintetiza su filosofía: “Disolver para coagular”, principio de la alquimia. Ese ciclo de destrucción y reconstrucción lo atraviesa a Roggerone: su arte, su arquitectura, sus búsquedas espirituales. “En la pintura pasa eso: disolvés para después crear”.

Sergio Roggerone no buscó ser artista. Se hizo artista en el hacer, en el pensar, en el estudiar con obsesiva pasión cada técnica, cada color, cada símbolo, cada historia. Y sobre todo, en el volver una y otra vez a Mendoza, con el equipaje lleno de libros, pigmentos, "chatarras" de anticuarios y -más aún- preguntas.

Ahora, mientras prepara su colección para Colbo, suma un nuevo gesto a su largo recorrido: llevar su trazo a la mesa, a la vajilla, al barro cocido. Y confirmar que el arte, como la buena comida o el buen vino, también puede ser parte de lo cotidiano de su vida.