Fundó la empresa Microverse

Ariel Camus es mendocino y creó una escuela de programación que sólo se paga tras conseguir empleo

El joven ingeniero en Telecomunicaciones recuerda su infancia en la Cuarta Sección y repasa el camino que lo llevó a liderar un proyecto internacional de educación que desafía las leyes del mercado. Hoy su nombre suena en Silicon Valley

Ariel Camus (35) nació en Mendoza pero emigró junto a su familia a España durante una de las recurrentes crisis económicas de la Argentina. Luego viajó a Estados Unidos, África y de vuelta a España. También ha conocido el mundo, pisando más de 80 países. Tal vez eso influyó en su creación más audaz, Microverse, una empresa que enseña programación sin que los estudiantes tengan que pagar. El único requisito es que cuando las personas consigan trabajo, y ganen más de 1000 dólares, empiecen a devolver de a poco el costo de su formación.

¿Suena loco? A lo mejor. Pero la biografía de Ariel también es alocada.

"Me han quedado memorias muy lindas de aquellos primeros doce años de mi vida en los que jugaba sobre calle Jujuy, cerca de la San Martín; y luego en calle Echeverría", cuenta él, con un acento que a esta altura mezcla giros cuyanos con aires españoles y centroamericanos -su compañera de vida es salvadoreña-, más la huella de sus largas temporadas en San Francisco (EE.UU.).

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"He visitado más de 80 países y al final todos los lugares en los que viví me han hecho ser quien soy. Igual me considero muy argentino y muy mendocino", aclara Ariel, quien se recibió en la Universidad Politécnica de Madrid, donde estudió Ingeniería en Telecomunicaciones.

Se acuerda de haber jugado a reciclar papel y latas con sus amigos de la Cuarta Sección. "Nos armamos un kiosco donde venían las abuelitas del barrio a comprar, así que desde esa época, mis cinco o seis años, ya era medio emprendedor", sonríe.

Tampoco olvidó los veranos en el club de la Universidad Nacional de Cuyo, ni sus primeras experiencias en la escuela Thomas Alva Edison. "Tengo en la memoria haber sido niño y estar sentado junto a la directora de esa escuela, Graciela Bertancud, para contarle sobre la primera vez que me habían roto el corazón", confiesa.

Luego vino un paso fugaz por la escuela Pablo Nogués, con la que "hasta el día de hoy" mantiene un vínculo. "Recuerdo que estaba iniciándome en la guitarra y que nos íbamos con mis amigos a jugar al pool a la salida de clases. El almuerzo me lo cocinaba yo: mi mamá me dejaba las cosas medio preparadas".

Más adelante llegaron las startups, los proyectos internacionales, y la fundación de Microverse en Sillicon Valley, la tierra de Apple, Facebook y Google.

Una idea que descoloca

Como se señaló más arriba, Microverse brinda cursos completos de programación a gente que sólo devolverá el dinero al conseguir trabajo. Cuando eso pase, la empresa se cobrará el 15% del salario hasta alcanzar los 15.000 dólares que cuesta la formación.

Se calcula que el piso de los salarios de programador en el mercado internacional es de unos 1.000 dólares. De ahí para arriba. Para casi cualquier trabajador de Latinoamérica o África, es una salida laboral más que tentadora; sobre todo porque para arrancar a estudiar en Microverse sólo hacen falta tiempo, ganas y hablar inglés.

-Tu propuesta descoloca: ¿pagar recién cuando consiga un buen empleo? Encima, los programadores tienden a estar muy bien remunerados ¿Cómo se te ocurrió dar vuelta la idea de "ganar todo y ganar ya" que actualmente prima en tantas empresas?

-Es cierto que la idea descoloca, al punto de que muchas veces la gente duda y me dice "che, es demasiado bueno para ser verdad". Pero la realidad es que funciona re bien, y donde mejor funciona es en Latinoamérica.

El camino del cambio en la educación

Microverse no es la primera startup de Ariel. En 2013 desarrolló una aplicación de viajes que más tarde le compró Lonely Planet.

"En aquella época yo vivía en Estados Unidos: después de esa venta me fui a dar clases a Burundi (Este de África). Pasé un mes enseñando en una universidad de Ingeniería Informática, donde creo que mis alumnos aprendieron bastante pero yo aprendí mucho más", recapitula.

De San Francisco, una pujante ciudad de Estados Unidos, a Burundi: era inevitable sacar conclusiones. "Al final -enlaza Ariel- te das cuenta de que en todas partes hay personas entusiasmadas con proyectos; brillantes, llenas de energía y amor. Y al mismo tiempo, estando allá sentí que nos encontrábamos en extremos opuestos".

Los estudiantes de programación burundeses le contaban sus aspiraciones: "después de aprender esto a lo mejor consigo trabajo en un cibercafé", decían.

Quería que mi proyecto tuviera la potencia de llegar a cada rincón del planeta sin tener que forzar a las personas a depender de una beca, emigrar o a endeudarse Quería que mi proyecto tuviera la potencia de llegar a cada rincón del planeta sin tener que forzar a las personas a depender de una beca, emigrar o a endeudarse

Y el entrevistado retoma: "Yo me preguntaba: ¿cómo puede ser que en San Francisco las empresas estén pagando fortunas para conseguir programadores -Lonely Planet había puesto millones de dólares, básicamente, para quedarse con los seis ingenieros de mi startup- mientras acá hay gente sin oportunidades? ¿En qué cabeza cabe, cuando el 95% de la humanidad tiene la capacidad pero no la chance para llegar a esos trabajos? No tenía sentido desde el punto de vista humano pero tampoco desde la perspectiva económica".

En este video, parte de la experiencia de Ariel Camus en sus propias palabras:

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La importancia de los orígenes

El contacto con África caló hondo en aquel joven mendocino que trataba de sumarle inteligencia a su sensibilidad.

"El hecho de que el lugar en el que nacés fuera lo que determina tus oportunidades era lo que no tenía sentido. Algo había que hacer", plantea.

Ariel volvió a San Francisco con estas ideas aleteando en su cabeza. "Quería que mi proyecto tuviera la potencia de llegar de forma escalable a cada rincón del planeta con educación de calidad, sin tener que forzar a las personas a depender de una beca, a emigrar o a endeudarse".

Pensó y pensó. Después de tres años, uno de los conceptos nodales de Microverse estaba maduro: la firma iba a proponer un sistema de aprendizaje colaborativo entre estudiantes de todo el planeta. Seres humanos de orígenes diversos, religiones y culturas distintas.

"Uno de los primeros estudiantes se llamaba Kevin y era de Nairobi (Kenia). Cuando terminó sus estudios, lo contrataron en Microsoft. Entonces me mandó un mensajito y me puso: 'Ariel, mi mamá quiere hablar con vos'. Hicimos una videollamada y vi aparecer en mi pantalla a una señora con una sonrisa de oreja a oreja que me quería expresar lo orgullosa que estaba por lo que había logrado su hijo" "Uno de los primeros estudiantes se llamaba Kevin y era de Nairobi (Kenia). Cuando terminó sus estudios, lo contrataron en Microsoft. Entonces me mandó un mensajito y me puso: 'Ariel, mi mamá quiere hablar con vos'. Hicimos una videollamada y vi aparecer en mi pantalla a una señora con una sonrisa de oreja a oreja que me quería expresar lo orgullosa que estaba por lo que había logrado su hijo"

"Esa multiculturalidad es una de nuestras armas secretas -resume Ariel-, porque permite que después la persona pase a empleos totalmente globalizados donde se trabaja en forma remota, con equipos internacionales. Hoy las empresas están desesperadas por conseguir talento, y con este método las personas ganan muchísimo más de lo que ganarían localmente".

Según el entrevistado, al poco tiempo de terminar la formación en Microverse ya hay programadores que están cobrando una media de 2000 dólares. "Y cuando pasa el tiempo esos salarios se incrementan en un 30 o 40%", advierte.

-¿Cómo se financia Microverse?

-Las personas que terminan de formarse y consiguen un empleo hacen el aporte, siempre que ganen 1000 dólares al mes o más, hasta completar los 15.000 dólares. Suelen hacerlo a lo largo de dos o tres años. Igual de algún lugar tenés que sacar el capital para invertir el dinero inicial que dedicamos a cada estudiante. La forma de hacer eso es salir a buscar inversores que financian la escuela por adelantado, a cambio de recibir más tarde un beneficio. Por eso para nosotros es tan importante que al final las personas consigan trabajo, porque nos permiten seguir creciendo.

-Contame alguna experiencia educativa que te haya movilizado.

-Uno de los primeros estudiantes que tuvimos en Microverse se llamaba Kevin y era de Nairobi (Kenia). Cuando terminó sus estudios, lo contrataron en Microsoft. Entonces me mandó un mensajito y me puso: 'Ariel, mi mamá quiere hablar con vos'. Hicimos una videollamada y vi en mi pantalla a una señora con una sonrisa de oreja a oreja que me decía lo orgullosa que estaba de su hijo y el agradecimiento que sentía hacia el equipo. Después de pasar por experiencias así, me da igual si vamos a cambiar el mundo. A lo mejor podemos ir ayudando a una persona a la vez. Eso nos da muchísima energía.

Un intenso presente

Microverse planea expandirse. Hoy ofrece cursos que requieren un buen nivel de inglés y dedicar ocho horas diarias durante al menos un año. En el futuro, buscarán implementar programas part time e incluso cursos en los que se pueda comenzar hablando español.

"Quizá hasta experimentemos pagándoles a los estudiantes, de manera que mientras se educan puedan solventar su comida y alojamiento", arriesga Ariel.

-¿Siempre desde la virtualidad, o piensan tener algún tipo de presencia física en territorio?

-Vamos a llevar Microverse a la realidad física en los próximos cinco o diez años, y me imagino coordinando con gobiernos y empresas sin ánimo de lucro en ese punto. Estamos evaluando la idea de inaugurar espacios de coaprendizaje. Así como existen los lugares de coworking, multiplicar puntos de co-learning. La idea es acercarnos todo lo que podamos a las comunidades, para que si una persona de pronto ve una publicidad de Microverse en la web se dé cuenta de que ella también puede integrarse.

-¿Y desde tu rol particular de emprendedor, qué planes tenés?

-Me motiva mucho Microverse y también me apasionan otros asuntos como la exploración espacial o cómo podemos alimentar al mundo. Y desde luego el cambio climático. Me atraen esos grandes problemas que vamos a tener que solucionar juntos. El ritmo en el que avanzan las cosas, de todas formas, es increíble. Siento que cada trimestre me tengo que reinventar como líder, porque la empresa crece rapidísimo. En los últimos seis meses, Microverse pasó de tener 20 empleados a 60, y tuve que empezar a delegar mucho más para seguir aprendiendo.

"Las empresas que sólo busquen su beneficio particular van a morir" "Las empresas que sólo busquen su beneficio particular van a morir"

-¿Cómo imaginás el futuro? ¿Pensás que el capitalismo tal como está será sostenible?

-No creo que el sistema sea sostenible tal como está. Estamos viendo grandes fenómenos de polarización, donde la brecha entre ricos y pobres o entre derecha e izquierda se va agrandando. La educación permite solucionar eso, pero es una inversión a largo plazo, algo que los gobiernos no suelen hacer. Muy pronto vamos a enfrentar decisiones. El cambio climático, sin ir más lejos, hará que algunas personas logren protegerse mientras otras sufren las consecuencias. Y, no obstante, algo maravilloso de la naturaleza es que a la larga le da igual si somos pobres o ricos, o si tenemos tal color de piel. Nos terminará afectando a todos.

-¿Por dónde ves la salida, entonces?

-Si uno revisa la historia ve que cuando aparecen estas crisis grandes suele venir después una gran innovación y un cambio en nuestras fuentes energéticas. Cada vez que eso se produce, la sociedad se complejiza más. Ocurrió con la aparición de la agricultura, por ejemplo. Bien: yo creo que estamos a punto de ver un cambio así en el contexto de la globalización, donde lo que pasa en una punta del mundo inmediatamente repercute en todas partes. Con la pandemia de covid lo notamos. Como son problemas globales, hay que resolverlos de forma global. Pero para eso nos tenemos que unir.

-¿Qué empresas serán exitosas?

-Las empresas que sólo busquen su beneficio particular van a morir: las compañías que funcionarán bien son aquellas que puedan integrar a distintos grupos humanos, donde la solución para unos sea también una ayuda para los demás. Está muy claro que no podemos seguir desperdiciando talento: desde las vacunas hasta los viajes espaciales, pasando por los cambios ambientales, van a requerir que cada persona con capacidad contribuya. Supongo que llegaremos a un punto en el que el beneficio económico no será suficiente y habrá que buscar beneficios humanos que además redunden en un beneficio económico. En ese sentido, soy un optimista: Microverse está intentando demostrar que esas estrategias son sostenibles.

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