Graham buscaba romper el récord de “death dive”, una práctica extrema que consiste en saltar de gran altura manteniéndose en posición extendida el mayor tiempo posible. Pero algo salió mal: al cambiar la postura antes de tocar el agua, el impacto fue brutal.
El golpe lo dejó inconsciente con fractura de cráneo, vértebra rota, esternón quebrado, conmoción y hasta un tímpano dañado. Aun así, logró salir del agua con ayuda y caminó más de un kilómetro hasta que lo llevaron al hospital.
Hoy está en recuperación, agradecido por estar vivo. Su historia reabre el debate sobre los riesgos del deporte extremo y la obsesión con los récords virales. ¿Vale la pena?


