Historia de vida

Las vicisitudes de un mendocino que se llama Juan Domingo Perón

Pantalón corto, casi bermudas, remera negra y sandalias franciscanas. El cabello canoso y ensortijado, algo de panza (nada extraño para un hombre de 66 años) y brazos robustos. Ojos claros, por detrás de los lentes ahumados. Paga en efectivo el cortado mediano y la botellita de agua. Si usara la tarjeta, quizás generaría algún comentario de la cajera… o tal vez no, porque la chica es joven y “hay jóvenes que ni saben”, dice.

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Es inevitable mirarlo y no buscar algún parecido, uno mínimo siquiera, que lo identifique con su nombre por más que aclare que no hay parentesco, al menos que él sepa. Y es inevitable no esperar, infundadamente, que responda con voz cascada de fumador de cigarrillos negros y con frases que sean una sentencia.

“Y bueno, pregunte lo que quiera saber”, dice, y la voz es profunda pero no tanto y hace 5 años que dejó de fumar.

Este hombre, nacido en La Consulta, bancario la mayor parte de su vida laboral y que acaba de concluir hace unos meses en jubilación, siempre ha llevado su documento encima. Se llama Juan Domingo Perón y “lo complicado no es que no me crean, sino que algunos piensan que les estoy tomando el pelo”.

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No ha investigado su árbol genealógico, por lo que no sabe si los Perón argentinos vienen de una misma rama, pero le consta que hay otros. Hace unos años lo llamaron de una radio de Buenos Aires y lo hicieron hablar al aire junto a otros dos Juan Domingo Perón, uno de Misiones y otro de Laferrere, en el centro del partido bonaerense de La Matanza. Dice que al menos faltó uno, “un médico de acá, de Mendoza, que era auditor de la obra social del Correo y de OSPLAD (obra social de los docentes nacionales)”.

Sabe que en los padrones aparecen varios Perón, pero él es el único Juan Domingo en Mendoza, ya que le perdió el rastro al médico. “La mayoría está en San José y Villa Nueva y creo que vienen del lado de los primos hermanos de mi padre”, dice, mientras endulza el cortado.

“Había un Hugo, que hacía los mejores muebles de cocina de Mendoza. También Alfio, que era mecánico y un Edgar, que trabajaba en el Banco de Los Andes, y otro, que trabajaba en el Correo. También había dos mujeres…”, enumera. “Si hay más, mi padre no me lo comentó. Apenas hablaba de su familia, ¡imagínese de sus primos…!”.

Juan Domingo, a quien llaman Tito pero que ha sido inevitable que también algunos lo llamen Pocho, nació en La Consulta, donde “había un ferretero que se llamaba Mariano Moreno y otro que se llamaba Domingo Faustino Sarmiento”.

Su padre era José Ángel y durante muchos años fue chofer de una línea (“El Comeglio” la llamaban los lugareños) que hacía el trayecto La Consulta - Tunuyán. “Estuvo un año en el Ejército, después del servicio militar, también estuvo acarreando vinos a Buenos Aires, luego puso una casa de repuestos y no le fue bien y, finalmente, entró a trabajar en una casa mayorista de artículos de bazar. Se jubiló ahí y se murió a los 87, en el año 2009”, cuenta.

Su apellido es heredado y su nombre una elección, pero recuerda que en el 53, cuando nació, “era bastante común que se eligiera el Juan Domingo para los niños y el María Eva para las niñas”.

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En 1973 Juan Domingo Perón, con 20 años, como todos debía cumplir con el servicio militar. En la revisación médica le detectaron un problema en un dedo y lo exceptuaron. Con la firma en el documento de identidad que certificaba el trámite, salió a buscar trabajo.

“Fui el 21 de diciembre a ver a uno de los directores del Banco de Previsión y me hicieron rendir un examen el 24 de diciembre. Yo era perito mercantil y me fue bien, pero tuve que esperar”, recuerda. En marzo fueron a buscarlo a su casa. “Había llegado una carta firmada por el general Perón, diciendo que me nombraran donde yo quisiera”. El joven hubiera podido elegir ingresar a trabajar en casi cualquier dependencia, “pero elegí el Banco de Previsión, porque ya había rendido bien, era algo que me gustaba y no era un cargo político”. Fue el inicio de 26 años de vida laboral. “Estuve ahí hasta que regalaron el banco”.

Juan Domingo Perón, Tito, cuenta que se afilió al Justicialismo alguna vez, pero está lejos de ser militante y hasta sostiene que “pensé en desafiliarme”, porque asegura estar decepcionado de la clase política. Por sus antecedentes electorales parece que siempre ha sido crítico en esto. “No voté al peronismo muchas veces”, dice. El primer sufragio de su vida fue para Héctor J. Cámpora, en el 73. “En el 83 voté a Luder (Ítalo) y después la voté a Cristina (2007) para su primer gobierno, porque Néstor (Kirchner) había acomodado el país”. El resto de sus votos en elecciones nacionales fueron para otros. Y cuenta que “en Mendoza, al último peronista que voté creo que fue a Bordón (José Octavio, gobernador del '87 al '91), que se dice justicialista”.

Se casó joven con Ana Mabel. “Ella es antiperonista, pero yo le digo que Perón hizo cosas malas y cosas buenas pero, especialmente, reivindicó al trabajador, que no tenía nada y él se las dio”.

El matrimonio tuvo 4 hijos, mujeres las dos mayores y varones los otros, de los cuales ninguno lleva el nombre de su padre.

Después de dejar el banco, trabajó 5 años en una AFJP, luego logró la concesión de un kiosco en una escuela y finalmente ingresó a Vialidad Nacional, donde se jubiló hace poco, en 2019.

En el transcurso de toda esta historia, siendo todavía una pareja joven, el matrimonio se mudó más cerca de capital provincial y dejó La Consulta “que era un pueblo de 10 cuadras por 10” y en donde “yo era amigo de los hermanos de Rodolfo Suarez (actual gobernador de Mendoza) que tiene dos hermanos y una hermana mayores. Con él (con Rodolfo) no tuve mucha relación, porque este chiquito tenía unos 11 años cuando me fui”.

Juan Domingo Perón ya se tomó el cortado. Alrededor, en las mesas de esa cafetería metida dentro del patio gastronómico de un hipermercado de Godoy Cruz, los otros comensales matinales seguramente deben tener historias de vida tan sencillas como la de este hombre. Pero él, Tito, carga con su nombre. “Cuando se produjo el golpe de Estado (1976), una noche llegaron a mi casa (un grupo de tareas). Se metieron a la casa y nos revisaron todo. No encontraron nada, porque no andábamos en nada. Solo fueron por el apellido. No sé cuánto estuvieron, puede haber sido 10 minutos o 6 horas. Uno pierde la noción del tiempo. Revolvieron todo y se fueron. No nos hicieron nada”, recuerda, y dice que la dictadura “arrasó con todo, fue una desgracia lo que nos pasó en el país”.

De tantas anécdotas relacionadas con su nombre, casi diarias, en los años de dictadura ocurrió una particularmente curiosa.

“En el banco nombraron un interventor militar”, recuerda. “Fue uno de los mejores que hubo en el Banco Previsión”, dice, pese al análisis que hace sobre aquellos años.

Cuenta que, por ese tiempo, “un día apareció en el banco un teniente coronel retirado que venía a hablar con el interventor para pedir un préstamo. El interventor lo atendió y le dijo que fuera a hablar con el gerente y, como este no estaba, lo mandaron a hablar conmigo para que yo le informara toda la documentación que debía traer”.

Tito le dio las indicaciones y, antes de retirarse, el teniente coronel le preguntó:

-¿Cuánto tarda en salir el préstamo?

-Apenas traiga la documentación, sale de un día para el otro-, contestó el bancario.

-Gracias, ¿cuál es su nombre, para saber por quién debo preguntar…- dijo el militar.

-Perón, señor. Perón, Juan Domingo-

El rostro del militar se transformó, salió intempestivamente y se fue derecho al despacho del interventor.

-¡Quiero que despida a un empleado!- ordenó el teniente coronel.

-¿Por qué?- respondió sorprendido el interventor.

-¡Porque me han faltado el respeto!-, casi gritó el militar.

El interventor se interiorizó de quién lo había atendido, hizo traer a su despacho el legajo de Tito y se lo mostró al ofuscado teniente coronel. “El hombre se fue y nunca regresó a traer los papeles y, por lo tanto, tampoco obtuvo su crédito”, recuerda el mendocino Perón.

Esta ha sido la mayor dificultad de llevar semejante nombre y apellido. “La gente no te cree o piensa que le estás faltando el respeto”, dice. “Muchas veces me han llamado para hacerme alguna pregunta y, cuando preguntan con quien hablan y les contesto, creen que me estoy burlando, me putean y cortan”, cuenta. Claro, en el banco eso pasaba bastante seguido.

Dice que nunca usó su nombre para sacar ventaja. Que nunca sacó provecho de él. Incluso llegó a rechazar alguna candidatura a concejal que le hicieron alguna vez.

Reconoce que siempre ha tenido la prevención de llevar su documento, vaya a donde vaya. Que alguna vez, en algún control policial, “me han pedido que me baje del auto para sacarse una foto conmigo”.

Cuenta que tampoco su nombre le ha impedido tener amigos radicales o demócratas. Dice que, en todo caso, le ha servido para acumular mil anécdotas “que nos llevaría un día entero contarlas”.

Juan Domingo Perón mide 1,75 y de joven pesaba unos 72 kilos, que ahora son algunos más. Aquel, el general, medía 1,82, pesaba 90 kilos y fumaba cigarrillos negros y creó el movimiento social y político más poderoso y perdurable de la historia contemporánea latinoamericana.

Hay algunos que se llaman como él, no muchos, pero no hay nadie que se le parezca.