Decir que Mendoza es una provincia geográficamente grande es un vicio, ya que casi todos los estados provinciales -excepto Tucumán- son de gran tamaño en nuestro país. A fines del siglo XIX y principios de la pasada centuria, esa inmensidad y las malas comunicaciones les dieron a cada región o departamento identidad y cultura propia. Precisamente, una de ellas es el Valle de Uco, y principalmente Tunuyán y San Carlos, donde en la primera llaman mucho la atención historias como la de la Cruz Negra o Los 17 Arrieros.
En esta última, tragedia imborrable donde en 1929 -se cumplieron 90 años- perdieron la vida no 17 como se creyó al principio y quedó arraigado en el imaginario popular, sino 14 troperos, 13 oriundos de los departamentos mencionados, y 1 de Chile.
La historia me llegó de boca de mi abuelo, tunuyanino él, y basta visitar el cementerio tunuyanino para ver que existe una especie de centro de peregrinaje y de devoción, donde muchos hacen promesas en el lugar donde están enterrados los arrieros que murieron haciendo el cruce desde Chile al Valle de Uco sorprendidos por una tormenta de nieve.
La empatía por los arrieros tiene dos pilares fundamentales, primero por su destino trágico, y segundo el reconocimiento a la dureza y peligrosidad del oficio de estos mendocinos, que hacían una actividad muy común en la provincia: llevar ganado en pie a través de los pasos cordilleranos, para hacer buen negocio vendiéndolo en Chile, situación que se emparenta con la leyenda de la Cruz Negra.
La dolorosa tragedia de 14 -no 17-
El hecho al que hacemos mención y enlutó a la provincia, y tuvo repercusión en el hermano país, ocurrió el 29 de enero de 1.929. Pleno verano y época habitual para encarar la travesía, que se trataba de un arreo de 1.500 cabezas de ganado vacuno a través del paso del Portillo (de Piuquenes) en Tunuyán, el mismo donde se encuentra el Manzano Histórico, por donde regresó San Martín tras sus éxitos en la campaña libertadora. Ese día los mendocinos fueron sorprendidos por una tormenta de viento blanco que los inmovilizó, aisló, y le les provocó la muerte por congelamiento, al no tener donde refugiarse en los páramos andinos de altura.
El grupo era integrado por 23 hombres en total, dividido en dos, y el que fue castigado fue el de vanguardia. En la mañana del 30 de enero el grupo de retaguardia, que ante la tormenta retrocedió y encontró refugio, tomó contacto con cinco integrantes del otro equipo, y pese a cavilaciones de los capataces, y encabezados por Luis Gómez, decidieron ir en rescate de sus compañeros. En el camino hallaron al chileno Luis Zamora, que encontraron con principio de congelamiento en sus extremidades inferiores y venía buscando auxilio.
En un lugar llamado Caracoles el segundo grupo se encontró con lo peor: 12 arrieros muertos, de rodillas y formando un círculo, infructuoso intento por protegerse, más otro tirado en la senda, junto a su caballo, también muerto, todos por congelamiento.
Ante la magnitud de la situación, donde también murieron cerca de 40 mulas, los sobrevivientes retornaron a Chile, donde dieron parte a las autoridades. El 1 de febrero llegaron los carabineros trasandinos y fueron guiados hasta el lugar donde estaban los infortunados arrieros. Allí también llegó el mismo día una comisión argentina, comandada por el comisario Eliseo Guiñazú y un capataz baqueano llamado Juan Corvalán. Todos se pusieron de acuerdo y decidieron trasladar los cuerpos al vecino país, en el cementerio de San José del Maipo.
La lista del malogrado conjunto es la siguiente: fallecidos, Arturo Sáez, Juan Ríos Bravo, Ramón Martínez, Ramón Britos Amaya, Pablo Méndez, Inés Corvalán Montes de Oca, Enrique Castillo, Roberto Gatica, Modesto Vega, Ramón Ríos, Pablo Ferto Bastías, Pedro Ramírez, Cornelio Ríos, y Modesto Méndez (este no figuraba en ningún listado, tal vez por ser chileno). Los sobrevivientes: Domingo Bustos, Francisco Ortubia, Luis Anzorena, Luis Gatica, Juan Coria, Luis Zamora, Santiago Amaya, Felipe Airoldi, y Claudio Vega
En 1954 se hizo la repatriación de los restos de los 13 mendocinos, que ahora descansan en la necrópolis de Tunuyán, donde reciben a diario muestras de afecto.
Alfredo Bufano retrató con su pluma el hecho
"[...] 'El cielo, roto en blancura,
se echó a llorar sobre ellos.
La nieve les dio mortaja;
responso el pálido viento".
Camino de Tunuyán
con grave paso de entierro,
dieciséis mulas serranas
llegaron solas al pueblo".
Así cierra su largo poema Romance de los 17 Arrieros el recordado escritor mendocino Alfredo Rodolfo Bufano (Guaymallén, 1895- San Rafael, 1950), en homenaje a los valletanos muertos.
