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Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "La trampa del paraíso"

Augusto, oyente de Radio Nihuil, nos comparte un recuerdo de su niñez en Tunuyán junto a su hermano mayor, que trabajaba en campos de menta, lavanda y manzanos. Una noche de verano, ese lugar perfecto les tiñó la sangre de miedo para siempre

Editado por Marcela Furlano
furlano.marcela@grupoamerica.com.ar

Paulino tenía el don de entender la naturaleza y ver lo que le era propio y extraño. Su experiencia había crecido con el conocimiento de escuchar la lluvia primero en sus huesos, con el transformar de la tierra desde el trabajo y de hacerle frente a criaturas que se escondían al amparo de la noche y de su soledad.

El entendía del fruto maduro y del enfermo, pero también poseía el don singular de ver los seres excepcionales que merodeaban sus campos, mas no explicar su esencia y su propósito. Eso sí, también podía reconocer si eran de una especie maldita, enhebrados con la aguja del tiempo, con el dolor y las pesadillas de cientos como materia.

Había ido a la escuela, pero sólo hasta tercer grado, porque las necesidades lo alcanzaron antes que la niñez llegara a su fin. Con los años, su mente inquieta lo convirtió en un ávido lector y en un observador de esos que miden el mundo con la vara de su infinita curiosidad.

Para sus hermanos menores, sobre todo después de la muerte del padre de familia, Paulino era la figura que hablaba y actuaba con autoridad paternal, sin que le pesara como una carga. Ya tenía su propia mujer e hijos, pero alentaba que sus hermanos pequeños se organizaran para pasar sus vacaciones con él. Los niños esperaban esos días con la alegría de saber que las palabras y saberes de Paulino les pertenecerían, por un tiempo limitado, sólo a ellos.

Augusto era el menor y por lo tanto el que más luchaba por no perder el rostro y la voz de su padre en sus recuerdos, porque tenía sólo siete años cuando supo por primera vez lo que era la muerte y lo que ésta en particular significaba.

Verano compartido

En 1964, el año en que esta historia se abrió paso entre las huestes del horror, Augusto tenía 13 años y si escuchaba la palabra “papá” su mente se encendía en vivencias, aprendizajes y charlas que lo vinculaban directamente con Paulino. Por eso había contado los días que lo separaban para terminar el año escolar y partir hacia El Algarrobo, Tunuyán, donde su hermano mayor, que en ese tiempo tenía 33 años, se desempeñaba como administrador de una estancia donde se extraían esencias de menta y lavanda, gracias a las extensas plantaciones que imponían verdes y lilas a la monotonía terrosa.

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Los veranos estaban plagados de experiencias sensoriales, donde la naturaleza demostraba que su expresión era vasta y poderosa, al igual que sus misterios. Allí comulgaban la columna irregular de las vértebras montañosas, el cielo descarado en colores absolutos y las tonalidades del Valle de Uco, definidas en parte por sus frutos: rojos manzana, morados encendidos y verdes apagados en las uvas y en este caso particular, el esmeralda de la menta y la timidez lilácea de la lavanda. La composición era tan armónica que con solo observar se podía aprender que había algo sobrecogedor en la creación de tan perfecta belleza. Y Augusto no tardó en asimilar la perfección y la belleza a ese lugar tutelado por la sabiduría de Paulino.

Atesoraba las charlas en soledad con su hermano, que mientras recorrían a caballo los senderos internos de la propiedad, le hablaba de cómo tranquilizar a un caballo bravo, le hacía reconocer el canto distintivo de cada una de las especies de pájaros del lugar y le contaba que a veces, en las siestas, el diablo solía asomarse por esas tierras, tal vez aburrido o contrariado por estar excluido de esa celestial belleza.

Todo lo que había bajo esos cielos aromatizados y coloridos era materia de conversación, desde cómo reconocer las malezas hasta las apariciones de los seres desterrados de este mundo, por abominables o malvados. Estas últimas historias Augusto las asimilaba más como un entretenimiento o como parábolas destinadas a su formación moral. Nunca hubiese osado siquiera cuestionar la veracidad de lo que su hermano le relataba, pero creía que cada una de las palabras que salían de su boca eran cuidadosamente escogidas para impactar en él y mover su ánimo a ser temeroso y respetuoso de lo desconocido. Ser temerario en el campo puede entenderse como una invitación a la desgracia.

Verde y lila

Esa tarde de verano, la ruta de las obligaciones tenía un cronograma estricto y ajustado a los horarios que las horas restantes de sol imponían.

La llegada de Paulino marcaba el fin del día laboral para los trabajadores que estaban cerca de los galpones, donde se ubicaban los alambiques que extraían las esencias de menta y lavanda. Era un espacio de aromas intensos, donde el sudor de los hombres agotados por el esfuerzo y el calor se mezclaban con notas de delicada fragancia y de una frescura que podía sentirse en la boca y en la piel. Respirar el aire que circulaba en esos espacios era como si una alucinación, confusa y explosiva, ingresara por la nariz y desatara sabores y recuerdos desiguales en cada persona. Para Augusto, cada tarde era diferente, merced a que los aromas no siempre recorrían el mismo camino en sus recuerdos.

Después de que los hombres dejaban sus puestos de trabajo, a Paulino le quedaba la tarea de apagar los alambiques, descartar los desechos de la molienda y cerrar los galpones, tareas que solían concluir cuando la noche ya lo había rodeado con un silencio negro y cargado de perfumes. Lo diferente de estos meses es que tenía la ayuda de Augusto, que aprendía tan rápido como diligentemente la alquimia primitiva y prodigiosa de su entorno.

El sol se había ocultado tan rápido, que a Augusto le costó entender si las horas se habían diluido en las tareas acumuladas o si había algo de huida en esa clausura abrupta. Después de que esa noche quedara grabada en la historia de los hermanos, Augusto pensó que tal vez la luz optó por no participar en esa ocasión de los juegos propios de las tinieblas y los dejó merced a las reglas de la oscuridad.

El camino de regreso a la casa tenía un par de kilómetros para recorrer a paso lento con los caballos. La luna creciente iluminaba los senderos internos con una luz discreta, pero suficiente para ver los obstáculos.

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En esos momentos a ninguno de los dos les importaba demasiado que el sentido de la vista estuviera resentido, porque el olfato los guiaba con amorosa certeza por las hectáreas generosas en fragancias.

Las primeras parcelas que atravesaban eran las de menta y para Augusto su aroma traía el rostro de su madre, inclinándose en su pequeña cama, ofreciéndole el té que era capaz de calmar el dolor de estómago o la fiebre.

También era el aroma que asociaba a las lágrimas, cuando la encontraba en la cocina con el té que mezclaba la frescura del porvenir con el salitre de su reciente viudez. El olor de la menta-madre todavía es un tesoro que la niñez encriptó en esos días, para que aún hoy a Augusto lo sostenga.

Luego llegaba la lavanda y para Paulino era el aroma de las sábanas de su casa, las de su cama y las de sus hijos, aunque a veces su piel tropezara con las pequeñas florecillas, que habían resistido el pasaje de la cómoda a la rectitud sin pliegues del lecho. Esa sutil invasión floral despertaba la risa de su esposa, que se burlaba de que un hombre de campo se sobresaltara por algo tan insignificante. Paulino había llegado a creer que ella lo hacía a propósito, que sembraba las flores sólo para disfrutar su exagerada reacción. La lavanda y la risa de su mujer eran una unidad para Paulino, con lo cual entendía que la materia de nuestros recuerdos está hecha de imágenes, sonidos, perfumes y sentimientos atados a ellos. Podemos agigantarlos, modificarlos o incluso cambiarlos por completo, una forma de editar la vida a nuestro parecer y antojo.

A ciegas

Las últimas hectáreas, las de manzanas, presagiaban la llegada al hogar y con ella el plato de comida, el agua fresca y el descanso. El camino era casi una línea recta y la luz de la luna seguía acompañándolos, con intermitentes apariciones entre el follaje de los manzanos.

Los caballos iban a paso lento y cercanos y por eso a Paulino sólo le bastó extender su brazo para tocar la pierna de su hermano y mostrarle el conejo que iba corriendo delante de ellos. La velocidad del pequeño que les precedía lo hacía saltar de manera tan irregular, que le arrancó a Augusto una carcajada. El animal se detuvo en seco en medio del camino y los hermanos podían jurar que sus ojos se encendieron un poco, como agonizantes brasas, con la oscuridad en torno como telón de contraste.

Estuvo allí sentado y desafiante y ninguno de los hermanos habló ni confesó haber visto nada inusual. El animal volvió a su carrera y los caballos reanudaron el paso lento, pero muy pronto se sobresaltaron. El camino pareció en ese momento extenderse hasta perderse en unas tinieblas brumosas, como si les quedaran cientos de kilómetros para vislumbrar la casa.

A su alrededor, los aromas familiares se habían disipado y un olor metálico parecía nacer de la tierra, que había abandonado el perfume de la humedad por el de la podredumbre. Los dos sintieron que las náuseas les apuñalaban el estómago hasta casi inclinarse sobre el lomo de los caballos, que ahora se negaban a avanzar.

El animal que iba marcando el camino había crecido entre las sombras, desdibujado, rotas las fronteras de su pelaje y ahora estaba en dos pies, irregular y desafiante, esperándolos.

Paulino y Augusto se miraron, como para cerciorarse de que eso efectivamente estaba ante ellos, que estaba pasando, cuando ese ser reanudó la carrera y los caballos se desbocaron al unísono en su persecución.

Ese animal ahora tenía la altura de un potro y su velocidad. Mientras iban sin control alguno persiguiéndolo, los ojos intentaban descifrar qué era, porque sus formas alternaban lo mismo que su postura, ya sea que corriera en dos o cuatro patas o que incluso no tocase el suelo con alguna de sus extremidades.

No podían dejar de verlo, sin la certeza de una imagen que lo emparentase con la realidad. A su alrededor, los sonidos se enredaban en una complicidad aterradora, donde escuchaban los trinos de los pájaros que los acompañaban en los días unirse a gruñidos de cerdos, ladridos, relinchos, en una composición imposible e inarmónica, de abominable sustancia.

El animal corría, más que escapando, conduciéndolos por el camino de un particular infierno, donde lo conocido se corrompía en versiones siniestras, donde los olores, sonidos y formas de lo que había sido un paisaje habitual, se deshacía en hilachas oscuras e inasibles. La peor pesadilla no es que lo desconocido nos abrace, sino que se esconda detrás de la cotidianidad y su noción de seguridad, para atacarnos.

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Estaban en su hogar, en sus tierras no por posesión sino por haberlas recorrido y trabajado. Todo eso era ahora una trampa.

Paulino le ordenó a su hermano cerrar los ojos. Que al menos no siguiera viendo ese ser que seguía creciendo y cuya sangre espesa corría con tal intensidad que era un sonido más que se sumaba a la aterradora sinfonía.

Augusto escuchó los gritos de su hermano por encima de todo y le hizo caso, a pesar de sentir que se encaminaban a una muerte segura, con los caballos sin control y perdidos en un camino extranjero de este mundo.

Paulino sintió en los huesos la ceguera que impuso a su hermano, como antes sentía el alivio de la lluvia por caer e instintivamente cerró los ojos para acompañar a Augusto en su oscuridad. Su último pensamiento fue una risa cargada de lavanda.

Silencio piadoso

Paulino fue el primero en abrir los ojos y en reaccionar al tomar las riendas del caballo de su hermano. Augusto abrió los ojos al sentir el tirón y el corte abrupto de la alocada carrera. Respiraban con agitación, casi les dolía exhalar el aire tibio y observaban a su alrededor aterrados, con las imágenes del horror todavía impresas en el temblor de sus cuerpos.

El aroma de la tierra regada, el silencio salpicado de grillos y la casa, a poca distancia. Todo parecía en orden, sin nada que lo hubiese mancillado de miedo. Paulino se cercioró de que su hermano se recuperase y le pidió que guardara silencio sobre lo que había pasado. Su mujer y sus hijos no podrían seguir viviendo allí si sembraban la semilla del miedo en ellos.

Justificaron la tardanza en nimiedades del trabajo y mientas comían, se miraron. Nunca más hablaron de lo que pasó esa noche, porque Augusto honró el pacto que le había hecho a su hermano. Y Paulino sabía que el hombre que esa noche había nacido, no faltaría a su palabra.

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Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.

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