Cuentos de terror

Testimonios del más allá: "El náufrago"

Un reconocido músico mendocino, oyente de Radio Nihuil, nos contó que vivió sucesos inexplicables y terroríficos en una vieja casona de la Sexta Sección. Y al parecer, el horror en ese lugar no ha desaparecido

Los hermanos habían vivido en relativa armonía, algo que se desdibujó por la prematura muerte de sus padres. En ese entonces, Antonio y Domingo rondaban los ventitantos y habían heredado la casa familiar y la poca suerte para hacer fortuna de sus ancestros, inmigrantes italianos que huyeron de su tierra y de la pobreza para ser modestos propietarios de un almacén de ramos generales.

Les llevó tiempo poder construir un hogar para los cinco (la mayor era su hija Clara), pero en 1930 consiguieron el terreno y en algo más de dos años la casa estaba terminada, con el patio como centro y corazón apacible y fresco. La madre se refugiaba allí, entre los aromas cítricos y dulzones de árboles y plantas, para hacer de los calurosos veranos una experiencia más llevadera. Las demás habitaciones y dependencias orbitaban a su alrededor y así cualquier espacio dejaba de sentirse oscuro o estrecho con sólo abrir las puertas.

Al poco tiempo de que Clara se casara, los padres murieron en un incendio en el almacén, así que los hermanos se encontraron, de un día para el otro con sus dolorosas ausencias y sin el negocio que les daba sustento. Aceptaron los primeros trabajos que aparecieron y si bien nunca habían tenido lujos, ahora pasaban necesidades. Se sobrepusieron, sin quejas, en un tácito pacto, honrar, con su sacrificio, la memoria de sus seres queridos.

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A sus primeras decepciones, le siguieron años de prosperidad. Tenían sus diferencias, eran dos hombres solos que de vez en cuando recibían ayuda de la hermana mayor y era tan necesario como lógico que alguno de ellos quisiese encontrar una buena mujer para hacer de esa casa, un hogar.

Fue el menor, Domingo, quien conoció a una joven, inteligente y juiciosa, que lo hizo volver a sonreír cuando creía que ya no había motivos para hacerlo. Pensó además, que esa presencia femenina haría también más fácil la vida de su hermano, pero Antonio estaba transitando otros caminos, más tortuosos. Tuvo también un amor, sólo suyo, porque de esa historia únicamente le quedó el dolor. No supo nunca más cómo atravesar las calles, la plaza, la esquina donde solía verla pasar con su madre. Sin ella, todo era desierto y el pecho se le llenó de arena. Ella era tan distante que pensó añadir más distancia. Tal vez de ese modo el recuerdo también se alejaría.

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Le comunicó a su hermano la decisión de irse, de dejar la provincia. Habló con amigos y algunos, a regañadientes, le prestaron algo de dinero, con la absoluta certeza de que nunca lo devolvería. A Domingo le pidió que vendiera la casa y le diera su parte. Era la única forma de tener lo necesario para asentarse en otro lugar.

Domingo se negó rotundamente. Esa era su casa y sería la de su familia cuando se casara. Estuvieron días sin hablarse. Al romperse ese lazo de sangre, el desencuentro fue dando paso al rencor. Antonio esperó a su hermano en el jardín, ese corazón cargado de aromas de la infancia compartida. Ahora ya no compartían nada.

No hubo muchas palabras entre ellos. Ya se habían dicho todo, con ironía, con odio, con gritos y la violencia abandonó la garganta y se hizo dueña de los cuerpos, que se agitaban, empujándose, con la misma agitación con que el viento esa noche sacudía las copas de los árboles y ni siquiera se separaron cuando algunas de las puertas se cerraron, también ellas víctimas de otra furia, escondida detrás de las ráfagas.

En esa danza desacompasada de empujones y golpes, Domingo cayó de espaldas, con un ruido que se extendió hacia las habitaciones. El golpe de su hermano le dolió en el orgullo y en el costado derecho, pero fue el incentivo para buscar venganza. Puso su mano en la franja adolorida, como si esa acción lograse que doliera menos y pareció tener efecto, ya que pudo correr a la cocina. Sólo apartó la mano del dolor para empuñar el cuchillo, porque él era el amenazado, era la víctima. Poco después fue Antonio quien se llevó la mano al costado derecho, no en un intento de mitigar el dolor, porque éste se deshacía con el correr de la sangre. Pensó que no merecía la herida, el daño y mucho menos la muerte. Y ese fue su último pensamiento.

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A Domingo no le costó ocultar la ausencia de su hermano. A muchos les había contado sus planes de marcharse, por lo cual nadie le hizo demasiadas preguntas. La misma noche del crimen lo enterró en el patio, en el corazón de la casa, que ya no palpitaba en familiares fragancias, sino en sangre corrompida.

Al día siguiente empezó a construir otra habitación, después de todo, tantos oficios que se vio obligado a aprender le habían dejado estas habilidades. Su futura esposa le había sugerido hacer allí una despensa, para guardar conservas y embutidos. Era su forma de hacerle saber lo brillante que le resultaba esa idea.

La vida de casados no fue tan apacible como esperaban. Discutían con o sin motivos y la joven ama de casa, que cruzó la puerta de su nuevo hogar con el cuerpo y la salud dispuestos a cuidar de su esposo y darle hijos, se veía cada día más desmejorada. No había energía en sus extremidades, notablemente delgadas y el ánimo la había abandonado, como si una tristeza ajena hubiese enterrado su pulsión de vida. Domingo sufría al verla así y cuando los médicos no encontraron motivos a sus dolencias, decidió que era momento de irse, sin dar demasiadas explicaciones.

Malvendieron la casa, con la aprobación de la hermana y la justificación legal de la ausencia de Antonio, algo que no despertó ninguna alarma. Domingo aseguraba que la última vez que lo vio se había ido furioso con ellos, sus hermanos, por no ayudarlo con más dinero del que ya le habían dado. Domingo decía que los estaba castigando con su silencio.

A partir de allí, propietarios e inquilinos se sucedieron con los años y la casa quedó ubicada, merced al crecimiento demográfico de la ciudad, en una calle residencial de la Sexta Sección.

Tuvo varias refacciones, con el buen criterio de respetar su arquitectura original y su belleza, hasta que a esa casa llegó Ramón. Este reconocido músico mendocino encontró en esa casona amplia y soleada todo lo que necesitaba, incluso una habitación donde disponer todos sus instrumentos como si estuvieran en un escenario, lo cual facilitaba mucho los ensayos con su banda. Fue recorrer los cuartos vacíos, marcando en los pisos de madera el ritmo con sus pasos, para saber que había llegado a su hogar.

Ramón vivía solo, aunque es más preciso decir que sin presencia humana, ya que su perro, un ovejero belga de porte imponente, era su más preciada compañía en aquella casa. A pesar de imponer respeto a cualquier desconocido, se comportaba como un cachorro feliz cuando Ramón llegaba de la calle, con un ritual de saltos, ladridos y corridas que duraba unos cuantos minutos.

Pero en el terror, siempre hay una noche que hace la diferencia y en este caso, fue aquella en la que el ritual de bienvenida que Ramón esperaba, no se concretó. Fue cruzar el umbral y escuchar los ladridos, que provenían de la habitación donde estaban los instrumentos. Se acercó de la manera más sigilosa posible, porque pensó, a juzgar por la ferocidad con que ladraba su perro, que había entrado un intruso. Pero no, no había más presencia en esa habitación que la de su mascota, que con los pelos del lomo erizados, en actitud de ataque, le mostraba los dientes a un rincón vacío, a la nada.

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Imagen generada con Inteligencia Artificial / Gonzalo Ponce

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Pensó en hacerle una caricia, para tratar de calmarlo, pero el animal estaba completamente enajenado y ni siquiera respondía cuando lo llamaba por su nombre. Estaba abstraído, como manteniendo a raya en ese rincón a un desconocido, a una amenaza, real al menos para sus ojos.

Ramón optó por dejarlo solo en el cuarto y esperar que se calmara. Al rato, casi sorprendido, el perro corrió a darle la bienvenida como si su dueño recién hubiese llegado.

No tuvo demasiado tiempo para atribuir al azar el extraño comportamiento de su compañero. Las noches comenzaron a tejer su telaraña, lentamente, primero con hilos de ruidos casi imperceptibles: crujidos de maderas y roces de telas. Luego llegaron los golpes de ventanas y puertas como si un viento huracanado estuviese castigando hasta los cimientos de esa casa antigua, aunque afuera todo luciese inquietantemente tranquilo.

Una de esas noches en que Ramón había conseguido ganarle unas horas al insomnio, la inquietud lo despertó al unísono con un estruendo. Era la habitación de los instrumentos y Ramón estuvo en segundos ante las puertas cerradas de su santuario. Al entrar al cuarto sintió que debajo de sus pies la tierra se sacudía, como en un terremoto, porque el impacto de ver todos sus instrumentos tirados en diferentes posiciones y lugares, fue demoledor. Parecía que la furia de alguien los había lanzado unos contra otros, pero nadie había entrado en esa estancia.

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Ramón no necesitó más pruebas de que no era normal lo que estaba experimentando y se refugió por unos días en las casas y en la comprensión de sus amigos. Pero tenía que volver. No sólo por sus pertenencias, sino porque allí estaba su rutina, sus ensayos, la vida que había planeado en esa casa con corazón de patio. Y volvió.

Hubo un par de semanas en las cuales Ramón tuvo la esperanza de haber regresado a la normalidad. Y esa es una trampa que la oscuridad suele tender con suma crueldad: darnos esperanza. Por eso, cuando los golpes y los estruendos regresaron, Ramón sintió que sus fuerzas lo abandonaban por completo.

No podía perder tan súbitamente la paz que había acariciado en esos días. Ya casi no se movía de la cama, a pesar de la ferocidad de los ruidos nocturnos, pero uno de ellos fue tan grave, con un retumbar cavernoso, que se despertó y buscó encender la lámpara junto a la cama. Aún en la oscuridad percibió la forma -una mano pequeña, “como la de un bebé”, recuerda- y la tibieza de la piel de alguien, de un ser que no debería estar allí. Encendió la luz y su terror al ver que efectivamente, estaba solo en su dormitorio.

Esta vez se fue para siempre, pero con una cercanía inexplicable. Se mudó a una casa en la vereda de enfrente, en diagonal al hogar que abandonó y desde la seguridad de la ventana de su nueva casa, vio que vendían la propiedad y que al poco tiempo, la demolían. Algo en la caída de esos muros le produjo más tristeza que alivio, pero sí se sintió reconfortado, casi feliz, cuando se inició la construcción de un moderno edificio de tres pisos. Un capítulo nuevo, una página en blanco.

Vio llegar a los nuevos propietarios o inquilinos, cargados de muebles, ropa, libros y plantas para los balcones. Un matrimonio muy joven pasó del saludo circunstancial a la amistad con nuestro músico. Y las confesiones no tardaron en llegar. Todavía estaban pagando el departamento, pero lo querían alquilar. No soportaban los ruidos, los golpes, las situaciones inexplicables que padecían en las noches. El ciclo no había terminado.

Para darle fin tendrían que haberlo encontrado. Tendrían que haber interrumpido su soledad de barro y silencio, herir la tierra hasta que el aire llegara a sus huesos. Pero eso nunca pasó y lo que allí sepultó un hombre, ni las máquinas pudieron rescatarlo, por eso él persiste en la esperanza. El tiempo borró su cuerpo, su nombre y lo dejó perdido, en un mar de olas oscuras desde donde arroja botellas con mensajes.

Esos mensajes recordarán el viento de su última noche, aquel que cerró las puertas de la casa y de su vida. Otras veces, cuando la furia que también conoció esa noche lo domina por completo, arroja objetos, los estrella entre sí y da lo mismo que sean platos o instrumentos musicales. Si añora la calidez del contacto con otro ser humano, acercará su mano sin edad –puede ser de cuando fue un bebé, un niño o un joven, porque no llegó a hacerse anciano- y esperará que entiendan el mensaje. Que lean entre líneas, que sepan que sigue siendo un náufrago perdido, que desesperadamente necesita que lo rescaten.

Si querés aportar a los Cuentos de Terror de Marcela Furlano y contarnos una historia que te haya sucedido, esperamos tu mensaje de texto o audio, los lunes en el programa "Días Distintos", de Radio Nihuil, los lunes de 13 a 15, al 261-6177997.

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