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Historia de vida

Rosana Mateos: una historia de resiliencia, lucha y amor

Editado por Raúl Adriazola
adriazola.raul@diariouno.com.ar
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Mucho se ha escrito sobre los logros de Rosana Mateos en el deporte, pero muy superficialmente respecto a cual fue su máximo logro, y cuales fueron sus herramientas para obtenerlo. La sanrafaelina enfrentó al “tren que viene de frente”, que no pudo aplastarla; sí le dio el más feroz revolcón, pero pudo salir adelante en esta historia de supervivencia lisa y llana. Usó dos herramientas: su ADN guerrero y la tan mentada resiliencia.

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Rosana padeció leucemia, y tuvo que cambiar de campo de juego esta profesora de educación física -promoción '92 del INEF- que en vez de aire respira deporte. De las canchas, piletas  y pistas tuvo que plantarse en un hospital y someterse a un trasplante de médula y el posterior tratamiento de quimioterapia.

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"El día que me diagnosticaron, le llevé la nena (su hija Priscila) a mi hermana y me fui a dar clases. Ella y mi hermano ya sabían de mi enfermedad, y me miraba extrañada por mi falta de reacción ante tal noticia. ¿No ven que Dios me lo mandó a mi porqué me la banco? les dije", recordó la múltiple campeona en los Juegos Mundiales para Transplantados. sobre aquel momento de impacto, cuando la diagnosticaron.

Lo paradójico fue que la enfermedad ya llevaba afectándola hacía dos años, y ella sólo sentía que estaba "cada vez más cansada". Así, cargando esa enfermedad, sin saberlo, llevó adelante todo el embarazo y alumbramiento de su hija, la Leoncita ganadora del oro en el Mundial Juvenil 2016, Priscila Jardel.

Embarazo con leucemia

"El 16 de diciembre del '96 me entregan los estudios con el diagnóstico. Cuando lo voy a ver al hematólogo y le cuento mi problema, me dice que ¡hacía un año que le había avisado a mi médico de mi condición! No podía creer que al médico se le había pasado. Pero luego pensé que gracias a Dios se le pasó, porqué si no, no hubiera nacido mi hija", recuerda Rosana sobre el momento de saber cual era su enemigo; mortal, y a pesar de todo se guardó la mala noticia por un día más, ya que su esposo rendía a la mañana siguiente la última materia de su carrera.

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"Cuando estaba en la sala de espera del hospital en Buenos Aires (fue tratada en el hospital Antártida) vi a un chico muy joven, seminarista, y charlando con él, noté que le habían hecho quimio. Se me ocurrió preguntarle como era. "Es como si te atropella un tren de frente", me dijo, y la verdad que me dejó pensando", dijo la mamá de la reconocida Priscila.

El "choque del tren" y la lucha

Su hermano le donó la médula ósea  (octubre de 1997) y comenzó la batalla en el hospital porteño. "Estaba en una burbuja, aislada, tenía cero plaquetas, cero glóbulos, y conectada a un catéter, pero no me sentía mal. Yo le pregunté a los médicos ¿cuando viene el tren?", recordó Rosana sobre el inicio del tratamiento, y agregó: "Un domingo, que era el Día de la Madre, me pusieron la última aplicación. "Hoy llega el tren", me dijo el hematólogo. Fue terrible. Sentí que la cabeza me explotaba, no podía levantarla de la almohada, y se me comenzó a caer el pelo. Imaginate lo que es eso para una mujer joven", dijo.

El tratamiento fue durísimo. "Un día entra la enfermera, toda tapada por la asepsia -no tenía defensas-  con la bandeja con el remedio que me inyectaban, y cuando está cerca, tropieza la chica. Instintivamente estiro las manos para sostenerle la bandeja, y los médicos -que miraban por una ventanita- me gritan ¡No, que te quemás viva!... y eso me inyectaban en el cuerpo", reflexionó Mateos, sobre el tratamiento que le salvó la vida.

La ayuda invisible

Rosana se confiesa y reconoce como "algo soberbia", y también se autodenomina "amarga". Sin embargo, quienes la rodean la aman por el amor que da y su predisposición a ayudar, así, francamente y sin agregarle edulcorantes. Ese amor de su gente fue el impulso que la ayudó en su esfuerzo por sobrevivir, y le hizo ver la vida de otra manera.

"Vivía acelerada, aún lo hago, un poco menos, pero después de la enfermedad aprendí a valorar cosas a las que no les daba mucha bola. Sabía que podía llegar a vivir dos años más, y quise dedicarlos a mi hija", explicó la deportista.

"Mucha gente me ayudó. Hice un tratamiento que costó 69 mil dólares, y muchos lo hicieron posible, desde mi familia, a la obra social y al gobierno. Cuando estás enfermo, sos el que menos sufre. Los otros hacen todo por vos", explica la multicampeona, restando importancia a su propia lucha contra la cruel enfermedad.

"Las cosas que pasé me cambiaron para mejor, para abrir la cabeza. Fue un tirón de orejas. Me dijeron "aprendé, que no vas bien" Descubrí lo importante que son las segundas oportunidades" "Las cosas que pasé me cambiaron para mejor, para abrir la cabeza. Fue un tirón de orejas. Me dijeron "aprendé, que no vas bien" Descubrí lo importante que son las segundas oportunidades"

Rosana Mateos, deportista trasplantada

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Milagros y el valor de las pequeñas cosas

"Un día, en la peor parte del tratamiento, se me juntan tres enfermedades, entre ellas la de EVO (enfermedad venooclusiva), donde se me había tapado un vena del hígado, y estaba sin defensas, y la médula de mi hermano -trasplantada- no prendía. Estaba con terribles dolores y me daban morfina", recordó Rosana sobre un momento crucial en su tratamiento.

"No daba más. Pensé que moría. En ese momento me cuidaba mi suegra, una mujer buenísima, ultra católica. Se la pasaba rezando a mi lado, y me regaló un libro que luego me sirvió muchísimo: El Valor de las Pequeñas Cosas. Tiene rosarios de todo el mundo, y siempre me invitaba a rezar con ella. Yo me hacía la dormida, y apenas ella me veía abrir un ojo me insistía con el rezo. Un día, ya jugada, acepté. Me dormía por las drogas, y ella esperaba a que despertara para seguir. No entendía mucho, pero se que llegamos a la parte de los Misterios. Están los Dolorosos, Misteriosos, y Gozosos", explicó la profesora, que hoy con sus testimonios, ayuda a otros enfermos de cáncer.

"Cuando estábamos en los misterios Gozosos, yo me dije ¿hoy me sentiré mejor? Y precisamente ese día comencé a recuperar plaquetas, se destapó la vena del hígado, y comencé a mejorar. ¿Fue casualidad?", preguntó Rosana, quien reconoció que el cariño y apoyo de su familiar la ayudó a mejorar.

Los Juegos para Trasplantados y su importancia

"A los cinco años de iniciar aquel tratamiento, un día me dieron el alta", expresó satisfecha. Sin embargo ella, ya en 1998 -a sus 28 años- participó de sus primeros Juegos para Trasplantados y comenzaron sus triunfos y records en cada deporte donde participó. "Tenía el bazo inflamado, e igual jugaba al softbol. Me llegaban a dar un pelotazo en un ojo, y chau, al otro mundo", recordó con risas y desenfado, su estilo personal.

"Yo no pensaba en la importancia de esta competencia, la que tiene el apoyo económico de los laboratorios que hacen los remedios. Sólo pensaba en competir, y luego me dio cuenta de que lo principal es el mensaje que se le da a la persona que descubre que está enferma y cree que es el final", destacó la atleta sanrafaelina.

Una sola nota negativa marcó la vida de Rosana, tras el tratamiento, y no fue realmente lo que le dijeron, si no, cómo se lo dijeron. "Un día voy a un médico, un tipo joven, que me revisó y me quemó la cabeza. Me puso en posición ginecológica, y comenzó con frases como: "tus ovarios son dos pasas de uva", o "ya tenés piel de vieja", la verdad es que luego de haber pasado lo que pasé, cosas así (daño físico) ya me las imaginaba, pero no tuvo ningún tacto para decirlo. Sentí ganas de decirle a mi esposo que se buscara otra, que como mujer estaba acabada", recordó con tristeza la profesora de educación física, que valientemente había peleado por su vida segundo a segundo por muchísimo tiempo.

Hoy Rosana sigue practicando deportes, aprovechando "esa segunda oportunidad", pero además contactándose con la gente, algo que sin querer obviaba por su dinámica, y aportando su contundente testimonio de que "se puede" contra una enfermedad tan grave y difícil como el cáncer, y además concientizando sobre la donación de órganos, ese acto de amor que salva vidas.

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