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Historias de vida

Quedó atrapado en un micro, pasó 6 meses en coma y convirtió el dolor en aprendizaje

Un accidente en 1997 marcó la vida de Julio Gómez: salvó a 40 pasajeros, estuvo 6 meses en coma y quedó con discapacidad motriz. Hoy, con bastones, terminó la secundaria

Editado por Cecilia Corradetti
corradetticecilia@gmail.com

Julio Gómez sabe que hay viajes que no figuran en ningún pasaje. Son esos recorridos largos, silenciosos, que se hacen con el cuerpo herido pero la voluntad intacta. El suyo empezó una noche de mayo de 1997, sobre una ruta de San Luis, cuando protagonizó un accidente.

Hasta ese día, su vida transcurría sobre el asfalto. Era chofer de micros de larga distancia, un trabajo que exige nervios firmes, reflejos rápidos y una responsabilidad que pesa tanto como el vehículo que se conduce. Julio manejaba para Expreso Jocolí, llevaba pasajeros de un punto a otro y conocía de memoria las rutas, las banquinas y los peligros invisibles de la noche.

julio gomez bondi

Julio trabajaba como chofer de micros en la empresa Jocolí. El accidente fue en mayo de 1997.

El 15 de mayo de 1997, saliendo de San Luis, entre Río Quinto y La Petra, todo cambió en segundos.

“Me pasa un camión con acoplado. Se cerró de golpe. El acoplado me pasó a unos 20 centímetros del parabrisas”, recuerda. El camión tocó la banquina y volcó. Julio frenó y tomó una decisión instintiva que después entendería como clave. “Me tiré primero hacia la izquierda, y cuando vi que venía otro camión de frente, me tiré hacia la derecha. Hice como una V. Eso me dio más frenado”.

El impacto fue inevitable. Eligió chocar del lado de su cuerpo para salvar a su compañero. Lo logró. Pero el precio fue altísimo.

Luego del accidente, Julio quedó atrapado 45 minutos

Julio quedó aprisionado dentro del micro durante 45 minutos, atrapado entre hierros retorcidos por el accidente. Sus piernas estaban destrozadas. Aun así, en medio del dolor, pensó en los demás. Preguntó si los pasajeros estaban bien. Eran 40 personas. Cuando le dijeron que sí, dio instrucciones claras: que rompieran los vidrios, que salieran con cuidado, que no se cortaran.

La puerta delantera estaba trabada. Su compañero logró abrirla. En la ruta pasaban autos, gente que se detenía, otros que intentaban ayudar.

julio en su casa

Julio agradece a su familia, a su esposa y al CENS donde pudo terminar la secundaria. "Todos me apoyaron. Y mi mujer es mi pilar", dijo.

Finalmente, cuando lograron sacarlo, lo sentaron en el asiento de atrás del micro. Un hombre lo sostuvo del cuello para ayudarlo a moverse. Sus piernas, quebradas, no respondían. Minutos después, lo bajaron a la ruta. Un muchacho que pasaba en un Rastrojero lo subió en la parte trasera y emprendió camino hacia el Hospital Regional de San Luis.

En el trayecto, una ambulancia se cruzó. El policía se bajó, se subió a la Rastrojero con Julio y la ambulancia siguió hacia el colectivo para asistir a posibles heridos. Así llegó al hospital. Después, el silencio.

En coma durante seis meses, despertó y empezó otro viaje lento y doloroso

Julio estuvo seis meses en coma.

Cuando despertó, no entendía dónde estaba. Buscaba el camión. Veía puertas lejos, sueros colgando, tubos, oxígeno. Intentó incorporarse. Un enfermero lo frenó con las manos en el pecho. “Quedate quietito. No te muevas. Te salvaste”.

julio y esposa

Compañera de toda una vida. Con Graciela comenzaron a estar juntos a los 13 años.

Más tarde, una médica le contaría la magnitud del milagro: lo habían reanimado tres veces, había perdido 4 litros y medio de sangre y estuvo al borde de la muerte. La pierna izquierda tenía el fémur roto en ocho partes. El hueso había salido hacia afuera, los músculos se habían cortado y enrollado.

Empezó entonces otro viaje. Uno lento, doloroso, interminable.

julio e hijas

Una vieja imagen familiar, cuando era chofer de micros, antes del accidente.

Lo trasladaron al Hospital Italiano de Mendoza, donde pasó años entre operaciones, internaciones domiciliarias, infecciones y recaídas. Cirugías de 17 y hasta 20 horas. Intervenciones cada semana, cada pocos días. Volver a empezar una y otra vez.

Pero lo más duro no fue el dolor físico. Fue aceptar que ya no era el mismo.

julio frontera

En plena de guerra de Malvinas Julio custodió la frontera entre San Juan y Chile.

“Lo más difícil fue admitir que estaba discapacitado”, dice. A su esposa le dijeron que no iba a caminar más, que iba a vivir en una silla de ruedas. Julio escuchó todo. Y decidió no rendirse.

Comenzar una vida distinta como discapacitado

Primero aprendió a sentarse. Después, a pararse. Los músculos no respondían. Estaban destruidos por el tiempo inmóvil. Le colocaban electrodos para que volvieran a funcionar. Las rodillas se le habían pegado de tanto estar acostado. Usó máquinas que de a poco las obligaban a doblarse. Dolía. Mucho.

Pasó de la silla de ruedas a un corralito. Del corralito a bastones largos. Y finalmente, a los bastones canadienses con los que camina hoy. No corre. No salta. Pero camina. Y para él, eso ya es una victoria.

julio y sus hijas

Con la foto de sus tres hijas. También es abuelo. "Mi familia fue clave para salir adelante", dijo.

Julio nació en San Juan, pero vive en Mendoza desde hace más de 20 años. Conoció a su esposa, Graciela Luisa Barrio, cuando tenía 13. Se casaron a los 20. Construyeron una familia. Tuvieron tres hijas, que hoy tienen 40, 34 y 32 años, y tres nietos. Cuando ocurrió el accidente, las nenas tenían apenas 2, 3 y 5.

“Mi señora fue y sigue siendo mi pilar”, dice sin dudar. “Una verdadera mujer”.

Antes del accidente, Julio ya había conocido el sacrificio. En 1982, cuando se hizo el servicio militar obligatorio, no fue a Malvinas, pero custodió la frontera entre San Juan y Chile durante la guerra. Es un dato que no suele mencionar, como tantas otras cosas que no grita, pero que forman parte de su historia.

Jubilado y discapacitado, Julio podría haberse quedado quieto. Pero había algo que le seguía haciendo ruido: la secundaria inconclusa.

El sueño cumplido de estudiar en la secundaria

Un día, un vecino pintor le contó que trabajaba de celador en una escuela nocturna, un CENS. Julio preguntó. Se informó. Buscó papeles viejos de cuando había estudiado en San Juan, en el CENS 3-432 de El Challao. Se anotó. Lo ubicaron en segundo año. Y empezó.

julio gomez egresa

Una felicidad nueva. La vida nunca deja de dar cosas lindas: la sabiduría es encontrar sus dones en cada etapa.

Iba todas las noches. No faltó ninguna. Estudió con bastones, con dolor, con cansancio. En un año y medio, terminó la secundaria. El día de la graduación fue escolta de la bandera. Buen promedio. Una deuda saldada.

Impulsado por su hija del medio, que estudia abogacía, intentó ir más allá: rendir para entrar a la universidad. Se preparó solo. Rindió exámenes online, fue a la universidad, pasó recuperatorios. No alcanzó el puntaje final. Pero llegó lejos. Mucho más lejos de lo que había imaginado.

“Este año voy a ver si puedo volver a rendir”, dice.

julio gomez abanderado

En el cuerpo de la bandera (izquierda) con orgullo y alegría. El accidente no pudo con Julio.

Hoy, Julio Gómez camina con bastones canadienses. Vive rodeado de su familia. Y deja un mensaje claro: “A la gente que no tiene título, que estudie. La mente se vuelve más activa. Es bueno seguir aprendiendo”. Y a quienes atravesaron tragedias: “Hay que poner empeño. Mucho empeño. Seguir adelante por los hijos, por los nietos. Sí se puede”.

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