ver más

Patricio Pron, el escritor distinto: "La literatura debería ser como la comida. Nadie come todos los días lo mismo, excepto que esté loco"

En todo hay una grieta y por ella entra la luz es la nueva apuesta literaria de Patricio Pron, escritor rosarino que es un distinto con el que da gusto charlar

Pocos autores tienen tantas ideas bullendo en su cabeza. Y pocos, sobre todo, saben cómo lanzar una miríada de conceptos disímiles en esa especie de acelerador de partículas que conforman sus entramados, sin que el resultado final se vuelva una masa inextricable.

En todo hay una grieta y por ella entra la luz, su nueva apuesta literaria, lleva algunas experiencias al extremo.

Por ejemplo, además de comenzar interesándose en la biografía del poeta y cineasta Benjamin Fondane, luego en su relación afectiva con la incomparable Wiebke -una mujer antológica-, en una pintura inmersiva de Nueva York y del Estados Unidos del peligrosísimo Donald Trump, en su abuelo materno que deviene en santón curativo al encontrar un zorro. Además de ese cúmulo, infiltra sus historias y disquisiciones con notas a pie de página como un bosque que se ramifica, vigoroso, por todo lo bajo.

Da gusto, en suma, que existan escritores como Patricio Pron. Que existan los distintos. Esos que abren los sentidos, que ofrecen más preguntas que respuestas.

Como da gusto esta, nuestra segunda charla, desde Madrid, para el programa La Conversación de Radio Nihuil.

Patricio Pron 06-06-2026.mp3
Your browser doesn’t support HTML5 audio
patricio pron

Patricio Pron habló desde Madrid con La Conversación, el programa de Radio Nihuil.

-Hola, Patricio, ¿dónde estás?

-En Madrid, aquí en mi casa.

-Preguntaba porque vos sos un viajero impenitente. En tu nuevo libro hay que seguirte por Nueva York, Berlín, Buenos Aires, etcétera.

-Sí, acabo de volver de una pequeña gira de seis países en cinco semanas, así que es raro que me encuentres en Madrid, habitualmente, pero aquí estoy.

-En algún sentido, llevás a tu país como un peso en la espalda, quizás por los avatares de tus viejos, por la historia argentina, por un montón de cosas.

-A cualquier argentino, me parece, le pesa el país, sobre todo en este momento particular. No creo, en ese sentido, ser diferente al resto de mis compatriotas. Aunque, desde luego, viviendo fuera, lo veo distinto.

-Innegable.

-Las cosas más interesantes de Argentina, sin embargo, las más importantes para mí, no me pesan, sino que, por el contrario, me han convertido en la persona que soy: los libros, los discos, las películas; muchas, muchas cosas que vienen conmigo. No me hace falta ir a Argentina para tenerlas.

-Lo que pasa es que tus viejos, como detallás en El espíritu de mis padres sigue subiendo la lluvia, eran periodistas y militantes. Y cuando eras parte de eso, no se la pasaba bien en Argentina, ¿no?

-No. Nadie que aspire a un proyecto cuyas ideas políticas vayan en la dirección de más derechos para más personas, puede haber estado contento en Argentina en los últimos cincuenta años. Ha habido momentos, desde luego, muy esperanzadores; también momentos muy negros y, básicamente, pendulamos entre unos y otros. Pero, por mi parte, no tengo ningún problema con el país.

-Vos confesás que ese libro sobre tus padres es el que más ha motivado que te hagan preguntas personales. Lo que pasa es que ahí has dejado todas tus señas de identidad. Alimentan poderosamente la curiosidad.

-Bueno, podés preguntarlas todas. Yo trataré de responder las que pueda (risas).

-No es para tanto, porque tenemos que pasar al libro nuevo. Pero, veamos, decís, por ejemplo: "Recuerdo haber llorado varias veces pero no lloro desde la muerte de mi abuelo paterno, en 1993 o '94". ¿Seguís sin llorar? ¿No es jodido eso?

-Sí. No es especialmente agradable, pero la verdad es que no suelo llorar mucho, aunque, como se dice en ese libro, a veces querría hacerlo. Debe de ser alguna especie de rasgo personal o algo por el estilo.

-"No me gustan los niños", decís también. ¿Se mantiene ese freno?

-Me gustan los de mis amigos y de mis amigas. Soy muy fan de ellos, a los que considero todos mis hijos putativos. Pero yo mismo no tuve hijos. Mi esposa y yo no tenemos niños y nunca quisimos tenerlos. Nada en contra de quienes los tienen, sin embargo.

-Hay otra línea que explica porqué andás de un lado para el otro. Decís: "No me gusta tener una casa propia; prefiero dormir en casas de personas que conozco". Como un caracol, llevás la casa a cuestas.

-(Ríe) Hay muchas personas que necesitan algo más de estructura y de orden y de sentir que tienen algo propio. Por mi parte, quizás por historia personal, me lo paso muy bien en lugares que no son míos: aeropuertos, estaciones de tren, hoteles, bibliotecas. No siento un gran impulso por tener cosas mías y, de hecho, prácticamente no tengo libros.

-¿No!

-No. Voy a bibliotecas o irrito a mis amigos pidiéndoles cosas. Pero libros míos, realmente tengo muy pocos, a diferencia de los que tienen mis colegas y mis amigos y mis amigas más lectores.

-Pero, al menos, trabajarás con la computadora porque en tus libros y, especialmente en este último, En todo hay una grieta y por ella entra la luz, hay una gran cantidad de citas, de referencias bibliográficas, de información dispersa. Uno te imaginaría trabajando en La Biblioteca de Babel o algo así.

-Bueno, la Biblioteca Pública de Nueva York, que es donde escribí esta última novela, de alguna manera es La Biblioteca de Babel. Solamente en el icónico edificio de la 42 con la Quinta Avenida, que tiene los leones en la puerta; solamente este edificio tan celebrado y conocido tiene seis millones de cosas.

patricio pron1

Patricio en una biblioteca. Aunque no le gusta ir a bibliotecas.

-Todo un mundo, se ve.

-Pero si tomamos los otros locales que la biblioteca tiene en la isla de Manhattan, ya el número de cosas asciende a sesenta millones. Pero, además, unos años antes de que yo llegase a Nueva York, había comprado un gran depósito para conectar sus colecciones con las de Harvard, Princeton y Columbia. Y ya directamente no sabían cuánto tenían.

-No es para menos.

-Ese año que pasé en Nueva York fue de muchos descubrimientos, de muchas lecturas y de hallar, porque si yo buscaba algo y no lo encontraba, era porque estaba buscando mal, no porque ellos no lo tuviesen o porque no existiera. Pero no eran mis libros, desde luego. Era un sitio por el que yo estaba pasando.

-A lo largo de todo tu libro, se te nota una gran fascinación por Nueva York. Observás con detenimiento a sus habitantes, a los personajes raros que pasan, describís infinidad de rincones y lugares. Decís, por ejemplo, que la noche es el momento en el que la ciudad revela por fin el enorme esfuerzo que subyace a toda su energía maniática y el más común de sus resultados. Esa energía de Nueva York a veces te posee, ¿no?

-Sí, absolutamente. Hay personas que llegan a Nueva York y, en cuanto ponen un pie en la calle, odian la ciudad profundamente. Les parece excesiva, les parece dura, les parece acelerada, les parece en un punto cruel.

-¿Y es tan así?

-Si bien todas estas percepciones son parcialmente ciertas, el hecho es que en Nueva York también las muestras de solidaridad o de compasión entre las personas, entre desconocidos absolutos y totales, son también muy frecuentes. Es una ciudad contradictoria, es una ciudad que se arroja sobre uno sin esperarlo; que en cuanto uno pone un pie en la calle lo asalta con estímulos visuales, sonoros, olfativos, todos muy intensos. Y, al mismo tiempo, es la ciudad, así como Roma era en la antigüedad clásica la ciudad del orbe, Nueva York lo es para nosotros en la actualidad.

-¿De qué manera se manifiesta esto en la actualidad?

-Las cosas que pasan en Nueva York son replicadas en un momento u otro en el resto del mundo. Nueva York crea tendencias o las absorbe y las multiplica con gran facilidad. Y conmigo fue especialmente generosa, en el sentido de que me regaló la oportunidad de recuperar un vínculo con el mundo físico que había perdido.

-¿Qué te regaló, puntualmente?

-Me regaló once meses o casi un año de intenso trabajo y me regaló esta novela, que habría sido una obra muy distinta si la hubiese escrito en otro lugar, aquí en Madrid, por ejemplo.

-Otra ciudad que fue importante para vos fue Berlín, que aparece también en esta novela. ¿Qué diferencia hay entre tu experiencia en Berlín y tu experiencia en Nueva York?

-Las diferencias son las que están determinadas por el hecho de que yo, cuando vivía en Alemania, era relativamente joven, mientras que ahora tal vez no lo sea. Otra diferencia sustancial está en la cantidad de dinero que disponía en Alemania, que era muy escasa y limitada; y el dinero que disponía Nueva York era algo menos escaso.

-Una diferencia que se hace sentir, en todo caso.

-La enorme diferencia, tal vez la más importante, que existe entre los tiempos de Alemania y los tiempos de Nueva York, tiene que ver con mis ideas de la literatura, las percepciones que existen acerca de mi trabajo. En Alemania yo era una especie de ex escritor o de escritor secreto que había publicado algunos libros en Argentina y que se había prometido a sí mismo no escribir más, mientras que en Nueva York fui a escribir.

-Al mismo tiempo, en paralelo, te fascina, de alguna manera, Estados Unidos. Te fascina y te jode, sobre todo por Trump, ese personaje, ese presidente que, según describís, tiene cara como de terrón de azúcar que se va disolviendo. Una imagen formidable.

-Sí, es como la cara de alguien que es una especie de helado que uno hubiese chupado demasiado hasta que, en parte, hubiese perdido su forma (risas). Pero comparaciones físicas al margen, efectivamente es un presidente que no deja a nadie indiferente, como no debería dejar a nadie indiferente la negación del otro y la transformación del odio en política de Estado.

-¿Cómo lo sentiste allí, estando dentro del país?

-Yo llegué a Estados Unidos poco antes de que Joe Biden renunciase a la candidatura a la presidencia por parte del Partido Demócrata, de que Kamala Harris fuese encumbrada y de que Trump obtuviese su segundo mandato.

-Un momento clave de transición.

-La mayor parte de mis amigos y amigas en la ciudad estaban convencidos de que Kamala Harris iba a ganar las elecciones, pero yo, que llevaba tan solo unos meses en Estados Unidos por entonces, no estaba tan seguro porque veía las contradicciones de la sociedad norteamericana, tal vez con los ojos de quien no es de allí, con los ojos de quien tiene una mirada fresca sobre algo.

-¿Cómo es esa mirada?

-Me parecía y me sigue pareciendo que Estados Unidos se asemeja mucho más a esta historia de embustes y de corrupciones y de pequeñas y grandes mentiras que constituyen la carrera política y empresarial de Trump, que a la historia de esfuerzo y de autosuperación que es la historia de Kamala Harris. Estados Unidos se parece más a Trump, en ese sentido. Que votase a Trump era una especie de sinceramiento que, aunque fuese trágico, de algún modo, por alguna razón, yo agradecía.

-Lo cual no te impidió aprovechar la estancia allí.

-Fueron meses muy interesantes. Al mismo tiempo, yo veía que lo que estaba allí no era solamente el presente de los Estados Unidos, sino también el presente de otros países, como, por ejemplo, Argentina; y podía ser mi futuro por cuanto en Europa no estamos nunca muy lejos de que una alianza de la derecha con la extrema derecha acabe gobernando.

patricio pron2

Patricio Pron hizo su análisis crítico sobre porqué Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos.

-Como hablamos hace un año y medio por La naturaleza secreta de las cosas de este mundo, te empeñás en ser un escritor distinto. Tus libros, en efecto, son raros. Puesto que te atraen los catálogos, los museos, las bibliotecas, ¿en qué casillero pondrías a este nuevo título tuyo, en qué género, porque, tranquilamente, podría ser una biografía apócrifa, una autobiografía, un ensayo, un conjunto de relatos, etcétera?

-Tengo la impresión de que no me corresponde a mí hacer eso, sino que son los lectores y las lectoras quienes tienen que decidir en cuál de sus estanterías mentales ponen un libro u otro. Si me preguntases a mí, sin embargo, y es lo que estás haciendo, te diría que se trata de novela contemporánea.

-¿Cómo la definís?

-La novela contemporánea se caracteriza porque en sus páginas no solamente se habla de la contemporaneidad, que es tal vez el tiempo del que es más difícil hablar. También en esa novela contemporánea se solapan tradiciones, géneros y genealogías que hacen que el objeto novela sea algo más difícil de catalogar o de clasificar.

-¿Con qué resultados?

-Esa falta de clasificación o esa dificultad de catalogación a mí no me parece contraproducente; por el contrario, me parece que abre o multiplica el número de lecturas allí donde una adscripción genérica muy contundente cerraría las cosas. A mí me gustan las cosas que permanecen abiertas, las cosas que ofrecen más preguntas que respuestas.

-Eso define tu literatura, claro.

-Yo mismo no creo tener más respuestas acerca de mis libros que las que tienen otras personas. De modo que diría que eso es novela contemporánea. Y diría además que pertenece a la extensísima tradición de literatura argentina escrita fuera de Argentina.

-¿De qué modo repercute en vos ese estar fuera de Argentina?

-Más allá de que mi acento haya cambiado o de que yo lleve más tiempo viviendo fuera de Argentina que en el país, los límites de mi pensamiento, el modo en que pienso las novelas, el modo en que pienso qué es un escritor o una escritora y cuál es su función, están completamente inscriptos en la tradición argentina.

-En tu singular manera de solapar los géneros, también has cambiado la manera de leer también. Alguna vez lo hizo Cortázar con Rayuela. En tu caso se trata, primero, de leer este libro con lentes porque en las notas a pie de página la tipografía se va reduciendo irremediablemente. Además, algunas veces esas citas, que se ramifican, ocupan en la página mucho más espacio que el texto central. Es una experiencia curiosa. ¿Qué te han dicho?

-Los amigos y las amigas que tienen, como tú, la generosidad de leer mis libros, suelen hablar efectivamente de que no son como ningunos otros libros que hayan encontrado, con los que se han tropezado en un momento u otro.

-¿Y respecto de En todo hay una grieta?

-Con este libro en particular, que se conforma, como dices, como insinúas, a través de notas a pie de página, les basta abrir una de esas páginas para ver que lo que está allí no lo han visto antes, porque nos consta, tanto a ellos como a mí que, de hecho, no hay ninguna novela conformada con notas a pie de página exclusivamente.

-Menos aún con tantos subderivados, tantas subnotas, porque hay notas y notas de notas de notas.

-Así es, porque el pensamiento se ramifica. Esta extrañeza inicial que puede provocar la forma del relato, afortunadamente, por lo que me cuentan, queda de lado cuando son los propios personajes y lo que les sucede, los que tiran del carro, por decirlo de algún modo.

-Sí, uno se deja llevar.

-Pero más allá de eso, que haya una cierta extrañeza, que los lectores y las lectoras se encuentren con cosas que no han visto nunca o no han visto recientemente, a mí me parece satisfactorio y muy recomendable. La mayor parte del tiempo, creo que todos nosotros tenemos la sensación de estar leyendo una y otra vez el mismo libro, en particular en lo que hace a narrativa reciente. Tal vez en poesía y en ensayo la cosa sea distinta, pero en cuanto a narrativa nos encontramos con narrativas del yo, como las llamamos o, digamos, alguna de las tendencias de moda.

-¿Cómo te caen las modas?

-Si bien no tengo nada contra la moda, la literatura debería ser como la comida. Nadie come todos los días lo mismo, excepto que esté loco.

-Ese laberinto complejo, ese juego de espejos que proponés, es lo que les da un gran atractivo a tus libros. Ahora, si bien está escrita en primera persona, ¿quién es para vos el protagonista de la novela, el personaje central?

-Yo creo que el protagonista de la novela y su tema es la mirada, el modo en que un puñado de personajes descubren que no están mirando lo que ven, lo que los rodea; que el presente requiere un enorme ejercicio de atención que ninguno de ellos le está prestando y deciden comenzar a prestarlo; deciden descubrir cómo habitar un presente en el que creo que ninguno de nosotros hace pie, dentro y fuera de los libros. La mirada es uno de los temas o uno de los protagonistas de esta novela.

-¿Y quién más?

-El otro es, desde luego, el presente.

-¿Cómo?

-El presente es contradictorio, es complejo, emite señales difíciles de descifrar, tremendamente contradictorias, como decía. Y, sin embargo, es imperioso hablar de él. O lo fue para mí, lo es para mí. De modo que estos personajes están tratando de aprender a habitar gozosamente, no pesarosamente, un mundo en el que tienen que vivir, les guste a ellos o no.

-Es cierto. Guste o no guste.

-El filósofo alemán Günther Anders dice que las noticias que nos rodean, las cosas que leemos o escuchamos en las radios o vemos en la televisión, nos hacen pensar que las cosas no pueden seguir como están, que algo parecido a un fin del mundo se acerca hacia nosotros, como quiera que consideramos el fin del mundo. Sin embargo, en cada nuevo día, ese fin del mundo se posterga unas 24 horas. Y en esa postergación no vivimos el fin del mundo, sino el mundo del fin.

-Notable.

-Ese mundo del fin, que es la clave del presente, es tremendamente inhabitable y no sabemos qué hacer con él. Nos lastima, lastima a otros, lastima nuestra relación con el mundo físico, sin el cual no podemos vivir; hace daño y destruye lo que llamamos de forma un poco abstracta la naturaleza, olvidándonos de que nosotros somos fenómenos naturales también. Y los personajes están pensando qué hacer con eso.

-¿Y cómo lo hacen?

-En ese sentido, no son diferentes al resto de las personas. Posiblemente, sin embargo, tal vez tengan algo más de disponibilidad y algo más de valentía para ir a buscar respuestas allí donde la mayor parte de nosotros nos conformamos con nuestra inquietud o con nuestras sensaciones.

-Preguntaba por el protagonista porque, supuestamente, la excusa que motiva tu libro es escribir sobre Benjamin Fondane. Pero, de ahí, pasa a ocupar el centro de la escena Wiebke, se van sumando otros individuos, hasta que al final uno entiende la etapa del libro cuando entra tu abuelo materno, que viene de Italia, ve un zorro y se transforma en una especie de chamán. Ellos tres resultan los nudos temáticos, pero con Wiebke en primera línea. ¿Quién es ella, tu compañera?

-Sí, sí. Tu lectura es menos abstracta que la mía, cosa que agradezco mucho (risas). Efectivamente, esos tres personajes son centrales en el libro y cada uno de ellos está conectado de maneras singulares.

patricio pron4

Patricio Pron, un escritor "distinto".

-Muy sorprendente el abuelo.

-Mi bisabuelo materno, que es el abuelo materno en la novela. Se trata efectivamente de una historia real. Fue un artesano, un obrero manual en Italia, que escapó de la guerra y que cuando llegó a la provincia de Córdoba se convirtió en una especie de hombre santo. Se dedicó a curar los campos de los vecinos a cambio de una pequeña contribución voluntaria. Y vivió toda su vida de esas contribuciones.

-Eso le otorga una gran singularidad.

-En mi familia somos todos muy cartesianos y muy racionalistas. Nadie habla de esta historia y yo mismo no conocí a mi bisabuelo, de manera que nadie sabe muy bien cómo hacía esto. Pero el caso es que su método funcionaba bastante mejor que el uso de agroquímicos y pesticidas que provocan que Argentina tenga una tasa de cáncer, incluso de cáncer infantil, en zonas rurales, que es superior en 40% al de la incidencia del cáncer en ciudades. Una estadística que es completamente desconcertante, una de las pocas del mundo de esas características.

-Lo cual le otorga un interés adicional a su quehacer.

-Mi abuelo al menos no destruía el mundo físico, no envenenaba y no agotaba estos campos que, en Argentina, con el monocultivo y una lógica completamente extractivista, estamos destruyendo. Pero mi abuelo materno, en algún sentido, es parecido a Fondane. Es uno de estos fantasmas de la historia de los que hablaba Fondane, a los que él mismo acabó sumándose.

-Se parece a Fondane, pero no es Fondane.

-Bueno, hay muchas diferencias, pero una de las más sustanciales es que mi abuelo materno consiguió instalarse en Argentina y Fondane no pudo obtener los permisos necesarios para hacerlo y para traer a su hermana y a su esposa al país, para escapar de la Segunda Guerra Mundial y del fascismo europeo. Fondane murió en Auschwitz, precisamente, porque no pudo obtener el permiso de trabajo para quedarse en Argentina.

-Lo cual truncó su trayectoria acá.

-Lo hubiese obtenido de haber podido estrenar la película surrealista que fue a hacer Argentina, gracias a la intervención de Victoria Ocampo, de la cual no sabemos prácticamente nada. Su productor mandó destruir la única copia existente en cuanto la vio, porque la consideró muy inmoral. Sin embargo, no sabemos qué vio de inmoral en la película y nos quedan tan sólo siete fotogramas y una breve descripción en una carta de Fondane a su hermana. Hay ahí también un vínculo.

-Volvamos a Wiebke. ¿Qué pasa con ella?

-Es posiblemente una mezcla de mujeres tremendamente talentosas y agudas y sagaces que he conocido a lo largo de mi vida, algunas de las cuales he tenido la fortuna de que fuesen mis parejas. Y es alguien que está tratando de pensar el presente o de hablar del presente a partir de acciones artísticas.

-¿Cómo?

-Está pensando en todos esos artistas que están mirando el territorio, que están hablando de las migraciones, que están hablando de las fronteras, que están hablando de los mapas, de todas aquellas cosas en las que vemos el modo en que el poder económico y político divide territorios y divide a las personas. Es alguien que está vivo y que, en su vitalidad, arrastra al narrador, diría yo.

-Lo arrastra por todo el libro. Siendo ella un compendio de mujeres, una antología de mujeres, se entiende porqué le das tanta potencia y misterio a Wiebke. Decís, por ejemplo, que compartía con su madre una voz algo grave. Y que, cuando "comenzaba a hablar, uno sólo podía esperar la revelación de un secreto terrible o la promesa de un relato inolvidable. Va a suceder algo increíble en los próximos minutos; eso era lo que sugería su voz".

-Me gusta que lo digas y que lo destaques. Wiebke es una especie de droga, como suelen serla las personas inteligentes y atractivas por diferentes razones. Para mí siempre ha sido muy importante el no construir personajes femeninos planos, el no crear personajes femeninos estereotípicos o demasiado pasivos.

-Efectivamente. Ella tiene un gran espesor.

-Gracias. Creo que es una especie de hándicap o de deuda que tiene mi generación de escritores en Argentina: la creación de mujeres, de personajes femeninos fuertes y una visión algo más compleja y, por consiguiente, más rica de lo que es una mujer.

-Una deuda no menor.

-De hecho, una de las medallas que me pongo, de las pocas que me pongo, es que cuando una novela mía (Mañana tendremos otros nombres) ganó el Premio Alfaguara, los miembros del jurado me contaron que hasta que no abrieron el sobre correspondiente para averiguar quién era el autor o la autora de la novela, estaban convencidos de que se trataba de una mujer.

-¿Por qué?

-Porque no podían imaginar que un hombre se hubiese detenido tanto a pensar en cómo piensa una mujer.

-Todo un halago, para vos, como escritor.

-Esta es una de mis actividades favoritas, saber pensar como piensan las mujeres. He sido muy afortunado con ellas y lo sigo siendo. Siguen siendo un misterio para mí, un objeto de gran interés, sin la tontería de convertirlas en musas o en meras superficies reflectantes del deseo de algún hombre, que es como suelen ser presentadas en las novelas.

-De acuerdo. Y le aportás a Wiebke una actitud ante el mundo que resulta fascinante, que es la renuncia; la renuncia al mundo de una manera muy particular para vivirlo de una manera más intensa. La renuncia, asimismo, es un concepto clave en tu libro.

-Sí, sí lo es. Yo no la llamaría renuncia. Hablaría de ella siguiendo el concepto que desarrolló Pierre Rabhi, sociólogo franco-argelino. Yo hablaría de sobriedad feliz.

-¿Cómo es la sobriedad feliz?

-Rabhi dice que una de las posibles soluciones a la catástrofe climática hacia la que nos dirigimos es el establecimiento de una nueva relación con el mundo físico y con lo que nos rodea; un nuevo marco de relaciones en el que no tengamos lo que deseamos sino lo que necesitamos; y que deseemos lo que necesitamos, tan solo.

-Sí, va por ahí la idea.

-Hay algo de eso siempre en mis libros y es posible que refleje una un anhelo personal.

-¿Cómo sos, en ese sentido?

-Puedo vivir con pocas cosas y tiendo a sentirme agobiado cuando tengo demasiadas. Como te decía antes, ni siquiera tengo muchos libros.

-A través de tu relato insistís una y otra vez en los muertos y los cementerios. Decís que ellos, los muertos, continúan volviendo a nosotros.

-Sí, estoy convencido de ello. No es solamente una cosa que dice mi narrador, que se parece mucho a mí, pero no necesariamente tiene las mismas opiniones que yo. Esta es una que compartimos, sí. Los muertos continúan manifestándose, no de manera esotérica o mágica; no es que quiera decir que veo muertos como en las películas.

-Ni hablar.

-Pero sí soy consciente de su presencia. Soy muy consciente del hecho de que aquellas personas que he conocido y que han muerto viven en mí o siguen en torno a mí. Y en ese sentido soy honestamente incapaz de echarlas de menos.

patricio pron5

"Soy muy consciente del hecho de que aquellas personas que he conocido y que han muerto viven en mí o siguen en torno a mí", cuenta Patricio Pron.

-¿En qué sentido lo decís?

-Los amigos y las amigas que he perdido, y pienso en muchos escritores argentinos que tuvieron la generosidad de tratarme como un par, prácticamente, desde que me conocieron; gente como Ricardo Piglia o Marcelo Cohen, siguen viviendo en mí. No los echo de menos. Los siento tremendamente cercanos y próximos. No los extraño.

-¿Y los cementerios? ¿Qué hay con ellos?

-Lo de los cementerios tiene que ver con una especie de descubrimiento tardío, por otra parte.

-¿Cómo fue el descubrimiento?

-Mi padre nos llevaba siempre a ver cementerios cuando nosotros éramos niños y yo odiaba esta actividad. Creía que era una especie de manifestación morbosa el interés por la historia.

-Pero se supone que finalmente le diste otro sentido a ese ritual.

-Porque, sin embargo, con el tiempo entendí que lo que mi padre había descubierto, y que yo descubriría más tarde, es que los cementerios son un magnífico observatorio desde el que contemplar cómo vivimos, cómo vive una sociedad.

-¿De qué manera?

-Tú puedes ir a un cementerio, en cualquier ciudad, en particular en la ciudad de un país que no conozcas, y ver cómo la gente no sólo muere y entierra a sus muertos, sino también cómo vive; qué ideas acerca de la descendencia, qué ideas acerca de la relación entre la vida y la muerte tiene.

-¿Y los que vos viste, particularmente?

-En ese sentido, los cementerios de Nueva York son magníficos observatorios de la vida contemporánea. No hay nada morboso en ellos. Es la vida manifestándose allí.

-Para cerrar, volvamos a tu abuelo materno, cuya compañía del zorro rojo, como decíamos, le da todo el sentido a la tapa del libro. Para vos ¿qué significa el zorro, un animal con tanta carga simbólica en distintas culturas?

-Esta es una de las preguntas que trato de no responder nunca (risas).

-¿Por qué? ¿Qué pasa?

-Porque, efectivamente, como dices bien, el zorro tiene muchísimos significados. Casi todas las culturas coinciden en tener al zorro como una especie de personaje de animal taimado, de animal traicionero.

-Astuto.

-O al menos dúplice, por decirlo así. Un animal irónico, a menudo cínico, que manipula a las personas. Puede que esta opinión, que está tan extendida, tenga que ver con el hecho de que el zorro es un animal raro.

-¿Raro cómo?

-Es un cánido. Es decir, es un perro, pero se mueve como un gato. Puede que esta contradicción le haya dado su fama de animal ambiguo. Esa ambigüedad es conveniente para la novela y a mis ojos le suma a este animal mucho atractivo.

-Definitivamente.

-Por otra parte, en muchas culturas el zorro es un psicopompo, es decir, un mensajero que lleva mensajes de los muertos a los vivos y de los vivos a los muertos. Por último, es un animal que parece estar entre dos órdenes y, por lo tanto, es un magnífico guía para para cruzar al otro lado; para atravesar la realidad y acceder a una realidad más verdadera.

-Es lo que ocurre en este caso, ¿no?

-Cuando finalmente el narrador de esta novela accede a esa realidad, lo que recupera es un paisaje de su infancia en una escena que me conmovió mucho poder escribir porque suponía hablar de algo que para mí es tremendamente doloroso y que, sin embargo, había ocultado a todos, incluso a mí mismo, que es el profundísimo dolor que siento por la pérdida de paisajes, no solamente en Argentina.

-¿Una liberación?

-Escribir sobre eso, por fin, saber cómo hacerlo y poder hacerlo, fue tremendamente emotivo y no ha dejado de ver ese zorro desde que escribí esa escena.

-“El zorro se había detenido al final del camino y allí me esperaba”. Con es imagen cerrás la novela. Pero, además, entre los muchos valores del zorro, hay uno, de origen europeo, que aplica perfectamente a tu abuelo. Dice que simboliza el campesino inteligente que vence al poderoso, o sea, al lobo o al oso.

-Así es. Creo que todos tenemos que tener algo del zorro en algún

MÁS LEÍDAS

Temas relacionados