Murió en Santa Rosa, Mendoza, Juan Carlos Di Marco, uno de los hombres del obispo Enrique Angelelli, quien fue beatificado recientemente por el Papa Francisco, junto a cuatro de sus colaboradores, todos asesinados en la última dictadura militar.

La muerte de Juan Carlos, hombre muy activo dentro de la Iglesia durante toda su vida, fue lamentada por los sacerdotes, diáconos y comunidad de la Parroquia Santa Rosa de Lima y también su fallecimiento llegó a oídos del obispo de Mendoza, monseñor Marcelo Daniel Colombo, que había mantenido varios contactos con Di Marco en los últimos tiempos.

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Desde la parroquia dijeron, en un primer anuncio: "Querido Juan Carlos, nos encomendamos a tu intercesión y nos esperanzamos en el encuentro y en el abrazo del amor eterno que nos unirá en Dios por la eternidad.... Gracias por lo que nos diste como testigo del amor de Dios".

Juan Carlos Di Marco había regresado a vivir a Santa Rosa hace tiempo, después de hacer tareas siempre para la Iglesia en distintos puntos del país y Sudamérica. En los últimos tiempos su madre, a quien cuidaba, contrajo covid-19, falleció y Juan Carlos también contrajo la enfermedad que, después de una dura batalla, finalmente lo venció a pesar de que era un hombre muy activo y fuerte.

Diario UNO tuvo la oportunidad de hablar varias veces CON ambos, especialmente cuando el Papa Francisco decidió beatificar a Monseñor Angelelli, a los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, y el laico Wenceslao Pedernera, un peón rural originario de Rivadavia y a quien Juan Carlos había conocido muy bien.

Junto a Rafael Sifre, otro santarrosino, Juan Carlos Di Marco tuvo un fuerte compromiso con la Iglesia y los pobres en los años 70, cuando eran jóvenes. Integraron la organización del Movimiento Rural Campesino.

Hacia fines de la década de los '60, Rafael Sifre vivía en la villa cabecera de Santa Rosa y Juan Carlos Di Marco en el distrito de La Costa. Eran jóvenes. Rafael había superado recién los 20 años y Carlos todavía no los había cumplido.

Habían aparecido por esos años los documentos de Medellín, del Concilio Vaticano II y había una gran transformación en la Iglesia Católica. El Movimiento de la Acción Católica y el Movimiento Rural Campesino estaban fortaleciéndose y los jóvenes se entusiasmaron en transformar una realidad injusta.

Sifre participó primero de varios encuentros y cursos nacionales y finalmente le ofrecieron coordinar el Movimiento Rural en Cuyo, incluyendo a Neuquén y La Rioja.

En Mendoza el obispo era Olimpo Santiago Maresma (lo fue hasta su muerte en 1979). Él y el equipo diocesano no le dieron acogida a estos dos jóvenes y, según ellos mismos, Maresma leS pasó sus nombres a los servicios de inteligencia, diciéndoles que eran "zurdos”.

Pese a esto comenzaron a trabajar en Mendoza. En una de las recorridas por los departamentos, conocieron a Wenceslao Pedernera en la finca Gargantini, en Rivadavia. Él los recibía en su casa y allí hacían algunas reuniones.

La primera acción que debían realizar Rafael y Carlos era establecer una sede para Cuyo, y Mendoza no era el lugar propicio. Pero estaban Angelelli en La Rioja y Jaime De Nevares en Neuquén.

Carlos fue a La Rioja y Rafael a Neuquén. Carlos recordó en una charla con este medio su llegada a La Rioja. “Toqué el timbre y me recibió un cura en sotana, que me hizo pasar a la cocina y me cebó mate, mientras charlábamos. Como pasaba el tiempo, le pregunté si monseñor Angelelli me iba a poder recibir, y él me dijo: '¿Y con quién creés que has estado hablando hasta ahora?'".

Finalmente los dos santarrosinos terminaron juntos en la tierra de Angelelli. Eligieron instalarse en plena zona rural y la primera orden de Angelelli fue: “Ahora se van a poner del lado del pueblo. Pónganse a tomar mate, pónganse la panza verde de mate. Pónganle un oído a ese pueblo, a ver por qué ríe, por qué llora, por qué trabaja… Recién cuando le hayan descubierto el alma al palo, se pueden poden a trabajar al lado de ellos. Al lado, ni atrás, ni adelante”.

El trabajo fue intenso, hasta que comenzó la persecución de la Dictadura y Angelelli les ordenó irse de La Rioja para salvar sus vidas. El obispo tuvo razón, porque al poco tiempo se sucedieron el asesinato de sus colaboradores y el suyo mismo.

Pero la persecución no hizo que cambiaran de rumbo y ambos santarrosinos continuaron trabajando en la Iglesia y con sus mismas ideas. Este martes se fue Juan Carlos. Rafael aún sigue trabajando.