El hermano Felipe Alonso Rodríguez se levantó este domingo como lo hacía todos los días. Desayunó, almorzó y pasó una jornada tranquila en su residencia del colegio de los Hermanos Maristas. Tenía 101 años y una salud que asombraba. Nada hacía prever el desenlace.
Pero por la noche se descompensó. Fue atendido por los médicos y los chequeos estuvieron perfectos. No había señales de alarma. Con la serenidad que lo caracterizaba, alcanzó a decir una frase que hoy resuena con fuerza entre quienes lo quisieron: “Me voy a morir de sano”. Y cerró los ojos para siempre.
La noticia sacudió a la comunidad educativa marista y a generaciones de exalumnos que lo tuvieron como docente, catequista y guía. A pesar de la tristeza, el hermano Eutimio Rubio Sáez, representante legal del colegio, transmitió calma: todo fue en paz. Sus restos serán despedidos este martes a las 10, en una ceremonia que promete ser tan sentida como multitudinaria.
Hace exactamente un año, Diario UNO contaba su historia con motivo de sus 100 años. Felipe Alonso Rodríguez era entonces el religioso de mayor edad del Colegio San José de los Hermanos Maristas. Celebró su centenario rodeado de afecto, con una misa emotiva y un festejo que reunió a miembros de la comunidad educativa, docentes, exalumnos y compañeros religiosos.
Fue el centro de una celebración cargada de emociones. Se recordaron anécdotas, se revivieron experiencias y se agradeció su incansable labor en la educación y formación de generaciones enteras. Su legado ya era inmenso, y él lo vivía con humildad.
Una salud envidiable y un docente ejemplar
Con una salud envidiable y una lucidez sorprendente, Felipe había nacido en León, España. Tras iniciar su apostolado durante seis años, decidió estudiar el profesorado de Física, Química y Matemática. Esas disciplinas no fueron solo materias para él: fueron vehículos para transmitir pasión, orden y pensamiento crítico.
Su trayectoria estuvo marcada por décadas de enseñanza en San Rafael y en Mendoza, donde dejó una huella imborrable. No fue solamente un excelente docente. Fue también un catequista comprometido y un motivador incansable. Siempre dispuesto a escuchar, supo estar presente cuando alguien necesitaba un consejo, una palabra de aliento o simplemente un oído atento.
El día de su cumpleaños número 100, rodeado de antiguos alumnos, expresó con una sonrisa que mezclaba picardía y humildad: “Me produce una alegría enorme que en este día especial mis exalumnos se acerquen a saludarme. Me dicen que fui el mejor y no sé si realmente fue así”. Y agregó, con su característico humor: “Hoy mi único problema es la sordera, que no me permite conversar mejor”.
A pesar de llevar décadas en Argentina, conservaba intacto su encantador acento español. Su carácter afable y su sabiduría lo hacían entrañable. “En general, tuve excelentes alumnos y en mis clases no volaba ni un mosquito”, recordaba entre risas, dejando en claro que la disciplina era parte esencial de su método.
Vivir con alegría y trabajar con pasión fueron siempre sus premisas. Su vida estuvo marcada por el orden, la disciplina y un equilibrio armonioso entre la vida religiosa marista, la exigencia académica y la ternura en el trato con los alumnos. Su salud mental, lúcida hasta el final, era prueba de esa coherencia interior.
Gran amante de la montaña, muchos exalumnos lo recuerdan también por su paciencia y dedicación al prepararlos para el ingreso a la universidad. Su vocación trascendió las aulas. Fue inspiración. Fue ejemplo.
“Su devoción hacia María, su presencia y cercanía con los alumnos hicieron que se ganara el respeto de toda la comunidad”, lo definió el hermano Eutimio Rubio Sáez, quien este domingo volvió a despedirlo con palabras de reconocimiento y paz.
Su vida en España y su vocación religiosa intacta
Durante el festejo por sus 100 años se proyectó un video que recorría su vida: la infancia en España, los primeros pasos en la vocación, los años como docente y su incansable tarea como guía espiritual. Cada imagen despertaba aplausos y emoción. No solo celebraban su edad. Celebraban una vida entregada.
Los hermanos maristas son hombres consagrados a Dios que siguen a Jesús al estilo de María y se dedican especialmente a la educación de niños y jóvenes, con especial cariño por quienes más lo necesitan. A diferencia de los sacerdotes, no están ordenados ni administran sacramentos. Su misión es, ante todo, educar y acompañar.
Uno de los mensajes proyectados aquel día sintetizaba su esencia: “Hermano marista, maestro apasionado, guía y ejemplo de vida. Con exigencia y cercanía enseñó matemática y física, pero sobre todo formó corazones con valores, fe y amor al prójimo”.
Hoy, a sus 101 años, el hermano Felipe parte dejando algo más fuerte que la tristeza: gratitud. Gratitud por cada clase, cada consejo, cada gesto de cercanía. Gratitud por una vida coherente hasta el final.
Se fue como vivió: en paz. Y con esa última frase que ahora parece casi una despedida consciente, sencilla y luminosa: “Me voy a morir de sano”.







