Sin haber cumplido aún treinta años, Adriana Murad Konings (Madrid, 1997) ocupa un lugar de preferencia en la nueva literatura española.
A. Murad Konings novela la soledad contemporánea: "Muchas veces, es más fácil tener una mascota que un hijo"
La autora de Los idólatras y todos los que aman, en diálogo con La Conversación (Radio Nihuil) reflexionó sobre la soledad, los miedos, las obsesiones y la dificultosa convivencia en estos tiempos

Con su primer título como narradora, Los días leves, resultó finalista tanto del Premio Herralde de Novela (2020) como del Premio Nadal (2023).
Con el segundo, que nos ocupa ahora, Los idólatras y todos los que aman, volvió a estar entre los candidatos del Premio Herralde de Novela (2023).
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En este caso, aborda varias facetas de la sociedad contemporánea haciendo eje en dos mujeres de distintas generaciones. Una, Elizabeth, viuda, dueña casa, en permanente tironeo afectivo con su hijo Florian, su nuera y sus dos nietos.
La otra, Rita, joven inquilina de Elizabeth, llegada de algún país europeo para concluir una tesis literaria en Inglaterra, bajo la maestría de Florian.
Elizabeth depende emocionalmente -y mucho- de su gato Douglas, que muere en el comienzo mismo del relato. Y, quizá, después resucita.
Rita es igual de dependiente de su perro Kurt. Que podría ser el malo de la película.
A partir de este núcleo de relaciones, Morad Kongins lleva a reflexionar sobre la soledad de estos tiempos, los miedos, las obsesiones, la dificultosa convivencia, la vida y sus obligaciones materiales y afectivas.
Desde su ciudad, bajo el rigor climático, habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Buen día, Adriana. ¿Cómo está Madrid?
-Pues, fijaos, hace un par de días hubo una nevada tremenda, así que ahora, con la lluvia, se está ya quitando toda la nieve. Pero está frío.
-En general, han estado padeciendo el frío en varios lugares, ¿no?
-Sí, sí, pero, mejor. Para estar en casa y leer.
-¿Te gusta estar en casa?
-Mucho, mucho, mucho (ríe). Es donde mejor escribo y donde mejor leo también. Lo de ir a cafeterías o a bares, no sé.
-Hay un lugar común respecto de los escritores. Uno se los imagina como personajes bohemios escribiendo con su cuaderno en los bares y cafés. Así, al menos, era la imagen de los románticos.
-Lo que pasa es que ocurre cada vez menos porque ahora te exigen consumir para quedarte en un espacio público.
-¿Vivís sola o en compañía?
-Vivo con mi novio y con mi perro (sonríe).
-Preguntaba porque el tema de la convivencia es central en tu novela. La situación de todos tus personajes, en ese sentido, es muy complicada.
-Sí, la convivencia es un tema que me interesa mucho por todo lo que puede surgir alrededor, positivo y negativo. Durante un solo día de la vida de una persona que convive con otra, puede haber altibajos emocionales de todo tipo, desde las cosas más pequeñas de lo doméstico, hasta emociones más fuertes.
-Lo que pasa en tu historia es que los personajes conviven, de una manera u otra, pero no se llevan bien, no logran articular un buen pasar. Están todos problematizados. Es como una señal de la sociedad contemporánea.
-Me interesaba la forma en la que podemos estar en una absoluta soledad, aunque estemos rodeados de gente. Y la forma en la que a mí me salió expresar esta soledad, que en realidad es una soledad mental, no física, era a partir de la convivencia doméstica y de todas las formas en las que se puede estar acompañado, pero mal acompañado. Que alguien esté cerca, no siempre es fuente de satisfacción o, simplemente, de una convivencia agradable.
-Muchas de las reseñas se preguntan si el tuyo es un libro de fantasmas y hasta lo relacionan con Henry James. Pero más que de fantasmas, podríamos decir que es un libro de gente sola que, por su misma soledad, alucina y ve cosas que no debería ver.
-Claro. Lo comenté en alguna entrevista y es algo que he repetido bastante con este libro. La soledad, en el sentido más existencial y psicológico, es la que muchas veces nos lleva a estas visiones, a estas experiencias que podemos asemejar a lo sobrenatural. Y, en parte, es una condición casi insalvable de la soledad, para poder conectar con ese aspecto más oscuro, en el sentido de los fantasmas.
-Contrariando a algunas escuelas de interpretación, parece inevitable ahondar en cuestiones personales tuyas.
-(Ríe)
-¿Cuánto de lo que tienen o viven tus personajes pertenece a tu mundo, Adriana?
-Con esta novela me ha pasado que mucha gente me asocia con Rita, que es la chica joven, inquilina de Elizabeth, una mujer mayor.
-Es la primera impresión que uno tiene, sin duda.
-Y hay un juego consciente, por mi parte, por ejemplo, al elegir mi foto de autora. Yo entiendo que existe la forma de lectura que disocia al autor de su novela. Pero sé también que mucha gente va a mirar la foto del autor y va a ver quién está detrás del libro.
-¿Con qué intención?
-Al posar en esa fotografía con mi perro, que es el mismo perro que tiene Rita, hago esa conexión de una forma consciente y sé que la gente va a leer en la chica joven una versión de mí.
-¿Y cuánto hay de cierto en eso?
-En realidad, cuando empecé a escribir el libro, puse mucho más de mi emocionalidad y de lo que estaba sintiendo en ese momento en el personaje de Elizabeth.
-Ella es una mujer grande. ¿Por qué?
-Porque empecé a escribir la novela cuando yo perdí a un gato. El mío no sufrió. Simplemente desapareció. Salió un día a pasear y no volvió. Y a partir de ese sufrimiento, de esa incertidumbre y de ese dolor que yo no había visto reflejado muchas veces en la ficción, que es perder una mascota, me apetecía escribir sobre ese tema.
-Un tema cada vez más popular.
-La ficción está llena de muertes; de muerte y de amor; pero pocas veces de la muerte de una mascota expresada de una forma compleja. Entonces, estando yo en situación de andar buscando a mi gato, puse mucho más en el personaje de la anciana que en el de la chica joven, al principio de la escritura. O sea, tengo que ver con en ambas, yo creo.
-¿Vivís en casa o en departamento?
-En una casa.
-Todos los personajes de tu novela viven en casas también. Esto vale por las mascotas, pero también porque al mismo tiempo van adquiriendo importancia las flores, las plantas. El jardín es otro motivo dentro de tu historia.
-Sí. Para mí, cuando me mudé a Inglaterra para estudiar durante varios años, era muy impactante que todo el mundo, con más recursos económicos o menos, tuviera allí la edificación típica, que es la casa adosada.
-¿Cómo es eso?
-Es gente que comparte casa como estudiante. Todos están en casas adosadas. En casi todas esas casas hay jardines, aunque sean diminutos.
-De ahí la importancia de este espacio.
-Allí el jardín es más que un terreno, es también una cuestión de estatus social. Y en el personaje de Elizabeth, que es la que está tan aficionada a las plantas y a la jardinería, se expresa esa importancia de mostrar al exterior cómo cuidas de tu propiedad.
-Vos decís que los lectores te ven como Rita, por la edad, porque es la chica que estudia literatura. También admitís tener algo de Elizabeth. ¿Y el perro Kurt tiene el perfil de tu propio perro?
-No. Mi perro se llama Elvis. Le puse un seudónimo para proteger su privacidad (ríe). O sea, me inspiré en él, pero usé otro nombre para crear un personaje y poder hacer lo que quisiera con él, sin sentir que estaba hablando de mi perro.
-En fin, vos podrías ser Rita, podrías ser Elizabeth, pero también Florian, el hijo de Elizabeth, porque es profesor en la universidad, da clases, es docente como vos que, además, has realizado muchos cursos de perfeccionamiento, incluso en Inglaterra. Tenés mucho de él.
-Florian fue la figura que me sirvió para expiar todos los vicios y las cosas que menos me gustan del mundo de la academia y ponerlas en un libro, permitiéndome a mí misma ridiculizar ese personaje y expresar el modo en el que se manejan esas dinámicas.
-¿Qué hacen esas dinámicas?
-Buscan producir textos, artículos, escritura académica, que luego, en realidad, no es tan atractiva para la mayoría de la gente.
-Totalmente de acuerdo. Se leen entre los académicos, porque el público no accede a eso ni tampoco le interesa.
-(Sonríe) Claro, claro, es un círculo muy contenido en esa burbuja. Pero también hay escritores académicos que son más atractivos. Pero, en el caso de Florian, era la forma de expiar tantos años en la universidad y de ver de cerca ciertas cosas que no me gustaban.
-Acá mismo, en esta entrevista, también podríamos elegir entre hablarle al público o a los académicos. A vos te han preguntado por Henry James y has contado, de paso, que te inspiran escritores como Nabokov, Ishiguro, Julian Barnes, etcétera. Pero al público que nos escucha ahora le debe interesar más que hablemos de las plantas, de la cocina, de los electrodomésticos o de las mascotas, ¿no?
-Totalmente. Y eso es lo bonito de escribir una novela y de tener las herramientas de la ficción, porque tú, como escritora, sabes que estás en diálogo con ciertos libros que admiras y autores que admiras; y luego, a la vez, estás creando una historia con temas que pueden ser atractivos para mucha gente y que no necesita de esas referencias literarias de otros libros.
-Esa es la clave.
-La historia, pues, se vale por sí misma y crea un mundo propio en el que hay jardines, mascotas, dolor, ¿no? Todos los temas que son más universales.
-Surge, aquí, una cuestión muy interesante. En un momento, el profesor Florian va guiando a su discípula Rita en el estudio del escritor Henry Jensen y le sugiere una pregunta clave: "¿Qué trataba de contarnos sobre la sociedad de su época?". Pues bien, tu novela es muy actual. ¿Qué estás tratando de contarnos sobre la sociedad de tu época y según tu edad, Adriana?
-Eso es un cliché, a lo mejor, que decimos los escritores. Pero he intentado con la novela, más que contar algo sobre mi época, hacer preguntas. Qué nos rodea y en qué tipo de dinámicas de convivencia, como mencionamos al principio de la conversación; qué tipo de existencia tenemos con los recursos económicos en cuanto a la vivienda, por ejemplo; qué significa vivir en una casa alquilada que no es tuya; qué tipo de ansiedades y a qué tipo de límites estamos dispuestos a llegar para conservar un hogar que no nos pertenece y, sobre todo, en una situación de precariedad económica y emocional, al ser un personaje que no vive en su país, que está ahí como extranjera, que no tiene la seguridad.
-Son preguntas, todas, pero que ilustran un momento de la sociedad.
-Esos temas que afectan a mucha gente hoy en día, para mí era importante activarlos en la historia, pero no diciendo esto es lo que yo creo, sino simplemente problematizándolos, más con la intención de que el lector reflexione conmigo a propósito de la situación tan complicada en la que meto a los personajes.
-¿De dónde es Rita, la chica joven de la historia? ¿De qué ciudad es?
-Rita, a propósito, no digo de dónde es.
-Por eso mismo.
-Es un personaje del sur de Europa, probablemente. Mucha gente asume directamente que es española porque la asocian conmigo.
-Básico es lo que uno sospecha.
-Me daba un poco igual también porque Rita, como personaje, una de sus características es que no tiene una identidad más allá de la que está construyendo allí. Entonces está muy dispuesta a olvidar quién es con tal de que la acepten en su nueva ciudad.
-Otro tema muy candente que encarnan tanto Elizabeth como Rita es que ambas son totalmente dependientes, en cuanto a lo emocional, de sus mascotas. Se trata de un fenómeno que se está expandiendo por el mundo. La gente, las parejas, prefieren tener perros o gatos antes que hijos.
-Sí, totalmente. Creo que responde a las formas de relación de las personas hoy en día. Pero también en parte se debe a la precariedad. Muchas veces es más fácil tener una mascota que un hijo, simplemente por cuestiones materiales.
-Una razón directa, sí.
-Luego también hay algo que no es negativo sino simplemente un cambio en la sensibilidad y en la forma de aceptar a otras especies como parte de un núcleo familiar.
-¿Cómo es en tu caso?
-Yo no soy de las personas que se escandalizan ante esto. Obviamente tengo mascotas y siempre las he tenido. Pero a veces me chirría cuando algunas personas dicen que ahora los perros son como si fueran humanos.
-¿No hay algo de eso?
-Creo que no es así, por una parte. Cuando ampliamos nuestra empatía hacia otras especies no me parece algo negativo.
-Lo que pasa en tu novela es que Elizabeth padece más la muerte de su gato que la de su marido. Y Rita sufre un colapso emocional cuando se le va el perro más que cuando se le van los padres. Es problemático.
-Es así. En ese sentido ¿dónde está el dilema? ¿O la cuestión más moral? La pregunta que intento hacer es sobre el tipo de soledad que tienen. Y en ese tipo de soledad, la mascota encaja porque no ofrece un cuestionamiento, no te responde, no te dice nada. Es una presencia que alivia la soledad, pero no la soluciona en ningún caso.
-Precisamente.
-El problema no es tanto si tienen animales o no, sino qué están depositando en esas figuras, qué tipo de afecto, qué les falta, por otra parte. En el caso de Elizabeth, es una mujer compleja. No es perfecta ni mucho menos. Pero es cierto que sufre una soledad cuando, en realidad, tiene familia cerca, que simplemente no la trata bien porque es mayor.
-Ese es un eje del conflicto, volverse mayor.
-Y como no les interesa esa relación con una mujer mayor, entonces es como una especie de necesidad la de depositar todo ese cariño, que no puede ir a otro sitio, en un gato. Y eso es lo que permite llevar a ese gato como el símbolo de la novela.
-Hay otra lucha muy de hoy entre Elizabeth, que trata de seducir a sus nietos con bocadillos, golosinas y chocolates, y su nuera, Sam, que detesta esa comida con azúcar y alimenta a sus hijos a base ensaladas y pescado, o sea, con una dieta saludable.
-Totalmente. Refleja el deseo de querer y de agasajar de Elizabeth con el dulce, así como con el placer de la comida. Y en el caso de la mujer de Florian, hay una figura muy estricta que quiere observar eso como algo que corrompe a sus hijos, de los que controla todo. Ahí sí hay un componente crítico: el absurdo y casi lo enfermizo que es tener esas dietas restrictivas, que al final alejan al personaje.
-Si hoy te invitaran a comer, ¿adónde irías, a lo de Elizabeth o lo de Sam?
-Con Elizabeth, ¡pero sin ninguna duda! (risas).
-El tema gastronómico, en general, también está muy presente en Los idólatras y todos los que aman. Sos muy minuciosa en los detalles de cada plato de Elizabeth quien, además, sigue al pie de la letra las recetas de Lucy Cherry, una cocinera emblemática que ve todo el país por televisión.
-Así es. Respecto de este personaje en concreto, su referencia real es Mary Berry, una chef que yo veía siempre que encendía la televisión cuando vivía en Inglaterra. Para mí era un ícono de algo que ya casi no existe: la ama de casa que está con el delantal, dispuesta a cocinar.
-Y va reapareciendo en distintas páginas.
-Porque es un tipo de mujer que Elizabeth aspira a ser y con la que estaba un poco obsesionada. Y la minuciosidad a la hora de contar cómo cocina y cómo hornea sus pasteles, para mí era una forma de presentar al personaje y de decir cómo es, sin decirlo directamente. Como que tú conoces a alguien muy bien cuando te prepara un bocadillo, por ejemplo, ¿no?
-A través del relato vas incluyendo, como al pasar, otros elementos en apariencia secundarios, pero que terminan ocupando un rol protagónico. Por ejemplo, la tostadora, una simple tostadora, que fue la culpable de la muerte del esposo de Elizabeth.
-Era una forma de ampliar el espectro de los espectros, es decir, ampliar la consciencia de los fantasmas, que ya están presentes con el gato de Elizabeth, que, en teoría, vuelve a la vida y sale de la tierra cuando ya ha sido enterrado.
-Les pasa a los otros también.
-En el caso de Rita, que tiene sus propios fantasmas, está obsesionada con el contacto de sus padres, pero, luego, cuando va a mirar el buzón, no hay nada, no hay ninguna carta. Es también una especie de plano alucinatorio y de contacto con lo sobrenatural.
-¿Y Florian?
-Es el personaje en apariencia más racional, el que le dice a Elizabeth que se está volviendo loca y el que intenta volver todo el rato al plano terrenal. Para mí, que él se obsesione con el objeto que provocó el accidente que causó la muerte de su padre, es decir, la tostadora, era una forma de darle su propio fantasma.
-¿De qué manera lo ves?
-Es como decir que incluso las personas racionales tienen algún tipo de obsesión o contacto con este aspecto más irracional de la existencia humana. Negarlo, al final, es un acto de ceguera. Todos tenemos nuestras tostadoras personales en el mundo.
-Como decíamos, los fantasmas son casi inventados por la soledad o la desconexión de los personajes. Pero aquí cobra importancia otro factor, el miedo. El miedo termina ocupando el centro de la escena, o sea, el miedo a quedarse solos, a envejecer, a perder la pareja, etcétera. Y está el hecho, a su vez, de fomentar el miedo.
-Sí. El miedo no es solamente algo que sufren los personajes, sino también algo que los personajes provocan en otros personajes para conseguir lo que quieren. Era otra forma de imaginarlos a todos, que consideran que son ellos los que están manejando a los muñecos, a las marionetas; creen que son ellos los que están manipulando cuando, en realidad, todos están manipulándose entre sí.
-Una obsesión controladora que está presente todo el tiempo.
-No hay una sola forma de control. Entonces el miedo era la forma en la que estos personajes intentan que los otros se comporten de un modo o de otro, en todos los sentidos. Por ejemplo, el miedo que tiene Elizabeth a que su gato vuelva, pero también a que todo se lo esté inventando y realmente lo que padezca sea un comienzo de demencia. O sea, el miedo, sobre todo, activa la trama y a los personajes para que se comporten como se comportan.
-En otro de los diálogos entre Rita y su profesor este dice algo así como que escribir escribe cualquiera, pero el tema es hacer una novela que sea una novela como Dios manda. ¿Considerás que tus libros ya son novelas como Dios manda, según Florian?
-A Florian probablemente no le gustaría la ambigüedad de la novela. Él es un lector de novela realista, menos ambigua. Pero a Florian, sobre todo, lo que no le gustaría es la literatura más experimental o que se sale de un esquema de lo que él considera que es una novela.
-Una postura bastante ortodoxa.
-Hoy en día, y ya desde hace muchos años, dinamitamos lo que es el concepto de novela. La novela, como género, justamente si tiene algo de interesante, es que resulta difícil definirla.
-De acuerdo, eso la enriquece.
-Siempre se habla de la muerte de la novela, del género que ya nadie va a leer porque ha agotado sus posibilidades. Y es lo que define la novela, que siempre está a punto de desaparecer. Nadie sabe definir muy bien lo que es (sonríe).
-Crece la inquietud porque la llamada generación Z cada vez lee menos libros. Las pruebas están a la vista. Vos, además de escritora, sos docente. ¿Qué hacemos ante este fenómeno?
-Lo que se puede hacer, desde un punto de vista más institucional y más grande, en donde no tenemos opción de opinar los escritores, es abaratar el coste de los libros, que muchas veces son muy caros. Mucha gente no se gasta el dinero en los libros porque a lo mejor no puede.
-¿Con eso alcanza?
-Se trata, no solamente de abaratar el coste de los libros, sino de poner muchos recursos para bibliotecas públicas y convertir la cultura en algo mucho más accesible, aunque ya lo sea más que en otros momentos.
-Se dice fácil, pero es toda una tarea.
-Y luego hay que enfatizar que la cultura, y sobre todo la lectura de novela, en general la lectura, ayuda a escapar y a la vez a conectar con la realidad, con lo que está sucediendo en nuestro territorio.
-¿Con qué tipo de libros?
-No necesariamente tenemos que leer libros que traten sobre los temas de actualidad. Pero el simple hecho de leer y de conectar, de establecer una relación con una historia durante un tiempo determinado, de parar y estar en silencio con tu libro y luego comentarlo con quien sea, es algo que añade y no puede ser sustituido por la tecnología.
-Impecable descripción de las bondades de la lectura.
-Se trata de una experiencia que hay que valorar como lo que es. Y tampoco hay que ceder a hacer libros más cortos o más fáciles. Ahí es donde estamos claudicando. La gente ya no quiere sentarse una hora y leer en silencio. Hay que revalorizar el tiempo más lento de la lectura.
-Revalorizar el tiempo más lento. Una bandera. Para cerrar, una pregunta a la traductora. Hoy la IA los está desplazando de esa tarea. ¿Cómo lo ves? ¿Cómo te afecta en tu vida profesional?
-Me gustaría ser más traductora de lo que soy. Es un ámbito en el que he entrado un poco, pero, por ejemplo, no he traducido nunca novelas. He traducido, sobre todo, poesía.
-¿Y en ese campo qué pasa?
-Es un género en el que es muy importante la elección de la palabra, no un proceso mecánico que pueda hacer una máquina. No hay que temer demasiado a la inteligencia artificial a nivel literario.
-¿Por qué?
-La inteligencia artificial puede ser para un manual o tal vez incluso algún texto que no sea literario. Pero los matices y las decisiones que toma un traductor, que es un escritor también y pone mucho de su parte, es para lograr que el texto sea más que traducir de A a B, que se mantengan los matices, las ambigüedades, la musicalidad, todos los aspectos que una máquina no podría capturar por cuestiones de sensibilidad.
-La versión fina de la cosa…
-Hay cosas que no se pueden poner en el lenguaje de la máquina. No hay que ceder a ese miedo tan rápido. Cualquiera que intente traducir bien un poema con una máquina se va a dar cuenta de que no va a ningún lado eso.