La tarea de una mujer que cría sola a sus hijos e hijas tiene un precio que se puede calcular: comida, ropa, escuela, salud, transporte y también las horas necesarias para cuidar. Muchas de ellas no reciben cuota alimentaria, Mendoza tiene una lista de más de 2.400 padres deudores, cuyo promedio de edad es de 43 años.
Mujeres que crían solas: cuando el dinero y los cuidados nunca llegan
El índice de crianza determina el costo de mantener a un hijo, pero nueve mujeres cuentan otro precio: trabajo, tiempo, agotamiento y carga mental

La crianza de los hijos e hijas por parte de una mujer sola, tanto en lo económico como en los cuidados, crea una carga mental imposible de describir sin haberla vivido.
Pero hay otra parte de esa cuenta que no aparece fácilmente en una transferencia bancaria: organizar la vida cotidiana, llevar y traer, faltar al trabajo cuando un hijo se enferma, conseguir quién cuide a los chicos, recordar los turnos, hacer las compras, resolver los trámites y volver a empezar al día siguiente. Se denomina "carga mental" y ocupa páginas enteras e los libros de psicología.
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Para nueve mujeres entrevistadas por Diario UNO que crían o criaron a sus hijos prácticamente solas, esa suma se convirtió durante años en una vida organizada alrededor de las necesidades de otros. Algunas reciben cuotas alimentarias mínimas; otras nunca recibieron un peso. Algunas fueron a la Justicia y todavía esperan respuestas. Otras decidieron no reclamar porque podían sostener económicamente a sus hijos. Hay quienes hablan directamente de violencia económica y quienes nunca utilizarían esa palabra para describir lo que vivieron.
El índice de crianza permite ponerle una cifra a una parte de esa realidad. Para los distintos grupos de edad, el costo incluye bienes y servicios, pero también un componente específico de cuidado. En los menores de un año, por ejemplo, el cuidado representa $377.836 de un total de $557.303. Entre los chicos de 1 a 3 años, son $430.747 sobre $663.900. En los de 4 y 5 años, $270.360 de $567.243, y entre los 6 y 12 años, $344.779 de un total de $713.070.
Pero detrás de cada una de esas horas de cuidado hay una persona que tiene que estar disponible.
Mujeres: la mamá que trabaja, cuida, organiza y vuelve a trabajar
Belén tiene 40 años, trabaja en el ámbito editorial y también es docente. Tiene dos hijos y conoce de memoria la suma de tareas que se esconden detrás de la expresión “criar”.
Ser una ‘mamá luchona’ implica trabajar de forma remunerada en varios empleos para juntar el dinero necesario para mantener a tus hijos e hijas”, explica. Pero esa es apenas una parte de la ecuación. Después viene “una carga no remunerada gigantesca: cocinar, limpiar, lavar, tender y lidiar de manera continua con el caos del hogar
Y después está lo que no se ve.
“Recordar las fotocopias de la escuela, enviar el dinero de salidas escolares, garantizar meriendas saludables para cada uno según sus gustos, organizar calendarios de examen, conseguir materiales para ferias de ciencia, pedir permisos en el trabajo para asistir a reuniones o llevarlos al médico”.
La lista sigue: acompañar la vida social, llevarlos a taekwondo, garantizar que salgan a jugar, conseguir que no pasen todo el día frente a una pantalla.
Cuando recurrió a la Justicia para que el progenitor asumiera una parte mayor de los cuidados, llegó a una audiencia en la que él explicó que trabajaba mucho y por eso no podía cuidar más a sus hijos. Recién después de la intervención del juez consiguió que los sumara un día más por semana.
Pero esos días tampoco significaron descanso.
“Esos días en los que él se los lleva no son para descansar, sino para recargarme la jornada laboral y trabajar de corrido hasta la noche”, cuenta.
La frase tiene humor, pero detrás hay algo menos gracioso y es cuando la responsabilidad económica y de cuidado no se distribuye, incluso conseguir un derecho puede convertirse en otra tarea que debe gestionar la madre.
El dinero que no llega y las cuentas que igual hay que pagar
Marisa tiene 46 años, es profesora y tiene dos hijas. A la primera la crió sola desde que nació.
Durante unos seis años, el padre no aportó dinero porque decía que no tenía trabajo. Ella acudió a una mediación para reclamar que asumiera sus responsabilidades en salud, educación, alimentación y esparcimiento, pero él se declaró insolvente.
Ocho años después pudo pagar un abogado e iniciar un juicio.
Lo ganó.
La cuota que recibe actualmente es de $80.000 mensuales.
El resto lo cubre ella con sus múltiples trabajos docentes: educación, club, vestimenta y obra social de su hija mayor.
Con su segunda hija la historia fue diferente, pero terminó en un punto parecido. El padre tiene una pensión por discapacidad y, según cuenta Marisa, sostiene que no puede afrontar los gastos de la niña. Ella tuvo que recurrir a la Justicia y pedir que se fuera de la casa después de atravesar una situación de violencia familiar.
El costo no quedó solamente en las cuentas.
La sobreexigencia y la angustia económica la llevaron a tratamiento psicológico y psiquiátrico. Cuenta que tuvo problemas de insomnio, caída de pelo y picos de cortisol por estrés.
Carmen, de 63 años, también identifica en su historia una forma concreta de violencia económica. Tiene tres hijos ya adultos, pero se divorció cuando ellos aún eran adolescentes, y tuvo que trabajar muchísimas horas cuidando personas y haciendo tareas de limpieza para sostenerlos.
Su exmarido hizo desaparecer rápidamente dinero que había en el banco, sostuvo ante la Justicia que no tenía ingresos fijos y buscó que el divorcio avanzara rápidamente para no aportar.
Mientras tanto, Carmen intentaba sostener una casa con tres chicos y una hija que además tenía problemas de salud.
A veces el padre llevaba dinero, pero incluso entonces aparecía otra escena que hoy recuerda como parte de esa desigualdad: iban juntos a hacer las compras y él utilizaba parte de ese dinero para comprar cosas que se llevaba a su propia casa.
También recibió mensajes en los que le advertía que se quedaría con los chicos si ella no podía mantenerlos.
“Se me destrozaba el corazón”, recuerda.
Cuando intentaba enfrentarlo, él le quitaba el celular con engaños y borraba los mensajes.
Hay mujeres que no dejaron de trabajar nunca
Alejandra tiene 50 años, dos hijas y una historia que empezó antes de convertirse en madre. Desde niña estuvo a cargo de sus hermanos. A los 16 años tuvo a su primera hija y trabajó con ella en brazos hasta conseguir una vivienda del IPV.
A los 21 ya tenía dos hijas y una casa que mantener.
Lo describe como emocionalmente negligente y sin aportes económicos.
Durante años encadenó trabajos precarizados, crianza y estudios. Terminó el secundario a los 28 años y más tarde comenzó distintas carreras que tuvo que abandonar hasta que, en 2023, empezó la carrera docente que hoy está cerca de terminar.
Su relato tiene una frase que resume el costo que no aparece en ninguna canasta:
Y también señala una desigualdad que aparece de distintas maneras en varios testimonios: mientras ella tuvo que organizar cada aspecto de la vida familiar, el padre pudo seguir construyendo su propia vida.
"Tuvo todas las oportunidades que a mí me negaron: formó parejas, viajó, adquirió bienes y subía fotos a redes en reuniones donde la comida abundaba, mientras él nunca tuvo que pensar si sus zapatillas aguantaban un poco más o si la ropa le duraba una década"
Fernanda, de 53 años, también conoce esa ingeniería cotidiana.
Se fue a Chile con su entonces marido y sus tres hijas porque él supuestamente iba a conseguir trabajo. Pero él pasaba la semana en Santiago buscando oportunidades y ella quedaba sola con las chicas en un pueblo costero.
Las distancias entre las escuelas eran largas. Si perdían el colectivo, tenían que caminar kilómetros. Si ella tenía un evento laboral durante el fin de semana, buscaba a una amiga para que cuidara a las niñas.
Para alimentar a sus hijas tuvo que abrir una cuenta corriente en el almacén del barrio y conseguir trabajos de tutoría mientras estudiaba y rendía materias.
Después volvió a Mendoza, consiguió trabajo formal y comenzó otra etapa de la misma carrera contra el reloj: escuelas, turnos, tareas y viajes para acompañar a una de sus hijas a patín por distintos lugares de la provincia.
En toda la etapa escolar, dice, el padre llevó a sus hijas a la escuela cuatro veces.
Además, durante años no quiso hacerse cargo de gastos extraordinarios y llegó a adeudar durante 16 meses seguidos la cuota alimentaria.
Cuando la autonomía económica tampoco alcanza
Clara es gerenta de una empresa y tiene una hija. Su historia introduce un matiz importante: no todas las mujeres que cargan solas con la crianza están en la misma situación económica.
Cuando se separó, no quiso reclamarle cuota alimentaria al padre.
La decisión tuvo una explicación concreta: ella había quedado con su hija en la vivienda familiar y consideró que correspondía asumir los gastos para que él pudiera “reordenar su vida”. También reconoce que había culpa detrás de esa elección.
La separación coincidió con una etapa de crecimiento profesional que le permitió afrontar los gastos. Pero la autosuficiencia tuvo un precio.
La carga mental derivó en niveles muy altos de estrés laboral y finalmente necesitó terapia para trabajar esa ansiedad y reconocer su propio valor.
En su caso, las tareas de cuidado no son narradas como una carga. Disfrutó criar a su hija y pudo compatibilizarlo con el trabajo, el deporte y sus amigas.
Hoy, el padre logró estabilizarse económicamente y ayuda a su hija -que es mayor de edad- con gastos importantes.
El caso de Andrea muestra que el problema no puede reducirse solamente a cuánto dinero aporta un padre. También existe una dimensión vinculada con quién asume la responsabilidad cotidiana y qué ocurre cuando una mujer siente que tiene que poder sola.
“La logística recae 100% en mí”
Lorena tiene 48 años, es docente, ceramista, actriz y hacedora cultural. Tiene cuatro hijos, tres mayores y un niño de 11 años que todavía vive con ella.
Dice que el padre le debe millones porque durante años no aportó dinero.
Actualmente paga la luz y el servicio de internet y le da una tarjeta para cargar combustible. Los fines de semana tiene al chico, pero Lorena cuestiona cómo se desarrolla ese tiempo: dice que muchas veces se limita al teléfono o la televisión.
De lunes a viernes, en cambio, la logística es de ella.
“Durante la semana, la logística de llevarlo y traerlo recae 100% en mí.”
También cuenta que el niño vuelve los lunes con la mochila llena de ropa sucia.
Ante el desgaste de discutir o iniciar un proceso judicial, muchas veces opta por resolverlo ella misma.
Para sostener la economía familiar trabaja en varios frentes: da clases, hace teatro, tiene un taller de cerámica en su casa y mantiene una huerta.
Durante la pandemia se quedó sola con cuatro de sus hijos sin recibir dinero.
La casa donde viven, cuenta, prácticamente la construyó ella: compró materiales, colocó durlock y soldó ventanas.
Y aun así, dice, haber quedado con la vivienda fue utilizado por su expareja como argumento para ejercer violencia económica.
El costo tampoco terminó en las cuentas.
“La carga mental de llevar todo en la cabeza me ha provocado episodios de mareos por estrés.”
El imposible tiempo libre de las mujeres que maternan solas
Gabriela tiene 43 años, es periodista, da clases y decidió maternar sola. Tiene un hijo.
Aclara algo importante: haber tomado esa decisión desde la libertad no significa que la experiencia sea sencilla.
Tiene dos empleos y utiliza parte de sus ingresos para pagar una niñera. También cuenta con el apoyo de su mamá y sus hermanas.
Su red familiar y las redes informales resultan fundamentales. A veces lleva a su hijo al trabajo. Otras veces le pide a la madre de un compañero que la ayude con el cuidado.
En ocasiones tiene que privar a su hijo de algunas cosas para cubrir lo básico.
Y hay un dato que parece pequeño hasta que se lo mira de cerca:
“Recién este año logré hacerme un pequeño espacio personal de apenas dos horas para mí.”
El resto del tiempo se reparte entre trabajo y crianza.
Cuando reclamar también agota
Daniela tiene 48 años, cuatro hijos -tres de ellos todavía menores- y todos viven con ella. Trabaja de manera independiente y acumula empleos para sostener la economía familiar.
Del progenitor no recibe dinero.
Tampoco recibe cuidados.
Pero su historia agrega otro problema: el recorrido por la Justicia de Familia.
Daniela cuenta que acudió reiteradas veces al juzgado y que cada instancia terminó sumando más desgaste.
En uno de los últimos pasos, sus hijos fueron citados para preguntarles con quién querían vivir.
“Me parece una locura porque ellos viven conmigo y, si fueran con su papá, directamente no tienen nada.”
Después de eso avanzó con un reclamo de cuota alimentaria contra la abuela paterna. Pero la respuesta que recibió, según cuenta, volvió a llevarla al punto de partida: una nueva mediación para pedir un aumento de una cuota que el padre no paga desde hace dos años.
"No le veo ningún sentido a seguir ese camino", reflexionó casi resignada.
Su conclusión no es jurídica sino personal:
Y después agrega una frase que dimensiona hasta qué punto la falta de respuesta puede terminar naturalizándose:
No todas lo llaman violencia
Hay algo que atraviesa estos testimonios y que no aparece de la misma manera en todos.
Carmen habla explícitamente de violencia económica. Lorena también utiliza esa categoría. Alejandra cuenta que decidió separarse porque estaba junto a una persona que la violentaba.
Pero otras mujeres no describen su experiencia con esas palabras.
Andrea cuenta que decidió no pedir una cuota alimentaria. Gabriela dice que eligió maternar sola. Fernanda relata años de ausencia y falta de aportes. Marisa cuenta una disputa judicial que terminó en una cuota mínima. Belén describe una corresponsabilidad que tuvo que pelear en tribunales.
No necesitan utilizar la misma palabra para contar experiencias diferentes de desigualdad.
La psicóloga Bibiana Vangieri plantea que uno de los problemas aparece justamente cuando el conflicto de pareja termina contaminando la función paterna. La separación entre dos adultos no debería necesariamente convertirse en una ruptura de las responsabilidades hacia los hijos.
También advierte sobre otra trampa: la idea de que una madre tiene que poder con todo.
No todas las mujeres se posicionan de la misma manera, explica, pero puede aparecer una exigencia de autosuficiencia que termina convirtiéndose en sobreexigencia. El agotamiento no significa falta de amor hacia los hijos: puede ser la consecuencia de una carga objetiva de trabajo, cuidado y responsabilidades.
Para Vangieri, los hijos también necesitan ver que su madre tiene límites, intereses y vínculos propios. La omnipresencia materna no es necesariamente beneficiosa y, cuando la ausencia paterna genera una sobrecarga extrema, puede aparecer además el riesgo de que los hijos ocupen lugares que no corresponden a su edad: convertirse en mediadores, confidentes o sostenes emocionales de la madre.
La cuenta que no aparece en ninguna cuota
Hay una escena que se repite, aunque las mujeres tengan edades, trabajos, ingresos y estructuras familiares muy diferentes:
- Una madre que trabaja.
- Una madre que organiza.
- Una madre que recuerda.
- Una madre que lleva.
- Una madre que paga.
- Una madre que reclama.
- Una madre que espera.
- Y al día siguiente, otra vez.
El índice de crianza permite calcular cuánto cuestan los bienes, los servicios y las horas de cuidado. Los testimonios agregan algo que ningún número puede contar por completo: qué significa ser quien está disponible cuando se pierde el colectivo, cuando falta el dinero, cuando hay que pedir permiso en el trabajo, cuando un hijo necesita un médico, cuando la cuota no llega, cuando la Justicia vuelve a pedir otro trámite o cuando el único momento libre de la semana termina convertido en horas extras de trabajo.
Sin embargo, muchos mendocinos son deudores alimentarios, es decir, el aporte es igual a cero. Aquí se puede consultar el listado de deudores alimentarios de la provincia.
Belén lo resume desde el lugar menos solemne posible, con aquella interrupción en medio de una reunión para anunciar que finalmente había cobrado la cuota.
Daniela lo dice desde el cansancio de haber recorrido una y otra vez los tribunales.
Gabriela, desde esas dos horas semanales que recién ahora pudo reservar para ella.
Lorena, desde la mochila llena de ropa sucia.
Carmen, desde aquellos mensajes que todavía le cuesta recordar.
Y Alejandra, desde una frase que probablemente atraviese buena parte de estas historias:
“Siento mucho agotamiento físico y mental por no haber tenido oportunidades para mí.”
Porque criar tiene un costo que se puede calcular.
Pero hay otro que, muchas veces, queda escondido detrás de la palabra “madre”.
En pocas palabras
- Costo de crianza: el índice de crianza calcula el valor económico de mantener a un hijo, pero no abarca el agotamiento, la carga mental y el tiempo invertido por las mujeres que crían solas.
- Aportes y deudas: muchas madres no reciben cuota alimentaria; Mendoza registra más de 2.400 padres deudores, mientras que otras mujeres reclaman judicialmente o sostienen económicamente a sus hijos.
- Carga invisible: la organización de la vida cotidiana, la gestión de trámites y la resolución de imprevistos constituyen la