Mercedes García Ochoa, periodista argentina, vive en España hace veinte años. Allí su natural curiosidad intelectual la condujo a un abordaje original de Victoria Ocampo, figura centralísima de la cultura de nuestro tiempo.
Mercedes García Ochoa rescata a una Victoria Ocampo pionera del feminismo sin "tantos fuegos de artificio"
El peso del legado intelectual y testimonial de Ocampo se refleja en la incesante bibliografía que le es dedicada, hasta hoy mismo.
Mercedes, sin embargo, desvió su atención, para escribir Victoria, en forma novelada, a un aspecto poco estudiado de la fundadora de Sur: los días que padeció en la cárcel, a sus sesenta y tres años de edad, desde el 8 de mayo de 1953, bajo ambiguas acusaciones conspirativas del régimen peronista.
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La particularidad del entorno, tan conmocionante para ella, nos devela un personaje por momentos inédito. Inédito, sobre todo, por el esfuerzo de humildad e introspección al que se vio obligada por tan drástica circunstancia.
De sus años en España, Mercedes pasó seis en San Sebastián y hace catorce que reside en Barcelona.
“Me siento argentina, me siento española -confiesa-. Creo que lo verdaderamente difícil en este tema se produce a la hora de escribir. Qué lenguaje utilizar porque, cuando uno lleva bastante tiempo fuera del país, no solamente pierdes vocablos, se pierde el acento”.
En esta, su primera novela, y en la entrevista con el programa La Conversación de Radio Nihuil, Mercedes García Ochoa, desde Navarra, adonde se trasladó ocasionalmente para visitar unos parientes, regresa a la patria original de su idioma.
-Cómo está Barcelona, Mercedes, una ciudad con un gran flujo de visitantes, ¿no?
-Sí, yo creo que en este momento será un tercio de argentinos, un tercio de españoles y el resto de turistas. Pero bien. Muy bien. Y muy calurosa. Muchísimo calor. Es lo que toca en esta época del año.
-De Victoria Ocampo se ha escrito bastante porque es una figura central de nuestra cultura. Pero vos encontraste un punto de vista muy original, al repasar su vida desde la cárcel. ¿Cómo se te ocurrió?
-Me pareció que había muy poquito escrito sobre eso. De lo escaso que existe es por la propia Victoria sobre esa época que pasó en la cárcel que, al final, fueron veintiséis días. Era una cárcel de presas políticas. Ocurrió en mayo de 1953.
-Una experiencia límite…
-Es un momento que tiene que haber sido muy rompedor para ella. Tan rompedor, quizá, como lo que le pasó treinta años antes, cuando se enamora del primo de su marido (Julián Martínez Estrada), en el marco de la posición social que ella tenía y de lo que se acostumbraba a hacer para una mujer.
-Estos dos momentos clave son el marco, entonces.
-Me parecieron dos épocas interesantes para abordarlas porque se sabe poco sobre ellas y porque eso permitía, a la vez, como yo vengo del periodismo, enlazar aspectos reales que se saben de su vida con cosas que uno puede llegar a imaginar y novelar como escritor de ficción.
-Hay otro aspecto original que se deriva del ambiente en el que se desenvuelve el relato. Estás hablando de una mujer importante, tratando de abrirse paso en el mundo de los hombres, en diálogo aquí con un colectivo de otras mujeres, cada una de ellas con sus propios puntos de vista discordantes.
-Siempre digo lo mismo, porque la novela va un poco de esto, ¿no?, de los encierros, ya sean físicos o mentales o psicológicos. Por lo tanto, para cualquier persona es muy difícil enfrentarse a una época de encierro físico.
-Sobre todo para ella…
-Para una persona que está acostumbrada a estar en la escala de mando, en lo más arriba, tiene que haber sido más difícil todavía.
-Claro, es importante recordar su posición.
-Victoria Ocampo era una persona que no solo estaba acostumbrada a moverse dentro de las élites de decisión políticas, sino que, claro, estaba acostumbrada también a ciertas comodidades y a ciertos órdenes que, en la cárcel, se dan un poco vuelta.
-Otro mundo, en definitiva.
-Se da cuenta de que todo el orden que hay afuera, en la cárcel, en realidad, es un poquito al revés; y, quizás, compañeras suyas que, en el mundo de afuera, para ella tendrían peores herramientas para valerse, dentro de la cárcel, tienen muchísimo más que enseñarle a ella, que ella a las demás.
-Como señalás muy bien en la novela, a la cárcel del Buen Pastor iban a parar mujeres en su mayoría prostitutas y procesadas o condenadas por delitos comunes. El choque social, personal, debe haber sido muy brutal para Victoria.
-Sí, sí. Sin duda. Por eso a mí me interesaba muchísimo abordarlo desde la ficción y desde el pensar.
-¿De qué modo?
-Cuando hacés periodismo estás muy ceñido a intentar reflejar qué es lo que exactamente pasó. En este caso también, porque es indudable que Victoria tiene que haber vivido determinadas cosas muy vitales dentro de la cárcel.
-Sí, ese es el dato duro.
-Pero, a su vez, te permite un poquito pensar y razonar qué es lo que le puede pasar a una persona que está acostumbrada a tener un contacto diario con los grandes pensadores, los grandes escritores, tanto de Argentina como de Europa. Y, de repente, se ve encerrada en un entorno de este tipo. ¿Cómo sale de ello?
-¿Cómo?
-Yo no sé si decir que hay otra. Sin embargo, ella misma cuenta en algunos pocos escritos que tiene en su autobiografía que tocó fondo, pero que aprendió un montón de cosas sobre esos veintiséis días en la cárcel.
-Según se desprende de tu relato, para ella, por ser una persona inteligente y sensible, termina siendo una lección de vida.
-Al final, cuando tenemos estos momentos que a todos nos pasan en la vida, vernos obligados a frenar y vernos obligados también a un gran ejercicio de adaptación respecto de lo que somos, es de gente inteligente. Creo que Victoria Ocampo lo era en cuanto a aprender y a salir reforzada de esa experiencia.
-Por otra parte, hay todo un mundo femenino dando vueltas en torno de ella. No sólo está en la cárcel conviviendo con presidiarias y sus historias, sino que, además, Victoria cuenta sus propias relaciones, por ejemplo, con sus hermanas. Ellas eran cinco, incluyendo a una famosa como Silvina.
-Se llevaba sus buenos años con Silvina. La verdad es que se trata de un personaje fascinante sobre el cual escribir porque viene de una familia de seis mujeres, una familia acomodada con una estirpe patricia, por así decir.
-Patricia con todas las letras, ¿no?
-Si vamos hacia atrás, nos remontamos a Sarmiento. Y, luego, toda esa educación que tuvo de niña en casa con institutrices. Ha viajado a Europa de pequeña, en barcos, con todos los lujos. Y, de hecho, hay un personaje absolutamente ficcionado en la novela, Delia. Es una de las compañeras que le tiene tirria, como dicen por aquí. No le gusta Victoria.
-Claro, la cruza en cuanto puede.
-La desafía un poco a Victoria. Has tenido una vida magnífica, le dice. Entonces, el desafío de Victoria, a su vez, es contar que, sí, en efecto, ha tenido una existencia magnífica. Pero, como toda persona, también he tenido mis problemas, le aclara.
-Exacto. Hace un evidente esfuerzo para que sus compañeras de encierro la vayan entendiendo.
-Hay una frase de Victoria: tengo amigos que creo que me pueden ayudar. Esos amigos de afuera podrían hacer que la saquen no solamente a ella, sino también las demás presas. Entonces Delia le retruca: si tuvieras tantos contactos no estarías acá metida.
-Es una buena contrincante, Delia.
-Es un personaje que me atrae porque, desde el punto de vista de la ficción, tiene muchos claroscuros. Me gusta muchísimo porque es una persona muy fuerte, pero que se encuentra en un entorno donde se ve muy débil. Lo que me gusta, en definitiva, es explorar las debilidades de los personajes.
-Es a partir de los claroscuros donde se ponen realmente inteligentes las historias. Ahora bien, hablamos de los amigos de Victoria Ocampo, pero ¡qué amigos! Tenía relación con Igor Stravinsky, con Aldous Huxley, con Waldo Frank, etcétera. Figuras de la élite mundial.
-Claro. Fijate que, cuando a ella la encierran en la cárcel, el propio diario The New York Times de Estados Unidos saca notas y editoriales al respecto. Se montan, también, agrupaciones que abogan a nivel político e institucional en otros países, sobre todo en Estados Unidos y en Europa, por la liberación, no solamente de Victoria, sino de otros presos políticos.
-Sí, una ola de reclamos muy poderosa.
-Entre otros, figura Gabriela Mistral, premio Nobel. O Jawaharlal Nehru, primer ministro indio, que entra en contacto con Perón y le pide la liberación de Victoria.
-Lo cual nos da una verdadera dimensión de su figura.
-Eso es producto de todo lo que había ido tejiendo una persona como Victoria Ocampo a raíz de su actividad en la revista Sur, en la Fundación Sur y el entramado entre la intelectualidad argentina y la europea. Las cosas no son gratis.
-Volvemos a la galaxia de mujeres que orbitan en torno a Victoria en tu novela, como las presas, las hermanas, Gabriela Mistral o Coco Chanel. Pero hay otra, importante, en la trama. La villana, esa que nunca puede faltar en una buena historia: una monja que, encima, se llama como vos, Mercedes. ¿Por qué le pusiste ese nombre?
-Hay un escrito de Victoria donde menciona a una de las monjas, Mercedes, porque, bueno, la cárcel El Buen Pastor estaba llevada por religiosas.
-No será un alter ego tuyo, ¿no?
-Me pareció divertido conservar ese personaje. Pero, no. Probablemente yo no hubiera puesto a Victoria en la cárcel (ríe).
-Nos encantaría saber tu opinión sobre el temprano feminismo que, en esta sociedad de la inteligencia artificial, hoy sigue teniendo sesgos de grupos hegemónicos. ¿Había un incipiente feminismo en esas mujeres altamente performantes como Victoria? ¿Eran feministas, eran racionales, eran intelectuales? ¿Cómo ves el asunto?
-Es una excelentísima pregunta. Fue de las primeras preguntas que me hicieron cuando fui a Argentina hace un mes a presentar la novela. Me parece que, en aquella época, Victoria Ocampo era una persona que, sin duda, reivindicaba el papel de la mujer en la familia, en la sociedad, en la política, en el trabajo. Creo que el feminismo no tenía el sesgo que puede llegar a tener hoy, en que la palabra feminismo puede significar un montón de cosas.
-¿Cómo la referenciamos a ella, entonces?
-Hay muchos escritos de Victoria Ocampo que son muy buenos sobre este asunto. Quizás preferiría referirme más a la reivindicación del papel de la mujer, porque ella tiene una frase, que a mí me encanta y es que la mujer no está pidiendo reemplazar al hombre, sino ubicar su propio lugar, que es distinto al del hombre. En algunos casos es igual. Pero no hila tan fino.
-Es un punto de vista que encuadra muy bien la problemática.
-A mí me parece un matiz muy importante porque, además, en aquella época, en la Argentina tampoco era muy frecuente, como bien sabéis, que las mujeres y menos una mujer que estaba en una situación muy acomodada, tuvieran su lugar. Con lo cual, ella siempre decía: soy criticada porque tengo mucho dinero y, claro, con mucho dinero se pueden hacer muchas cosas.
-¿Entonces?
-La propia Victoria lo dice: yo podría haber dedicado mi fortuna a hacer cenas, a viajar, etcétera. Y, al final, de hecho, se fundió. Perdió casi toda su fortuna con la editorial y la revista. Pero abogó por el voto femenino, por la defensa de leyes que defendían, valga la redundancia, el papel y los derechos de la mujer. Fue el primer carnet de conducir para una mujer.
-En resumen, ¿cómo la caracterizamos dentro de este asunto?
-Fue, en la época, de esas personas que han abierto el camino, pero no de una manera que haga tanto ruido como ahora; o sea, una manera brusca o con tantos fuegos de artificio. Y no fue solo ella, ¿eh?
-¿A quiénes pondrías a su vera, en este sentido?
-Por ejemplo, a Susana Larguía o a María Rosa Oliver. Fueron muchísimas mujeres en esa época. Aquí mismo, María de Maeztu, que está enterrada en Navarra, fundó la Residencia de Señoritas. Hay una foto de Victoria Ocampo cuando visitó la residencia junto a un grupo que, en aquel momento, defendió muchísimo el papel de la mujer en la sociedad.
-Habrá ayudado a fijar su punto de vista, sobre todo a nivel internacional, su relación con Virginia Woolf, ¿no?
-Sí. Ella admiraba, lógicamente, a Virginia Woolf. Tuvo la suerte de conocerla y son esas cosas que, repasando los escritos de Victoria Ocampo, uno puede leer entre líneas.
-¿Por qué entrelíneas?
-Porque ella en ningún momento dice que estaba emocionada por conocer a Virginia Woolf. Pero sí dice que la conoció; que fue a una exposición del fotógrafo Man Ray, donde se había puesto unos aros especiales que, luego, Virginia Woolf le señaló que eran demasiado grandilocuentes.
-Va dejando entrever la relación…
-Ves ahí que hay una parte Victoria Ocampo que se está preparando para conocer a Virginia Woolf. Está también el epistolario entre ellas dos. Es una relación interesantísima la que tuvieron. Y posiblemente, como está sugerido en la novela, Victoria Ocampo empieza su autobiografía porque Virginia Woolf es la que le dice que hay que ponerse a escribir.
-Sobre todo el telón de fondo de tu novela se dibuja la figura de Perón, un personaje que, aún hoy, sigo siendo difícil de encasillar para los propios argentinos. Dado que él tuvo una importante relación con España, ¿cómo lo evalúan allí, cómo lo consideran?
-Hombre, ¡ya me gustaría a mí poder decir que hablo con la voz de España! No puedo. No puedo. Sí que te puedo decir de algunas conversaciones personales que he tenido por aquí.
-¿Y cuál es tu sensación?
-No puedo matizar si el balance es positivo o negativo. Pero sí es visto como un personaje histórico, como también lo fue Evita. Creo que es mucho más significativo Perón puertas adentro de lo que es puertas afuera. Y te estoy hablando desde un país como España donde Perón fue recibido y donde ha habido siempre tanta ida y vuelta. No tengo respuesta para eso, sinceramente. Te lo digo como como periodista, ¿eh?
-La pregunta tiene relación, también, con la entrevista que le hicimos aquí a María Dueñas quien, en su novela Sira, coloca a Evita en un rol protagónico pues es recibida en España como una enviada de los dioses porque les lleva alimentos en un momento de penurias. Eso reafirma el peso histórico del peronismo por allí.
-Hombre, sin duda. ¡Claro que lo hay! Victoria lo narra en la novela. Es el 25 de mayo. Y ella recuerda, precisamente, los diarios que ha leído cuando Evita vino de visita a España. Son hechos y personajes históricos de trascendencia vital para la Argentina y, lógicamente, también para España.
-¿Deja un saldo todo esto?
-Si me estás preguntando por un sesgo, no te lo puedo decir porque eso es personal. Pero es muy posible que se vea distinto desde el exterior que desde la Argentina; también porque creo que, desde el exterior, hay un desapego de lo que ha sido Perón como figura histórica respecto de lo que ha sido el peronismo. Son dos cosas que se confunden muchísimo a lo largo de todos estos años
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