La pasión de Federico Lorenz por Malvinas arranca tempranamente. Cuando tenía once años, subía cada día al piso de su abuelo para seguir el curso de la guerra leyendo los diarios.
El sanador western de Federico Lorenz ambientado en Malvinas: "Me gustan los grises y vivir haciendo preguntas"
Ese interés y esas impresiones lejanas no lo abandonaron jamás. Y seguramente han sido la base que cimentó su carrera de historiador, investigador del Conicet, docente y narrador.
Su nuevo título es La balada de Jimmy Cross, un formidable y muy agudo western o novela de fronteras, que se ambienta en el entorno áspero, desolado de las Malvinas, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Convivían allí rudos hombres de mar moviéndose alternadamente bajo distintas banderas, en especial la argentina, la chilena y la británica.
►TE PUEDE INTERESAR: Juan José Becerra ante Amor, su nuevo libro: "Las mujeres son muy superiores. La matriz del amor es un invento femenino"
Un libro de inusual valor literario y testimonial.
Entre los títulos que precedieron a esta ‘balada’ podríamos citar los relatos Montoneros o la ballena blanca (2012) y Para un soldado desconocido (2022) y el ensayo Las guerras por Malvinas (2022).
Su árbol genealógico se compone de ramas diversas: “Mi abuelo paterno era alemán, mi abuela materna, valenciana, más un abuelo italiano y otra abuela criolla”.
Desde Ramos Mejías, provincia de Buenos Aires, Federico dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Teniendo en cuenta, Federico, que destacás como historiador e investigador del Conicet, es muy satisfactorio encontrar el magnífico nivel literario de tu novela La balada de Jimmy Cross.
-Muchas gracias. En realidad, yo entré a la historia por la literatura. Me gustan las cosas bien escritas.
-Uno de los grandes méritos de tu novela son los diálogos. Secos, afilados, sin rodeos. Recuerdan, en algunos puntos, a alguien que es un referente de la literatura histórica, Andrés Rivera.
-¡Sí, claro! Para mí, La revolución es un sueño eterno es uno de los mejores libros que he leído. Es una novela, pero sirve para discutir historia y política. Recordemos que es un libro de los noventa, cuando nadie quería hablar de política.
-¿Y en cuanto a los diálogos?
-A mí me preocupa mucho ser siempre verosímil. Me gusta que, cuando alguien lee lo que yo escribo, de verdad sienta que es como si la gente estuviera hablando sinceramente. Es bastante difícil. Por suerte me ha tocado entrevistar, como historiador, a gente que era muy parca con los adjetivos, pero muy gráfica.
-¿Cómo qué, por ejemplo?
-Trabajadores navales. Aprendí mucho de eso.
-Tu novela ha sido definida como un “western patagónico”, aunque más precisamente la podríamos llamar un “western lobero”, porque tu personaje no es un vaquero, que se entrevera con vacas, sino que caza lobos.
-Y se cruza con un gaucho, también, para hacerle justicia al asunto.
-A la gente sensible se le puede estrujar el estómago leyendo la escena de caza de los lobos marinos. ¡Era muy sangrienta!
-Para escribir eso trabajé con documentos históricos que son cartas de gente que vivía en Malvinas a comienzos del siglo XX y que, antes de asentarse, había sido lobera. Claro, era algo muy sanguinario. Y, a la vez, según cuenta la novela, a un tipo que cazaba de esa manera no le iba llamar mucho la atención después que le pagaran por matar indios, como se hacía en la época, en Tierra del Fuego.
-Ahora bien, el tono de tu western y el perfil de tus protagonistas recuerdan a un Cormac McCarthy, por ejemplo.
-¡Bueno! ¡Claro! Si hay algo que a mí me gusta de Patagonia, tanto continental como insular, es esa sensación de camino que no termina nunca. Es una cosa muy impactante que también debe influir en cómo habla la gente porque hace que todo se quede corto. Cualquier cosa que uno pueda decir es poco. Mejor no decir mucho.
-Y en tren de expresar opiniones subjetivas, el temor previo a la lectura, por el tema, que refiere a la historia las Malvinas, tan sensible para nosotros, es que tuviera una onda panfletaria, facilista. Y no. Jimmy, el protagonista, recibe un tratamiento muy equilibrado. No es ni inglés ni argentino, no tiene bandera, es oriundo de las islas, un “malvino”, como lo llaman.
-Sí, es malvinense, nacido en ese territorio. Y esa era un poco la apuesta conceptual. Por supuesto que es una novela histórica. Yo investigué muchísimo para escribirla. Pero quería, de algún modo, también, instalar un problema.
-¿Qué problema?
-Aquello que vuelve propio un lugar o qué es lo que hace que la gente sienta un lugar como propio. Y ahí estaba lo complejo del personaje. Por otra parte, yo no lo inventé. Tiene que haber habido muchos Jimmy Cross.
-Vos fuiste tres veces a Malvinas. El tema, se ve, te tocaba de cerca. ¿Cuál fue la experiencia más complicada o conmovedora que tuviste?
-Mi primer contacto con Malvinas fue por la guerra. Yo tenía once años y fue una conmoción seguirla de lejos. Aunque en mi familia no hubo alguien que estuviera afectado directamente de ninguna manera.
-¿De qué modo te impactó en aquel tiempo?
-Por ejemplo, es el motivo por el cual yo empecé a leer el diario todos los días. Antes de ir a la escuela, subía un piso, donde vivía mi abuelo, y me informaba de lo que estaba pasando en las islas. Entonces, si tengo que pensar cómo me empecé a meter, fue muy pronto.
-Lo cual se tradujo, tiempo después, en parte de tu producción.
-De hecho, el libro La guerra por Malvinas, de editorial Edhasa, lo escribí utilizando los diarios que junté como niño en 1982. Es decir, hay un hilo. Por supuesto que, sin duda, lo más emocionante es haber podido visitar Malvinas.
-¿Y de esa experiencia puntual qué destacarías?
-Diría dos. La primera vez, estaba muy connotada la vivencia por el recuerdo de la guerra. Yo creo que todos los argentinos que van ahí en un primer momento es por eso, por algo que tenga que ver con la guerra. Pero, por suerte, en la segunda ocasión, como ya había hecho mi duelo en el primer viaje, entonces pude disfrutar del lugar. Y no es que no haya disfrutado en el primero.
-¿Pero qué cambió en el segundo?
-En el segundo, realmente, pude ver un lugar que tiene una historia atrapante. Esa historia tipo western, como decían. Una historia de frontera.
-Con todos los condimentos de la misma, vale decir.
-Al que le gusta la novela de aventuras, que es con la que uno se formó, y bueno, es el territorio por excelencia. Con perdón de otras regiones del país que también son de frontera. Esta es la que yo conozco, ¿no?
-Por eso mismo trazábamos el paralelismo con Cormac McCarthy, con tramas como La carretera o sus propios westerns. El ambiente de novela presenta una tierra áspera, vacía, donde los tipos son tan duros como el paisaje, moviéndose en medio de tres banderas, entre ingleses y galeses, argentinos y chilenos que llegaban desde Punta Arenas, todos entreverados. Gente del Sur, en definitiva.
-De algún modo yo trasladé a la novela algo que pienso como historiador. Y es que, para pensar esa región, hacerlo en términos de relaciones entre naciones es limitado. La gente vivía ahí antes de que hubiera presencia efectiva de los distintos estados nacionales. Eso, por un lado. Por el otro, a finales del siglo XIX, comienzos del XX, más allá de que hubiera disputas, reclamos, etcétera, era medio una tierra de nadie. Por eso, también, cuando se produzcan las huelgas del 21-22 y vaya el Ejército Argentino, la represión será tan salvaje.
-¿Y por qué eso?
-Porque es el capitalismo sin careta. Patagonia es la frontera del capitalismo en esa época.
-Ok, estaban los dueños de la tierra y los que no, pero, igualmente, te veías obligado a ser solidario con cualquiera, porque había que sobrevivir en ese páramo, ¿no?
-Sin duda. Es un lugar muy hostil. Muy bello, pero muy hostil. Es naturalmente hostil.
-Su marca indeleble.
-No es que sea hostil porque no le gusta que lo visiten. Es por el clima, por las distancias, por una cantidad de cosas. Pero eso, de algún modo, obliga al trabajo en común; sin idealizarlo, ¿eh? Puede haber gente también muy egoísta y muy mezquina.
-Como siempre.
-Claro, pero, como todo el lugar extremo, potencia la virtud, así como también, eventualmente, potencia algún defecto.
-El relato, por otra parte, que empieza a fines del 1800 y pasa a la primera mitad del siglo pasado, tiene dos grandes telones de fondo. Uno, es la Primera Guerra Mundial, adonde va Jimmy, motivado por su entorno.
-No puede no ir.
-Correcto. Aunque no se considere un súbdito británico, va. Y el otro, como mencionabas recién, son las revueltas patagónicas, que son un hito sangriento de la historia argentina.
-Exacto. La Primera Guerra Mundial tuvo por escenario Malvinas porque hubo un gran combate naval aguas afuera del puerto; Puerto Argentino, para nosotros; Port Stanley, para ellos y en la novela, porque así se llamaba en esa época.
-Este entorno pesa sobre Jimmy, ¿no?
-Lo que le sucede a Cross, al protagonista, es que siente que su lugar, por primera vez, está amenazado. Entonces, de algún modo, por eso se moviliza, además de la presión, porque todo el mundo iba.
-Aunque algunos, si podían, se hacían los zonzos.
-Claro. Hubo mucha gente que no fue, también; mucha, a escala de lo que era Malvinas en ese momento. Pero muchos sí fueron. Ahora, tan desconocida era Malvinas, históricamente hablando, que a los malvinenses que fueron a pelear en la Primera Guerra Mundial los enrolaron en un regimiento de caballería de Canadá, que también era colonia británica. O sea, ellos mismos no sabían bien dónde estaban, quiénes eran o qué eran.
-¿Y en cuanto a las huelgas?
-Tiene que ver con algo más general. La Patagonia rebelde, de Osvaldo Bayer, es uno de los primeros libros de historia que yo leí, también, más o menos, a los doce o trece años.
-¿Qué te significó?
-Me impresionó. Yo ya conocía Patagonia, por suerte. Y no podía entender que, en un lugar tan lindo, hubiera habido tanta violencia. Era bastante ingenua mi mirada, porque, lamentablemente, violencia hay en todos lados.
-¿De qué manera lo elaboraste?
-Se trataba también de mostrar de qué formas el Estado, fuera de la nación o del país que fuera, marcó presencia en un territorio. Y pensemos que la presencia argentina está antecedida, además, por la llamada Conquista del Desierto.
-Claro, Julio A. Roca y compañía.
-Por lo tanto, estamos hablando de alguien que habita una región fronteriza en el momento en el cual todavía los controles se están asentando.
-Para el aniversario de Malvinas, el 2 de abril, entrevistamos a Miguel Savage, excombatiente y autor del libro Malvinas. Sobrevivir y honrar la vida.
-Sí, claro, lo conozco.
-En esa nota, él nos contaba que la guerra es una cuestión más bien política, y que los ingleses y los argentinos, en realidad, son personas. Así pues, cuando te corrés de esa guerra tan sangrienta y de ese momento, son hermanos.
-Es que hay que conocer la historia de Miguel. Su familia es de origen británico. Él habla inglés y se hizo muy amigo de un isleño que llegó a combatir contra los argentinos. Entonces, a mí me parece que lo interesante de lo que dice Miguel, y que lo dicen muchos veteranos de guerra, por otra parte, es que, frente a frente, despojados de los argumentos nacionales, hay personas. El problema es cuando hay que llegar a la confrontación o a la muerte para darse cuenta de eso.
-Esto, precisamente, vos lo reflejás de maravillas en un episodio donde surge la amistad, en pleno combate, entre Jimmy, el malvino, y Gossow, un alemán, que se ayudan mutualmente a seguir con vida.
-Lo que sucede es que la gente que combate, la gente que atraviesa una situación extrema, establece otro tipo de forma para medir el mundo y arma las relaciones desde ese lugar. Muchas veces van a contrapelo de las lealtades o las identidades que pensamos los que no nos ha tocado la situación de combatir.
-Correcto. Cuesta ponerse en el lugar de ellos.
-Yo me acuerdo, por ejemplo, de cuando leí Sin novedades en el frente, de Erich Maria Remarque. Hay una escena emblemática de la novela en la cual el protagonista, Paul Bäumer, mata a un soldado francés y después, revisándolo, encuentra que tiene fotos de la familia. Y se destruye cuando descubre eso porque nunca lo había visto como a una persona con familia. Era un enemigo.
-Es un momento muy emotivo de la trama.
-Pero, bueno… Los que estamos lejos de esas situaciones o cuando estudiamos historia y demás, tenemos una tendencia mayor que los que tienen que andar arriesgando la vida por ahí a ver las cosas binariamente. La novela también es una gran propuesta a disfrutar los grises. Yo siempre digo que la paleta que a mí más me gusta es la de la escala de grises.
-Inteligente y profundo punto de vista.
-No es muy heroico, pero es lo que me permite entender muchas cosas o, por lo menos, vivir haciendo preguntas, que es lo que a mí me gusta. La novela es una gran interrogación, también.
-¿Cómo imaginás el curso de esa interrogación?
-Cómo la va resolviendo Jimmy Cross ante cada situación, por supuesto. Pero mi deseo es que uno se haga también sus propias preguntas frente a eso, como me las hice yo en el lugar o estudiando sobre ese lugar.
-Esto que acabás de exponer es uno de los atributos más valiosos de tu libro, más allá del contexto histórico. Ese equilibrio que describís, esa apuesta por los grises, lo aleja de cualquier panfleto.
-Te agradezco eso porque, por supuesto, me atrae escribir ficción y tengo claro los distintos territorios que abarca cada disciplina. Pero básicamente un escritor escribe libros. Siempre me imaginé como alguien que iba a escribir libros. Y de alguna manera la novela es una forma de intervenir también en una discusión política que yo veo que está muy cerrada en el campo más específicamente de la historia o de la política y que, a lo mejor, literariamente, se puede abrir un poquito más.
-Abrir la discusión es punto fundamental, a esta altura.
-Por eso Cross es un malvinense. No es argentino ni británico. Es alguien que habita un territorio y construye una cantidad de lazos con él; y, desde ahí, lazos con un montón de lugares. Con Inglaterra, porque va a combatir, efectivamente, pero la mayoría de los lazos que construye son con lo que los isleños llamaban la costa, es decir el territorio argentino continental: Tierra del Fuego, Santa Cruz, etcétera. Esas eran las regiones de esa época.
-Pero, además, el tipo sabe, como le dijo su padre, que su patria efectiva es el mar. Y, como si fuera Neptuno o Aquaman, queda en medio de todos los conflictos habidos y por haber.
-Y, sí. Tengo un gran amigo que me dijo que por el mar se llega a todas partes. Eso es una gran ventaja, le digo yo, pero también puede ser un gran problema, porque sos de todos lados y de ninguno (risas).
-Claro, y todos te llegan por cualquier lado.
-Eso es una invitación a pensarnos nosotros.
-¿Pensarnos cómo?
-A ver, estamos nosotros hablando, ustedes desde Mendoza, yo desde la provincia de Buenos Aires, de una novela marítima que tiene que ver con la Argentina. Y si hay algo que nosotros no hacemos es pensarnos como país también marítimo, que lo somos. Pero no está en nuestra imaginación.
-Justamente, nosotros, los mendocinos, gente de montaña, cuando cruzamos la cordillera nos encanta Chile por ser un pueblo de mar, algo que no encontramos en la Argentina. Hasta te cuesta encontrar una pescadería en Mar del Plata.
-Claro, es complicado. Resulta más barato comer asado que pescado en Mar del Plata. Siempre uno dice lo mismo. Pero tiene que ver con cómo nos pensamos como país, también. Por supuesto que nosotros no lo vemos en términos de nuestro tiempo de vida. Pero es algo que, si uno lo estudia en el largo plazo, lentamente va a ir cambiando.
-¿Por qué?
-Porque es verdad que nosotros decimos la Argentina y hablamos del Día de la Independencia. Pero a mí siempre me gusta decir que nosotros somos muchas Argentinas. Y a lo mejor ahí, en lugar de estar el problema, está nuestra riqueza. Pasa que hay que aprender a convivir con eso.
-Hay otro punto que desvela tu libro que nos suele pasar inadvertido y es que tanto Jimmy Cross como su padre viven de hacer faenas en el mar con su bote y de cazar lobos, pero cuando se abre el canal de Panamá cae dramáticamente el trabajo para toda la gente del lugar.
-Y justo en el 14, además. Les abrieron el Canal de Panamá, empezó la guerra y se les acabaron los lobos porque los habían estado liquidando a mansalva.
-Todo ese contexto histórico le aporta más intensidad humana al relato.
-Me interesaba contar que lo que uno, por ejemplo, leía en novelas de Jack London o Herman Melville, también había sucedido en la Argentina. Y también hay textos sobre esto. Tenés las crónicas de Liborio Justo o los cuentos del chileno Francisco Coloane. Se trata, pues, de en qué uno pone el foco.
-¿Y a vos cómo te terminó de caer la ficha?
-Lo voy a decir como le pensé. Recuerdo que estando en Malvinas, cuando empecé a pergeñar esta novela, de verdad que mi deseo era compartir el asombro que me generaba la historia de esa región. Y me puse a buscarle la forma en clave literaria. No hay historia ubicada en esa región que no esté teñida de eso. Entonces se trataba de cómo uno le hace justicia.
-Hablando de escritores de historias de mar, como Jack London o Melville con su Moby Dick; en la novela alguien menciona a Joseph Conrad, tenemos a Hemingway con El viejo y el mar, etcétera. Un montón de títulos y de autores señeros. De todos ellos, ¿cuál es tu preferido?
-¡Uh, es difícil eso, che! Bueno… la primera novela que publiqué, que se llama Montoneros o la ballena blanca, es un homenaje explícito a Moby Dick. Me parece, como novela, de las más completas que he leído. Completa en el sentido ontológico del asunto.
-De indagación humana.
-Sí, sí. Pero además es un relato que te entretiene. Uno escribe libros que le gustaría leer. Yo tengo una formación de lector, pero no de crítico literario. Entonces es medio ecléctico decir que escribo los libros que me gustaría leer. Pero objetivamente es así.
-Escribís, supuestamente, libros que te gustaría leer. ¿Y en cuanto a la intencionalidad?
-Quiero pensar que lo que yo escribo es una excusa para que los lectores, además de disfrutar, proyecten. Porque es lo que mí gusta que me suceda cuando leo.
-A propósito de esto, vos tenés un libro infantil, publicado en Norma, Postales desde Malvinas. ¿Cómo es transmitir esta historia a los chicos? ¿Y cómo la reciben ellos, porque ya han pasado cuarenta años de la guerra?
-La verdad, fue un placer escribir ese libro. Fue muy fácil, tengo que decirlo.
-¿Por qué?
-Porque lo pensamos, desde un primer momento, justamente, con la lógica de las postales. A los chicos hay que explicarles qué son, porque hoy uno saca una foto con el celular y la manda. Antes, uno compraba una postal, escribía algo al dorso, le pegaba la estampilla y ahí iba.
-¿Y cómo lo tomaron los pibes, habida cuenta de que ya pasaron cuarenta años del conflicto?
-Para muchos chicos Malvinas es la guerra. Y la apuesta del libro era contar todas las otras cosas que es Malvinas también. Diría que, en las postales, que deben ser unas treinta, puede haber tres o cuatro sobre la guerra.
-Sobre la guerra, ¿pero cómo?
-Hay una postal del cementerio, hay una descripción de los cerros donde se peleó, pero no mucho más, porque algo que yo encontraba con los chicos es que era palpable el asombro de conocer la fauna de Malvinas, conocer a la gente que vive ahí, etcétera. Estamos como muy atrapados por el recuerdo de la guerra. Lo cual es lógico en un punto, pero puede ser contraproducente en el mediano plazo.
-Porque es demasiado monotemática la visión, ¿no?
-Sí. Pero si lo voy a pensar en términos estrictos de la guerra, la mejor forma de honrar a los que combatieron, a los que murieron y a sus familias, es encontrarle una salida al conflicto. Porque si yo lo pienso siempre en los mismos términos, más que encontrarle una salida, me estoy perpetuando en una idea.
-Ese es un punto central: encontrar los matices.
-Vuelvo a lo de los grises. A mí no me gusta mucho el pensamiento en blanco y negro porque, teniendo una mirada crítica sobre Malvinas, en el sentido reflexivo, lo he padecido. No me gusta. Es un pensamiento que, en general, excluye.
-Esta actitud se traslada a la construcción de Cross como protagonista, ¿no?
-A mí me parece que Cross, precisamente, muestra la grisura en todos sus matices. ¿Qué es? ¿Qué hizo? ¿Dónde lo pongo? Y eso, forzosamente, me obliga a pensarme a mí dónde me pongo yo. Pero no en un sentido de bandos.
-Estamos hablando de tu libro y de Malvinas desde acá, desde nuestra posición como argentinos. Sería bueno saber qué piensan o como les cae a los del “otro lado”. ¿Has tenido algún dato de algún inglés, de alguien de las islas que te haya leído?
-Les he mandado un par. Yo tengo contacto con algunos de ellos por las veces que he ido. Todavía no he tenido una devolución. De hecho, mi fantasía es que este libro se pueda comprar allá en las islas.
-¿Cómo imaginás la situación?
-No pretendo vender más libros, sino que me imagino a alguien embarcado en uno de esos cruceros que van por un día a Malvinas, que es como, en general, la gente va. Se acerca al shopping preguntándose “qué me llevo de recuerdo” y se encuentra la novela. Y la novela resulta que está escrita en castellano, por un argentino, pero habla de un malvinense. Me parece que eso solo ya construye un problema lindo.
-Y sería hermoso, también, un acto de presentación de tu libro en la delegación municipal de las Falklands o como se llame la oficina.
-(Ríe) Eso sería lindo, pero difícil de realizar en términos estrictamente económicos. ¿Pero cómo no?
-En suma, se trata de encontrarle un sentido a todo esto.
-Este año son los cuarenta años de la democracia. Lo estamos pasando así, como si nada. Pero son cuarenta años de democracia ininterrumpida después de una dictadura como la que tuvimos. Debemos permitirnos una mayor ecuanimidad a la hora de pensarnos.
-¿De qué modo?
-Por lo que vos decías, también. Es una novela patagónica de frontera, pero yo sé que, a su vez, no les estoy haciendo justicia a otras dimensiones regionales que tiene el país. Pero, insisto, eso tiene que ser un potencial, no algo que genere discrepancias que caven trincheras entre nosotros. Eso es lo que a mí me gustaría. Es lo que hago cuando doy clases. Yo trato de que los chicos vean los puentes más que los precipicios.
-¿En qué estás trabajando, actualmente?
-Estoy empezando a borronear algo. Esta novela es parte de un proyecto literario más grande: contar el siglo XX en cuatro o cinco libros. ¡No me va a dar el tiempo de vida!
-¿Y de qué va ese segundo tramo?
-Estoy en la parte de la documentación. Y, además, empecé a escribir algo sobre los efectos de la pandemia en las escuelas. Yo soy profe de educación media, como te decía.
-Sí, claro. ¿Qué te motivó para esto último?
-Tengo esto bastante atragantado. Creo que no estuvimos a la altura de nuestros chicos. Hablo, por lo menos, por la realidad donde trabajé yo. Tengo ganas de revisarlo un poco.
-Ahora bien, ¿tu próximo relato se mantiene en el Sur argentino o te vas para otra geografía?
-Como la voy pensando, va a transcurrir, una parte en Italia, una parte en Alemania al norte y otra parte en España. No quiero adelantar mucho, pero me voy a llevar a uno de los personajes de la primera novela para que sea testigo y protagonista de la resistencia al fascismo y vaya a combatir a España.
-Finalmente, ¿te queda alguna historia por contar de Malvinas?
-Podría decir que dos. Me gustaría mucho contar en detalle la época en la cual estuvimos cerquísima de solucionar el conflicto, que fue en la primera mitad de la década del setenta. Me encantaría. Pero, sobre todo, me gustaría ser cronista de la solución del conflicto, que no sé cuál es.
-Entre tantos mensajes que nos están llegando a la radio, te leemos este, de Marcela: “¡Qué placer escuchar a Federico, un pacifista magistral! Une a nuestra patria bajo una bandera de la paz”.
-Ojalá.
►TE PUEDE INTERESAR: Jeanmaire reflexiona sobre Darwin, la vejez, los pibes villeros: "Me siento completamente joven y feliz porque escribo"








