“¡Tengo una vida muy larga! A esta altura creo que ya publiqué en todos lados”, saca cuentas, divertido, Federico Jeanmaire en esta cautivante entrevista donde habla de sus nuevos libros, pero también pone sobre el tapete el volumen de su trayectoria.
Jeanmaire reflexiona sobre Darwin, la vejez, los pibes villeros: "Me siento completamente joven y feliz porque escribo"
La cantidad de títulos y de distinciones que lleva en sus alforjas no lo detienen. Sigue escribiendo con el ímpetu de siempre. Eso lo mantiene joven -y feliz- aunque se sepa con varios años encima. Aunque diga: “No me gusta ser tan viejo como soy”.
La charla se concentró en sus dos últimos libros, hasta aquí: Darwin o el origen de la vejez (Alianza) y La banda de los polacos (Anagrama).
En Darwin, que obtuvo el Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones, un sesentón, alter ego suyo, con males de amores se traslada al paisaje único de las Galápagos donde dialoga, mano a mano, con la estatua de Charles Darwin, busca tortugas difíciles de encontrar y pone en entredicho sus propias razones de vivir.
El volumen de los polacos cambia totalmente de tono, de escenario y de temática. Es la historia de una bandita de chicos villeros, liderados por una joven muy audaz, que utilizan su relación con un cura y un obispo para medrar y, si se puede, cambiar el mundo.
►TE PUEDE INTERESAR: Juan José Becerra ante Amor, su nuevo libro: "Las mujeres son muy superiores. La matriz del amor es un invento femenino"
Desde su casa en Buenos Aires, Jeanmaire dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Federico, ¿cómo va?
-Tranquilo, ahora en la mañana, leyendo poesía.
-¿A quién estabas leyendo?
-A una española, Rut Muñoz. Volví de España hace muy poquito y me traje libros. Y uno de ellos es Empújeme usted así.
-La anterior vez que hablamos fue a raíz de tu libro Wërra. Sobre mi mesa de luz está otro trabajo tuyo más antiguo, Una lectura del Quijote. Y ahora vamos a hablar de Darwin o el origen de la vez y de La banda de los polacos, los más nuevos. ¡Son todos libros distintos! ¿Cómo hacés para saltar de una temática a otra con tanta facilidad?
-Intento no repetirme. Tengo algunos libros que se parecen, es verdad.
-¿Por qué te ocurre esto último, a veces?
-Me agarran épocas en las que escribo dos o tres libros de alguna manera parecidos. Pero, en realidad, no me gusta repetirme. Me ha pasado con escritores que me gustaban mucho en que hubo momentos en los cuales dejé de leerlos porque sentía que estaba leyendo lo mismo siempre.
-¿Y vos qué hacés para evitarlo?
-Me gusta buscarle la forma a cada cosa que quiero contar. Entonces, al buscarles formas, por lo general, se convierten en cosas bastante distintas.
-Sin embargo, hay hilos medio secretos que unen algunos relatos. Por ejemplo, tanto en Darwin como en el de los polacos jugás a probar la existencia de Dios contando pájaros o personas.
-Bueno… ya son muchos años y muchos libros. Pero sí, a pesar de que formalmente sean libros muy distintos, creo que las cosas que te importan se repiten, de una u otra manera. A esta altura de la vida lo tengo clarísimo (ríe). Contra eso no puedo hacer nada.
-En un libro como Darwin, escrito en primera persona y de manera muy íntima, es inevitable preguntar cuánto de Jeanmaire tiene el personaje, un sesentón que se hace planteos quizás parecidos a los que vos mismo te hacés.
-Tiene mucho. La verdad es que tiene mucho. Intenté que no se me pareciera tanto. Pero, bueno, yo fui a Galápagos al cumplir los sesenta. Fui con mi hijo, no como en la novela, en que el músico está solo.
-¿Qué motivó tu viaje?
-Fue un regalo que me hice por el cumpleaños. Quería conocer esas islas. Empecé la novela antes de ir.
-¿Qué tenías en carpeta?
-Cuando salí de acá lo único que tenía era el principio: “No hay tortugas en Galápagos”.
-Exacto. Es la primera línea de la novela.
-Fue una premonición porque, en realidad, hay muy pocas. Están bastante escondidas. Hay que ir a verlas a los lugares donde las tienen guardadas. Después escribí todo el resto cuando volví.
-Habrás estado en Galápagos, entonces, con un registro muy minucioso, muy fotográfico. ¿Fuiste haciendo anotaciones para la novela mientras paseabas por ahí?
-Anoté algunas cosas, pero, como a esta altura de la vida mi memoria es bastante frágil…
-… Como la de Darwin… según dejás constancia.
-Exactamente (risas). Pero, como fui con mi hijo, y él es joven y se acuerda de todo, me ayudó mucho a recuperar todas las cuestiones que necesitaba para la novela.
-¿Por qué elegiste literariamente a Darwin y Galápagos, más allá de tu destino personal y turístico? ¿Y por qué se te metió en la cabeza el título sobre el origen de la vejez?
-Ahí hay un par de cosas. En principio, yo, a los veintidós años, creo que fue, anduve por Ecuador. Tenía muy poca plata en ese momento y no me alcanzó para ir a Galápagos.
-¿Qué interesaba en ese entonces?
-Yo quería ir porque había leído a Darwin y para mí era una ilusión conocer eso, ese mundo tan extraño y tan bonito. Esta vez, como me alcanzaba la plata, me dije: ¡ahora o nunca! Y fui.
-¿Y la otra razón?
-Está muy ligada a eso otro mi lectura muy juvenil de Darwin. Yo leí El origen de las especies y El origen del hombre en la adolescencia. Después, durante, mi vida, creo que leí casi todo lo que escribió.
-¿Qué te atrajo, puntualmente, de Darwin?
-Siempre me pareció un personaje completamente querible y, a su vez, rarísimo. Entonces, juntando esas dos cosas y que ahora sí tenía dinero, me fui y, por suerte, salió una novela.
-Tu personaje, durante su estadía en Galápagos, acostumbra sentarse bajo la estatua del célebre naturalista para dialogar con él sobre sus cuitas amorosas. Sobre el final, termina concluyendo que Darwin es Dios; pero un dios más humilde, más humano. ¿Sentís algo parecido a lo de tu personaje?
-Sí. Tengo la foto, incluso, del momento en el cual estoy sentado al lado de Darwin. Me la sacó mi hijo.
-¿Qué te dice la imagen suya?
-Hay toda una iconografía de Darwin muy cuidada. En la época, las fotografías no eran como ahora, que uno va con el celular y saca cualquier cosa. No. Para armar una fotografía se pensaba absolutamente todo. Y hay una, puntualmente, de su vejez. Está con su barba, muy larga, en una imagen que es muy parecida a las iconografías de Dios; parecida, incluso, a la que está en la Capilla Sixtina.
-Todo un peso simbólico para vos, se ve.
-Qué sé yo… Me da la impresión de que quien la sacó, quien organizó y armó esa foto, pensó mucho en Dios. Y creo que es fundamental, porque se dice que Nietzsche fue el que mató a Dios, se dice que Marx; pero para mí la persona que auténticamente mata a Dios, en un sentido metafórico, pero también en un sentido bastante real, es Darwin y su descubrimiento de la evolución. Echa por tierra todo lo que es el Génesis.
-Es la refutación de Adán y Eva, científicamente.
-Exactamente. Y eso a pesar de que es un hombre completamente religioso, absolutamente religioso durante toda su vida. Esas contradicciones en un ser humano siempre me impactaron, me llamaron la atención.
-¿Cómo elaboraste esta paradoja?
-Me pareció muy interesante escribirlo porque, al hablar de las contradicciones de él, también estoy hablando de las diferencias que hay en la masculinidad de doscientos años para acá. El hombre cambió mucho. La mujer también, por suerte. Pero la mujer nos hizo cambiar mucho a los varones. Y eso también ambicioné escribirlo en la novela.
-Vos decís que Darwin mató a Dios, pero, ¿lo hizo de manera consciente o inconsciente? A lo mejor él llegó a su descubrimiento y no pensaba en esto que estamos pensando nosotros.
-No, claro. Él no lo pensó así. De hecho, creo que los teólogos posteriores que reconocen la evolución se apropian de pensamientos de él. Y, en realidad, hablan de que el impulso inicial de la vida lo da Dios, pero no necesariamente existieron Adán y Eva.
-Sí, una reinterpretación de los textos sagrados.
-Creo que él lo hace en el mismo sentido. En el sentido de que todo lo que existe en la naturaleza está creado por Dios, pero no en la forma en que está escrito en la Biblia.
-Está bastante claro.
-Esa es la idea de él, finalmente. O sea, él no se siente un hereje por su descubrimiento. De hecho, está enterrado en la abadía de Westminster.
-Hablando del tema de las mujeres, tu personaje, acercándose al cierre de su paseo, conoce a una tal Anadeli y pasa la noche con ella. La chica está por completo lampiña. No tiene ningún pelo, salvo en las cejas. Entonces se pregunta: “¿Es la ancestral cultura machista la que se ha encargado de depilar enteramente a Anadeli?”.
-En realidad, toda esa parte es irónica respecto del pensamiento de Darwin. Al inicio de la novela hay un epígrafe, que está sacado del mismo Darwin, en el cual él supone que el homo sapiens pierde el pelo a partir de que la mujer se va depilando para estar más bonita. O sea, un concepto absolutamente machista y absolutamente loco, raro, como muchos de los conceptos que tira Darwin a lo largo de su vida.
-Bien. Perfectamente entendida la intención.
-(Sonríe) Yo pienso que la gente se depila porque quiere. Quizá para gustar, también, no lo niego; o para gustarse a sí mismo. Pero ahí el juego es sobre el pensamiento de Darwin con respecto a lo pilífero del mamífero, ¿no?
-Sí, porque, de hecho, los chicos hoy se depilan tanto o más que las chicas.
-Claro. Hay otro momento, que no está en el libro, en el cual Darwin dice que el mamífero realmente tendría que llamarse pilífero porque lo que define al mamífero es que todos tienen pelo.
-En la novela, el protagonista reflexiona sobre la vejez porque se enamora de una chica que no quiere avanzar en la historia con él porque lo considera pasado de edad. En un momento admite que, a final de cuentas, la vejez de uno la determinan los otros, los demás; en cambio, al amor “lo sentíamos o no lo sentíamos”. ¿Cuál es tu conclusión, cómo es tu cara a cara con tu propia vejez?
-(Risas) En principio, que no me gusta ser tan viejo como soy.
-Claro. A ninguno nos gusta.
-Creo que eso lo compartimos casi todos los seres humanos. No es tan lindo ser viejo. Y, en segundo lugar, supongo que uno se encuentra con la vejez. No es que lo piensa y se va dando cuenta, sino que hay un momento dado en el cual uno se la encuentra, por equis razón. Casi siempre la razón son los demás.
-¿Y entonces? ¿Cómo sigue la cosa?
-A mí me gusta contar, a este respecto, una anécdota de Simone de Beauvoir. A ella la invitan a una universidad de Nueva York, para dar una charla. Entonces, cuando va caminando hacia el estrado, escucha que una estudiante le dice a otra: “¡Yo nunca pensé que Simone era tan vieja!”.
-(Risas) ¡Guau! ¿Cuánto tenía?
-En ese momento, Simone tiene cincuenta y pico de años. Bueno, eso que ella escucha ese día le origina la necesidad de estudiar la vejez.
-Y la lleva a escribir, justamente, La vejez, un libro muy importante de ella, ¿no?
-Claro. Es la investigación más seria que se ha hecho respecto de cómo las sociedades tratan a los viejos. Es un libro increíble, que le lleva cinco años, pero que, en realidad, está hablando de su propia vejez.
-Hablando de esto, ahora nos ponemos filtros para vernos mejor, para las arrugas usamos cremas, cirugías, maquillajes, aparatos de todo tipo, pero, en realidad, eso no hace que uno sea más joven sino, tal vez, la actitud que ponemos.
-Eso es tal cual. Yo no me pongo cremas ni me he hecho ninguna operación. Pero la vejez es inevitable. Simone de Beauvoir dice en un momento: es inexorable. Y, bueno, llegar a la vejez también tiene su mérito. No todos llegan.
-Es como decir: acá estamos.
-Sí, es así. Después, en cuanto a lo que uno siente interiormente, tiene mucho que ver con lo que hacemos con nuestras vidas.
-¿Cómo es tu caso?
-Yo me siento, en algún sentido, completamente joven y feliz porque escribo, porque sigo teniendo ganas de escribir, de leer; tengo una vida muy plena. Hasta ahora no he padecido enfermedades muy complicadas. Qué sé yo, me siento muy bien. Puedo irme de viaje. Puedo compartir con un montón de gente joven charlas y divertirme y entenderlos y que me entiendan. Pero, claro, una cosa es la actitud y otra cosa es la vejez propiamente dicha que tiene que ver con que el cuerpo no te responde exactamente igual antes, con que yo no veo ni la mitad de lo que veía antes… (risas)
-¡Obvio!
-Eso se puede arreglar ahora. Me encantaría volver a ver bien de lejos. Es algo que me interesa mucho más que ver bien de cerca.
-¿Por qué?
-Porque de cerca es cuando leo. Es como algo íntimo. Pero me gustaría volver a salir a la calle sin anteojos y poder ver el mundo como lo veía antes.
-¿Vas por la recuperación, entonces?
-Me han dicho que hay una operación posible, así que estoy en eso, planeándola.
-¿El problema de la vejez, para vos, en resumidas cuentas, es que no la tuviste a Rut, como le pasa al protagonista de Darwin?
-(Ríe) No, no. Rut es mi mejor amiga, hoy.
-Es una conclusión importante a la que arribás en la novela. En el amor tiene que haber amistad, incluso en la pasión tiene que haberla. A este tema de la amistad le ponés muchas fichas.
-Sí, sí. Ahora estuve un mes y medio en Europa; en España y en Italia. Estuve la mayor parte del tiempo con ella. Y somos una pareja. No tenemos sexo, solamente. Pero somos una pareja, la pasamos muy bien, somos muy amigos.
-¿Cómo evaluás, en este punto, lo del sexo?
-En algún sentido, el sexo está sobrevalorado. Está muy bueno el sexo, pero si uno puede ser realmente amigo de alguien, esto es maravilloso.
-Es maravilloso porque apunta a relaciones de largo alcance y con otro tempo, ¿no?
-Sí. En este último viaje charlamos un día que, quizás, si hubiéramos tenido sexo, capaz que ya nos hubiésemos peleado y ya no nos veríamos ni nos hablaríamos, porque el sexo también es un tema en una pareja.
-Ahí entra a tallar el siempre debatido tema de la amistad entre la mujer y el hombre…
-Hoy por hoy, en el mundo es muy fácil ser amigo de una mujer, aunque te haya gustado; algo que no era tan fácil hace cincuenta años. Uno disfruta de eso y aprende un montón porque, también, estoy convencido de que la mujer es mucho más inteligente que el hombre en un montón de sentidos.
-¿Hablás de inteligencia total o de inteligencia emocional?
-Hay casos y casos, pero inteligencia emocional, seguro.
-Sí, somos bastante pavos, nosotros, los orangutanes.
-¡Absolutamente! (risas)
-Cambiemos el dial. De toda esa reflexión en torno a Galápagos, Darwin y la vejez, pasás a los péndex villeros de La banda de los polacos, donde uno de los personajes más destacados es un veterano, el viejo garca que atiende el quiosco y, encima, se llama Borges.
-Es el narrador. Un narrador que, al principio, está oculto y que después se devela. Me di ahí un gusto que nunca me había dado.
-¿Cuál?
-Digamos, casi siempre exhibo en mi escritura cómo se va construyendo. Pero, en este caso, conseguí una cosa que nunca había conseguido antes, porque hay escritores que saben muy bien, cuando se sientan a escribir algo, qué quieren hacer, cómo va a terminar eso que escriben, etcétera.
-Al principio de nuestra charla marcaste muy bien que no te atraen mucho los esquemas cerrados.
-Claro. Yo no soy de esos escritores. Yo voy descubriendo lo que quiero escribir a medida que lo voy escribiendo. Y, en este caso, este narrador, que no de casualidad se llama Borges, de alguna manera va adelantando algo de la novela cada vez que les dice algo a los chicos, que es, exactamente, o más o menos, lo que yo sé en ese momento de cómo va a seguir la novela.
-¿Qué buscaste al ordenarla así?
-Es como un juego que me hice a mí mismo, de exponer, de exhibir ese juego, precisamente, que tengo con la literatura de no saber muy bien adónde me va a llevar una historia.
-Llama la atención que varios de los novelistas que hemos entrevistado últimamente como Daniel Guebel, María José Navia o Juan José Becerra, expresaron que escriben siguiendo una ruta espontánea, de improvisación, parecida a la tuya. Van dejando fluir la cosa.
-Es una cuestión de temperamentos. Pero, en mi caso, nunca entendí a aquellos que saben todo cuando se sientan a escribir.
-Los que ya tienen todo un mapa previo del itinerario.
-Exactamente (ríe). Si yo supiera todo lo que voy a escribir en un libro, no lo escribo.
-¿Qué te gusta de las sorpresas que puede deparar el camino?
-Me gusta descubrir, por ejemplo, qué piensan los personajes, qué quieren hacer, qué personalidad tienen. Todo eso lo voy descubriendo a medida que escribo. Y lo disfruto y me divierto mucho. Yo me divierto mucho escribiendo.
-Se nota. Ya que estamos, es bastante más travieso tu libro de los polacos que el del viejo Darwin. ¿Qué te motivó para enfrascarte en esta historia de siete pibes liderados por una chica, que se enroscan con un cura y un obispo para cambiar el mundo, supuestamente? Nada que ver entre ambas historias.
-Esto fue una casualidad. Una noche me pasó a buscar por mi casa otro escritor, Luis Mey, para ir a un asado. Y, charlando, no sé cómo salió el tema del Polaco, un cantante de cumbia. Entonces Luis, que vivió muy cerca de la Cava toda su infancia y adolescencia, me dijo: “En la villa, todos los blanquitos son polacos”.
-¡Toda una definición!
-Al otro día, cuando me recuperé de la noche de asado y vino, empecé el archivo de los polacos. Hay una cosa, también, que es muy importante para mí a la hora de escribir algo. En este caso, en La banda de los polacos, uno de los problemas fundamentales de la Argentina es la discriminación. Ahora se les dice marrones…
-Sí, a los negritos, a los llamados en otro tiempo cabecitas negras.
-Correcto. Pienso que ahí está el gran problema estructural de Argentina porque, por lo general, son las personas que viven peor, en los peores lugares; los que ganan los sueldos más bajos. Y eso no es casual. Habla de un racismo argentino que no se dice públicamente pero que existe. Existe todo el tiempo.
-Suele persistir este síntoma de manera solapada.
-Es muy fácil encontrarte a uno que, para putear a otro, le dice “negro de mierda”. Se trata de algo sobre lo que siempre he pensado y, bueno, se me dio la posibilidad de escribir esta novela.
-Una novela, por otra parte, como decíamos recién, divertida.
-Es una novela muy divertida, pero, al mismo tiempo, para mí mis novelas divertidas son muy serias.
-En este sentido, vos, como experto en Cervantes, tenés guardado algo que vas a mantener siempre: una ironía cervantina, ¿no?
-Sí, claro. Absolutamente. Y, obviamente, después cada lector puede pensar lo que quiera de lo que lee. Es una de las cosas más bonitas que tiene la lectura. Pero, como te decía, en mi intención siempre está la de divertirme con las cosas muy serias.
-Ahora bien, ¿por qué metiste a los polacos, a los pibes de la villa, en transa con los curas? Encima, hay en una escena muy explícita de sexo en esa relación.
-Hay cosas, como te decía, de las que te das cuenta, con el paso de los años, que te importan. Yo fui monaguillo, de chico, en mi pueblo.
-¡Mira vos, qué dato! ¿Cuál era tu pueblo?
-Baradero, en la provincia de Buenos Aires. Pues bien, a mí la Iglesia no me gusta nada. Es una de las cosas que más me molestan. De las instituciones del mundo, creo que es la que más me molesta.
-¿En qué sentido te molesta?
-Como institución, con sus personajes, con sus curas, con sus cosas. No me gustan nada. De hecho, aparecen en varias novelas mías. Ahora, por ejemplo, se reedita una que es Una virgen peronista. También es una novela muy divertida, pero que, igualmente, termina de una manera bastante antieclesiástica.
-¿Qué otras cosas te importan de nuestra realidad?
-La soledad, la incomunicación, la violencia. Son todas cosas que me importan y que, de una u otra manera, aparecen. Con respecto a la escena esa que mencionás, intenté hacer una cosa no estereotipada. Por un asunto.
-¿Qué asunto?
-Yo soy bastante incorrecto, políticamente.
-Sí, obvio. De lo contrario, no hubieras escrito esa escena, quizá.
-Sí (sonríe). Cuando se discute de si algo es abuso o no abuso, de si depende de la edad y qué sé yo, creo que el amor es fundamental. Y escribí esa escena así, sin considerar lo que debería pensarse o lo que debería escribirse.
-¿La escribiste, entonces, apuntando adónde?
-Pensando en el amor, en las múltiples posibilidades del amor, que es también uno de los problemas de la Iglesia, que no lo reconoce. Y, bueno, me salió eso y me gustó hacerlo.
-La escena, en definitiva, es tierna, como vos planteás. Lo que pasa es que el toque turbio lo da el hecho de que sea un cura el protagonista.
-Y con un chico menor.
-Has contado, por otra parte, que algunos gays, conocidos o amigos tuyos, leyeron la escena positivamente.
-Sí. Pero no son amigos míos. Yo estoy en Instagram y un día me llega un mensaje de ese grupo de gays lectores españoles.
-¿Qué te decían, en concreto?
-Me mandaron un montón de cosas bonitas sobre esa parte de la novela; precisamente eso decían, que no está estereotipada, que se toma la situación como algo normal y natural.
-No es menor ese detalle.
-Si te fijás, en ningún momento hay un juicio de valor. Creo que eso fue lo que les importó, lo que les gustó.
-Aparte, no hace falta el juicio de valor. La escena tiene peso en sí misma, sin añadidos.
-En ese sentido también soy muy cervantino. Dejo las cosas de una manera tan ambigua que lo decide el lector.
-Decías recién que se va a reeditar Una virgen peronista y acaban de hacer lo mismo con Más liviano que el aire. ¿Hay en marcha un plan de reedición de Jeanmaire?
-Este año se dio. Yo tengo muchísimos libros y como hay un montón de editoriales independientes, me empezaron a pedir y yo acepté. Entonces salió Vida interior en Enero Editorial, después Más liviano en Anagrama; en agosto sale Una virgen peronista en Alto Pogo, una editorial independiente pequeña y también Mitre en otra editorial independiente, Cinco Editores.
-¿Por qué tantos sellos editoriales? A Darwin la editó Alianza y a La banda de los polacos, Anagrama. No es frecuente tamaña variedad.
-Mi editorial básica es Anagrama, donde tengo seis libros. El tema de Alianza es porque gané su premio (el Unicaja Fernando Quiñones) en España.
-También te editaron Seix Barral, Tusquets, etcétera.
-¡Ah, eso es porque tengo una vida muy larga! (risas). A hasta altura creo que ya publiqué en todos lados.
-Hace cuatro años hubo un hecho curioso. Apenas se conoció la actual fórmula presidencial que gobierna el país, todo el mundo se acordó de tu libro Fernández mata a Fernández. Y terminó siendo una metáfora de la realidad.
-Eso fue muy cómico porque la novela es de 2011. Y cuando salió la fórmula Fernández-Fernández me llamaron al ratito. Creo que fue un sábado a la mañana. Y el sábado a la tarde ya se comunicaron conmigo de Tusquets para reeditarla. Es cierto que, en algún sentido, el título reflejó lo que iba a suceder. A veces la ficción adelanta las realidades.
-Una última pregunta, medio banal, pero que los periodistas no dejamos de hacer. De toda la cantidad de libros que publicaste, si tuvieras que elegir uno, tu preferido, el más amado, ¿cuál sería?
-Hay uno al que le tengo un particular cariño, porque es el libro más personal que tengo, que es Papá. También se reeditó un par de veces y ahora está por Edhasa. Y después te voy a decir un secreto a voces, algo que te puede decir cualquier escritor. Siempre el que te gusta es el que acabás de terminar o el que estás escribiendo. En cuanto a los demás, por lo general, te parece que te faltó mucho o que te equivocaste en algunas cosas.
-Tenemos entendido que estás escribiendo algo nuevo, la historia de una piba que aprendió a leer antes que hablar, ¿no?
-Sí. Es un libro que se llama La niña que leía sentada en el piso.
►TE PUEDE INTERESAR: Esther Cross comparte su experiencia con el más allá: "La lectura es bastante parecida al estado de trance"








