Dos escritoras de fuste, dos sensibilidades hermanadas en la curiosidad y la pasión por el más allá, por lo oculto, por lo que está detrás del velo donde se cruzan la ciencia, el espiritismo, la magia, la poesía.
Esther Cross comparte su experiencia con el más allá: "La lectura es bastante parecida al estado de trance"
Así se gestó La aventura sobrenatural, un libro en donde Esther Cross -nuestra entrevistada- y Betina González despliegan su talento literario para reunir un alucinante catálogo de curiosidades, un florido y extravagante jardín de las delicias.
En casi quinientas páginas, sus “historias reales de apariciones, literatura y ocultismo” pasean por casos y personajes archiconocidos, como el Dr. Jekyll y Mr. Hyde o Jack el Destripador, como Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson o Sigmund Freud, pero vistos desde una perspectiva original, a la par de anécdotas y nombres disimulados entre los pliegues de un tiempo cercano.
►TE PUEDE INTERESAR: ¿Quién está enterrado en Compostela, Santiago Apóstol o el hereje Prisciliano? Alberto Santos lo desvela en su libro
Ese tiempo histórico va, estrictamente, de 1880 a la Primera Guerra Mundial. Una época pletórica de abordajes a lo incorpóreo, a lo que habita en las sombras, fuera de plano. Y ellas dos, como muchos magos e iniciados, también descorren el velo. Con maestría de arqueólogas.
Esther Cross, a quien habíamos entrevistado tiempo atrás por su original retrato de Mary Shelley, comparte los secretos de esta nueva experiencia a cuatro manos, desde su casa de Palermo, para el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Esther. La vez anterior que hablamos aquí fue a raíz de tu precioso libro La mujer que escribió Frankenstein. Hoy se sabe que Emma Stone va a hacer la versión femenina del monstruo. ¡Qué trascendencia ha logrado la criatura! No se agota con el paso del tiempo.
-Sí, es inagotable. Parece el monstruo darwiniano y eso que fue creado antes de Darwin, ¿no?
-¿Por qué darwiniano?
-Porque sobrevivió a todos los monstruos, se adaptó a todas las épocas y atravesó el imaginario de muchísimas generaciones.
-No estaría mal una versión femenina porque, entre otras cosas, su autora, Mary Shelley, podría ser considerada una referente del feminismo, postura no muy popular en su época.
-De hecho, su madre, Mary Wollstonecraft, fue una precursora del feminismo. Ella toma mucho de los escritos de la madre y los principios mismos de la madre están presentes en la novela. Absorbió eso de una manera muy fuerte. Su marido, Percy Shelley, también. Y hay mucho registro de lo que hoy consideramos feminismo.
-¿Te la imaginás a la criatura en su nueva versión?
-No sé cómo sería una criatura mujer o femenina, pero se podrían adivinar algunos rasgos, más allá de La novia de Frankenstein del cine.
-Claro, fue muy lograda esa película. Y otra cumbre en la saga del monstruo fue El joven Frankenstein, ¿no?
-El joven Frankenstein es un hito del cine por el humor y por lo divertido que es en esa relectura humorística, no solo de las películas anteriores de Frankenstein, que distorsionan bastante la novela. Aquí hay toda una relectura del texto de Mary Shelley con muchísimos datos que parecen casi comentarios a pie de página de la novela.
-Hablando de muchísimos datos, el libro que hiciste con Betina González, La aventura sobrenatural, es un formidable catálogo de alucinaciones en casi 500 páginas. Vos y ella también alucinaron. ¿Cómo llegaron a esto?
-Nosotras nos conocimos por los libros y nos empezamos a encontrar, como pasa muchas veces con colegas. Y fuimos descubriendo, con el paso de los años, que teníamos un mismo bailecito, dicho en criollo (risas).
-¿Qué tipo de bailecito?
-Teníamos afinidades literarias. Nos convocaba mucho el tema de los cruces de la ciencia y la magia, relacionado con cómo todo esto aparecía en la literatura. Después, hablando, escarbando más, también vimos que estábamos leyendo sobre una misma época.
-¿Qué, por ejemplo?
-Betina había leído mucho sobre Houdini, el mago, que no está en el libro, pero fue uno de sus disparadores. Yo también había leído sobre él. Me acuerdo que en un viaje fui a un museo de Houdini que hay perdido adentro de un departamento de algunos aprendices de magos.
-¿Qué rasgos de Houdini les llamaban la atención?
-Houdini se dedicaba a desenmascarar a supuestos espiritistas. A él le daban mucha bronca porque vendían ilusiones. Y, bueno, un día con Betina nos dijimos: ¿por qué no hacemos algo juntas con todo esto, uniendo bibliotecas y contando estas vidas de escritores y pensadores, a veces científicos, de una época recorrida por este espíritu?
-¿Qué espíritu?
-El de preguntarse qué había en el más allá. Más allá no entendido como el cielo o el infierno, sino como una realidad que está pegada al lado nuestro. A veces, a través de las drogas o de una sesión de espiritismo o una comunicación telepática con otra persona, se rasgaba ese velo y aparecía esa realidad. Así surgió.
-La comunión que tienen vos y Betina por este tipo de literatura y este tipo de temáticas, ¿es simplemente una curiosidad intelectual, literaria, o también hacen alguna práctica medio espiritista?
-(Ríe) No. No. No así concretamente. Pero, de todas maneras, sí creemos en la imaginación y en la literatura como formas, también, de conocimiento de la realidad; y que las ciencias positivas, con todo el valor que tienen, por supuesto, que es innegable, no son, justamente, la única forma de conocer la realidad o de preguntarse por ciertos fenómenos o cosas que nos pasan en la vida.
-Aun así, cabe la pregunta: ¿hay un más allá? ¿Qué percepción tenés? ¿Puede haber algo detrás del velo que nos esté mirando en la noche, desde las sombras?
-Los sueños, por ejemplo. Esa dimensión que Freud sistematiza y a la que, siendo un gran escritor, puso en palabras. ¿Qué es el mundo de los sueños, esos símbolos que aparecen? Freud decía con cierto escepticismo: los sueños premonitorios no se cumplen, pero existen.
-Sí, buen punto.
-O coincidencias de dos personas que están pensando una en la otra al mismo tiempo sin que haya una causa, un acontecimiento que exactamente las esté juntando. Yo no sé si hay una explicación. A veces la religión se ocupa de dar una respuesta mística para eso. Pero son fenómenos o situaciones que dan para pensar.
-Ahora bien, Freud, que auscultaba las profundidades de la mente o del alma humana, como la queramos llamar, muchas veces se ofuscaba con los ocultistas, ¿no?
-Freud trataba de delimitar campos. Lo impresionante de él es su honestidad intelectual y el haber reconocido que esa época estaba imbuida por esta inquietud. Nosotras, con Betina, al escribir el libro, lo que veíamos era que estaba esta idea de lo oculto, no del espiritismo, porque quizá es algo que tiene que ver más con el espectáculo, pero sí del espiritualismo, de un más allá que estaba ahí al lado. Así se estaba viviendo la realidad, la lectura de todos los acontecimientos de la diaria, no solo en los intelectuales sino en el gran público.
-¿Y Freud, cómo la llevaba?
-Freud, que trataba de separarse de eso, con lo que lo querían hermanar, al mismo tiempo reconocía que era algo que estaba tiñendo la época.
-¿En qué se traduce esa situación en su obra?
-Él, en todos sus escritos, lucha contra eso, pero reconoce que eso está; y a veces lo reconoce en él.
-¿De qué manera?
-Por ejemplo, cuando se le aparece una paciente en el consultorio y cree que está viendo a una paciente que se le había muerto. Se asusta y dice: “Esta es una revenant”. Después se da cuenta de que es la hermana de la paciente, que se le parece mucho y que tiene la misma enfermedad. Pero reconoce que su primer impulso fue creer que era un fantasma.
-Hay una historia preciosa de Freud en torno a un duelo que entabla con un grafólogo, Raphael Schermann, respecto de cómo tratar a un paciente.
-Sí, es preciosa. Y es precioso que Freud mismo la contara también. Tenía un paciente que se atendía con él y, a la vez, Freud habilita que ese mismo paciente haga consultas con este grafólogo, que era muy importante.
-Un personaje de la época.
-Es muy interesante, porque en esa época lo llamaban al grafólogo para resolver crímenes. Todo esto estaba extendido. Por ejemplo, también con los crímenes de Jack el Destripador se llamaba a médiums porque se creía que había algo ahí que iba más allá de lo que nosotros podemos llamar lo curioso o lo espectacular.
-¿En qué se sustentaban esas creencias?
-Tenía que ver con el descubrimiento de la doble personalidad, de todas las sombras que integran la identidad pública o que mostramos todos. Entonces, estaba todo esto muy a flor de piel.
-A propósito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, aparece un médico que estudia científicamente los casos de doble personalidad y le marca algunos errores al autor de la historia, Robert Louis Stevenson. Pero como, finalmente, su libro tiene tanto éxito, Stevenson no corrige nada.
-Ese diálogo entre Stevenson y este psicólogo, que era de la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, es un descubrimiento maravilloso de Betina, que lo fue rastreando.
-Y deja una fecunda enseñanza, ¿no?
-Existe, justamente, el contrapunto entre la ciencia y la literatura. Stevenson va para otro lado, pero, a su vez, después le comenta algunas pesadillas que tuvo. Y es en estos cruces únicos que se dieron de una manera muy manifiesta en esa época donde nosotras empezamos a ver una trama en que se juntaban todas estas historias de vida, que están bastante ocultas en las biografías más canónicas de los escritores. Además de Stevenson o de Freud, me refiero a figuras muy reconocidas como (Oscar) Wilde o Henry James. No se habla tanto de este lado de ellos.
-Profundizando en estas inquietudes, ¿a vos te pasó algo sobrenatural, Esther? ¿Les tenés miedo a estos fenómenos, les tenés respeto o sos más escéptica y, simplemente, te gusta escribir sobre el tema?
-(Ríe) Me encanta la pregunta. Tiene muchas dimensiones y ahí voy. Me gusta muchísimas escribir del tema. Pero por algo me gusta. Ceo que hay mucho para pensar sobre eso desde distintos puntos de vista. De chica siempre me interesó el género.
-¿Y en cuanto a experiencias?
-No tuve experiencias paranormales. No. No tuve una experiencia de poltergeist, digamos. Sí creo que la lectura es un estado bastante parecido al estado de trance. Me parece algo casi mágico. No creo que sea por nada que la magia y la palabra estén tan unidas.
-Pues bien, ustedes lo dicen expresamente en el libro: la poesía y la magia son parientes.
-Son parientes y hay algo que sucede ahí. Si uno lo piensa, un libro o escuchar una poesía recitada son sonidos. Un libro son unos signos en una página en blanco y que a uno lo pueden transportar a otro mundo y provocar imágenes. Ahí hay algo también.
-¿Te pasó?
-Me ha pasado a veces tener, así como se habla de sueños premonitorios, algún episodio aislado que podría llamar escritura premonitoria. Cosas que me han pasado, muy puntuales, como escribir algo, un nombre, a veces, un apellido inventado de un personaje, que después de mucho tiempo se me aparezca de otra manera en la vida.
-¿Y qué sentido le atribuís a eso?
-Creo que es más que nada porque uno está atenta las palabras al dedicarse a escribir y registra situaciones que quizás hubieran pasado desapercibidas. Debe haber alguna explicación. Pero, bueno, a mí me gusta escribir, así que me quedo con el lado más narrativo de esas situaciones.
-Se suele decir, un poco en broma, un poco en serio, que todas las mujeres son medio brujas, en mayor o en menor grado. ¿Es lícito o no es lícito, Esther Cross?
-Puede ser que, al estar relegadas durante mucho tiempo, pues se habla de los encierros de las mujeres; que, al haber estado silenciadas, los órganos de percepción estuvieran más atentos. Puede ser, sí (sonríe).
-Otro de los personajes de tu libro, que divide el bien y el mal, habla también de una magia demoníaca y una magia blanca. ¿Cuál de las dos te tienta más?
-(Ríe) A mí me gustan las dos, la combinación. Por eso en el libro no nos quisimos privar de ese juego de las dos magias. Pero, sí, que gane la blanca, claro.
-Es como cuando, aquí en Mendoza, a uno le preguntan: ¿tinto o blanco? Y uno responde: en ese orden.
-(Ríe) ¡Claro! Depende del momento, ¿no?
-Como decíamos al comienzo, hay una cantidad abrumadora de datos correspondientes a un tramo histórico y geográfico muy acotados, donde figuran personajes conocidos y otros casi ignotos para la mayoría. ¿Cómo hicieron para ir seleccionando y organizando tanto material?
-Por un lado, en cuanto al tiempo, pensábamos llegar casi hasta la Segunda Guerra Mundial y terminar aquí en Buenos Aires. Esa era la idea original porque, de alguna manera, (Aleister) Crowley y muchos escritores que están nombrados aparecen en nuestra ciudad, de una forma indirecta, a veces. Borges, por ejemplo, era un lector de muchísimos de esos autores, desde Oscar Wilde hasta Maeterlinck o Meyrink. Y admiraba a otros autores como May Sinclair, que está apenas nombrada, pero que tuvo mucho que ver con esto.
-Pero decidieron acotarse, finalmente.
-Nos quedamos en la Primera Guerra porque, si no, en vez de quinientas páginas, el libro hubiera tenido mil. Era demasiado. Y, después, tomamos algunos escritores como eje y algunas figuras que estaban olvidadas. Así como quisimos tomar el lado B de ciertas biografías, también tomamos algunos escritores y escritoras, sobre todo, que quedaron en el olvido.
-¿De qué manera se dividieron esa tarea?
-Betina tomó algunas vidas, yo tomé otras. Y, hablando de telepatías, el libro un poco se fue armando solo porque si, por ejemplo, Betina se ocupaba de la vida de una escritora y yo de la de otra, cuando después hablábamos o comparábamos lo que habíamos escrito, aparecían datos o anécdotas que se iban entrecruzando.
-Además de anécdotas y personajes poco conocidos, ustedes se ocupan también de casos famosos. Uno de ellos es el de Jack el Destripador. Y ahí uno toma conciencia de notables singularidades, como el hecho de que una gran cantidad de gente importante de la época terminó siendo sospechosa, como Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, nada menos.
-Sí. Y el padre de Churchill (lord Randolph Spencer Churchill) también. O el pintor (Walter) Sickert, entre muchos otros. Era el efecto de contagio con ese gran crimen. Algunos hasta estaban tentados de decir que ellos habían sido Jack el Destripador. Toda la lectura de las causas del crimen tenía que ver con lo que en esa época se interpretaba como posible explicación de la realidad.
-Claro, como el tema del doble, que mencionamos antes.
-Se pensaba que era un señor elegante de una parte de Londres, la parte donde estaba todo bien y ordenado, que se transformaba en otro ser, como Jekyll y Mr. Hyde, durante la noche, y cometía estos crímenes. Así pues, el espíritu de la época tiñe la investigación de los crímenes de Jack el Destripador.
-Otra perlita, eligiendo al azar de la lectura, es el capítulo que se llama “Club de los Hedonistas Fatigados”. Más adelante aparece el “Club de los Idiotas”, que parece una creación anticipada del surrealismo.
-Es así. Nosotras, para estudiar la historia o para explicarnos lo que pasó, dividimos el trabajo en etapas. Pero son continuidades. El surrealismo abreva en todo esto, en los decadentistas, en estos descubrimientos de las pesadillas, de las potencialidades de los sueños, de los equívocos, de los fallidos; en todos estos fenómenos como el de Maupassant, que se veía desdoblado; se veía, mientras escribía, dictándose lo que escribía.
-Sí, fue todo un alimento de las posteriores vanguardias.
-Todo esto el surrealismo lo toma y, de hecho, había gente más grande, que tuvo que ver, de alguna manera con el surrealismo, como Cocteau, que conoció a muchos de estos escritores también. Entonces, en la línea del tiempo, los hilos no se cortan; pero, bueno, cuando pensamos en etapas, en movimientos, los vemos separados.
-Dentro del jardín de las delicias que constituye La aventura sobrenatural, hay un par de capítulos que son como el corazón del libro. Uno de ellos es “La línea de la imaginación”, donde figura la teoría de Oscar Wilde del amor como ficción. Se dice, en un párrafo, que “el verdadero infortunio para un ser humano es la falta de imaginación, esa facultad que es la única que permite trascender al yo y, por lo tanto, amar”.
-¡Sí, sí! Oscar Wilde, junto a Yates y a Crowley. También Vernon Lee, después, con todo lo que ella elabora sobre el pasado y la presencia del pasado en el presente. Ellos son como los ejes del libro.
-Wilde y su vida escandalosa son un ingrediente esencial, justamente.
-Y esta teoría de Wilde de la imaginación -algo muy pensado también por Betina- explica mucho de su vida, que se criticó. Parecía algo incomprensible lo que él hizo porque no escapó y se presentó en el juicio; porque se reencontró después con su amante, que había sido el desencadenante de todo lo que pasó. Bueno… lo está explicando en esa cita que has leído.
-Claro. Él se llamaba así mismo el “perro paria del siglo XIX”.
-Sí, sí.
-Por eso, tratando este caso, se afirma en este capítulo que “el odio es, antes que nada, la falta de imaginación”.
-Y él eso lo pagó caro. Pero hay toda una militancia de Wilde respecto de lo que cree. Leer nuevamente sus textos pensando en estas ideas suyas y en el recorrido que hizo, arroja otra luz sobre su vida y sobre su época también.
-Hay otro capítulo que funciona como bálsamo para el vértigo productivista en el que vivimos hoy, prisioneros de las pantallas. Se llama “Ocio” y empieza así: “Quien sabe restarse de la carrera del mundo gana. Hay dignidad en la decisión de no participar y los escritores del siglo XIX fueron campeones de esa renuncia”. Y hablan de la apología de la inacción.
-Claro. En ese movimiento, ellos veían el lado A y B, digamos, el lado bueno y malo de muchas situaciones que, al final, pasan desapercibidas. Y el ocio, justamente, puede ser ese momento de distraerse, de entregarse al no imperativo de estar haciendo algo todo el tiempo. Es cuando pueden aparecer cosas. También la imaginación. Asociando esto con lo que decías antes de Wilde.
-El dolce far niente, como ponen ustedes. Y leemos en otro renglón: “Es que no hacer nada es un arte difícil, sobre todo cuando el utilitarismo avanza a tanta velocidad”.
-(Sonríe). Así es. Y, por ejemplo, Alice James, la hermana de Henry James, cuando lee un artículo de Oscar Wilde sobre Chuang Tzu, un sabio chino que hace una apología del ocio, del estarse quieto, descubre un sentido a su vida porque ella estaba paralizada por una enfermedad. Y se da cuenta de que esa quietud le permite a observar y registrar la realidad que la rodea de una manera ampliada, magnificada.
-Es para agradecer, ya que estamos, el descubrimiento de tantos personajes raros que ofrece el libro. Por ejemplo, el citado Alister Crowley, un personaje delirante que anduvo por acá y fue un explorador de todos los tabús de la época como el lesbianismo, el sadismo, el masoquismo, la homosexualidad, la zoofilia. ¡Estamos hablando de fines del siglo XIX!
-Bueno, Crowley llegó indirectamente a la Argentina, digamos, a través de un conocimiento con Xul Solar. No vino él físicamente. Pero, sí, además de todo eso, de ser un explorador de la magia, fue también un muy buen escritor, con un gran sentido del humor. En general está asociado así.
-Otro rasgo muy distintivo.
-De él aparece nada más el lado oscuro, que lo tuvo, indudablemente, pero también el humor era un arma, un método suyo para rasgar el velo y conocer. Entabló un duelo con Yates, cuando hablamos de magia blanca y magia negra. También es muy significativo eso. Es una fiesta, ahí adentro del libro. Lo fue para nosotras.
-Un personaje muy parecido es el conde Eric von Stenbock, el fundador del Club de los de los Idiotas. Tremendo ejemplar.
-Sí, el conde Stenbock es un personaje marcado por la violencia, muy impresionado cuando es chico.
-¿Por qué?
-Porque, de chico, cuando veía los teatros de títeres, un personaje muy de esa época era el Punch, que golpeaba mucho a los demás. Después, empieza a escribir poesías y cuentos, que tienen que ver con esto.
-¿Cómo es su evolución?
-Se hace católico porque busca una forma de encontrar imágenes que tengan que ver con la magia y con las transformaciones. Y las encuentran justamente en la religión. Es realmente un personaje fabuloso, además de sus cuentos, que son excelentes.
-De toda esta galería enorme, integrada por famosos y desconocidos, ¿cuál es tu preferido? ¿Cuál de estos raros locos es el que más te subyuga?
-Me gustan muchos. Vernon Lee, la escritora Rachilde…
-¿Por qué esta última?
-Ella pudo haber sido una víctima del espíritu de la época, porque hizo una sesión de espiritismo para burlarse de los padres que creían en los espíritus. La burla se le volvió en contra y ella (Marguerite Eymery Feytaud), en vez de quedarse en ese lugar de víctima, toma el nombre del aparecido en la sesión de espiritismo, que era Rachilde. Se hace llamar así, va a París y se convierte en una gran escritora. Defiende sus derechos en todos los sentidos. Defiende a las escritoras en momentos en que no era fácil e inventa casi un nuevo género. Ella es una de mis favoritas.
-Es la gran rival de otro personaje, para nosotros desconocido, el poeta, ocultista y químico Stanislas de Guaita. Aparte, en ese capítulo, ¡está la célebre guerra de los magos, entablada contra el monje satánico Boullan! ¡Muy bueno!
-(Ríe) Sí. ¡Y se atacan a distancia!
-Y el tipo, desde su casa, golpea a su rival y lo deja paralizado en la cama. Espectacular.
-Ese fue uno de los duelos que tomamos porque, la verdad, tuvimos que dejar muchos sin contar en aras de la brevedad.
-Por eso mismo, esto amerita otro volumen.
-Sí. Teníamos ganas. También, en su momento, pensamos hacer un glosario al final porque, por ejemplo, teníamos el nombre de los tragos que inventaba Crowley. Tragos que le daba a la gente cuando iba a su casa.
-¿Qué tipo de tragos?
-Les hacía tomar tragos con unas sustancias extrañas. Y estaban los animales, que eran los animales preferidos de todas estas personas. Ojalá que en algún momento pueda salir.
-Convengamos, por otra parte, que este mundo de la magia, de la telepatía, de la transportación, de la levitación, de todo eso que tiene que ver con el más allá, también es un mundo muy apto para los chantas, para los fabuladores, como supo denunciar Houdini.
-Sí, que jugaban con las ilusiones de las personas, sobre todo. Este es un libro, también, que trata un tema muy doloroso, que son las personas tratando de conectarse con los demás. Pero no solo con los que murieron, sino que, también, como no había medios de transporte y comunicación como ahora, con aquellos que estaban separados a la distancia. Había, entonces, muchos chantas, charlatanes que se ofrecían a establecer conexiones.
-En contrapunto con quienes intentaban dejarlos en evidencia.
-Aparece ahí la otra gran figura, que es el desenmascarador, o sea, el que trata de desenmascararlos. Y es extraño eso, porque estos desenmascaradores se convierten, a su vez, casi en magos, pues tienen que desarmar el truco. Entonces son expertos en el truco que el otro utiliza para engañar al ingenuo o al desprevenido, al inocente. Y algunos de ellos se convirtieron en magos.
-Finalmente, otra perla rescatada de su trabajo: el capítulo llamado “Nostomanía”, un término infrecuente que alude a la nostalgia casi mórbida que sienten por su patria algunos viajeros. Allí está Virginia Woolf, añorando la casa donde pasó los días más felices de la infancia.
-Virginia Woolf, de hecho, y sus hermanos espiaron en el jardín de aquella casa donde ellos pasaban esos veranos felices y asustaron a la persona que vivía allí. O sea, ellos fueron a encontrarse con esos fantasmas y se convirtieron en el fantasma de quien estaba viviendo ahí. Le pegaron un gran susto a ese señor.
►TE PUEDE INTERESAR: "Kintsugi", novela de María José Navia: cómo hundirse en las heridas de una familia rota y volver a empezar







