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¿Quién está enterrado en Compostela, Santiago Apóstol o el hereje Prisciliano? Alberto Santos lo desvela en su libro

El escritor portugués Alberto Santos tiene entre sus obras recientes "El secreto de Compostela", unido de manera significativa a Mendoza

Alberto S. Santos, reconocido autor de novelas históricas, nació en Portugal, pero está muy ligado al mundo hispánico por conexiones afectivas y por el derrotero que siguen sus personajes.

Si en Amantes de Buenos Aires su interés pasó por la capital argentina, en su reciente libro traducido al español, El secreto de Compostela, queda unido de una manera indirecta, pero muy significativa, a Mendoza.

En esta novela cuenta la historia de Prisciliano, nacido “en la paz de su villa y en la turbulencia de su tiempo”, el 6 de enero del año 349, en Aseconia, hoy Santiago de Compostela. Educado bajo el influjo de los diversos cultos paganos que lo rodeaban, se convirtió al cristianismo, resaltó como un influyente y controvertido predicador hasta terminar ejecutado, según las autoridades, por ejercer la brujería, el gnosticismo y la herejía, entre otros pecados.

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Tapa de

Tapa de "El secreto de Compostela".

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¿Cuál es el misterio que lo rodea y que lo liga a nuestra provincia? Nada más y nada menos que los restos “santos” que yacen en la catedral de Compostela. ¿Son de Prisciliano y sus discípulos? ¿O pertenecen, como afirma la versión oficial, a Santiago Apóstol, hoy patrono de Mendoza?

Una pregunta central que alude a la fuente de inspiración peregrina del Camino de Santiago.

Para referirse a esta “prodigiosa leyenda” y poner en valor la magnética figura de Prisciliano, Alberto Santos, tras haber pasado nuevamente por nuestro país, dialoga, desde Oporto, su ciudad, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-¿Cómo anduvo la Feria del Libro de Buenos Aires, Alberto?

-Una estupenda feria del libro. Fue la segunda vez en la que participé. El año pasado presenté La profecía de Estambul y este año, El secreto de Compostela. Hubo muchos lectores, mucha gente interesada en el stand de El Ateneo. Espero volver el próximo año con otro título.

-Tu libro, El secreto de Compostela, a nosotros los mendocinos nos toca muy de cerca porque, si bien la historia gira en torno de Prisciliano, en el siglo IV, plantea el enigma de la tumba que da sentido al Camino de Santiago. Y Santiago Apóstol es el santo patrono de nuestra provincia.

-¡Pues qué coincidencia! (ríe). Esos son lugares con una energía muy grande desde los tiempos antiguos, desde antes, incluso, de la creación de la leyenda de Santiago Apóstol, que arribó a las tierras de Galicia. Pues bien, esa leyenda y todo ese campo energético se fueron a otros países y se quedó también en Mendoza.

-¿Has hecho el Camino de Santiago?

-Sí, pero en parte, no todo. Hay varios caminos aquí, como sabréis. En Portugal tenemos algunos. Hay un camino de costa, otro más interior y un camino antiguo que yo trato en otro libro que no está todavía publicado en Argentina, La esclava de Córdoba.

-¿De qué trata?

-Habla del camino mozárabe, que se hacía desde el sur de al-Ándalus hacia Santiago cerca del año 1000. Partes de esos recorridos intenté hacerlos para conocer, sobre todo, la historia de nuestros ancestros.

-Si bien el misterio de la tumba de Santiago figura al principio y al cierre de tu libro, el corazón de la novela refiere a Prisciliano. ¿Cómo te interesaste por esta personalidad tan potente, la de un heresiarca que conmocionó el mundo romano de aquel entonces?

-Prisciliano fue una un personaje que, durante muchos siglos, fue un poco escondido, olvidado, porque en su tiempo lo consideraron un hereje ya que defendía cosas como que los derechos de las mujeres eran iguales a los de los hombres; que a los ojos de Dios los esclavos tenían el mismo derecho que los señores; que se podía orar y estar en contacto con la divinidad en la naturaleza, no necesariamente dentro de un templo; que no era necesario estar bajo una jerarquía eclesial para tener una relación con la divinidad, con el uno...

-¡Todo un temario de gran alcance!

-Bueno… todos estos temas, en ese tiempo, eran heréticos. Fíjate que él vivió precisamente en el final del Imperio Romano de Occidente, cuando estaban llegando los pueblos bárbaros, que no eran católicos romanos. Eran arianistas, de otro credo. Después llegaron los árabes con el Islam. Y, mucho más tarde, cuando empezó la reconquista, se sintió la necesidad de tener una fuerza espiritual, una energía espiritual desde el norte de la península para combatir a los musulmanes.

-¿Cómo afectó este contexto a Prisciliano?

-No se podía tener esa energía con un obispo que era considerado un hereje y de ahí la necesidad, probablemente, de crear, de inventar otra leyenda.

-¿De qué manera prendió esta leyenda negativa sobre él?

-El pueblo local, en esos tiempos, lo consideraba un santo, pero la Iglesia oficial no lo quería reconocer como tal. Así, durante muchos siglos, fue quedando olvidado, permaneciendo siempre escondido, como decimos aquí.

-¿Hoy cómo lo podríamos considerar?

-Yo creo que es un personaje fantástico con algo muy importante para decir. Probablemente el mundo habría sido diferente si sus ideas hubiesen prevalecido. Por lo tanto, esto es como un homenaje a su legado y a todo lo que dejó en nuestra historia.

-Eran, aquellos, tiempos muy turbulentos. Por ejemplo, se pasó de perseguir a los cristianos, con la última gran avanzada de Diocleciano en el 303, a considerarla religión oficial con Teodosio, ¿no?

-Sí, claro. Ya ves que el siglo IV es el siglo en el que se establece el cristianismo, el credo niceno, como lo conocemos hoy, en tiempos de Constantino. Y al final llega Teodosio que instituye el cristianismo católico romano como la religión oficial del Imperio.

-¿Y cómo se movían Prisciliano y compañía?

-En esos tiempos todos contribuían un poco para forjar la idea del cristianismo. Pero él descendió a un cristianismo más primitivo, más cercano a la idea que nos planteaba Jesucristo en la Biblia.

-¿De qué tipo?

-Un cristianismo en el que las mujeres tenían un papel, un rol más importante y más igualitario. Lo cual no era como el cristianismo jerárquico que nacía en ese siglo.

-¿Y qué pasó con eso?

-Llevó a que hubiera muchos equívocos. Por eso muchos hombres que pensaron bastante más adelantados a su tiempo como Prisciliano, Orígenes y otros, no fueron considerados por la Iglesia como santos o como patronos, como contribuyentes para una idea diferente de evolución de la humanidad y de la religión. Todo eso, claro, contribuyó a su olvido.

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El portugués Alberto S. Santos.

El portugués Alberto S. Santos.

-Prisciliano vivió hace muchos siglos y, sin embargo, vos aportás muchos detalles de su cotidianidad familiar, desde el momento mismo en que nace y lo llevan al templo de Isis. Las fuentes que hablan de él son escasas. ¿Cómo hiciste para reconstruir todo aquel mundo con tanto detalle?

-Pues bien, esa es la parte más interesante para un escritor, o sea, descubrir cómo era todo eso, cómo era la vida cotidiana, cómo pensaba la gente, cómo se podría entender esa mentalidad tan lejana hoy en día.

-¿Cuál es el método para la reconstrucción?

-Es todo un trabajo de investigación, de saber qué cultos había en esos lugares. Y cuando descubrí que, en Padrón, en la costa atlántica de Galicia, cerca de Compostela, precisamente, donde la leyenda dice que arribó la barca con los restos mortales de Santiago, había un templo de devoción a Isis, eso fue algo extraordinario que me ayudó a crear esa escena.

-Un detalle importante, porque habla de que Prisciliano fue educado en otra religión.

-La historia empieza con Prisciliano en una familia que no era cristiana, que tenía la religión clásica de los romanos con el culto de Isis, de Serapis, de todos esos dioses que eran conocidos aquí en el occidente, en la Península Ibérica.

-Un panorama complejo en esa materia.

-Estaban los dioses locales, en un proceso de sincretismo de la religión celta y romana.

-¿Cómo se convierte Prisciliano?

-Ya como adulto. Por eso era necesario crear una infancia, justamente, pagana. De ahí toda la búsqueda, toda la investigación de ese tiempo más pagano y de cómo las personas se convertían; cómo era la llegada del cristianismo como una nueva religión y cómo la gente la interpretaba, cómo la descubría y, sobre todo, como la vivía.

-En definitiva, tu novela nos hace tomar conciencia de que, en ese entonces, había un tumulto de dioses provenientes de distintos cultos, romanos, egipcios, cristianos, celtas, de todos lados. Una verdadera Babel mística, ¿no?

-Sí, claro. Era un panteón inmenso porque la influencia Del cristianismo llegó del norte de África. En esos tiempos tenía una fuerza muy grande de infiltración porque las principales ideas llegaban por el Mediterráneo, sobre todo.

-¿Por qué esa era la vía principal de llegada?

-Porque era la gran autopista que teníamos desde el oriente, desde Roma, desde Grecia, de Alejandría. Así pues, los dioses egipcios, que tenían una importante fuerza en ese momento, como Isis, Osiris, Serapis, se mezclaron con todo el panteón celta y con una plantilla greco-romana. Por eso teníamos aquí dioses para todos los gustos (ríe).

-Todo esto habla mucho de la composición del espíritu humano, ¿no? De cómo hemos ido evolucionando o involucionando, según se mire.

-Creo que las historias de las eras son más impactantes, más interesantes, cuando siguen descubriendo todo lo que ha sido el espíritu humano, la condición humana; cómo es la gente, cómo piensan los hombres, cómo ejercen, cómo se aman, se odian, se traicionan. Todo eso. El reflejo, el espejo de la condición humana tiene que estar en las historias.

-¿Y en cuanto a esta historia, puntualmente?

-Esta historia busca un poco más sobre el tema del espíritu; o sea, cómo la gente puede vivir su espiritualidad en cada tiempo y, sobre todo, en tiempos de gran impacto, de ideas, de credos que estaban influyendo, precisamente, en ese siglo IV porque fue un siglo de grandes transformaciones de la humanidad, sobre todo en el mundo occidental europeo.

-Ya que estamos hablando de estos temas, ¿qué actitud tienen hoy, en general, en Europa respecto de la religión y cuál es la opinión sobre el papa Francisco?

-Francisco es un papa que le gusta mucho a la gente, sobre todo a mí.

-¿Por qué?

-Porque, precisamente, este libro lo terminé de escribir el día en que él fue electo como papa. Fue una coincidencia tremenda porque yo no sabía que Francisco iba a defender cosas priscilianistas.

-¿Qué tipo de posturas priscilianistas?

-Como, por ejemplo, el papel de los laicos en la Iglesia; como la posibilidad de más igualdad de género, el respeto por las minorías, por quien piensa diferente, etcétera.

-Una puesta al día merecida, ¿no?

-Las ideas de Prisciliano en su tiempo hoy en día ya no serían heréticas. Y si hay un papa que podría rescatarlo de las tinieblas, ese es el papa Francisco.

-¿Qué tipo de cercanía tienen o han tenido ustedes con el Papa?

-El papa Francisco estará en Portugal dentro de tres meses para la Jornada Mundial de la Juventud. Eso está generando mucho interés y también mucha esperanza por su mensaje. Es un papa muy admirado y reconocido acá.

-O sea que tiene una amplia aceptación popular en tu tierra.

-Hay mucha gente a la que, aun no siendo católica, le gusta el mensaje y la forma de ser del papa Francisco.

-A Prisciliano, antes de matarlo, lo acusaron de delitos como maniqueísmo, turpido -o sea, inmoral o vergonzoso-, conocimiento y práctica de magia negra, lectura de textos apócrifos, enseñanza de la Sagradas Escrituras a las mujeres, etcétera. Figura todo esto en tu libro. ¿Qué opina hoy la Iglesia de esos “pecados”, más allá del papa Francisco?

-Yo no sé si hoy tiene opinión sobre Prisciliano. Pero en aquel tiempo, esas acusaciones fueron un pretexto para que el estado imperial pudiera matarlo. Digamos que fue el primer obispo ejecutado, tal vez la primera vez que se puede hablar de la Inquisición.

-Pero hoy no lo tienen presente, entonces.

-Yo no sé porqué la Iglesia lo sigue olvidando. Una parte de la Iglesia. Hay gente en la Iglesia con quien hablé que recomienda precisamente mi libro a sus alumnos en los seminarios para que les enseñe cómo era el inicio del cristianismo y todo ese tiempo. Pero nunca oí a nadie, oficialmente, rescatando el nombre de Prisciliano y reconociendo el papel que él ha tenido para el crecimiento del pensamiento humano y, sobre todo, respecto de esas ideas que hablamos sobre la igualdad entre hombres y mujeres, la igualdad de género y, bueno, la forma como podemos estar en contacto, en conexión, con la divinidad y todo eso.

-En resumen, Alberto, su nombre no ha sido reconocido todavía.

-Yo tengo esperanza de que el papa Francisco pueda hacerlo algún día. Yo pensé en enviarle este libro editado en Argentina porque es más fácil para que él lo lea.

-Al lado de Prisciliano, hay otra figura muy importante, la de Egeria, que fue viajera, escritora, autora de un famoso libro de viajes, peregrina por Tierra Santa, etcétera. ¿Cómo se te ocurrió ponerla a la par en tu relato?

-Creo que Prisciliano pudo haber tenido relaciones próximas con determinadas mujeres que seguían sus ideales. Pero no se sabe que tuviera una relación, precisamente, con Egeria. No fue posible descubrirlo.

-¿Pero esas posibles relaciones con algunas de sus seguidoras eran de carácter místico o, eventualmente, carnal?

-Primeramente, carnal, después probablemente más mística cuando se convirtió y decidió seguir todo ese recorrido de vida. No se sabe bien porque estamos muy lejos de ese tiempo, pero es lo que se ha podido conseguir.

-Sin embargo, aquí, en tu libro, Prisciliano y Egeria constituyen una dupla fuerte.

-La verdad es que los dos vivieron el mismo tiempo y en el mismo lugar. Ambos eran del noroeste de la Península Ibérica, de Galicia, del norte de Portugal, no se sabe de qué ciudad. Pero leyendo el itinerario que escribió Egeria, se ven muchas cosas parecidas con lo que defendía Prisciliano.

-¿Ese fue el hilo de relación?

-Fue a partir de esa idea que me surgió la posibilidad de crear, por lo menos en la novela, esta relación como verosímil, como posible. Pero, como dije, no se sabe si fue verdadera o no.

-En definitiva, cuánto de todo esto es fruto de tu imaginación y cuánto de fuentes históricas, que están muy lejanas, ¿no?

-Los libros, sobre todo en la ficción histórica, en la novela histórica, tienen que hacer un cruce entre la parte de investigación histórica, de lo que se sabe de la historia oficial, y toda una parte de creatividad, de imaginación. Y nosotros, quienes escribimos esas historias, tenemos esa libertad, esa facultad de poder crear más allá de la investigación, de lo que realmente pasó.

-¿Y cuál es el punto central de esta combinación entre realidad y ficción?

-Lo más importante, para mí, es crear una buena novela, una buena historia y, fundamentalmente, que haya una verosimilitud de la historia planteada en esas fechas, en ese momento histórico. Lo más importante, entonces, es que, quien vaya a leer la novela, disfrute con la trama, con el ritmo, con la melodía de la historia, con los personajes y que, al final, le quede la atmósfera de ese tiempo. Sobre todo, que haga una reflexión sobre los temas tratados en la actualidad y que pueda aprender, evolucionar un poco más en algunas cosas.

-En la historia que involucra a Prisciliano y a Egeria incorporás un elemento poético, la rosa azul, que adquiere todo un simbolismo muy bonito. ¿De dónde te inspiraste?

-Las rozas azules creo que no existen en la naturaleza. Por eso es como una metáfora para transmitir que, muchas veces, lo que parece imposible un día se puede tornar posible.

-Se trata, también, un poco del núcleo de tu mensaje.

-Es la metáfora de que la imposibilidad no permanece permanentemente y de que, con determinación, se pueden sobrepasar obstáculos difíciles. Tal vez eso. Pero cada lector puede extraer otra idea porque nadie lee el libro como el escritor lo escribió. Nadie.

-Una excelente descripción de los alcances de la lectura.

-Cada lector lee el libro que uno escribe con su trasfondo, con su background, con su conocimiento. Por eso puede tener una idea muy diferente de la que transmito.

-Alberto, ¿qué te hizo novelista histórico? ¿Por qué, como escritor, te dedicaste a este género y no a otro?

-Nunca se sabe bien. Pero siempre hay una explicación. En el tiempo en que empecé a escribir, alrededor de los 15 años, yo estaba leyendo mucho sobre ficción, sobre novela histórica. Y cuando arranqué con primer libro, La esclava de Córdoba, que no sabía que iba transformarse en un suceso acá en Portugal, estaba muy entusiasmado con la idea de conocer más del pasado a través de lo literario.

-Claro. Esa novela es ideal para abordar tu idea.

-Fue crucial ese momento aquí en la Península Ibérica -estamos hablando del año 1000-, con esa mezcla entre la reconquista de los cristianos y los musulmanes, porque todos contribuyeron a lo que hoy somos en Portugal, con una parte al norte más influenciada por la cultura centroeuropea y la parte sur más por el norte de África, por lo mediterráneo. Eso me fascinaba.

-¿Y después qué pasó?

-Avancé hacia el segundo libro, La profecía de Estambul. De repente, estaba escribiendo, estaba entusiasmado. Entonces hablé con mi editorial portuguesa y les dije: ya escribí algunas novelas históricas, ahora voy a empezar a escribir algo más moderno.

-¿Qué te dijeron?

-Me dijeron que no (risas), que ni pensar, porque tenía ya muchos lectores que estaban esperando el próximo libro, la próxima novela histórica y quedaría muy mal ofrecerles un libro diferente, que podía no ser bueno. Que quizá, que más adelante, que tal vez… me dijeron. La cuestión es que estoy escribiendo otro libro también con trasfondo histórico.

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Amantes de Buenos Aires, de Alberto S. Santos.

Amantes de Buenos Aires, de Alberto S. Santos.

-Tu libro Amantes de Buenos Aires, que salió en Argentina en 2021 y que cuenta la pasión de dos mujeres a principios del siglo XX, tiene, justamente, una importante base histórica. ¿Cómo te inclinaste por nuestro país?

-Buenos Aires me encanta. Esa es una historia que está ubicada en tres ciudades importantes: La Coruña, Porto -donde vivo- y Buenos Aires.

-¿Cuándo conociste nuestra capital?

-Estuve en 2013 y desde ahí que quedé encantado por la ciudad, por toda la forma de ser bonaerense y por Argentina en general. Y cuando esta historia me cayó en las manos, me apasioné por ella. Fue como un amor a primera vista. Sentí una gran necesidad de escribirla porque ligaba, como decía, tres ciudades importantes.

-Suponemos que con un conocimiento muy particular sobre cada una de ellas.

-A La Coruña la conozco desde mi adolescencia, desde mi juventud. A Oporto, desde siempre. Y a Buenos Aires, más recientemente. Me parecía un trío muy interesante. La historia verdadera la seguí, la investigué, sobre esas mujeres del inicio del siglo XX que tenían un amor transgresivo y que tuvieron una hija acá en Porto.

-¿Y qué vuelta le encontraste?

-Me imaginé que esa hija, que se fue a Buenos Aires siendo niña todavía, había tenido sus hijos, sus hijas y que hoy existiría una descendiente de ellas. Yo no sabía. Y cuando llegué a la Argentina, el año pasado, descubrí que todo eso que me imaginé era verdad.

-¡Todo un hallazgo! ¿Cómo fue?

-Descubrí que, efectivamente, en Buenos Aires, estaba el personaje, la chica que yo creé. Así pues, toda esa idea de que habría una descendiente de ellas viviendo ahí, que no sabía su historia porque el pasado le fue escondido, oculto, por tratarse de algo vergonzoso que no se podía comentar en la familia; todo eso era verdad.

-¡Imaginamos cómo te habrás sentido!

-Fue un momento epifánico. Fue muy especial descubrir que, en el fondo, la historia ficcional se transformó en algo real.

-Pasemos a otro tema que a los mendocinos nos toca de cerca, por nuestro santo patrono. ¿Qué pasa con el secreto de Compostela? ¿Quién está enterrado ahí, Santiago Apóstol o Prisciliano, más allá de lo que hayan dicho los papas San León y León XIII? ¿Cuál es tu opinión?

-Mi opinión es que, de hecho, resulta imposible que sean los restos de Santiago porque fue muerto en el año '44. Es el único apóstol que la Biblia describe y confirma que fue enterrado en Jerusalén, en la otra parte del Imperio Romano. Mil años después se inventó una leyenda diciendo que vino en una barca de piedra con los ángeles, con sus amigos, etcétera. Esto es imposible. Sabemos que es una leyenda, ¿no?

-¿Qué sería, entonces, lo más probable?

-Para mí lo más probable es que en Compostela estén los huesos de Prisciliano o su espíritu, al menos. La tumba, que había sido descubierta, se comentó que era la del apóstol Santiago, alrededor de 820, por el obispo y por el rey de León. Ellos lo decidieron sin un aval científico, histórico ni nada.

-Esa fue la palabra oficial. ¿Y los pobladores del lugar?

-La gente, sin embargo, mediante la oralidad, de palabra en palabra, de tiempo en tiempo, pasaba la idea de que ahí estaba un santo, que había sido un gran predicador, que murió lejos y que los amigos lo fueron a buscar a una ciudad remota, Tréveris, y lo trajeron precisamente para Galicia donde fue venerado.

-Digamos, tuvo un reconocimiento popular.

-Esa idea fue pasando de boca en boca durante muchos siglos y por eso estaba en el subconsciente colectivo. Se mantenía, como decía, la idea de que ahí estaba un santo al que la gente seguía. Pero, cuatro siglos después, ya no se podía decir lo mismo. No se sabía exactamente quién era. Es que ya habían pasado los arianistas germánicos, los godos, los visigodos, los suevos, después los musulmanes. Eso no permitió que la idea permaneciese visiblemente durante todo ese tiempo.

-¿Esa confusión en qué se tradujo?

-Se sabía que estaba ahí alguien importante, pero como no se podía decir que era un hereje, resultaba mejor que fuese un apóstol. O sea, era necesario que fuera alguien que pudiese ayudar a los soldados en la reconquista; que pudiese, también, funcionar como un guía espiritual.

-Sí, necesitaban una figura cargada de sentido para la época.

-Santiago mismo se convirtió en Matamoros; es decir, en algunas leyendas iba con la espada matando moros y esas cosas.

-¿En resumen?

-Los restos arqueológicos, las partes que se han descubierto en la basílica, son del siglo IV. No es posible decir claramente que son de Prisciliano. Pero yo creo que, por lo menos, será su espíritu el que esté ahí.

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