Uno, como lector, celebra que existan escritores con esa rara calidad de Juan José Becerra para cambiar de piel ante cada nuevo desafío, ante cada libro que acomete sin una hoja de ruta demasiado precisa.
Juan José Becerra ante Amor, su nuevo libro: "Las mujeres son muy superiores. La matriz del amor es un invento femenino"
Nuestro diálogo, en estos años, ha pasado por diversos títulos y diversos ángulos de abordaje: el artista más grande del mundo, los fenómenos argentinos, el rastro de Cortázar por Europa, etcétera.
Esta vez, la temática es más personal: Amor. Nada más y nada menos.
Para meterse en este sentimiento milenario, basal, Becerra eligió un formato raro; un híbrido al que llama novela solo por comodidad.
Todo cabe en Amor. Desde la literatura de anticipación a la entrevista periodística. Desde la indagación filosófica a la canción romántica y melosa. Y sale indemne de este entrecruzamiento de géneros, de ese sabotaje explícito. Por calidad de escritura. Por su artesanal tejeduría. Por su pasión de aventurero.
Puesto que uno de sus personajes centrales, un consagrado poeta, tiene devoción por “Abrázame muy fuerte”, la canción de Juan Gabriel le da pie a esta nueva entrevista con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
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-Nadie hubiera imaginado a Juan José Becerra meciéndose al compás de Juan Gabriel y no, por ejemplo, de un Chet Baker.
-Yo suscribo eso, ¿eh?, sobre todo si uno se pone a pensar en las personas que se preocupan por saber o decir algo, si es posible, acerca del tiempo. Por supuesto, tenés las grandes marcas de la cultura como Proust, por nombrar a alguien. Pero la canción de Juan Gabriel, verdaderamente, es muy impresionante.
-¿Por qué? ¿Qué le ves? Contanos.
-Porque es como una especie de rechazo casi ideológico al curso del tiempo. En un momento dice “que el tiempo es malo”. Y es verdaderamente así. Yo creo que es un error no colocar del lado de las marcas de prestigio del arte aquellas cuyo origen está en la cultura popular. Me parece que eso es un error.
-Claro. Pero lo que uno tendería a pensar, automáticamente, es que el poeta de prestigio se inclina por Serrat, Sabina o Ismael Serrano. Pero no, el tipo se queda con Juan Gabriel y después viaja a Viña del Mar para escuchar a Miguel Bosé.
-Yo admiro mucho a los cantantes. Aparte, a este tipo de cantantes. Y se nombran en la novela, obviamente, porque, de alguna manera, intervienen en el régimen mental del narrador y de los personajes. Porque el discurso de esos cantantes es el discurso amoroso.
-¿Qué te atrae, específicamente, de ellos?
-Me parece que es un talento fuera de serie el de esas personas que son capaces, en dos minutos, de cantar una canción que te entra en la sangre. Y una vez que entró, no sale más.
-El libro cuenta con sus personajes principales, pero termina siendo tan personaje como ellos el narrador, el que cuenta la historia. ¿Cómo se te ocurrió ponerlo en Bowen, que es el extremo sur de Mendoza! No muchos de nosotros conocemos Bowen.
-Bueno, yo tampoco (risas).
-¿Entonces?
-La verdad, no sé. Cuando escribís, van apareciendo cosas.
-¿Qué cosas?
-Ocurren situaciones inesperadas para el que está escribiendo. Te diría que son como sorpresas. Y es en busca de esas sorpresas por las cuales uno escribe.
-¿Y qué pasó para que Bowen se transformara en sorpresa?
-Se me apareció como se podría haber aparecido otro lugar. Qué sé yo. Sinceramente, no sé si pasé alguna vez por la puerta de Bowen. Pero me parecía que la escala del pueblo podía estar bien para contar lo del concierto, que era lo más importante que ocurría ahí.
-Además, por si esto fuera poco, mencionás un medio, La voz de Bowen.
-Debe existir, qué sé yo. Si no, lo inventamos (risas).
-El oriundo de Bowen es Julián Basualdo, el periodista que termina escribiendo la historia. Ahora bien, la novela se llama Amor y es toda una reflexión en retrospectiva sobre este sentimiento, porque que se efectúa en torno al año 2123. En esa época ya no hay libros de papel y la Real Academia describe el amor como un “adjetivo inespecífico”. ¡Ya es un tembladeral ese tiempo!
-Pero decime que si no está ocurriendo ya eso de que funciona como un adjetivo inespecífico. ¿Viste que todo es un amor?
-Sí, claro, a nuestra pareja le decimos “amor” y así siguiendo.
-El perro es un amor, el pantalón que te compraste es un amor, la media luna que te comiste…O sea, hay como una especie de utilización masiva que, obviamente, tiende a la banalización.
-¿Y qué hacemos con todo eso?
-No digo que haya que restaurar el concepto de amor respecto de la referencia más importante que tuvo a lo largo de la historia de las relaciones, que es el amor romántico. No digo que tenga ser así. Pero sí me parece que hay que reservar la palabra para la cosa que le corresponda.
-Tu novela es como un modelo para armar que va incorporando diversos formatos, como ubicar el tiempo en 2123, pero después retrocedés; se leen los testimonios de gente sencilla sobre Ana, la coprotagonista de la historia de amor; después presentás a su amante, el poeta Castillo con dos entrevistas, etcétera, etcétera. ¿Cómo lograste que todo este ensamble quedara tan logrado?
-Lo primero que tenía escrito era la novela en sí; o sea, la última parte, que es como tres cuartos de la totalidad del libro. Y me daban un poco de inquietud las consideraciones que se pudieran hacer, como lector, de una novela de amor más. Había algo que no me convencía.
-Y, justamente, esa historia que está escribiendo Basualdo se llama Otra novela de amor, encima.
-Claro. Entonces pensé en lo de los 100 años, en lo de leer hacia atrás; digamos, hacer como una novela retrospectiva donde un narrador pudiera dar fe de una experiencia humana agotada o que le generase otra cosa o que se volvió tan inespecífica que es muy difícil distinguirla de otra.
-Le diste una vuelta de tuerca…
-La operación, en realidad, es bastante sencilla, pero me quedé pensando en lo que me dijiste antes sobre el narrador de esta novela.
-¿Qué pensaste, al respecto?
-Con los años, empecé a sentir, cuando me pongo a escribir un libro que, por tradición, en general la persona que escribe trata de negar quién es el que escribe, cuál es la identidad del que escribe, como si a los libros no los escribiera nadie.
-¿Y? ¿Cuál es tu conclusión?
-A las historias siempre las cuenta alguien. Por lo tanto, me parece natural que se filtre la identidad de la persona que cuenta y que esa identidad termine gravitando en su historia y, de alguna manera, explicando porqué cuenta esa historia y no otra.
-En algún momento, alguien dice, reflexionando sobre estos temas, que importa más a veces lo que es el escritor o lo que le pasa al escritor, que el libro mismo.
-Yo creo que sí. Un tipo que escribe, como cualquier persona que hace cualquier cosa, es una sensibilidad. Y esa sensibilidad tiene una serie de identificaciones que pueden estar ramificadas, algunas pueden estar escondidas, pero es alguien que está escribiendo.
-¿Cómo es tu caso?
-Por ejemplo, yo, cuando escribo, al margen de que uno pueda estar utilizando un instrumento artificial, como el lenguaje; que pueda tener algo más o menos planificado, aunque no sea mi caso; eso no quita que hay una unidad biológica en esa experiencia. Es alguien que está sintiendo algo.
-¿Cuál es el punto de conflicto, entonces?
-Que no está demasiado bien visto en la historia de la literatura o, por lo menos, en la historia de la literatura argentina, concederle a la sensibilidad y, ni hablar, al humor, el valor que tienen. Quedan fuera de escuadra ese tipo de prestaciones.
-Cambiar el foco, pues.
-Es lo más natural del mundo que si alguien está escribiendo algo, sepamos algo de ese alguien.
-Amor es una novela, ¿no? ¿La podemos calificar así?
-Califiquémosla así.
-Los novelistas, en general, planifican mucho todo el itinerario, elaboran como un mapa previo. Sin embargo, cuando hablamos con Daniel Guebel, hace poco, coincidíamos en que su técnica se parece más a la improvisación de un músico de jazz. ¿Vos cómo hacés?
-Sí. Para mí, la única obediencia que vale la pena, en la experiencia de escribir, es esa. Hay una respuesta a algo que va sucediendo exclusivamente en el territorio de la escritura. Quiero decir: hay cosas que funcionan en ese dispositivo, en esa experiencia, que no funcionan en otro lado.
-¿Por ejemplo?
-Por ejemplo, no funcionan en el momento en el que vos te podés sentar a pensar algo, porque pensar es una operación que tiene sus características. Pero escribir es otra cosa. Puede haber una especie de pensamiento secundario, como un epifenómeno de la escritura, que aparece. Y aparece, no porque pensaste, sino porque escribiste o porque estás escribiendo.
-¿Entonces?
-Entonces, esas novedades, que son muy inesperadas para el que las experimenta, son para mí lo que concentra la gracia de escribir. O sea, sin esa gracia de no saber qué es lo que va a pasar con vos cuando te ponés a escribir, sin ese desconocimiento, no tendría mucha onda escribir.
-Pues bien, pregunta de cajón: ¿vos disfrutás al escribir? ¿Te sentís feliz escribiendo o lo padecés?
-Yo creo que es la felicidad total.
-¿Por qué la felicidad total?
-Porque hay una ilusión de gobierno de las cosas, de que vos mandás, de que tenés una soberanía que se puede emplear en términos extremos. ¡Ojo! Hablo de ilusión, ¿eh? Es una ilusión.
-¿Cómo administramos esa ilusión?
-Mientras ocurre la ilusión, como en todas las experiencias ilusorias, tiene el efecto de una realidad material. Te da toda la sensación de que estás construyendo un mundo, de que tenés ese poder.
-O sea que, para vos, no es un laburo.
-No. Puede ser un laburo en el sentido de que, cuando pasan los años, decís, che, mirá, tengo cagada la columna, ¿de qué será? Y es de tantas horas escribiendo (ríe). Pero no lo considero un laburo en el sentido de que es puro deseo.
-¿Corregís mucho? Digo, porque eso sí es laburo.
-No. ¿Vos sabés que no? Al principio, sí, corregía mucho, cuando era joven. Cuando sos joven, todo es mucho (risas).
-Volviendo a tu relato, esto de ir al futuro para contar el pasado es como hacer una predicción de lo que vos creés que va a suceder, por ejemplo, con los libros escritos, probablemente, y con el concepto del amor, que desaparece en algún momento. ¿Esto tiene que ver con tu vida y tu experiencia?
-No. Tiene que ver con una imaginación corta.
-¿Cómo es eso?
-Yo tengo una imaginación realista, digamos. O sea, considero que las características de mi imaginación no ponen un pie en lo que sería el universo fantástico. Es decir, no me imagino naves dentro de veinte mil años flotando en el espacio ni sujetos de tres cabezas. Imagino una situación muy parecida a la de hoy, con algunas modificaciones, algunos deslizamientos.
-Deslizamientos muy significativos…
-Que dentro de cien años no haya libros de papel, es una posibilidad. Es una posibilidad de la vida material futura. Podría ocurrir. Y que haya políticas de reconversión de todo lo que alguna vez fue papel para generar energía, mobiliario, qué sé yo, es otra posibilidad. Es decir, me parece que es una imaginación, la mía, que responde a un principio de razón de algo que todavía no pasó, pero que podría pasar.
-¿Y la desaparición del amor?
-Bueno… ¿por qué no? ¡Si han desaparecido tantas cosas! Además, el amor es una moda de la cultura que duró más de lo que se esperaba.
-Entre tantas situaciones y contenidos ocurrentes que hay en la novela, figura una muestra, que tiene lugar en el futuro para los vuelos de Iberia. Y en el catálogo se dice, por ejemplo, retrospectivamente, que, en 2023, “el género novela estaba agotado”. ¿Estás sintiendo eso, Juan?
-A mí me parece que, en la medida en que el género no sea violentado por quien lo ejerce, hay que considerarlo que está en estado de agotamiento.
-¿Tan drástico es el diagnóstico?
-O sea, yo creo que la novela tiene, por su tradición, grandes nombres que son los vehículos de la historia de la literatura como Joyce o Proust. Pero arranquemos con Cervantes, que es como el primero y el último. Podría ser el que empezó y el que terminó la novela con un solo ejemplo. Me da la sensación de que, si con ese aprendizaje, uno no quiebra lo que sería la novela conservadora, digamos, la novela del siglo XIX, no tiene mucho sentido escribir novelas.
-¿Cuándo adquiere sentido, entonces?
-Sí tiene sentido cuando uno lo que hace es admitir que el metabolismo de la novela es capaz de absorber cualquier monstruosidad y que, en nombre de esa capacidad de absorción, puedas hacer cualquier cosa y llamarlo novela. Vos me decías recién: ¿lo llamamos novela? Y… llamémosle novela, porque peor nombre no hay para llamar una cosa.
-Siguiendo con este hilo, ¿podríamos decir que la tuya es una antinovela, así como los poemas de Nicanor Parra son antipoemas?
-Sí. Sí porque el asunto es tratar de sabotear el género. Lo que pasa es que el género este es tan fuerte, porque es un género abierto, que se banca cualquier cosa. Se banca cualquier infracción porque ¿qué no se puede meter adentro de una novela?
-Sí, lo que sea. Tu novela está plagada de poemas, sin ir tan lejos.
-Acá hablamos de Literatura. Pero podés decir: le meto un ensayo, le meto una entrevista, le meto un poema. ¡Le meto un tornillo, si quiero!
-Por eso hacíamos alusión al monstruo de Frankenstein.
-Sí. A mí me gusta mucho eso. Me gusta mucho el acto gratuito y considerar que la novela no tiene que responder a ninguna economía de conservación.
-Ok. Pero hay que hacerlo con talento, hay que hacerlo bien, como en este caso. De lo contrario puede resultar un bodrio imposible de seguir y de leer.
-Yo no sé cómo me salen las cosas, pero fantaseo mucho con ponérmela, ¿viste?; con decir: bueno, fui a parar a la mierda, qué me importa, si lo que estoy haciendo es escribir.
-Pero acá tenés un hilo conductor, un hilo de oro, que es la historia de Ana Quiroga y de Castillo. Eso te lleva de la mano. Si no, capaz que se iba al tacho la novela.
-Sí, es cierto (sonríe).
-Volviendo a la mentada muestra de Iberia, que me encanta, se dice que ha habido un hecho histórico, que es la agonía de las relaciones de amor entre personas. Y apunta que, en 2028, entre las palabras sobre sentimientos más solicitada del español en Google, están “depresión” y “desamor”. ¡Estamos jodidos!
-Y yo creo que, si buscamos ahora, no sé si no aparecen, ¿eh? (ríe). No sé si entre las primeras cinco, pero para mí ranquean.
-Acá te leo las primeras cinco palabras que figuran en tu novela: Whatsapp, Amazon, criptomoneda, Netflix y traductor. Estás describiendo el mundo, ¡atención!
-(Ríe) Es muy difícil ver la época de uno, ¿viste? O sea, es posible verla cuando la época activa dispositivos de censura, por ejemplo, cosas que no se pueden decir. Entonces ahí sentís la época.
-¿Por qué decís que es difícil ver nuestra época fuera de esta última situación?
-Es muy difícil leerla porque pasan muchas cosas en una época. Una de las cosas que pasan, y que pasan desapercibidas, justamente, porque la lectura que uno hace es hiperactual, es que hay mucho desplazamiento de los vínculos entre personas hacia la soledad de esas personas. Digo la soledad de las personas incluyendo a las personas acompañadas, por no decir, ¡sobre todo a las personas acompañadas!
-¿A qué se debe el fenómeno?
-Hay una especie de hipernarcisismo, que es muy de la época, donde existe una apología del sujeto, del individuo, del deseo personal. Y cuando uno se afirma en el deseo personal, de alguna manera se resquebrajan las relaciones, porque las relaciones son siempre relaciones de generosidad.
-¿Cómo es ese resquebrajamiento?
-Cuando uno se entrega demasiado, postergando incluso sus cosas, terminás afirmándote como un yo, pero como un yo medio boludo, sin vínculos. Sin vínculos afectivos. Entonces, el único afecto que tenés es con vos y con el deseo que querés cumplir acerca de tu vida.
-¿Hacia dónde nos ha llevado todo esto?
-Todas estas cosas generaron una cultura del infantilismo muy grosa, en la que todos estamos metidos. Lo único que queremos es darnos gustos personales y no les concedemos a los otros, a los vínculos, lo que tiene que haber de pérdida nuestra para que podamos tenerlos.
-Exacto. Reconocer el costo de todo eso.
-¡Pero, claro! Si vos te relacionás con alguien, tenés que pagar.
-Hay un laburo ahí, también.
-Exacto. Yo veo una época muy narcisista. Nunca vi una época tan narcisista. ¡Todo el mundo está orgulloso de lo que es!
-¿En qué cambió el amor de hace algunos siglos o algunos años hasta ahora? Sobre todo, en cuanto a las relaciones, ¿cómo vivían antes el hombre y la mujer al amor?
-Para hablar de eso tengo que hablar de historia, porque es muy diferente, por ahí, la percepción personal que uno tiene, por experiencia propia, en relación a los demás. En general, lo que identifica al amor es la situación en la que uno se pierde, uno no es más nada. Todo lo que pensó que era, en términos de una identidad ajustada, representada para los demás, de algún modo celebrada para los demás, eso se disuelve totalmente como si te tiraran en un tanque de ácido.
-¿Y? ¿Qué pasa?
-Entonces, yo creo que la prueba de que alguien ama es porque se perdió, porque ya no existe más. Por supuesto, después, cuando se produce el efecto retráctil del amor y cada cual vuelve a la islita de la que salió antes de enamorarse, todo le parece ridículo, todo le parece caro, dice por qué hice esto, no lo tendría que haber hecho. Pero mientras dura esa fascinación, el primer dato que uno puede observar es: che, yo no existo más.
-Una postal típica.
-¿Viste que se puede ver a una persona enamorada en la calle? Es como un yonqui.
-Y en las redes también. De repente todo, incluso las fotos, remiten a una persona. Hasta que, en algún momento, se borra todo.
-Y quedás como boludo. Por ejemplo, viene un borracho caminando desde la esquina de casa, vos lo ves haciendo eses, lo identificás y decís: este está en pedo. A un enamorado también lo podés identificar. Está como perdido.
-Hecho un pavo.
-(Ríe) Sí, sí. Aparte, lo más encantador de todo ese mundo es ser un niño. Quiero decir, es muy infantil el amor. Es una cosa de niños.
-El amor apasionado del principio es cuando uno se vuelve realmente un nabo. Pero también es lindo cuando uno se encuentra enamorado con el paso del tiempo. Te da una serenidad especial esa segunda etapa.
-Sí, digamos, la etapa de la construcción.
-Claro, puede ser el amor por tu pareja o por tus hijos, hasta por tus compañeros de trabajo. Esos amores que se van construyendo en el tiempo y, cuando mirás para atrás, valorás el camino recorrido juntos.
-Sí, claro. Esos son los procesos amorosos más prolongados, los de la duración. Los del amor filial, ¡ni hablar!
-Hay un montón de amores de ese tipo, ¡hasta por el equipo de fútbol! ¿Será, pues, como decís vos, que hoy todo es amor?
-Hay muchos rubros, muchos encuadres. Pero hablando del amor más literario, sigue habiendo una pérdida, una especie de desmayo en la persona que se enamora.
-En este punto, ¿cuál es la diferencia entre las mujeres y los hombres?
-¡Ja! (ríe). Yo creo que las mujeres son muy superiores.
-¿En qué sentido?
-La matriz del amor es un invento femenino y, si me apurás, no sé si no es un invento de madre.
-¿Por qué?
-Porque alguien armó ese dispositivo. Y no fue el hombre. El hombre, lo que hace, es tratar de entrar a ese dispositivo que no armó. Después, las mujeres son mucho más fuertes en las relaciones amorosas.
-¿Por qué, otra vez?
-Porque, en general, son más fuertes para sufrir mentalmente, son más fuertes para sufrir físicamente.
-¿Y el hombre qué?
-Imaginemos al hombre abandonado, que es muy llorón. Hay, como mínimo, dos géneros de música que se inspiran en este tipo de abandono: el tango y el bolero, para no hablar de otras cosas más.
-O la ranchera…
-(Ríe) La ranchera o el chamamé. En realidad, hasta la zamba.
-La superioridad de la mujer, entonces…
-La mujer, por ejemplo, si está equipada para tener hijos, desde el punto de vista biológico y de la resistencia del dolor; y si está preparada para experimentar la separación de poner afuera a un sujeto que estuvo adentro, digamos, un hijo, más allá de si es madre o no; si su cuerpo está preparado para eso, tranquilamente puede bancarse un corte de un modo muchísimo más llevadero que el del hombre, que simplemente es un hijo, no es una madre.
-Una excelente reflexión, una teoría muy interesante.
-Estoy imaginando una situación. Pero por alguna razón es más fuerte una mujer que el hombre.
-Y más compleja en materia de amor, ¿o no?
-El hombre quiere volver a donde salió, al útero. Y la mujer le dice: ¡pero salí! ¡Cuánto vas a estar acá adentro! (risas).
-Volver al útero, al paraíso perdido. Ese es el paraíso perdido de la Biblia, Juan.
-Yo creo que es así a tal punto que me parece a mí que, como decíamos, el hombre sufre más por amor que la mujer.
-Desde que existen poetas y artistas sobre la Tierra venimos dándole vueltas al amor. Hace poco entrevistamos a Pedro Mairal que, en un libro muy piola, reflexiona diciendo que es imposible el amor y a la vez es un fracaso que todo el mundo intenta. Darío Sztajnszrajber acaba de sacar un libro con una reflexión filosófica sobre el amor. La nueva novela de Becerra se llama Amor. ¡Es inagotable el tema! Sigue garpando.
-Creo que yo siempre escribí sobre el amor, desde el primer libro. El asunto es que no entendés. Entonces, mientras uno no entienda, está garantizado el deseo de escribir.
-¿De qué manera escribiste antes sobre el amor?
-Esta novela se llama Amor, pero las anteriores también son de amor, donde hay muchas relaciones amorosas. Yo cada vez entiendo menos. No es que cada vez entienda un poco más y entonces te pueda decir: no, mirá, yo me dediqué toda la vida a estudiar este asunto.
-¿Y no?
-No. No me dediqué a estudiarlo, sí a escribirlo. Escribir, no desde un principio de ignorancia, que me parece una buena situación para relacionarse con la literatura. Y, sinceramente, cada vez entiendo menos. Pero no es que cada vez entiendo menos del amor. ¡Cada vez entiendo menos de todo!
-¿Cómo se resuelve esta cuestión? Siempre y cuando tenga alguna resolución.
-¿Sabés a qué aspiro? A que esto que estoy diciendo tenga algo de sabiduría, ¡porque si no estoy muerto! (risas).
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