"¿Qué va a ser famoso ése, si vivía a la vuelta de mi casa?", decía en la década del '50 uno de los personajes interpretados por Luis Sandrini para graficar que nadie en su barrio podía ser una celebridad. Eso era para otro tipo de gente. Ellos, los vecinos de Sandrini, debían ser normales.
Me acordé de ese chiste por estas horas en que la modelo mendocina Elina Fernández Fantacci (30) está en boca de todo el mundo por haber dado lo que en los pueblos solía denominarse (con sentido unisex) "un braguetazo", esto es sellar, con papeles, una unión matrimonial; en este caso la citada dama con el empresario Eduardo Costantini (73), un señor 43 años mayor que ella y millonario de los de en serio, de los que matan galanes con sus billeteras.
En Las Catitas, Santa Rosa, Mendoza, hoy no se habla de otra cosa. Elina nació y vivió en ese pueblo. De muy jovencita la muchacha partió y no le deben haber faltado méritos profesionales porque logró hacer una importante carrera en el modelaje. Pero la gente, que es mala y comenta, no habla de sus éxitos en las pasarelas sino de su supuesta habilidad para seducir a señores mayores y acaudalados.
Entre el conocido club Eliseo Ortiz, de Las Catitas, al que yo he ido a fiestas cuando era chico, y el Lounge Luxury del Alvear Palace Hotel, donde se realizó la fiesta de casamiento de Elina y Eduardo, hay alguna diferencia. Pero mucha gente debe haber sido feliz en el Eliseo Ortiz. Y otra, a su manera, en el Alvear.
Desde la época de la última dictadura argentina, cuando por estar en las listas negras Leonardo Favio se fue a vivir a Las Catitas donde tenía una finca, y todos hablaban de él, los catiteros no habían vuelto a tener a un famoso que pusiera el nombre de ese pueblo en las marquesinas nacionales. Con Elina lo lograron, pese a que la gente envidiosa hable maledicencias sobre ella.
Hay que admitir que un cierto tufillo machista se cuela en esta historia por más que ella fuese, como aseguran, una cazafortunas. Si fuera al revés, si la dama fuera la millonaria y veterana, y el caballero en cuestión fuese joven, fachero y cazafortunas, lo tomaríamos como la jugada genial de un hijo de su madre.
El oro y el moro
El otro mendocino que le ha dado carne a las fieras por estas horas es Oscar González Oro, alias El Negro quien ha vuelto a apostar por la difusión de aspectos de su vida amorosa.
Todo indica que para él hablarle al país de sus relaciones sentimentales es tanto o más interesante que su labor como periodista, locutor y conductor de programas de radio y TV.
El Negro Oro ha utilizado Instagram para transmitir a la Nación lo que él ha llamado "Manual de Instrucciones para estar a mi lado". Allí nos informa, a modo de despecho, que de ahora en más el caballero que quiera entablar una relación sentimental con él deberá aceptarlo como es y no venir después de un mes a decirle que se ha visto muy expuesto.
Además, nos hace partícipes de que se ha sentido desilusionado y triste por algunas historias en las que buscaban usarlo de trampolín.
Esta especie de carta abierta al país para clarificarle a los posibles candidatos a novio qué es lo que espera González Oro de una relación, se me antoja una de las cosas más extrañas de las tantas que se pueden ver en esa hoguera de las vanidades que son las redes sociales.
Qué lastima que el Negro Oro no siguió el ejemplo humorístico de Sandrini. Si para dar a conocer el ya citado "Manual" hubiera optado por el humor y no el despecho, es muy probable que los logros fuesen más contundentes, provechosos y creíbles. Nada tan terapéutico como reirse de uno mismo.
