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Marcelo Filzmoser, escritor: "La misión de los hijos es advertir que los padres cometemos muchos errores"

El autor Marcelo Filzmoser charló, con la misma onda natural de su libro Mudanzas, con el programa La Conversación de Radio Nihuil

Por Andrés Gabrielli

Unos veinte años le demandó a Marcelo Filzmoser (Buenos Aires, 1977) mudar de poeta y cuentista a autor de novelas.

Fue una deriva casi natural, si se quiere, para alguien que se considera íntegramente un escritor. Tan natural, también, como los continuos cambios, las evoluciones o involuciones que suceden en Mudanzas, el debut novelístico de Marcelo.

El libro es corto. Los treinta seis capítulos que lo componen son más sucintos aún, autosuficientes. Y lo que se cuenta es la vida breve, sencilla, de un hombre que no para de saltar de un estado a otro, dejando en el camino pareja, relación con los hijos, legados familiares y hasta Buenos Aires, su ciudad.

marcelo filzmoser

¿Es un antihéroe? Ni siquiera. Es alguien quieto movido por el viento. Es alguien que se parece, en mucho, al propio Marcelo Filzmoser. Él lo acepta, aunque le cueste. Porque la literatura, a fin de cuentas, se lo banca todo.

Desde Floresta, con la misma onda natural, sazonada y entradora de su libro, le explica sus razones al programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola Marcelo, buen día. Mudanzas es tu primera novela, como tal.

-Sí, la primera publicada. Exactamente lo anterior eran cuentos y poesías.

-¿Hoy te sentís más cuentista, poeta o novelista?

-Hoy me siento más novelista porque ya estoy trabajando en la próxima novela y eso hace que uno esté en esa sintonía. Néstor Sánchez decía que había que escribir en estado de poesía, cuento o novela. Y bueno, hoy estoy en estado de novela, ya desde abril, mayo, que empecé con un nuevo trabajo.

-Este libro tuyo es minimalista por tamaño. Se trata de una novela corta compuesta por treinta y seis capítulos también muy reducidos, narrados con mucha concentración. Contar situaciones de la vida cotidiana requería una prosa así, contenida y limpia, ¿no?

-Sí. En realidad, hay un hecho muy interesante que sirve para marcar este ejemplo. Esta novela se trabajó unos cuantos años y cuando finalmente me trajeron el libro impreso, físico, la sensación fue: a esto le faltan dos tomos (risas).

-¡Te habías quedado corto!

-Porque yo había laburado tanto, había pasado y corregido, ido, vueltas acá, allá, que, claro, la sensación era esa. Pero como yo buscaba decir lo más posible con la menor cantidad de recursos en el sentido más tallado del oficio, con la menor cantidad de adjetivos y barroquismo posible, en fin, se llegó ahí a capítulos muy cortos, muy precisos, a puntualidades muy marcadas y a ciento veinte páginas, por más que yo tuviera en la cabeza quinientas.

-Te diría, para dejarte tranquilo, que no hacen falta quinientas páginas porque está muy claro lo que le pasa al tipo. Son buenos estos libros que hablan de la existencia llana y de personajes llanos. No hay ninguna épica en tu historia. El protagonista se va separando de un montón de cosas, porque la vida es eso, decir adiós.

-Justamente, trasciende esa mudanza. Va atravesando distintos tipos de mudanzas. Es una historia contada en capas. Y esas capas se van apilando en la cabeza del lector, se van superponiendo ahí.

-¿Y tu personaje central qué?

-El protagonista es un personaje llano, como decías, un tipo que advierte finalmente que las decisiones que se toman en algún momento son decisiones que no se van a tomar en otro.

-Inevitable.

-Mudanzas, por sobre todas las cosas, habla de una toma de conciencia. Cada decisión que uno toma es como cada libro que uno lee. O sea, uno que deja de leer o una decisión que deja de tomar. Y en el transcurso de esta mudanza, en esta novela, al personaje le va pasando la vida. Y va advirtiendo cosas.

marcelo filzmoser 1

Mudanza, de Marcelo Filzmoser.

-Todo el tiempo va girando el periscopio.

-Hay escenas que van desde la Buenos Aires de 1920, cuando él no estaba ni pensado, pero ya se estaba gestando aquello que sería también parte de su destino, no en el sentido tan dramáticamente griego, sino de lo que lo llevaría más adelante a tomar algunas decisiones y no otras.

-Pero al tipo le pasan las cosas, le suceden, como que se le caen encima. Él no toma demasiado las riendas de su destino.

-Es un devenir. De hecho, en muchas de las situaciones que suceden en la novela, él está quieto. Hay un movimiento terrible, hay unas mudanzas terribles en su cabeza o en el exterior, pero él está quieto.

-Literalmente.

-Hay una escena en la que está sentado bajo el tanque en la terraza. No hay nada. Pero está pasándole de todo, en cierta quietud, en cierta estabilidad. Exteriormente, uno lo ve desde afuera y dice: acá no pasa nada.

-Sí. Parece salido de El extranjero de Camus.

-(Ríe) Pero un poco menos bien trabajado, vamos a ser francos.

-¿Cómo se llama el personaje de tu novela?

-Este es un personaje que no tiene un nombre. No es nombrado en ningún momento.

-Eso está muy claro, pero en tu cabeza debe haber un nombre. ¿Cómo lo llamarías si te lo pidieran?

-Podría llamarse Martín, si te gusta.

-Martín, ok. ¿Y no Marcelo?

-No. Marcelo no podría llamarse porque Marcelo puede escribir esta historia y un montón de otras historias. En ese sentido estoy con Barthes cuando dice dejemos un poco de lado al autor con mayúsculas.

-Un clásico mandato del troesma.

-El autor hace esta historia y después hace otras y otras. Solo me queda el consuelo de saber que está bien o mal cuando la gente te cruza y te dice: che, esto me hizo bien, esto me hizo mal, esto me gustó.

Mudanzas Marcelo Filzmoser

-Define el lector.

-Respecto de cuando hay esa confusión borrosa, yo tenía un escritor con el que tomé un taller al que le preguntaba siempre: ¿cómo sabés vos que hiciste bien tu trabajo? Me decía: ¿en qué sentido? Y yo insistía: más allá de los premios, de que la editora te diga que se vendió un montón, de esto y lo otro, vos, en el fondo, ¿cómo sabes que hiciste bien tu trabajo?

-Pregunta central, sobre todo para un tallerista.

-Entonces él me dice: mirá... vos publicaste, salió el recorrido, te llama un amigo que no ves hace mucho, te llama un pariente, te llama gente de otra ciudad con la que trataste y ya no te estás viendo; y te preguntan: ¿cómo andás, fulano? ¿Te separaste? (risas).

-¡Claro! Te preguntan por lo que pasa en el libro.

-Ahí sé que hice bien el laburo, me dice, porque yo no me separé, pero a la gente le llegó lo que yo quería que le llegara.

-En torno a esto mismo está la pregunta. No nos conocemos personalmente, pero, al leer la novela y ver tu foto, hay coincidencias con el personaje. Tu perfil en Instagram dice: leo, escribo, tomo ron, juego con mis hijos, exactamente como el tipo de la novela. O sea, clavado que el protagonista sos vos.

-Bueno, entonces está bien hecho el trabajo (risas).

-¿Sos consciente, entonces, de que tu retrato puede representar al protagonista de Mudanzas?

-Por supuesto, por supuesto. De hecho, esta es una novela que sale de un boceto donde yo planto semillas de verdad; donde yo planto la casa de mis abuelos, la casa de mis bisabuelos, qué sé yo, la cocina de mi bisabuela. Después, adónde va a parar eso es parte del oficio.

-Por eso es literatura.

-Pero para que tenga esa pátina de verosimilitud y ese lugar de encuentro donde el lector puede sentir que es el autor, pero también puede sentir que es la vida de él o la terraza de él, planto cenizas de verosimilitud en la historia misma. Por eso también el personaje toma ron.

-Como vos, ¿no?

-Ahora ya no tanto, porque, ¿viste?, esas cosas cambian. Pero cuando abrí la cuenta de Instagram, sí. Es muy interesante ese fenómeno, porque, ciertamente, "Madame Bovary, c'est moi", siempre. Pero Flaubert escribió, qué sé yo, Bouvard y Pécuchet. Y ahí también él era Bouvard y Pécuchet.

-Inevitable. Lo que pasa es que tu novela es mucho más intimista y tu perfil en mucho concuerda con el protagonista. Veamos, ¿tu abuelo era hincha de All Boys, por ejemplo?

-¡Sí! Claro que sí.

-Es muy buena la escena cuando él, que ya es viudo después de hace casi cincuenta años, le regala el carnet de All Boys al nieto.

-En realidad, esa escena es ficticia. Pero él sí era hincha de All Boys. Es más, las pocas veces que fui a una cancha de fútbol fue porque me llevaba él. Pero no hay carnet ni escena en ese sentido. Después viene el oficio, el laburo literario. Con cosas que uno ha vivido hace la alquimia de la literatura.

-¿Tampoco tenés un equipo de fútbol?

-No. Podría decirte que sí, pero tengo un hijo que es hincha de Boca, otro de River, mi madre hincha de All Boys, mi padre hincha de River. No ha habido algo que prendiera en mi gusto futbolístico. Sé que es muy malo, porque para desarrollar una carrera popular conviene decir que uno es fanático de tal o cual equipo. Pero, bueno, llegado el caso, caminaré cinco cuadras y me haré selfies en la cancha de All Boys diciendo "matar o morir" o cosas así, y con eso lo resuelvo (risas).

-¿Cuántos hijos tenés?

-Dos.

-¿Varones?

-Dos varones, como el personaje de la novela.

-Otra vez vos, adentro de la trama. ¿Y cómo te llevas con ellos? Porque en la novela uno de los chicos le termina diciendo al hermano que su padre es una mierda.

-Pero eso sería bueno porque, al fin y al cabo, la misión de los hijos es advertir que los padres cometemos muchos errores, que los padres no somos perfectos y que cuanto antes lo adviertan, mejor será su vida.

-Suena lógico, de acuerdo.

-Es que quedarse pegados al lugar de la paternidad, sin Dios, con Dios o carente de fachas, les termina complicando la madurez, el desarrollo y el acercamiento a sus propios deseos. Así que lo que en la novela se ve como la parte mala es quizá lo mejor que le pueda pasar a uno de los hijos, al menos al que ya es más grande y puede advertirlo.

-¿Y el más chico?

-El otro está en una etapa donde todavía necesita de esa estructura casi teológica de la paternidad.

-Recién dijiste, por deducción, que no te has separado. ¿Hace cuánto que estás con tu mujer?

-Y... hace muchos años. Veinte años si lo tenemos que contar en números.

-Y en casa, tu familia, tu mujer, tus hijos, ¿leen tus libros? ¿Leyeron esta novela, por ejemplo? Sería interesante saberlo.

-Leen los libros. En realidad, yo espero que lean cosas mejores (risas). Pero, dado que los libros míos están dando vueltas por la casa, mi pareja lo leyó y mis hijos me parece que ya no, por suerte.

-Ahora no. ¿Y antes?

-Han leído el de cuentos (Veinte pitadas) en su momento. Se han aburrido. Me han dicho: papá, prefiero leer Harry Potter. Y me pareció bien (risas). Yo también preferiría escribir con las ventas de Harry Potter, pero, bueno, es lo que uno puede.

-Las preguntas surgen de que tu libro es el retrato de una separación. El protagonista va cambiando la mirada sobre su mujer, recuerda el primer beso que siempre es un clima especial y después se van deteriorando los dos frente al espejo. ¿Tu pareja se vio reflejada en algún momento de la novela? ¿Y cómo?

-Sí. Ella en algún momento me dice: mirá, esto no pasó. Y yo le digo: no, eso es literatura (risas).

-¡Por eso mismo!

-Bueno, perfecto. Al principio es un poco como admitir que, en fin, igual van a pensar que pasó.

-No hay manera de no pensarlo, ¿no?

-La gente va a pensar lo que quiera, porque todos pensamos lo que queremos, inclusive de obras célebres. Y llega el momento en donde se empieza a discutir si existió o no Shakespeare, si Homero escribió La Ilíada o La Odisea o solo uno de los libros, así que... más tarde o más temprano, uno desaparece y lo que quedan son los libros. Y lo que haya pasado o no es anecdótico.

-De acuerdo también con esto.

-Es una época en donde, no soy inocente, está la literatura del yo dando vueltas permanentemente y lo que uno hace es jugar un poco en esos límites, moverse en la línea de la banquina. Pero también es divertirse un poco.

-Te preguntaba lo de la casa porque en nuestra última charla, Juan José Becerra nos contaba que su familia no les da bola a sus libros, ni siquiera cuando llegan los paquetes con las nuevas ediciones. A él no le importa, sigue escribiendo como si nada. En resumen, cuando uno desarrolla ideas cotidianas es por lo menos curioso ver cómo reacciona tu entorno cercano, ¿no?

-Sí, el entorno cercano. Por ejemplo, yo te hablaba de la terraza. Tenía amigos de toda la vida que me decían: yo me sentía en tu terraza. Y yo les replicaba: pero si vos nunca subiste a la terraza. Tenés razón, boludo, reconocían (risas).

-El efecto literario.

-Nunca te subiste a la terraza, pero está bien. Vos, en realidad, te estás acordando de la terraza de tus abuelos, ponele, de tus viejos. Y ahí es donde está bien hecho el proceso o donde menos mal me salió el juego del oficio.

-Cada uno de los capítulos de libro es como una microhistoria, tipo las de Ana María Shua. Un ejemplo podría ser el del carnet de All Boys con el abuelo. Otro es cuando se habla de Miguel, el hombre que le enseña a tocar la trompeta al protagonista en su casa precaria. ¿Vos tocás instrumentos?

-Lo de la trompeta fue más un fetiche. Pero todavía podría suceder.

-¿Sí?

-Todavía, en algún momento, podría ir, conseguir a algún Miguel que me enseñe un poco. Es un instrumento muy complejo la trompeta, muy sutil. Hay que tener una cuestión respiratoria preparada para eso. Y no sé si sale al aire, pero, como notarás, con esta voz nasal la cuestión respiratoria es algo que debería trabajar mucho si quisiera tocar la trompeta como mi personaje.

-¿Y por qué trasladás la acción del relato al Uruguay? Ahí el tipo ya está como a la deriva, como en las nubes de Úbeda. Nos hace acordar a Pedro Mairal, que ha sido uno de tus maestros. Él tiene mucha onda con el país vecino.

-Sí, él tiene un idilio amoroso con Uruguay. Y yo se lo entiendo mucho, porque Montevideo es una ciudad preciosa. Pero Uruguay en sí tiene cierta mística, cierto hálito que va muy bien con una cuestión melancólica como tiene Mudanzas.

-¿De qué tipo?

-Es la melancolía de una Buenos Aires extinta o que quizá nunca existió. Es un escenario donde hay algo ahí, flotando, dando vueltas, que sirve para hacer anclaje de determinadas sensaciones y sentimientos desde ese ángulo.

-Es una buena manera de verlo en su decurso.

-El personaje está mudando, está cambiando; está teniendo toda una rotación astral. Hay montones de aspectos: el río como frontera, el cruce y un lugar que genera cierta libertad, pero a su vez con una carga melancólica. Uruguay es ese lugar donde hacerlo. Podríamos buscar un montón de otros lugares, pero dado que el personaje es porteño, que está en Buenos Aires, que tiene una historia muy argentina, el cruce me parece que funcionaba bien con Uruguay.

-Ok, porque implica el cruce del río gris, es tanguero como Buenos Aires y, aparte, ustedes los porteños tienen un mambo con Uruguay, como nosotros los mendocinos lo tenemos con Chile, ¿no?

-¡Exacto! Exacto. Ahí está. Si el personaje este hubiese estado junto a Chile, en la cordillera, en Mendoza, seguramente el pasaje no hubiese sido a Montevideo sino a Santiago, por ejemplo.

-Pero pasaje al fin.

-Porque hay algo ahí que se mixtura y que a su vez es diferente. Entonces cuando uno busca ese choque, ese cambio que no cambia, ese ir para volver, ese retroceso en avance, son buenos lugares.

-Vos hablás de melancolía en tu novela. Es lo primero que salta al leer el libro. Todas las reseñas insisten con la misma palabra. Pero, después, reflexionando, surge otro término que pareciera más apropiado. Más que melancólica, tu novela es crepuscular.

-Está muy bueno eso, sí. Está muy bien también.

-Enhorabuena. Otra coincidencia.

-Yo no sé si elijo demasiado esas cosas. Repito, no soy tan ingenuo. Y trabajo mucho. Pero una de las cuestiones de este oficio que valoro muchísimo, en un mundo donde el contacto humano está enrarecido y escaseando, es que vengan y te digan directamente qué les pareció lo que escribiste. Me gusta. No para modificarlo ni para tener el control, sino para nutrirse y disfrutar de que se hizo algo que llegó a alguna parte.

-Muy bien, Marcelo. Nos encantó conocerte y queda la puerta abierta para el próximo libro.

-Debería salir pronto. Y te agradezco un montón porque la verdad que está muy bueno charlar acá, es interesante. Son esos lugares en donde uno puede escuchar y decir.

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