Varias de las pasiones motoras de María Belmonte (Bilbao, 1953) están concentradas en este cautivador volumen de bello título: El murmullo del agua.
María Belmonte, escritora y caminante, celebra la índole sagrada del agua, dadora de vida, lo que nos hace humanos
Desde Nápoles, la escritora española María Belmonte compartió con La Conversación de Radio Nihuil, anécdotas y datos de la historia y la administración el agua
Es caminante incansable -y acaso sirena-, enamorada, por formación académica, de la cultura grecolatina clásica y, por sobre todas las cosas, devota del agua en todas sus formas.
Para María, el agua alcanza un valor máximo, casi sagrado, y nos llama a tomar conciencia, en estos tiempos, a quienes tenemos el privilegio de abrir un grifo y de disponer de ese recurso, como si nada, frente a los millones de personas en el mundo que, todavía, sufren su carestía.
El subtítulo del libro indica las vías principales de este recorrido: "Fuentes, jardines y divinidades acuáticas".
La charla que sigue continuación, desde Nápoles, Italia, con el programa La Conversación de Radio Nihuil, incluye la evocación de enormes personajes históricos, como Plinio el Viejo, y llega, incluso, hasta el mismísimo Diego Armando Maradona.
-María, buen día.
-Buen día y buenas tardes aquí. Es un placer que os hayáis acordado de mí.
-El placer es mutuo. Empezamos por el tema de la traducción, una disciplina en la que también te has destacado. Como hablábamos con un colega tuyo, una cosa es traducir los clásicos y otra a un autor que está vivo y que pude ser un obsesivo, como era Nabokov, ¿no?
-Pues sí. Traducir a un autor vivo es un compromiso enorme, pero bueno, yo creo que tampoco ellos se suelen enterar mucho de lo que haces o que conozcan muy bien nuestro idioma. Es una labor muy compleja, pero yo llevo toda la vida haciéndolo, entonces, para mí es una cosa habitual.
-No es algo rutinario, sin embargo.
-Sumergirte siempre en un autor es un proceso, porque tienes que descubrir la música que ha utilizado cuando escribe, el ritmo, el tono. Espero haberlo conseguido unas veces más que otras, imagino.
-Ahora bien, además de traductora y escritora, se te puede atribuir otra condición, que es esencial en tu vida y en tu profesión. Sos una gran caminante que, a la par temas culturales y de libros y esas cosas, vas descubriendo e iluminando rincones, pedacitos de nuestro planeta.
-Me resulta un honor que me digas eso que soy, porque es lo que me gustaría que recordaran de mí: María era caminante.
-¿Por qué?
-Porque me gusta viajar. Pero como escribí en mi segundo libro, Los senderos del mar, me gusta viajar a pie porque es la manera de sumergirte en el paisaje. Absorbes de otra manera totalmente el mundo.
-Como impenitente viajera, ¿dónde te hemos encontrado ahora?
-Ahora mismo estoy en Italia y me he dado unas palizas de caminar por la costa. Y me he bañado.
-¿Te has bañado en esta época!
-Me he bañado, aunque se supone que es casi invierno. Pero el agua en el Mediterráneo sigue muy caliente por el cambio climático. O sea, he caminado, me he bañado y he disfrutado de Italia.
-Entonces, si te has bañado en pleno invierno, también a la condición de caminante le podríamos añadir la condición de sirena.
-De sirena, sí. Una sirena ya un poco añeja, pero de sirena (risas).
María Belmonte habló de su último libro: "El murmullo del agua" (Foto: Gentileza Diario El Montañés).
-Tenemos entendido que las sirenas eran seductoras, como las ninfas. Pero también eran malas, ¿no?
-Eran bastante malas. Precisamente he estado en la isla de Capri. Desde allí se ven unos peñascos, unos islotes, que es donde vivían las sirenas. Eran unos seres híbridos con aspecto medio de mujer, medio de pájaro, con garras; y cantaban, atraían a los marinos y los devoraban.
-¡Tremendas, las sirenas!
-Esos islotes se supone que estaban llenos de huesos y de restos. Eran bastante malas, sí. Esa imagen de la sirena con la melena rubia y todo eso es un poco posterior y del cine. Pero en la mitología eran seres temibles, en realidad.
-Por eso mismo pervive la famosa escena de Ulises atándose al mástil del barco, porque sabía que no iba a resistir la tentación.
-Exacto, exacto. Es que era una llamada irresistible. Se lanzaban todos al agua, dejaban la cubierta e iban tras ellas. Es lo que tienen las sirenas.
-Tu libro sirve para tomar conciencia, entre otras cosas, del enorme valor que le daban los antiguos al agua. Algunos llegan a comparar su función con la sangre que circula por nuestro cuerpo. Ocupa un lugar casi sagrado para los grecolatinos, ¿no?
-Pero yo creo que no sólo es en la cultura grecolatina. Todos los pueblos antiguos, en realidad todos los seres humanos, nuestros antepasados, los cazadores recolectores, todos, siempre hemos dependido del agua y se instalaban únicamente en lugares donde había grandes manantiales.
-De acuerdo, pero vos hiciste un recorte particular siguiendo el murmullo del agua.
-Yo me he fijado o me he querido recrear en el mundo griego y latino, que es el que más me atrae, más conozco. Y ellos consideraban sagrada el agua. Pero, como te decía, creo que todas las culturas la han considerado sagrada, porque en realidad es de lo que más dependemos para la vida.
-Sin objeciones.
-Nosotros mismos en un setenta y cinco por ciento somos agua. Y cuando morimos, toda esa parte nuestra acuática vuelve otra vez al ciclo de nuevo. Eso es una cosa muy bella y muy poética, ¿no?
-Nunca mejor dicho.
-Por eso la consideraban sagrada. Los manantiales, las fuentes, estaban habitados, según ellos, por esas divinidades que eran las ninfas. Y quien se atrevía a meterse en un manantial, por ejemplo, que suministraba agua a la ciudad de Roma, era castigado terriblemente.
-Está bien relatado en tu libro.
-Eso le pasó al emperador Nerón que, como era muy soberbio, se bañó en un manantial que suministraba a un acueducto romano. Los sacerdotes lo criticaron muchísimo. Y al cabo de poco tiempo se puso muy enfermo. Entonces ellos dijeron: ha sido castigado por los dioses.
-Deducción elemental.
-Tenían, en efecto, una relación muy bella con el agua y construían los grandes acueductos como, por ejemplo, los ninfeos. Todo era una exaltación del agua y de su valor.
-Claro. Era una demostración de lo que eran y cómo vivían.
-Construían grandes fuentes para que los que llegaban a Roma se dieran cuenta del poder de los emperadores, pero también pudieran satisfacer la sed. Estaba todo absolutamente relacionado.
María Belmonte compartió detalles y anécdotas sobre la administración del agua.
-Todo esto explica el carácter central de tu trabajo.
-Es un tema muy bello, la verdad. Me lo he pasado muy bien, leyendo sobre el mundo del agua y luego visitando fuentes. He visitado Roma, pero de fuente en fuente, algo que nunca había hecho. En fin, que me ha dado un hartazgo de agua.
-Roma es tu ciudad preferida en este trabajo. Vos contás, por ejemplo, en un capítulo sobre la apoteosis de las fuentes, que ninguna otra ciudad de la antigüedad contó con un suministro de agua tan abundante, lo que le valió el nombre de Regina Aquarum.
-Sí, sí. En un momento dado también digo que, según un historiador cuyo nombre no recuerdo, Roma, en la época del Augusto, llegó a suministrar tanta agua a sus ciudadanos como Nueva York en 1985.
-Asombroso, el dato.
-Es que el sistema que tenían de transporte del agua desde los manantiales de todos los alrededores de Roma, mediante acueductos, era impresionante. Entonces, sí, es una cosa que te produce muchísimo respeto porque eran unos grandiosos ingenieros. Ingenieros de todo tipo, no sólo de construcción de caminos, sino también de todo lo relacionado con el agua.
-El nombre de ese autor está justamente en la misma página donde hablás de la Regina Aquarum. Se trata del escritor, especialista en antigüedad clásica, A. Trevor Hodge.
-Sí, exacto. Se me había olvidado. Gracias.
-A su vez, a través de las distintas épocas, los especialistas encargados de manejar estos temas tenían cargos muy prestigiosos, con títulos como superintendente de ríos y aguas.
-Prestigiosísimos. Vamos, el responsable del agua en Roma era quien tenía más poder, más potestad, casi después del emperador. Por ejemplo, cuando Roma, durante el periodo barroco, se llenó de fuentes, fue el gran artista (Gian Lorenzo) Bernini quien tuvo ese cargo heredado de los romanos. O sea que era el superintendente de los ríos, de las fuentes y el responsable de que el agua llegara a todos los ciudadanos. O sea, que era un cargo también con una inmensa responsabilidad.
-Y se ve que estaban a la altura de las circunstancias, ¿no?
-Era gente que tenía una capacidad y unos saberes inmensos. Y Bernini fue uno de ellos.
-Con esta pasión, que te ha llevado en estos días a meterte en el mar en pleno otoño, ¿qué es lo que más te gusta del agua? ¿Te gusta el mar, te gustan los ríos, los lagos? ¿Te gusta meterte, bañarte, tomar el agua, contemplar el agua? ¿Qué es lo que te atrae tanto?
-Pues mira, me gusta todo. Me encanta bañarme en el mar, pero yo aprendí a nadar en un río de pequeña. Los ríos me vuelven loca. Y nadar en un lago ya es un cuento. ¿Qué hay más rico que cuando tienes calor y sed un trago de agua fresca? ¡Es que no hay nada! Luego también pienso que cuando te sumerges en el agua o te acercas al agua, nos sucede algo muy bonito a los humanos: que nos volvemos a transformar en niños.
-¿De qué manera?
-Si tú te fijas en una playa, la gente se quita la ropa y se pone enseguida a jugar; a jugar, ya sea, con, no sé, una pelota. Se tiran al agua, se persiguen. Volvemos a recuperar un poco esa niñez que los adultos llevamos un poco aquí adentro, constreñida. Sí, todo lo que rodea el universo acuático es fascinante.
-Fascinante e infinito.
-Y cuando vamos a los spas, por ejemplo, a tomar las aguas, algo por lo que todavía aquí hay muchísima afición; o ir a los balnearios a bañarte en aguas termales que salen de las montañas, calientes; todo eso es un placer inagotable.
-Es cierto. La ceremonia completa del agua.
-Una misma ducha, aunque es muy habitual, es una cosa de la que dejamos de darnos cuenta. Abrir un grifo y contar con ese enorme chorro de agua con el que te puedes lavar y limpiar, es un privilegio inmenso que no tienen muchísimos millones de seres humanos en el mundo.
-No siempre lo tenemos en cuenta, es cierto.
-Tenemos que ser muy conscientes del inmenso valor del agua, de que hay gente que tiene que andar kilómetros cada día para traer luego agua, incluso en mal estado. Entonces, nosotros somos unos privilegiados.
-Sí, lo sabemos nosotros, en Mendoza, porque somos una tierra desértica. El agua no viene de los deshielos de la montaña, pero no abunda en tierras como la nuestra.
-Fíjate. Por eso. Yo vivo en el Penedès, que está cerca de Barcelona. Y hemos tenido dos años de una sequía inmensa. Todo a mi alrededor yo veía los árboles cómo morían. Ha sido muy angustioso en realidad. Bueno, ahora ha llovido mucho, pero es muy preocupante la situación. En fin, aquí estamos.
-Hemos perdido noción, por otra parte, de lo que era el despliegue de acuarios y de baños públicos en la Roma antigua, con sus gimnasios, sus cuartos de aguas frías y aguas calientes, y la ingeniería que implicaba alimentar todo eso. ¿Hay algún otro pueblo en la historia haya hecho eso?
-Era espectacular. En Roma llegó a haber no sé qué número de termas. Eran muchísimas. Todos los ciudadanos tenían acceso. Funcionaban, también hay que decirlo, gracias a los esclavos, que llevaban una vida horrible en un subterráneo calentando madera para que los señores de arriba gozaran de agua caliente, luego de agua fría.
-Eran centros vitales de la ciudad.
-Eran lugares a los que se iba a socializar, porque no sólo ibas a limpiarte. También había bibliotecas, había apartados donde la gente podía ligar, tener relaciones. Eran lugares en los que, si ahora a nosotros nos transportaran en una máquina del tiempo, nos daría bastante repelús estar.
-¿Por qué!
-Primero, por las condiciones higiénicas. No eran lo que a nosotros nos gusta. Y por el tipo de vida de los romanos. Yo creo que chocaríamos bastante. Pero eran lugares impresionantes.
-Con todo un despliegue escenográfico, según contás.
-Había incluso estatuas de los mejores artistas y todo colocado de una manera velada, entre luces y sombras. En fin, debió haber sido un mundo increíble. Pero yo prefiero ir a un balneario moderno, también te lo digo (risas)
-Cuesta imaginarnos en medio de una orgía romana, es cierto. En paralelo a ese desarrollo espectacular de las termas, de los baños públicos y de las fuentes, das cuenta del problema de los excrementos humanos y animales. Era un asunto terrible para Roma.
-Era espantoso. Por eso te digo que nos costaría mucho trasladarnos a la antigua Roma, porque, claro, en las películas todo queda muy bonito; pero tú piensa que los olores que habría en las calles para nosotros serían inaguantables. Olía excrementos por todas partes.
-Claro. Menos mal que las películas de Hollywood no transmiten olores.
-Juvenal, que era un autor de comedias satíricas, recomendaba en una de sus obras: romano, si sales a cenar por la noche, mejor que antes hagas testamento y que te pongas también un gorro. Ese gorro que llevaban tenía un ala muy ancha, metálica, porque allí se vaciaban los orinales por las ventanas. Entonces tú salías a la calle y te podía caer de todo. Era un mundo bastante duro, porque lo que cuentan. Muy muy duro. Pero también tiene su encanto leerlo ahora, ¿no?
-El encanto, también, que da la distancia.
-Piensa que en el siglo XIX todavía las calles estaban llenas de excrementos humanos y animales. Entonces, si tú eras una señora o una señorita que tenía que arrastrar los vestiditos por la calle, pues claro, no ganabas para la lavandería o para lo que fuera. Era toda una situación espantosa también. Y eso ha sido hasta hace muy poco tiempo. Incluso en una ciudad como París. Es el problema de lo que generamos los humanos, ¿no?
-Tenemos toda la fascinación que produce el agua en la naturaleza a través de los ríos, los lagos, el mar, etcétera. Pero a vos te genera una fascinación similar la obra humana que se traduce en las fuentes. De hecho, has ido a ver todas las fuentes de Roma, como decías, ¿no?
-Mucho me fascina. Pero sobre todo me gustan esas fuentes que te encuentras cuando vas caminando por la montaña. No sé si allí tenéis, pero yo nací en el País Vasco donde hay mucha costumbre de ir a la montaña. Y en los bosques hay fuentes. Y cuando vas caminando y tienes mucha sed, te encuentras con esos lugares que salen al paso, esa agua fresca que te puede lavar la cara, llenar la cantimplora. Esas son mis fuentes favoritas, más que las de estatuas y adornos y tal.
-¿Cuál es tu preferida de todas ellas?
-Para mí una fuente que sale, que emana de la montaña, esa es mi fuente adorada. Y son esas las que un poco homenajeo en mi libro.
-Pero además de verla y de tomarla, vos destacás mucho también el tema del aroma del agua y el escuchar el murmullo del agua. En Mendoza estamos llenos de canales y de acequias que llevan el agua que baja de la montaña. Su murmullo es parte de nuestra esencia.
-En los jardines árabes se hacían conductos, acequias. Es eso que se llama caminos, donde el agua va bajando de nivel y va corriendo. Eso emite diferentes ruidos cuando la vas acompañando. Si vas para adelante, si vas para atrás, cambia el sonido. Todo el correr, el agua que fluye, tiene una música, unos sonidos. Un músico dijo que se pueden distinguir hasta no sé cuántas notas en una fuente.
-Maravilloso entenderlo de esta manera.
-Eso es otra cosa, que el agua también es música. El agua es todo. El agua es la vida. Yo creo que es uno de los mayores misterios que hay porque los científicos todavía no se han puesto de acuerdo en la cuestión del origen del agua en la Tierra.
-¿Qué se discute?
-Hay teorías que dicen que llovió durante eones de tiempo, millones y millones y millones, cuando la Tierra se fue enfriando. Y a medida que se iba enfriando se generaban nubes y llovía y llovía y se formaron los mares, los ríos. Hay otra teoría que dice que llegó gota a gota desde los cometas, desde el espacio interestelar.
-Dos especulaciones igual de subyugantes.
-Es maravilloso. Ni siquiera sabemos de dónde ha venido esa cosa tan maravillosa que nos hace ser humanos, que es el agua.
-Tal cual, porque vamos buscando por todo el sistema solar y el único lugar que tiene agua y vida es la Tierra. En los otros planetas, donde no la hay, no hay vida. Así de simple.
-Es increíble que solo ocurra en un planeta diminuto como es la Tierra y todo porque se encuentra a una distancia perfecta de su estrella que es el Sol. Es un milagro. Quizá con el tiempo, cuando ya no estemos aquí, otros humanos descubran otros mundos y tendrán otras formas de vida. Pero creo que siempre habrá algo relacionado con el agua, tenga la forma que tenga. Por lo tanto, es un milagro realmente que estemos aquí hablando en este momento (ríe).
-Entre los distintos caminos del agua, vas pasando por mitos, dioses antiguos, filósofos, artistas, líderes de naciones. Uno de los personajes memorables que figuran en tu libro es Plinio el Viejo que, encima, falleció en la erupción del volcán Vesubio.
-¡Es que acabo de estar junto al lugar donde Plinio el Viejo murió, que es en Estabia!
-¡No te puedo creer!
-En serio. He estado ahora en Nápoles, en Estabia y en Sorrento. Él murió en el 79 a.C. Era un hombre al que le interesaba todo. Todo. La ciencia, la política, la poesía, la literatura. Lo que hacía era dormir muy poco, porque siempre estaba estudiando. Y un día, cuando estaba en su villa, al sur de Nápoles, su sobrino, Plinio el Joven, le dice: mira, tío, qué cosa más rara está sucediendo en el cielo.
-Justo. La erupción.
-Plinio el Viejo se asomó y vio una especie de pino gigante de humo. Era el Vesubio que había entrado en erupción. Y ese pino llegó a tener veinticinco kilómetros de altura.
-Un suceso atrapante para un alma inquieta como la suya.
-Sentía tanta curiosidad que, como era el almirante de la flota romana, nada menos, hizo que le armaran un barco y se montó para observar de cerca la erupción.
-Con una sed insaciable, como decías.
-Al final el mar se volvió sólido y tuvieron que atracar en la playa de Estabia. Al cabo de dos días apareció su cadáver allí y a su lado las tablillas en las que había estado tomando notas hasta el final de su vida. Es un personaje maravilloso Plinio el Viejo, totalmente.
-Notable. Muere por ambición de saber más.
-Por saber más todavía. Me imagino que ya sabrían ellos, los antiguos, qué era un volcán, pero no lo habrían visto porque entra periódicamente en erupción. Y hablando de eso, ahora saben que va a haber otra erupción.
-¿Sí?
-Porque es el volcán activo más peligroso de la tierra. Y, sin embargo, como los napolitanos son muy indómitos, han construido casas hasta en la ladera misma. O sea que, si hay algún desastre, lo que va a pasar allí será algo espantoso porque, como te digo, viven apiñados en las faldas del Vesubio.
-¿Y las autoridades qué?
-No han conseguido ni con leyes ni nada impedirlo. La gente construye y construye. Pero, bueno, siempre que estás allí, al Vesubio lo ves desde todas partes. Impresiona muchísimo. Siempre está con una especie de corona de niebla. Esa es una cosa muy misteriosa y muy ominosa de ver. En resumen, acabo de venir de allí, de la tierra de Plinio.
-¡Qué justo! Aparte, los Plinios eran oriundos de Como, en cuyo equipo de fútbol juega un integrante de nuestra selección nacional, Nico Paz.
-¡Qué me dices! Como es uno de los lugares más bellos de la tierra. Ahí está el lago de Como. ¡Qué bien!
-Y puesto que los napolitanos son tan rebeldes, como decías, por eso le mandamos a Maradona, para aumentar la indocilidad.
-Maradona, sí. Ya sabes que Maradona allí es Dios.
-Somos conscientes.
-Ayer, cuando paseaba por Nápoles, veía chapitas con la imagen de Maradona. Pero no ponían Maradona. Ponían Dios (risas). Y está pintado en las paredes de Nápoles. Lo ponen con alas, volando en el cielo. Una serie de cosas tremendas. Son muy exagerados los napolitanos. ¡Muy exagerados!







