Maia Isabel González (51) y Claribel Nievas (20) tienen mucho en común: ambas son de Fray Luis Beltrán, en Maipú, y en este Día Internacional de la Mujer rompen los moldes, demostrando que pueden desempeñar con profesionalismo oficios típicamente masculinos como la pintura, la albañilería y la soldadura.
Maia y Claribel, las mujeres que rompen moldes y desafían oficios masculinos
En el Día de la Mujer, Maia González y Claribel Nievas desafían estereotipos y se abren camino en albañilería, pintura y soldadura

Claribel Nievas es soldadora y profesora de danzas. Dos actividades diferentes y una misma protagonista.
GentilezaMaia es soltera y vive con sus padres en el barrio Virgen del Pilar. Siempre sintió interés por la albañilería y la pintura.
“He ido aprendiendo sola, con la ayuda de Internet, porque me gusta mucho lo artesanal. Me encanta trabajar con falsas o madera en falso. Me dedico más a la pintura de obra, pero si hay que hacer algún arreglo de albañilería, también lo hago”, cuenta en este día especial, mientras aprovecha para saludar a todas las mujeres del mundo.
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Tiempo atrás, construyó una maceta de cemento que parece un tronco y, tras perfeccionar la técnica, ya domina el proceso. “Pero ahora estoy enfocada en dejar mi casa linda”, aclara. También ha pintado varias obras en su barrio.
Maia reconoce que el trabajo es pesado, pero igual le apasiona. Su sueño siempre fue tener su propia empresa, conformada exclusivamente por mujeres. “Sola es difícil, y el tema presupuestario siempre pone trabas”, señala.
En esta fecha especial, Maia destaca el rol de su madre, “una persona sumamente luchadora y que me ha criado con los mejores valores que puede tener un ser humano”.
Tiene 20 años y desde muy chica se interesó por la soldadura
Claribel, por su parte, divide su tiempo entre la danza y su amor por la soldadura.
“Este amorcito surgió cuando veía a mi papá con las máquinas de soldar. Él es electromecánico, y desde entonces me nació el deseo de probar sus herramientas, especialmente las que hacen destellos”, cuenta.
“Cuando era chica, cada vez que me acercaba, mi papá me decía que me tapara los ojos, que me diera vuelta, que me alejara. Pero a mí me encantaba, y al final terminó explicándome el procedimiento”, recuerda entre risas.
Por eso, cuando cumplió la mayoría de edad, no dudó en anotarse en un curso de soldadura en Beltrán.
“A mi familia no le quedó más remedio que apoyarme. Eso sí, me advirtieron sobre las consecuencias: que iba a ser duro, que mejor me quedara con la danza. Pero yo creo que ambas actividades pueden complementarse”, opina.
Desde los 10 años, Claribel baila y lo hace “como los dioses”. Se recibió de profesora y su academia está repleta de alumnas, lo que limita su tiempo.
“Sin embargo, mi hermana mayor sí se dedicó de lleno a la soldadura, y es muy buena, muy profesional”, destaca.
Recuerda que, durante el curso, no todos sus compañeros la trataron como merecía. “No importa, igual lo aprendí y ahora hago puertas, ventanas, letras para souvenirs, maceteros. No terminé el curso, es una tarea pendiente. Claro que ahora sumé la facultad y no quiero distraerme”, explica.
Claribel habla de su hermana con admiración: “Ella sí se dedica en serio y ahora fabrica trofeos, algo que, hasta hace poco, parecía exclusivo de los hombres. Trabaja con mucha firmeza y determinación, y ya casi finaliza el curso. Se enganchó tanto con la soldadura que ahora también quiere aprender carpintería y electricidad”, concluye.