El temporal

La tormenta y el infierno duran tres horas

Crónica de un regreso a casa en moto en medio del histórico temporal de lluvia y granizo y de calles hechas ríos, que este viernes golpeó a Mendoza con fiereza

Los pronósticos del tiempo lo advertían y el viernes -pasado el mediodía- la tormenta se veía venir, pero jamás imaginé que para volver a casa y en moto tardaría 3 horas en medio del desbocado temporal de lluvia, granizo y viento.

Mi habitual recorrido en moto entre la redacción de Diario UNO y mi casa, que cada día me demandaba no más de 10 o 12 minutos, se me volvió algo así como un mito de Sísifo a la mendocina donde esperar, avanzar, retroceder y volver a esperar fue parte de un loop que pareció no tener fin.

A eso de las 14, cuando la colega Anita Doña avisaba desde Luján que diluviaba y caía granizo pequeño, apuré mis labores en la redacción para salir pronto y escaparle al temporal, a esa altura inevitable. Hombre previsor vale por dos.

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Postales de la tormenta.

Postales de la tormenta.

Un rato después, el temporal ya se abatía sobre Maipú. De ahí hasta que llegue a Las Heras, donde funciona el multimedio América, pensé, no faltaba nada, así que salir pronto era lo mejor.

Alerta: nube negra, viento y goterones

Las primeras ráfagas del ventarrón me sorprendieron en Acceso Norte y Manuel A. Sáez, mientras esperaba el verde del semáforo. A casa llego justo, calculé, pero fallé porque 200 metros hacia el norte se me vino encima una nube de tierra amarronada que no permitía ver ni distinguir nada a 100 metros. Y cuando digo nada lo ejemplifico con un camión de carga que me antecedía y que de pronto desapareció de mi campo visual como si hubiera sido tragado. Marcha atrás en la Honda negra y refugio seguro en la YPF de Acceso Norte y Pascual Segura, decidí. Los primeros goterones golpeteaban en el casco rojo.

Cinco minutos más tarde, una cortina de agua azuzada por las ráfagas que llegaban desde el sur obligó también a otros a buscar reparo. En un abrir y cerrar de ojos conté, mientras apuraba un café cortado, 7 motociclistas empapados y 2 autos y una camioneta de conductores que resoplaban aliviados por haberle escapado al temporal y especialmente a la piedra.

Al ratito, el café y el playón de la YPF cobijaron a una multitud. Entonces, se desató parte del infierno tan temido: la furibunda caída de granizo durante 3 minutos que ensordecía todo. Y el cielo, más oscuro cada vez. Tanto que tempraneramente se encendieron las luminarias del Acceso Norte, como si fueran las 9 de la noche.

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Autos y motos buscaron refugio en estaciones de servicio. Aquí, en Acceso Norte y Pascual Segura, de Las Heras.

Autos y motos buscaron refugio en estaciones de servicio. Aquí, en Acceso Norte y Pascual Segura, de Las Heras.

Mirar la tormenta y esperar para seguir

Había que esperar que amaine la tormenta. Y así lo hice. Lo hicimos. Y los refugiados nos convertimos en calificados testigos de arriesgadas maniobras de choferes de autos, camionetas y camiones que hacían desesperados malabares al volante para seguir circulando, pese a la tormenta. Celulares, a full. Fotos. Filmaciones. Y en mi caso, contacto con mis seres queridos y reporte audiovisual para Diario UNO y radio Nihuil, a esa altura con las redacciones a destajo para recibir y difundir datos sensibles.

Una hora después, paró la lluvia y bajó el agua y de a poco muchos se animaron a reiniciar la marcha. Yo también me animé, envalentonado por el canto de un par de pájaros que anunciaban que todo había pasado, que el cielo se despejaba y que todo había sido un mal momento. Pero la buena nueva duró apenas un kilómetro y medio porque la lluvia y el viento me sorprendieron a la altura de la Rotonda del Avión.

Ya estoy más cerca de casa, pensé y aceleré hasta que no dio para más. El carril Mathus Hoyos, tan cercano al temible Cacique Guaymallén, ya denunciaba la correntada y el desborde del zanjón, a esa altura repleto, furioso, descontrolado.

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Las calles hechas ríos

La calle Río Negro, cerca de la fábrica de jabones y otros artículos de limpieza cuyos aromas torturan a los vecinos de la zona, ya era un río anchísimo. Y de pronto, yo, con mi moto y mi mochila, empapados. Había que buscar otro refugio. Me subí a una vereda a merced del aguacero. Ni un alero donde cobijarme y con el agua hasta los tobillos. Alguien gritó a mis espaldas: otro motero, también compañero del infortunio. Luego, un tercero que también había decidido parar. La zona toda era un dique. Las calles y acequias habían desaparecido bajo el agua.

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Calles desbordadas por la correntada, otra de las postales de la tormenta.

Calles desbordadas por la correntada, otra de las postales de la tormenta.

Diez minutos que parecieron años y agua y más agua que caía desde el cielo y anegaba todo e impedía circular. A la vuelta hay un garage, me gritó uno de mis colegas, y allá fuimos. A contramano, autos y una camioneta reculaban porque la calle Pedro Molina de San José era todo agua en dirección al este: el Cacique Guaymallén ya se había desbordado.

De pronto, un jardín y un alero se alzaron ante mis ojos como una pequeña gran isla en medio del océano. Ahí me quedaría, decidí. La dueña de casa se asomó al ventanal y abrió los ojos con la sorpresa de quien ve llegar a un extraterrestre. Y el agua que no paraba...

La mujer me dijo que sí, que podía quedarme un rato bajo techo, al menos hasta que pasara la tormenta y hasta tuvo el inolvidable gesto de abrirme la reja de su casa. Estaba hecho sopa. Mi remera tenía más agua que cuando se lava en el lavarropas y los zapatos ya pintaban como irrecuperables.

Los 40 minutos posteriores fueron de espera, observación y planificación por dónde emprender el regreso. A lo lejos, más conductores arriesgados y un par de ciclistas con el agua hasta las rodillas cruzando la calle con los biciclos al hombro. Y dos chicos pateando la lluvia. Tan felices y tan ajenos a mis peripecias y a las de cientos de mendocinos en varios lugares de Mendoza para zafar de una tormenta infernal e interminable.

Embed - Complicaciones en el tránsito en los accesos de Mendoza por la gran tormenta

El Arca de Noé

Pensé en el Arca de Noé y en la película Waterworld de los '90 (dicen que fue una de las peores de Kevin Costner) hasta que, por fin, paró. Siempre para, dice el refrán. Agradecimiento a la mujer solidaria y la firme promesa de reponer un repasador nuevo a cambio de uno verdoso que me había alcanzado, a modo de toalla.

Ya estaba más cerca de casa. Pero faltaba aún más. Entonces, puse primera.

Tres cuadras al este, un árbol y un tendido de cables eléctricos bloqueaba la calle e impedía seguir. La calle Mitre, la de la cancha del Boli de San José, estaba cerca pero imposible porque había dejado de ser una calle para ser un río. Otro más.

Había que buscar otra ruta. Iba y venía en la Honda negra. Daba vueltas y el panorama se repetía en cada calle: gente sacando el agua de las casas, gente despejando las acequias y la correntada, impiadosa, como nunca antes. Y encima, a lo lejos, un trueno...

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Calles bloqueadas y árboles caídos complicaron la circulación vehicular.

Calles bloqueadas y árboles caídos complicaron la circulación vehicular.

Peripecias rumbo al paraíso

Como pude llegué a la calle Mitre y grabé un video de 3 motos que avanzaban despacito en medio del caudal que circulaba en bajada, hacia el norte. Un motero se detuvo de pronto: había perdido el celular. A 20 metros, un auto encajado en la calle. Un pozo. O una ladina boca de tormenta.

Los últimos 500 metros de mi travesía, hasta llegar a la zona del Le Parc, los hice a pie, por una vereda, empujando la moto, que había resistido como un tanque o una topadora.

En el camino conversé con muchos. Temerosos todos. El agua había llegado a un límite inimaginado. Hasta la puerta de casa, precisó una mujer que no dejaba de sacar agua de la galería de la casa y me recomendó que siguiera con cuidado.

Entrar a casa fue como arribar a un paraíso. A lo lejos, nuevos truenos y el cielo que volvía a oscurecerse. Las aguas bajaban, claramente turbias, y dejaban al desnudo las consecuencias del desastre de la tormenta.

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