Día del Niño

La infancia que no necesita wifi: Luján y Thiago crecen entre caballos y juegos en un puesto de Malargüe

En el Puesto El Sauzal, al sur de Malargüe, Luján, de 7 años, y Thiago, de 5, viven una infancia lejos de las pantallas y muy cerca de la naturaleza y la imaginación

En el Puesto El Sauzal, en Cortaderal, al sur de Malargüe, el tiempo parece tener otro ritmo. No hay apuro por llegar a casa para conectarse a una pantalla, ni videojuegos esperando después de la escuela, ni teléfonos que reclamen atención. Hay caballos, chivas, bicicletas, leña, pelotas y un enorme territorio para inventar juegos. Allí viven Luján, de 7 años, y Thiago Pérez, de 5, dos hermanos que este Día del Niño celebran una infancia distinta, de esas que todavía tienen olor a campo y dejan tierra en las zapatillas.

La escuela queda a 10 kilómetros del puesto y la vida cotidiana transcurre entre las tareas de la familia y los juegos que ellos mismos inventan. Fabián Pérez y Marisol Hurtado, sus papás, eligieron criar a sus hijos en el campo y enseñarles, desde chicos, que la naturaleza también puede ser una escuela.

Thiago y su papá en una imagen frecuente en su puesto de Malargüe. Animales y vida libre en el campo.

Thiago y su papá en una imagen frecuente en su puesto de Malargüe. Animales y vida libre en el campo.

A Luján y Thiago les gusta colaborar con los trabajos de la casa, ir a buscar leña, andar a caballo y ayudar cuando las chivas tienen sus chivitos. Pero si hay algo que los entusiasma especialmente es jugar. Andan en bicicleta, juegan a la pelota y recrean, a su manera, el mundo que los rodea.

Hace poco, además, Fabián les construyó una pequeña casa con madera reciclada. Para los chicos fue mucho más que una casita. Era el sueño que habían imaginado tantas veces: un lugar propio donde pudieran guardar todo lo que encontraban y dejar volar la imaginación.

Un Día del Niño simple y lleno de felicidad en el campo

Desde entonces, esa construcción puede transformarse en cualquier cosa. Un día es una casa de familia; otro, una sala de primeros auxilios. También puede ser un restaurante, una escuela, un comercio o una veterinaria. Todo depende de lo que Luján y Thiago decidan ser ese día.

“Ellos se pusieron muy felices. Era su sueño tener una casita de madera para juntar todo lo que por ahí encontraban”, cuenta Marisol. Y agrega una frase que explica mucho de lo que significa para ella y Fabián ver crecer a sus hijos allí: “Para nosotros poder construir esa casa fue darle vida a nuestros propios niños interiores”.

Thiago tiene 5 años pero ya conoce a la perfección las tareas del campo.

Thiago tiene 5 años pero ya conoce a la perfección las tareas del campo.

La imaginación tampoco termina en las paredes de madera. Muchas veces los hermanos recrean las actividades de su papá. Juegan a juntar animales, a dormir en el campo, a pialar y hasta organizan sus propias jineteadas sobre caballitos de madera. Miran lo que hacen los grandes y lo convierten en juego.

Un día común comienza alrededor de las 9.30, aunque los horarios cambian con las estaciones. En primavera y verano, especialmente durante octubre y noviembre, cuando llega el momento de atender la crianza de chivas, las jornadas empiezan más temprano. La rutina se acomoda al campo, a los animales y al trabajo de la familia.

Y ellos participan.

El campo ofrece una infancia libre en medio de la naturaleza

No porque tengan que hacerlo, sino porque les gusta sentirse parte. Para sus padres, que los chicos colaboren con las tareas cotidianas también es una manera de enseñarles que el campo ofrece mucho más que aquello que se puede comprar o medir en dinero.

“Queremos que vean que el campo nos da mucho más que solo lo material. Queremos que valoren la naturaleza y sus innumerables maravillas”, explica Marisol.

En ese paisaje, Luján y Thiago parecen haber aprendido algo que muchos adultos intentan recuperar con el paso de los años: encontrar diversión en lo que tienen cerca. Una bicicleta, una pelota, un caballo, un pedazo de madera pueden ser suficientes para construir una tarde entera.

Y cuando llega el momento de preguntarles qué quieren para este Día del Niño, las respuestas también hablan de esa infancia.

Luján no pide grandes cosas. Tiene 7 años y lo resume con una sencillez enorme: “Jugar, solo jugar y esperar alguna sorpresa de papá y mamá”.

Luján pasa horas junto a su caballo. "Para este domingo alguna sorpresa voy a tener", se esperanzó.

Luján pasa horas junto a su caballo. "Para este domingo alguna sorpresa voy a tener", se esperanzó.

Thiago, en cambio, ya tiene una idea bastante definida de su futuro. A los 5 años sabe qué quiere ser cuando crezca: “Quiero ser jinete de caballos como mi papá y tener una moto”.

Quizás esa sea una de las imágenes más lindas de esta historia. Un niño que mira a su papá trabajar y no ve solamente una obligación, sino un oficio que quiere aprender. Una nena que para celebrar su día no necesita una lista de regalos, sino tiempo para jugar.

Fabián y Marisol saben que algún día sus hijos podrán elegir otros caminos. Por eso quieren que crezcan orgullosos de su origen y que, si en el futuro desean estudiar y alcanzar otros proyectos, puedan hacerlo sin miedo ni vergüenza.

"Queremos que nuestros niños se sientan orgullosos"

“Queremos que se sientan orgullosos de salir del campo y que, si ellos en su futuro quieren tener más estudios que los que nosotros elegimos, lo hagan sin miedo ni vergüenza”, dice Marisol.

Thiago, un niño que mira a su papá trabajar y no ve solamente una obligación, sino un oficio que quiere aprender.

Thiago, un niño que mira a su papá trabajar y no ve solamente una obligación, sino un oficio que quiere aprender.

Mientras tanto, Luján y Thiago tienen un mundo entero por descubrir. Un mundo de chivas recién nacidas, caballos, montañas, leña, bicicletas y juegos inventados. Un mundo donde una casita de madera puede convertirse en una ciudad y donde ayudar a papá puede terminar convertido en una jineteada imaginaria.

“Ser felices con lo que hoy, gracias a Dios, tenemos”, es el lema de esta familia.

Y quizás eso sea, justamente, lo que estos dos hermanos celebran este domingo: no una infancia perfecta ni extraordinaria, sino una infancia libre. Una infancia en la que todavía queda muchísimo lugar para ensuciarse, inventar, correr, imaginar y mirar el mundo sin necesidad de una pantalla.

En pocas palabras

  • Infancia sin pantallas: dos hermanos en un puesto de Malargüe disfrutan de una crianza conectada con la naturaleza y los juegos al aire libre.
  • Vivir en el campo: la vida cotidiana de Luján (7) y Thiago (5) transcurre entre tareas rurales, juegos de imaginación y la colaboración familiar.
  • Valores rurales: sus padres buscan que valoren la naturaleza y la vida en el campo, enseñándoles que ofrece mucho más que lo material.
Resumen generado por Thinkindot AI