En el paraje El Alambrado, sobre la antigua Ruta 40, en el departamento de Malargüe, funciona la escuela Albergue Nº 8-493 José Ríos, una institución pública rural que alberga a chicos que viven lejos, en puestos desperdigados entre cerros y aguadas. Entre ellos, Jesús Julián Iván Olate. Así como suena: tres nombres con personalidad. Tiene 9 años, empieza cuarto grado y recibió un reconocimiento que lo pinta entero: fue elegido el mejor compañero. Con ese dote comienza las clases.
Jesús es de campo. No es una frase hecha. Es identidad, paisaje, rutina. Vive con su papá, su mamá y sus hermanos -cuatro varones y una hermana- en un puesto donde el día empieza temprano y el cielo parece no terminar nunca.
“Él ama los arreos. Arrea chivas, anda a caballo, se viene con nosotros para todos lados”, cuenta su hermano mayor, que habla de Jesús con una mezcla de orgullo y ternura. “Le gusta mucho la tarea del campo. Se siente feliz, se siente bien”, completa.
Un día normal en la vida de Jesús no tiene pantallas ni apuros. Tiene sierra, fuego y agua. “Estar acá, comer un asado, tomar una sopa, dormir la siesta en un pellón, jugar en el agua… eso es lo que más le gusta”, relatan desde su familia.
Su mejor pasatiempo, andar a caballo
El trabajo más hermoso, para él, es sencillo y profundo: “Andar a caballo, amamantar un chivo, volver una vaca”. También cebar un mate, ayudar a preparar el asado, acompañar. Porque en el campo nadie sobra: todos hacen algo.
Su animal favorito es el caballo. Lo dice sin dudar. Y aprendió a quererlos mirando a sus hermanos. “Le encanta darle la ración, estar con él, cuidarlo”, cuentan. En ese vínculo hay algo más que juego: hay responsabilidad, respeto y cariño.
Pero Jesús también es alumno. Y ser alumno, en su caso, implica quedarse albergado en la escuela durante la semana. Dormir lejos de casa. Extrañar. Crecer un poco más rápido.
“Lo que más extraño es estar con la familia. Darle de comer al caballo”, confiesa con timidez. Sin embargo, se queda tranquilo. Entiende que estudiar es parte del camino.
El hecho de asistir a una escuela albergue lo vuelve más responsable, dice su familia
Estar albergado, dicen en su casa, lo hizo más responsable. “Tiene que acordarse de lavarse los dientes, cambiarse solo, no ser mañoso”. Son pequeños actos que, lejos del hogar, se vuelven grandes aprendizajes.
En la escuela estudia, juega, comparte. Vuelve al puesto y también cumple: un rato de juego, otro de tarea. Una vida que combina cuadernos y arreos con naturalidad.
El diploma al mejor compañero no llegó por casualidad. “Nunca pelea. Siempre comparte lo que tiene con los compañeritos. Se porta bien”, explica su hermano. No es un premio al mejor promedio ni al más rápido. Es un reconocimiento a la manera de estar con otros.
Y tal vez tenga que ver con su crianza. En el campo se aprende que la soledad no es enemiga, pero la comunidad es necesaria. Que el mate circula. Que el pan se reparte. Que el trabajo es más liviano si se hace entre varios.
Jesús sueña con dedicarse al campo. No imagina otra cosa. Ama esa vida de veranadas, animales y cielo abierto. Mientras tanto, transita una infancia distinta, pero llena: caballo y cuaderno, asado y tareas, siesta en pellón y lectura en el aula.
En El Alambrado, donde el horizonte parece infinito, un chico de 9 años demuestra que la bondad también se aprende y que compartir vale más que competir. Y que se puede ser el mejor compañero sin dejar de amar profundamente la tierra que te vio nacer.
Jesús empieza cuarto grado con el mismo entusiasmo con el que ensilla su caballo. Con la misma calma con la que mira la sierra. Y con la certeza -simple y enorme- de que su lugar en el mundo tiene olor a pasto, a leña y a libertad.









