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"La ciudad de las ranas", gran novela de Alconada Mon sobre la fundación de La Plata en un momento clave del país

El prestigioso escritor y periodista Hugo Alconada Mon debutó en la ficción con "La ciudad de las ranas". Sus protagonistas son, entre otros, Julio Argentino Roca, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini, Nicolás Avellaneda, Leandro Alem e Yrigoyen

Para un periodista prestigioso, consagrado en su oficio, ingresar al género ficcional no es un asunto menor. No cabe el mero entretenimiento. Pasa a ser una prueba de fuego.

Hugo Alconada Mon da muestras de saberlo como pocos. Su debut pleno en la ficción histórica con La ciudad de las ranas fue una empresa llevada a cabo con la misma seriedad profesional y la misma obsesión detallista de sus investigaciones periodísticas o sus columnas de opinión.

La anécdota arranca con la fundación, desde la nada misma, de la ciudad de La Plata como capital bonaerense. En torno a ese tema central se va pintando un tiempo germinal de la nación argentina con protagonistas de la talla de Julio Argentino Roca, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini, Nicolás Avellaneda, Leandro Alem, Yrigoyen y todos sus elencos concomitantes.

Es el tiempo, también, y todavía, de Mitre, de Sarmiento. Tiempo de padres fundadores.

En paralelo, el pueblo llano, los trabajadores, los inmigrantes, los agitadores sociales, los revolucionarios de entonces. Las penurias y los sueños de entonces.

Plagada de referencias arquitectónicas, gastronómicas, sociales, lingüísticas, históricas, compartiendo escenario con Edmondo De Amicis, Errico Malatesta o el comisario Falcón, el mosaico se torna instructivo y fascinante.

La pluma de Alconada Mon vuela una altura considerable. Desde su La Plata natal, este “pincharrata” irredento, dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Buen día, Hugo. Seguís siendo platense a morir, ¿no?

-Así es. Nacido, criado en La Plata. Después tuve pasos para estudiar en España y Estados Unidos. Pero estoy radicado en La Plata, donde formé la familia.

-Hace poco, charlamos con Darío Sztajnszrajber, pincharrata mal, bilardista a morir.

-Como corresponde.

-¿También sos de la misma estirpe?

-También. Bilardista, sabeliano, veronista. ¡Imaginate!

-Por eso mismo, supongo, en tu libro se habla de la fundación de Gimnasia y Esgrima. Y dejás en claro que se trataba del club de los aristócratas.

-Es que así se fundó, como el club de la élite, en desmedro del pueblo, sobre todo de los inmigrantes.

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"La ciudad de las ranas" va por su cuarta edición.

-Vos sos un referente como periodista, como investigador, como columnista. La vez anterior que hablamos en este programa fue a raíz de tu libro Pausa, con entrevistas a personalidades mundiales en tiempos de pandemia. Pero ¿cómo ha sido tu experiencia personal al entrar de lleno en la ficción histórica?

-Para mí resultó, por un lado, un disfrute, un gozo. Y te digo esto porque los otros libros, por supuesto, son parte de mi trabajo y los disfruto también. Pero, al mismo tiempo, sacarlos al ruedo implica, conlleva, casi un examen.

-¿Por qué?

-Porque yo no puedo equivocarme en una sola coma, porque desfilo por tribunales. Y entonces, aun cuando esos libros han sido número uno en ventas, se trata de algo que conlleva una atención. Esto, en cambio, ha sido puro disfrute.

-¿Y respecto de tu público, que estaba acostumbrado a otro tipo de material?

-Ha tenido una repercusión que a mí me ha sorprendido y me ha emocionado. Claramente no me lo esperaba porque el libro lleva dos meses, ya agotó tres ediciones y sigue siendo el número uno en ventas en todo el país.

-¿Y cuánto juega el tema que elegiste?

-Coincido con vos en que el libro aborda la ciudad de La Plata, pero toma la ciudad como una excusa, como un trampolín, para abordar un periodo histórico clave de nuestro país: el de la Generación del '80.

-Un periodo clave, con nombres fundamentales.

-Fue una generación que incluyó a Julio Argentino Roca, a Bartolomé Mitre, a Domingo Faustino Sarmiento, a Carlos Pellegrini, a Dardo Rocha y a tantos otros hombres y mujeres que forjaron un país. Todavía hoy estamos cosechando los frutos de aquellas decisiones.

-Además de ese momento extraordinario para el país, vos vas sazonando tus historias con protagonistas de la talla de Florentino Ameghino, José Ingenieros, el comisario Ramón Falcón, el anarquismo de Errico Malatesta, etcétera. Una galería riquísima de personajes.

-Es impresionante. La novela abarca el periodo que va de 1880 a 1893. Es un lapso en el cual la Argentina comienza a tomar forma en su estado moderno; es decir, un estado donde, por un lado, tenemos la ley 1,420 que establece la educación pública, laica, gratuita para toda persona que pisa el territorio. Empiezan, a su vez, a gestarse las primeras huelgas. Empiezan las presiones sociales, los reclamos.

-La hora del reclamo…

-Se empieza a decir: “¡Eh! ¡Yo tengo derechos! ¿Qué esto de estar trabajando de lunes a lunes, durante horas y horas, no importa si soy hombre, mujer o niño?”. Hay derechos laborales, entonces. A su vez, empieza también el surgimiento del radicalismo.

-O sea, una sociedad en agitación creciente.

-Recordemos que el voto era cantado y, si te dabas vuelta, te comían la urna. Entonces, era un período con muchas luces, pero también con sus sombras, donde había tensiones.

-¿Y cómo funcionaba La Plata como escenario?

-Por distintos motivos, La Plata encarnó ese período. Porque La Plata es más que La Plata.

-¿Qué fue?

-La Plata fue la forma, la herramienta que utilizó aquella generación para decirle al mundo: esto es lo que podemos ser, esto es lo que somos. ¡Vengan!

-Y con muy buenos resultados, por lo visto.

-Fue una forma de atraer a italianos, a españoles, a gente de todas las nacionalidades, a tal punto que el primer censo de la ciudad ya daba, al año y medio, diez mil habitantes.

-¿Cómo era la conformación de ese conglomerado?

-El 40% era italiano, 20% español, 20% de otras nacionalidades, las que quieras: alemanes, franceses, ucranianos, ingleses, rusos… Y solo el 20% final era criollo. ¡El idioma que se hablaba en La Plata era el italiano!

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Hugo Alconada Mon.

Hugo Alconada Mon.

-¿De dónde es el origen de tu apellido Alconada Mon?

-¡Yo tengo lo que quieras! (risas).

-Pero, ¿cuál de las vertientes es la más importante?

-Una vez, en el colegio primario, una maestra nos mandó a averiguar sobre nuestros abuelos, nuestros bisabuelos, nuestros ancestros. Y lo mío daba todo el chimichurri que quieras. ¡Tengo las Naciones Unidas adentro! (risas).

-O sea que vos sos como el país, un mosaico de razas.

-Sí. Tengo un inglés casado con una francesa. Se llevaban treinta años de diferencia. Claro, ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, por eso probablemente se llevaban bien. Después, tengo un italiano casado con una mujer del pueblo originario. Tengo a españoles, a uruguayos. Y tengo a argentinos. Lo que quieras. Al mismo tiempo, este libro me llevó también a entender un poquito más a mi propia familia.

-¿Cómo se traduce esta combinación humana en tu libro?

-La ciudad de las ranas aborda dos niveles. Uno es el nivel de la élite, que son estos Roca, Rocha, Pellegrini, Sarmiento. Y el otro nivel es el de los inmigrantes que vinieron a facciare la América. Son, entonces, nuestros abuelos y bisabuelos.

-¿Dónde te documentaste?

-Para reconstruir esa historia yo abrevé en el Archivo Histórico nacional, en el Archivo Histórico provincial. Busqué cartas de los inmigrantes. ¡Hay antologías de esas cartas! En varios momentos me largué a llorar recordando a mis propios abuelos. ¡Yo tuve la enorme fortuna de conocer a mi bisabuelo!

-¡Qué bendición personal!

-Te voy a dar un solo ejemplo. Hay un personaje en la novela, Nano, que en ningún momento habla español. Siempre habla en italiano. Está basado en el padre de un amigo mío, Miguel Parigi. Yo lo conocí. Murió a los noventa y tantos. Nunca jamás nos habló en español, aunque te entendía perfecto y te respondía, mechando, como máximo, una o dos palabras de cocoliche, de lunfardo, para que vos entendieras.

-¿Y por qué eso?

-Lo que defendía era, en realidad, su propio origen, quién era él.

-Te preguntaba, justamente, por tu origen porque, entre la clase inmigrante que describís has privilegiado el factor italiano. Hay muchas frases en ese idioma. El italiano es como la segunda lengua de la novela.

-Es que, a su vez, si yo voy a contar la historia de aquella época y la historia de La Plata, necesariamente tengo que abordar el italiano. Te doy otro ejemplo. Por fuera del triángulo fundacional de La Plata, en el triangulito donde empezaron a construir las primeras casas las personas importantes y los primeros edificios públicos, ¿sabés cómo se llamaban los primeros dos barrios de la periferia platense?

-¿Cómo?

-La Piccola Italia y la Calabria Chica. Entonces, una y otra vez te encontrás con que no podés esquivar al italiano. No podés, cuando la impronta era muy marcada. Uno de los peores insultos que había en aquellos tiempos, a fines del siglo XIX, era la forma más despectiva posible con la cual los criollos aludían a los inmigrantes, en especial a los italianos, que es “bachicha”.

-¿Por qué el término?

-Porque bachicha es la palabra del lunfardo con la cual se alude a la colilla, ya fumada, inservible, arrojada el piso y pisoteada. Es decir, sos lo peor de lo peor.

-En la novela hay otro personaje, Íñigo, que va creciendo, gana en influencia y se vuelve rico. Pero siempre lo tortura esa herida de que lo consideren un bachicha.

-Es que resulta algo habitual. Fue una realidad, una y otra vez, para nuestros abuelos y bisabuelos. A mí también me ha pasado. Por lo que me apoyé mucho en mis vivencias afuera.

-¿A qué tipo de vivencias aludís?

-Yo viví en España, donde fui a estudiar. Volví a la Argentina. Me fui a Estados Unidos. Volví a la Argentina. Me volví a ir a Estados Unidos como corresponsal ante la Casa Blanca y volví a la Argentina. Y en los tres lugares me integré realmente. Me integré, sí, pero nunca dejé de ser extranjero. Nunca dejás de ser inmigrante porque incluso hasta el acento te delata.

-Claro, ni la facha te ayuda.

-Te lo voy a decir de una manera incómoda incluso para los oyentes. Yo, si cerraba la boca, en Estados Unidos podía pasar por gringo; por el pelo castaño y los ojos claros. Ahora bien, apenas donde yo decía, simplemente, good morning, automáticamente me preguntaban: ¿de dónde sos?

-¿Cómo te pegaba la situación?

-Eso es una impronta que te marca una barrera; una barrera cultural, una barrera social. Para que yo pudiera entender los chistes que hacían los gringos; digamos, no para que me resultaran graciosos sino, por lo menos, para entender los dobles sentidos, los sobreentendidos, me tomó tres años.

-Vuelvo a las palabras. Por ejemplo, al lado de bachicha ponés otra palabra que está medio en desuso: carcamán.

-El desafío, una y otra vez, fue cómo reconstruir aquel período histórico. Vos lo sabés bien, también, por tu profesión. Yo tuve que ponerme a buscar, también, en el archivo de la masonería, que logré que me lo abrieran; en el Museo de la Policía, en el archivo del Ejército, en el archivo del Servicio Penitenciario, en el Museo Dardo Rocha. Tuve que entrevistar a historiadores, a investigadores del Conicet.

-Una investigación rigurosa, propia de tu rigor profesional. Se nota desde la primera página.

-Hay que investigar y reconstruir todo porque, por ejemplo, si escribís una novela y se dice que el protagonista encendió una fogata con un fósforo, hay que tener el dato preciso, porque, en una de esas, el fósforo se inventó 20 años después.

-Entre la multitud de datos y objetos que van mencionando están, por ejemplo, las armas.

-Cuando vos decís que alguien dispara con un fusil, ¿qué fusil había en ese momento? Era un Mauser. Bien. Estaban el fusil Mauser 1871 y el fusil Mauser 1895 los que, a su vez, tenían distinta distancia de tiro y de rango de tiro.

-Estaban las costumbres, también…

-Claro. Tenés que reconstruir hasta qué comían. ¡Cuáles eran los postres! Para que se rían los oyentes: ¡tuve que comprarme libros de moda para poder entender cómo se vestían en la época! Tuve que aprender qué es un miriñaque, qué es un paletó o cómo se movían, cómo era el transporte. Entonces, tuve que reconstruir qué era un carruaje landó; o, por ejemplo, cuáles eran los horarios de los trenes que comunicaban Buenos Aires con La Plata y los horarios reales de llegada y de salida. O sea, fue todo un proceso, que, como te darás cuenta por el tono de voz, lo disfruté como un nene.

-La escrupulosidad de Alconada Mon es proverbial. El recorrido que vas haciendo por la ciudad de La Plata en construcción te tira más información que Google Maps. Ni qué hablar del detallismo arquitectónico con que vas describiendo los nuevos edificios.

-Es que tuve que consultar a arquitectos, a profesionales, que fueran explicando las partes. Al mismo tiempo, terminé accediendo a fotografías.

-¿Fotografías de qué época?

-Recordemos. La ciudad de La Plata se funda 1882 y yo accedí a fotografías de 1881 en adelante.

-Varias de las cuales ilustran tu libro.

-Claro. Son fotos de cuando esto era una mezcla de lomas y bañados. A su vez, es de cuando empiezan las primeras construcciones.

-Lomas y bañados, dijiste. Por eso se llama, precisamente, La ciudad de las ranas, ¿no?

-Exacto. Se llama así porque el lugar era una zona de bañados y, al mismo tiempo, la ciudad nace de la mano del entonces gobernador de la provincia, que era Dardo Rocha.

-Que quería ser presidente.

-¡Correcto! Empieza siendo aliado del presidente Julio Argentino Roca y después termina siendo rival. No sé si eso les suena a los oyentes como una cosa bastante cotidiana en nuestra vida actual (risas). Y hay un momento en el cual el presidente Roca acompaña al gobernador a recorrer la zona. Entonces, cuando ve que se trata de lomas, bañados, pantanos, ciénagas, lo mira a Rocha y le dice: “Aquí, más que personas, vas a tener ranas. Esta es la ciudad de las ranas”. Y lo empezó a pinchar. Lo volvió loco.

-Cómo se picoteaban, en ese momento, ¿eh?

-Es que llegan ambos, Roca a la presidencia y Rocha a la gobernación, de la mano, unidos, como aliados. Pero rápidamente Roca comprende que ha cambiado la ecuación.

-¿Por qué?

-Porque Rocha quería construir la nueva capital de la provincia de Buenos Aires. Recordemos que estamos en un periodo en el cual la ciudad de Buenos Aires deja de ser la capital de la provincia para pasar a ser la Capital Federal. Por lo tanto, te quedaste sin capital de provincia.

-Tarea para Rocha, entonces.

-Rocha lo comprende y ve la oportunidad. Se dice: si logro hacer la ciudad, si logro demostrar mi capacidad de hacedor, como se decía en la época, este es mi trampolín a la presidencia. Pero, al mismo tiempo, el plan último de Rocha era llegar a la presidencia y hacer un enroque.

-¿Qué tipo de enroque?

-Que la ciudad de Buenos Aires volviera a ser la capital de la provincia de Buenos Aires y que la ciudad de La Plata se convirtiera en la Capital Federal.

-¿Y Roca?

-Ese es el momento en el cual Roca, que de tonto no tenía un pelo -por algo le decían el Zorro- comprende lo que está pasando y dice: venimos de unitarios y federales, de las provincias contra los autonomistas porteños; venimos de sangrar por aplastar la rebelión de Carlos Tejedor ¡¿y ahora vos querés hacer eso?!

-Sonaba lógico…

-Roca se pregunta: ¿otra vez vamos a tener el desbalance entre la ciudad de Buenos Aires y el interior? ¡Entonces sangramos para nada! Y ahí es donde empieza la pelea entre ellos.

-Hay muchos hitos fundacionales en esa época. Uno es que Pellegrini funda el Jockey Club y por eso el gran clásico del turf argentino es el Carlos Pellegrini. Del mismo modo, el gran clásico del Hipódromo de La Plata es el Dardo Rocha.

-Exactamente. A su vez, en aquellos tiempos, la necesidad que tenían Rocha y todo su equipo, en donde había muchísimos masones -la mayoría lo era, incluyendo, al propio Rocha-; la necesidad, decía, era recrear una nueva ciudad que lo tuviera todo, incluyendo un hipódromo.

-¿Un hipódromo por qué?

-Recordemos también el contexto de la época. Estamos hablando de 1882. Cuando se funda la ciudad no había un tren, al principio, que comunicara directamente. La distancia hoy, entre Buenos Aires y La Plata, demanda en auto más o menos una hora. Pero en aquel momento esa misma distancia te insumía cuatro horas. La hacías en carruaje o a caballo. Era un fastidio. Por eso necesitaban levantar todo en la ciudad de La Plata.

-¡Con lo que eso significa!

-Todo es todo, desde una casa de gobierno hasta un hospital, desde un hipódromo hasta un jockey club, desde las escuelas hasta prostíbulos. ¡Todo! Entonces, el desafío fue mayúsculo. Después, a medida que se establecen las vías de comunicación, las distancias y los tiempos se van acortando.

-Charlando hace poco con Florencia Canale, comentábamos la influencia de las logias masónicas en las trayectorias de San Martín y Bolívar. Por eso sorprende ratificar en tu novela ese poder todavía en otro período de la Argentina, a fines del siglo XIX.

-Incluso más allá. Hasta hoy. ¿Por qué? Contexto histórico otra vez. Estamos hablando de 1880-1893. En chiquito, en la ciudad de La Plata, vos tenés, en el diseño mismo, la escuadra y el compás. Es decir, con las diagonales los podés dibujar. Y no fue casualidad. Lo hicieron a propósito. Al menos 29 de los 36 miembros clave del Departamento de Ingenieros eran masones.

-¿Y en la cúpula política?

-Rocha era masón, Benoit era masón. Más aún, Domingo Faustino (Sarmiento) lo era. Y, de hecho, algunos de los hitos clave que todavía hoy perduran son fruto de la masonería. Aclaro, yo no soy masón, pero en aquellos tiempos había una puja de poder entre el Estado secular, un Estado laico y, por el contrario, la Iglesia Católica, que controlaba las escuelas, el Registro Civil, los cementerios. Y esto es una puja que hay con los masones.

-Claro. Y se producían encontronazos muy puntuales.

-Voy a dar un ejemplo breve. Si un familiar nuestro se suicidaba, era considerado un pecado mortal. No lo podías enterrar en un camposanto. Date maña como puedas, enterralo donde puedas. Y ahí es donde los masones dicen: acá necesitamos un cementerio donde puedan enterrar a cualquier persona.

-Totalmente razonable.

-Ejemplo dos. La escuela era católica. Entonces, si vos sos judío, musulmán, protestante o agnóstico, perdiste. Si tu hijo va a la escuela, es solamente con educación católica. Por lo tanto, se establece una educación pública, laica, gratuita para cualquiera. Y eso es lo que convierte a este país en uno de los más alfabetizados de América Latina en apenas 20 años.

-¿Y las relaciones personales?

-Del mismo modo, el Registro Civil también lo controlaba la Iglesia. Entonces, si vos no estabas bautizado y no estabas casado por iglesia, tus hijos eran naturales, eran extramatrimoniales y tenían menos derechos civiles que cualquier hijo de católico.

-Un conflicto de fondo, en todo caso…

-Esas pujas de poder con la Iglesia las ganaron los masones y las consecuencias de eso las vivimos hasta hoy.

-Mencionábamos más arriba la presencia, en estas tramas, de un Florentino Ameghino o un José ingenieros. Es encantadora, en esta línea, la anécdota que involucra a Edmondo De Amicis, que termina en la novela Corazón.

-¡Ah! Es que ahí fui jugando con datos de la realidad y con ficción. Dato de la realidad: Edmondo De Amicis vino a La Plata en los primeros años de la ciudad. De hecho, da unas conferencias, se aloja en el Hotel de Comercio y es ungido presidente honorario de la Unione e Fratellanza, que es la primera sociedad de socorros mutuos de los italianos en La Plata.

-Una entidad que adquiere fuerte protagonismo en tu relato.

-Para que ubiquemos el nivel de poder que tenía: cuando había diez mil habitantes en la ciudad, esta sociedad integró a 3.500 personas. O sea, un tercio de la población estaba metida en la sociedad.

-¿Cómo se completa el itinerario de De Amicis?

-Edmondo está acá en 1884. Viene a la Argentina obviamente en barco y demás. Conoce la realidad, se mueve entre sus congéneres italianos y dos años después escribe Corazón, que incluye el cuento “De los Apeninos a los Andes”, aquella historia que muchos oyentes habrán leído.

-Un clásico juvenil…

-Es la historia de Marco, aquel muchachito genovés de 13 años que decide venir al Río de la Plata a buscar a su mamá. El cuento es una belleza. Yo lo leo y me emociono.

-Y vos le diste un giro muy interesante.

-Yo lo que decido es jugar con que Marco, en realidad, no es un personaje inventado por De Amicis sino un personaje real, que está en La Plata y al que yo le doy un apellido; y, a su vez, es sobrino de otro personaje, que es un anarquista.

-Sí. Lo ponés en relación con Malatesta.

-Exactamente. Otro dato para los oyentes, que se van a divertir. Errico Malatesta, gran líder que tiene que escapar de su país, viene al Río de la Plata, pasa unos años acá y organiza el movimiento anarquista en la Argentina. Pero, para muchos, es más recordado, no por eso, sino por haberles dado los apodos a algunas de las facturas que vos, yo y cualquiera que nos escucha comemos cuando vamos a la panadería.

-Verdaderamente, es un fragmento formidable del libro. Algo distinto. Recordanos cuáles son los nombres de panadería que nos legó Malatesta.

-Vigilante, cañoncito, bolas de fraile…

-Sacramentos… ¿Esos nombres se los puso para joder a la policía?

-Y a la Iglesia: bolas de fraile.

-¿No había otras facturas llamadas pedos de monja? No recuerdo haberlas visto hoy en la panadería.

-Tenés buen recuerdo. En efecto es así.

-Nos aporta un oyente, el arquitecto Héctor Ramazzi, que hoy se les llama suspiro de monja.

-(Ríe) Es que en aquellos tiempos estaba, por ejemplo, el revuelto Gramajo. La leyenda dice que el ayudante de campo, el gran colaborador de Julio Argentino Roca, era el coronel Gramajo, “inventor”, a su vez, de este revuelto de jamón, huevo, papa y un par de cosas más.

-Decías antes tener un cóctel de razas en tu árbol genealógico. ¿Podemos suponer, entonces, que el cacique que aparece en tu historia, Modesto Inacayal, es un homenaje a ese legado?

-Esa fue una historia impresionante. Lo presento en sociedad: Modesto Inacayal, cacique, algunos dicen que tehuelche, otros dicen que de otra tribu; que conoce y ayuda al Perito Moreno, allá en el Sur, cuando éste va para recorrer la Patagonia y a trazar y a dibujar ese territorio, para después fijar los límites con Chile.

-¿En qué lo ayudó, puntualmente?

-En un momento, Moreno tiene problemas con otras tribus de los pueblos originarios y el que le da una mano es Modesto Inacayal. Mucho tiempo después, viene la conquista del desierto. Y terminan, tanto el cacique como su familia, detenidos, presos. Incluso lo desvían y lo envían detenido a la isla Martín García. Y lo que se logra reconstruir es que Moreno lo encuentra, se sorprende y, si se quiere, lo “rescata” -entre comillas-, lo saca de allí y lo lleva con él a La Plata, donde el Perito está levantando el museo.

-¿Y la familia?

-Esta familia de pueblos originarios queda allí. Queda como en una suerte de esclavitud porque los obligaban a limpiar el teatro, el museo; a limpiar la ropa, a barrer, a cocinar, a encargarse de las cloacas.

-En tu novela, el cacique llega a un final muy emotivo.

-Hay una historia reconstruida en serio. Esto no es ficción. Un día, Modesto Inacayal decide que se está muriendo. Comprende que se está muriendo. Y le pide a un par de otros miembros de su tribu que lo levanten de los brazos y lo lleven hasta la escalinata de museo; que lo ayuden a pararse mirando hacia el este primero y después hacia el sur. Dice unas palabras. Según los registros de la época, habló en su propio idioma y no lograron entenderlo. Y esa misma noche murió.

-Un link con nuestra realidad, para el final. Alguna vez dijiste, en otra entrevista, que la corrupción se había llevado algo así como un PBI de la Argentina. En La ciudad de las ranas también hay una trama similar, con créditos bancarios amañados para financiar a la élite de aquellos tiempos. Muy anticipatorio de lo que vendría.

-Al igual que la corrupción galopante. A punto tal que el hermano de Julio Roca se llamaba Ataliva. Y eran tan delincuente, que Sarmiento usaba su nombre como verbo. Decía: “Ayer iba caminando por la calle y me atalivaron la billetera”. Literal (risas).

-Siempre corrosivo el sanjuanino…

-En el diario de sesiones aparecía: “Risas en el recinto”. Todo el mundo sabía de lo que hablaban: desvío de fondos públicos, compra de periodistas, financiamiento de campañas electorales con dinero de los bancos, crisis porque había timba financiera. Todo eso es así.

-¿A qué conclusión te lleva todo esto?

-¿Sabés qué? Cierro con esto. El haber encontrado esas sombras me da esperanzas. Parece contradictorio o paradójico, pero no lo es.

-¿Por qué?

-Porque si con aquellas sombras y aquellos vicios y aquellos delitos, aquella generación, que estaba peleada entre sí, fue capaz de alumbrar luces, como la fundación de una ciudad moderna o como la ley 1.420 de educación, nos da esperanzas para que hoy, con nuestros propios vicios, nuestras propias agachadas y nuestra propia grieta, podamos arribar a consensos que nos permitan salir adelante.

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