Exquisita novela

Mercedes Araujo revela "Botánica sentimental", su magnífica novela sobre Mendoza y la marca mítica del terremoto

Mercedes Araujo desgrana en su libro "Botánica sentimental" la Mendoza profunda, desde sus plantas, sus recetas de cocina y sus paisajes

Mendoza estaba necesitando, desde hace largo tiempo, un nuevo relato que le pintara el alma con tonalidades contemporáneas; que volviera a dibujarle el mapa de sus cicatrices en la tierra.

Ya ido el inigualable Antonio Di Benedetto, olvidadas las orfebrerías de otros “tatas” como Juan Draghi Lucero o Abelardo Arias, el espacio vacío empezaba a volverse grande, a incomodar.

Hasta que Mercedes Araujo llegó, en puntas de pie y casi sin anunciarse, con su Botánica sentimental, con suficiente bagaje como para saldar la deuda. O parte de la deuda. Cada uno dirá. Cada lector.

Su botánica, hilvanada con la tensión estilística de la prosa poética, está hecha, por supuesto, de plantas, de árboles, de yerbas del lugar. De viñedos. Está impulsada por sucesivas generaciones de mujeres bravas, inconformistas, incómodas para los entornos que se suceden desde las épocas coloniales a nuestros días.

Mendoza está vista desde todos los ángulos: desde el aire, desde la cordillera, desde los relatos históricos y desde los mitos; desde sueños hollywoodense como Film Andes al inevitable deterioro de estirpes familiares. De amores y de ausencia de amores; de desapegos. De diálogos que se clavan como espinas de cactus.

Mendoza es estirpe y piel de terremotos.

Mercedes lo sigue sabiendo y sintiendo, aunque ya no esté acá. Porque vuelve. Siempre vuelve.

Desde San Telmo, Buenos Aires, donde vive ahora, habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Mercedes, más mendocina que el piquillín, que la jarilla y que el tomillo, pero se fue a Buenos Aires y no volvió nunca más. ¿Hace cuánto?

-(Ríe) Hace como 20 años. Lo que pasa es que sigo yendo a Mendoza. Ahora vuelvo exactamente una vez por mes. Pero, sí, siempre se hace difícil la vuelta definitiva.

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-Está claro que andás por acá porque, dentro de las fuentes que has utilizado para hacer este libro, está el Correveidile de Chacras.

-Además, es como si estuviera más conectada con esa tierra que con lo que pasa aquí en Buenos Aires.

-Al final de tu novela, entre los agradecimientos, figura uno dedicado a tu padre, Edgardo Díaz Araujo, y sus relatos, porque, según decís, con él aprendiste “que vivir en una tierra es conversar con ella y sus mitos”.

-¿Viste que él era un gran contador de anécdotas mendocinas? Por eso me gustó muchísimo eso que vos pusiste, en referencia a la novela, como anuncio de la entrevista. Por fin sentí que alguien entendía exactamente esto de la imaginería.

-¿Por qué? ¿De qué modo te pegó?

-Porque de alguna manera es con lo que yo me crie. Con mi viejo, con mi padre contando historias de Mendoza.

-Pero, además, vas utilizando un muy buen hilo para ir uniendo las distintas partes del relato. Por ejemplo, le das un gran protagonismo a la cuestión del terremoto. Y ese aspecto costumbrista se relaciona con los aspectos mitológicos, con referencias a otras culturas. En definitiva, estamos hechos de mitos y leyendas, ¿no?

-Sí. Estoy totalmente de acuerdo. Creo que, incluso, los terremotos funcionan de una manera mítica porque, por supuesto, son una marca en la tierra. Una marca que trae la destrucción. O sea, dentro de ese hecho natural, el haber atravesado un terremoto siempre es una marca mítica.

-¿Qué impacto ha tenido en Mendoza Botánica sentimental, hasta ahora?

-Todavía creo que falta un poco de lectura o de que llegue a las posibles o los posibles lectores. Sí me acerqué por las librerías la última vez que estuve. Fui a preguntar, a ver si la tenían presente.

-¿Qué te dijeron?

-Fe súper interesante porque, claro, muchas veces los libreros no reciben la información. Incluso, algunos no sabían siquiera que era una novela nuestra. Por eso aproveché para decirles: “Miren que esto es, justamente, una novela sobre Mendoza”.

-De ahí venía la pregunta. Al recibir el libro, nada indicaba su relación con nuestra provincia. Pero, una vez que te metés en la trama, sucede una revelación. Opinión personal: desde Antonio Di Benedetto que no se escribía algo de tanto nivel sobre Mendoza. Aunque suene exagerado.

-Agradezco, por supuesto, la referencia a Antonio. Después, tengo la ilusión de que, sí, se lea en Mendoza, justamente porque creo que, quienes viven aquí, son las personas que van a leer algo de sí mismos o de sí mismas en este libro.

-Es cierto. Muchos de nosotros hemos pasado por situaciones similares: estirpes familiares que decaen, las pérdidas económicas, los viñedos que se abandonan o se venden. Pero, además, vas pasando por hechos o procesos icónicos como los terremotos o Film Andes. Son hitos culturales.

-Claro. Es que mucho está elaborado sobre el mito. Sobre el mito de Film Andes, por ejemplo. Semejante epopeya, semejante momento histórico. ¡La cantidad de películas que se produjeron y se filmaron en Mendoza! Porque no estamos hablando ni de cinco ni de diez. ¡Estamos hablando de una veintena de películas con estrellas de cine instaladas en la provincia! Realmente fue un suceso histórico-cultural que no puede perderse en el tiempo, ¿no?

-Tu novela tiene plantas, desde la tapa. Tiene una historia familiar y regional, recetas de cocinas, etcétera. Y paisaje. Un paisaje muy lujanino, ¿no?

-Sí, lujanino. Bien de los oasis.

-¿Dónde ubicás La Silenciada, que es la finca que actúa como epicentro de la novela?

-En Perdriel la ubiqué.

-¿Pero te referenciaste en algún establecimiento en particular o te lo inventaste todo?

-No, no. Está en Perdriel porque ahí hay una calle, la calle Cobos, en donde quedan estas casonas, muy derruidas, pero muy impactantes también.

-Tu paisaje interior…

-Quedan, sí, en esa parte de Luján unos escenarios que es donde yo imaginé esa casa. La casa de esa antigüedad y esa tierra para esos viñedos. Por lo tanto, ese es el lugar físico, geográfico, en el que yo me inspiré.

-Diste en la clave porque la calle Cobos es como la vía central de los caminos del vino, según coinciden maestros como Walter Brescia. Es parte de la historia grande de Mendoza.

-Claro, igual que Cochabamba, que es donde está Brescia. Son estas dos calles, con unas arboledas cuyos árboles deben tener, como mínimo, unos doscientos años. Hay ahí algunas casas, medio abandonadas, palacetes hermosos.

-Oscar Pinco, un colega que nos está escuchando, apunta que en la calle Cobos, efectivamente, cuando pasás Belasco de Baquedano, Catena y Finca La Anita, están esas casas de las que hablábamos.

-Claro. La casa antigua de Finca La Anita podría perfectamente ser identificada como una de las casas de esa época.

-Alguna vez, Jaime Correas, como director de Escuelas, repartió unos libros con cuentos de Di Benedetto. Tu novela no podría entrar a las escuelas, porque tiene una prosa cuidada, exquisita, pero no es fácil de leer. ¿Sos consciente?

-No, no soy muy consciente de eso.

-Hay que ir armando la trama como un rompecabezas complicado, lo mismo que los linajes familiares.

-Sí, sí… Me parece que esa complejidad es propia de la ambición de contar tantos años en esa asociación familiar para dar cuenta de sus hitos, de esa imaginería mítica. Claro, había que partir de la refundación de Mendoza, porque el solo hecho de que esa primera ciudad se haya caído completa y de que se haya vuelto a fundar unos kilómetros más más allá, habla mucho de nuestra historia.

-Justamente, hay capítulos que funcionan muy bien, encerrados en sí mismos. Pero hay que ir y volver, venir hasta los tiempos presentes o volver a la época del general San Martín, ¿no?

-Claro, a la época de San Martín en donde había unas mujeres que estaban esclavas. Se cuenta todo el proceso de lograr y conseguir la libertad, con una cantidad de juicio que son reales. Los encontré en archivos.

-Sí, una situación que no solemos tener muy en cuenta.

-Puntualmente esos juicios se hacían entre quienes eran los dueños de estas personas esclavas y los pedidos de libertad.

-Tus personajes femeninos y la manera, tan pulida, de presentarlos tienen, entre otras referencias, algo de Mariana Travacio. ¿Puede ser?

-Sí, la he leído. Ella ha vivido bastante tiempo en Brasil, ¿no? Tiene algo como de Guimarães.

-¿Los miembros de tu familia, acá, en Mendoza, qué dicen de la novela? ¿Se ven reflejados?

-Hay una zona de la infancia, esa zona que ocurre, un poco, entre los años setenta y ochenta, con los personajes van a la escuela y caminan y hace frío y calor, y se ponen la ropa y se la sacan y todo eso. Bueno… obviamente ahí está el recuerdo y la experiencia propia para poder contar esa historia de ser una niña, un niño y estar en esa en esa experiencia de todos los días, el caminar para ir a la escuela. Ahí se vieron reflejados.

-A partir de esto, una pregunta inevitable. Habiendo tantas mujeres, de distintas épocas, en la novela, ¿cuál sos vos de todas ellas?

-A mí, la que más me interesa y me divierte, porque es la que tiene más polenta, es María Villarreal.

-La primigenia, la que levanta La Silenciada.

-Claro. La que crea, la que levanta La Silenciada. Me dio mucha alegría escribir ese diario de la cocina. Me imagino con todas esas cositas. Ella sería como la heroína, para mí.

-Aparte su hijo se llama Gualberto. ¿De dónde sacaste ese nombre que ya no se usa?

-Ya no se usa, pero es uno de esos nombres bien de Mendoza, ¿no?

-¿Y qué pasa con las otras mujeres de la trama?

-María, como te dije, es la mujer más fuerte. Después, lógicamente, respecto de las más contemporáneas, trato de estar en todas.

-La más sarpada es la aviadora, esa que se manda a mudar por el mundo.

-La Chinchilla. Sí, es la más sarpada, la más libre, la que abandona una familia. Sobre todo, dado el contexto histórico en que lo hace, porque estamos hablando de los años cincuenta.

-También es muy linda la historia que contás del Cruce de los Andes que hace otra mujer.

-¡Ah, sí, sí! La de Madame Bolland.

-¿Es la época, más o menos, de Saint-Exupéry, de Guillaumet, de Mermoz, etcétera?

-No me acuerdo bien, pero era la época en que había ese auge y esa locura. Ella cruza los Andes en ese avioncito de madera y tela entre 1925 y 1929. Vino desde Francia a hacer ese cruce como un desafío personal. Previamente se acomodó un poco en Buenos Aires y acá hizo unos vuelos de destrezas. Y terminó efectivamente realizando esa epopeya.

-Como dato de color, allá por los años noventa, vino a Mendoza el director francés Jean-Jacques Annaud porque estaba filmando una película sobre Henri Guillaumet.

-Sí. Yo estaba atenta respecto de que en libros, en películas o en documentales se estaba dando cuenta de estos aviadores como Saint-Exupéry y los otros, pero no estaba mencionada Madame Bolland. Por eso me interesó especialmente contar esa historia.

-Hay mucho más para comentar, pero lo dejamos acá, por ahora. Vení a Mendoza a militar tu libro, Mercedes.

-Bueno. Voy a ir.

-Les tiene que caer la ficha a los mendocinos de lo que representa Botánica sentimental.

-Te agradezco muchísimo. En realidad, yo soy de la idea de que los libros existen solo como objeto en tanto están en la biblioteca y como libro cuando se produce la lectura. Se completa.

-Ahí se cierra el círculo…

-En ese encuentro es que el libro es libro.