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Karina Pacheco Medrano revela el Perú de la violencia militarizada y el racismo que "sigue provocando enormes heridas"

Escritora, editora, novelista y antropóloga peruana en 2022 Karina Pacheco Medrano obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país

Karina Pacheco Medrano, antropóloga, nació en Cusco, “Capital del Imperio Inca”.

Allí vive y por allí mismo ambientó El año del viento, una novela que tiene, como telón de fondo, el azote de violencia política y militarizada que ensangrentó al Perú, a comienzos de los ochenta.

Dos jóvenes, Nina, la narradora, y su prima Bárbara, son el motor de la historia. Juntas había lanzado a volar sus sueños en los diversos parajes andinos que las rodeaban. Cuarenta años después, Nina se pregunta por el destino de Bárbara, súbitamente desaparecida de su vida.

En su pesquisa y reconstrucción, irán saliendo a la luz las atrocidades de Sendero Luminoso, de las fuerzas del orden y hasta de los vecinos más simples para medrar en un ambiente de guerra.

El entramado social y geográfico que ofrecen El año del viento y esta entrevista sobre el Perú es estremecedoramente revelador por la pervivencia del racismo, de las heridas sin cicatrizar y hasta por el apagamiento, en su propia casa, del legendario patrimonio aborigen que asombra al mundo.

Para recibirla a Karina, desde su casa cusqueña, en el programa La Conversación de Radio Nihiul, suena “Viento, dile a la lluvia”, de Litto Nebbia, que envuelve una escena muy afectiva entre Nina y Bárbara en el corazón de la montaña.

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Karina Pacheco Medrano en un bello paisaje peruano.

Karina Pacheco Medrano en un bello paisaje peruano.

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-Hola, Karina. ¿Cómo es que esta canción de Litto Nebbia se transformó en alegoría o leit motiv de tu libro?

-Hola. ¡Qué gusto empezar la entrevista escuchando ese tema! (sonríe).

-Lo que pasa es que termina dándole un cierre perfecto a tu historia. ¿Cómo enganchaste este clásico del rock argentino?

-Fue un momento realmente epifánico. Y fue la intervención de esa canción en mi memoria la que me hizo imaginar la escena en la novela.

-¿De qué manera te impactó?

-Cuando tuve claro que esa escena iba, dije: el viento tiene que estar en el título de la novela, definitivamente.

-¿Cómo fue el derrotero que te trajo hasta aquí?

-Yo había empezado la novela a fines del 2019, después de haber estado haciendo mucho trabajo de archivo. Fue un poco para empaparme en el tiempo que van a recordar los personajes, de fines de los 1979 a inicios de los ochenta, cuando Sendero Luminoso está emergiendo sin que nadie se diera cuenta, salvo la gente muy implicada. Algo que luego puso al Perú de cabeza.

-Desde ahí se traza un arco casi hasta nuestros días, en la época del covid.

-También era una paradoja. Yo no tenía previsto que, en ese otro tiempo, cuarenta años después, una pandemia estaba ahí circulando sin que nos diéramos cuenta y que también nos puso de cabeza.

-¿Y cómo se metió esta música?

-Me acuerdo mucho. Hace cuatro años, yo estaba en mi casa, en Cusco, ya con la novela avanzada y de pronto esa canción me vino a la memoria.

-¿De qué manera la tenías guardada en la memoria?

-Era una canción que estaba de moda cuando yo era niña. Se tocaba en la radio. Y, no sé, de pronto empezó a sonarme y no me dejaba.

-Está en tu memoria, la canción, pero pasó a ser parte muy íntima de la historia de tus dos protagonistas centrales.

-Claro. Y como está el tema de Bárbara y Nina queriendo volar, tener alas y sobrepasarlo todo, entonces cantaba. Ahí me imaginé una escena que para mí es culminante, donde te habla de ese tiempo previo al abismo y donde, metafóricamente, ellas han subido a una altísima montaña, les ha llegado la noche y están al borde del abismo. Al mismo tiempo, aparece esta canción.

-¿Cómo se armó todo esto en tu cabeza?

-Me acuerdo que, al cantarla, empecé a imaginar a la niña y a la joven, a Nina y a Bárbara, al filo de la noche y entonando esa canción, que era medio romántica. Y Bárbara, que quiere ser una chica dura que está por encima de todo, sin embargo, canta esa canción cuyo tema es el deseo de volar y volar. Entonces me dije: esta es la escena que va a determinar el título de la novela.

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En “Viento, dile a la lluvia”, de Litto Nebbia, se inspiró Karina.

En “Viento, dile a la lluvia”, de Litto Nebbia, se inspiró Karina.

-Vos estás en el Cusco y nosotros en Mendoza, que es una de las últimas estaciones del Camino del Inca, hacia el sur. Otra cosa que nos une.

-Sí, sí. A mí me emociona cuando, sobre todo en estas épocas, entre enero, febrero e inicios de marzo, veo a llegar a muchísimos jóvenes argentinos, chilenos, brasileños que vienen de mochileros o en avión. Verlos emocionados al llegar a Cusco, como buscando una raíz, es algo que me impresiona.

-Nosotros, los extranjeros, acostumbramos a ver el Cusco desde afuera, desde la leyenda. ¿Cómo es verlo desde adentro, desde el hecho de haber nacido y vivido ahí?

-Vivir entre montañas, en un sitio con tantísima historia, definitivamente marca mucho. Igual, hay gente que, viviendo acá, lo siente menos. Pero, en general, creo que todos lo sentimos muy fuerte.

-En El año del viento hay una historia familiar en torno a Nina y Bárbara. Además, como cuadro general, se dibuja una historia política por la ola de violencia que se agudizó en los años ochenta. Esto ocurre, en tu novela, en el ámbito andino. ¿Fue particularmente feroz ahí o fue igual en el resto del país?

-Los sitios más golpeados fueron Ayacucho, Huancavelica, dos partes de Apurímac, que está pegado a Cusco, Andahuaylas, Huancayo y también la Selva Central. Fueron sumamente golpeados.

-¿Y el Cusco, particularmente?

-Cusco ciudad, bien entre comillas, dentro de la inmensa violencia que se vivió, estuvo golpeada, pero no tanto. Y normalmente el retrato que se hace de la violencia suele centrarse siempre, sobre todo, en Ayacucho, que fue el epicentro. También hay mucho relato sobre cómo afectó Lima, las grandes ciudades.

-¿Cómo te tocó en particular?

-Yo tenía mi parte de memoria de aquellos años de violencia y del tiempo del miedo. Pero ir indagando para la novela, en los medios del Cusco más que en los medios de Lima, para mí fue sorprendente.

-¿En qué sentido?

-Encontrarme cómo en este país, que es muy, muy centralista, todo se suele leer desde la memoria que se relata en Lima. Y a veces, esa memoria, al cabo de los años, termina siendo una memoria hegemónica.

-¿Qué se hace, entonces?

-Entonces, es súper interesante sobre todo leer más allá de libros especializados en la época, los periódicos de ese momento. Y los periódicos locales de Cusco, que era una ciudad más pequeña, daban más cuenta y detalle de lo que estaba pasando con nuestros vecinos en Ayacucho, en Puno y en Apurímac, que los de Lima, que ni se enteraban de todo eso.

-¿Qué sacaste de esa observación más detallista?

-Eso fue configurando esta historia: cómo la violencia fue infiltrándose sin darnos cuenta, hasta ocupar luego todo el espacio. Y la novela, sobre todo, aborda ese tiempo.

-El tiempo de la sangre y el fuego.

-Es que cuando estalla, lo hace con una violencia brutal. El año del viento enfoca, de alguna manera, el fin de la inocencia -entre comillas- del país y también un fin de la inocencia que coincide con la memoria de la narradora, que es Nina.

-Hay un punto, respecto de esta violencia, que a nosotros nos llama la atención porque, por ejemplo, en Argentina o Uruguay hubo grupos guerrilleros como Montoneros o Tupamaros, que no se encarnizaban tanto, sobre todo con la gente del pueblo llano. ¿Cómo es la característica distintiva de Sendero Luminoso?

-Quizás, al poner un poco en contexto los años setenta, en general, en toda América Latina, la izquierda estaba con el tema del Che Guevara, los movimientos guerrilleros, la lucha armada para cambiar las estructuras de poder.

-¿Y ustedes cómo se ubican en ese plano general?

-En medio de todo, había una izquierda muy variada en Perú e irrumpe Sendero Luminoso, que es un movimiento maoísta. Ellos consideraban que todos los otros movimientos eran revisionistas.

-¿Cómo lo tomaron los otros?

-Al principio, a gran parte de la izquierda de la zona le parece que son unos radicales extremistas y ahí están. Pero, luego, el Perú vuelve a la democracia en mayo de 1980. Mientras tanto, Sendero ha ido irrumpiendo.

-¿De qué manera se hace ver?

-Hace su primera aparición pública prácticamente el mismo día que había elecciones después de doce años en Perú. Sucedía, además, con una nueva Constitución que por primera vez daba el voto a los analfabetos, entre comillas, a la gente más pobre y sobre todo del campo, porque antes no había ese derecho para quien no demostrara que sabía leer y escribir. Y eso en el campo era bastante generalizado. Paradójico, ¿no?

-¿Qué tipo de cosas hizo Sendero?

-Queman unas ánforas de elecciones en un pueblecito. Nadie les hace caso y de pronto empiezan a matar autoridades civiles, empiezan a matar autoridades comunales. Y como está ocurriendo en una zona a la que el Perú ha dado la espalda secularmente, nadie le da mucha importancia.

-¿En qué momento comienzan a tomar conciencia del fenómeno?

-Cuando ya la violencia se empieza a extender más. Además, en muchos pueblos, lo que hacían era castigar a los ladrones de vacas. Entonces, como no había apariciones del Estado, parte de la población los aplaudía porque decía: están poniendo orden donde nadie lo pone.

-¿En todos lados reaccionaban de la misma manera respecto de Sendero?

-En algunos sectores empiezan a avanzar. En otros, van a tener resistencias. Y ya cuando la violencia sigue escalando casi dos años después de acciones muy fuertes que han afectado sobre todo esta zona, el Gobierno reacciona con una bestialidad del tamaño del Everest.

-¿De qué manera? ¿Cómo fue eso?

-Manda a la policía, que reprime indiscriminadamente; no distingue si alguien es de Sendero o no. Bastaba tener libros de Marx y de Engels, que en esa época se enseñaban, eran parte de la currícula universitaria general. Eso bastó para que en Ayacucho se reprimiera y se mandara a prisión a un montón de gente.

-¿Y mientras tanto?

-De eso Sendero se va nutriendo más. Y llega un momento en que ellos siguen creciendo y el Gobierno, desde Lima, en algo que jamás se entenderá, manda a los militares de la Marina a reprimir.

-¿Qué peso tiene la Marina dentro de las fuerzas armadas del Perú?

-La Marina es la de mayor élite. Se trata de gente que trabaja en el mar, no en los Andes y que, evidentemente, no sabe ni quechua y puede ser el sector militar más racista. Es así que la represión militar va a ser bestial.

-¿En qué se traduce todo ese cuadro?

-Eso da lugar a algo que Sendero proclamaba, según supimos años después: el tema de las contradicciones. Como diciendo: mientras más reprimen acá, nosotros polarizamos y nos ganamos más población. Así entramos en una guerra sucia espantosa.

-¿Y qué pasa con la gente, en líneas generales?

-La población queda en medio y, como suele ocurrir en muchas guerras civiles o conflictos, muchas veces las rencillas al interior de los pueblos, rencillas por veinte mil cosas, como linderos de tierras, son aprovechadas para que entre vecinos surjan, en ese entorno, cuestiones de polarización donde uno acusa al otro.

-Este último aspecto, paralelo a la cuestión armada, está muy bien expuesto en tu libro.

-Es que esa es la parte que menos se trata al hablar de la violencia. Me interesó, por lo mismo, que se insertara en la historia.

-Precisamente aquí se insertan los momentos más conmocionantes de tu novela, aquellos que reflejan la ferocidad del odio vecinal, como le ocurre a la abuela de Bárbara. Es más fácil de entender el enfrentamiento entre facciones armadas.

-Sí. Se trata de un tema que tiene que ver con tierras, en donde es aprovechado el contexto de la violencia y la militarización. No se habla mucho de ello. Y es trágico, pero ocurre en todos los puntos donde hay conflicto armado o guerra o como uno quiera llamarlo. Ahí es el momento donde salen las sombras largamente soterradas, que han estado aguardando su momento para estallar.

-Las miserias humanas.

-Sí. Durante muchos años le he prestado mucha atención a cuestiones relacionadas con las violaciones de derechos humanos y la resolución de conflictos, acá en Perú o en el continente en general. Y ese es un tema que suele aparecer tanto acá como en Guatemala, que es otro caso que conozco bastante bien.

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La escritora peruana Karina Pacheco Medrano.

La escritora peruana Karina Pacheco Medrano.

-¿Por qué tu interés tan puntual sobre este asunto?

-Me conmocionaba cómo pasan estas cosas: en medio de los fuegos, este otro fuego adicional. Por eso quería hacer la novela tocando también este este tema, el de los conflictos que están soterrados en tiempos de paz y que, en medio de una guerra, algo te da la justificación o la herramienta. Entonces emergen con una violencia a veces tanto o más feroz que la que están desplegando los frentes más claramente identificados.

-Hay otro aspecto llamativo en cuanto a la conflictividad vecinal. Lo deja al descubierto tu novela cuando los habitantes de los parajes más altos se sienten discriminados. O sea, los que están “arriba” consideran que en la escala social están “abajo”. El mismo resquemor expresan los lugareños de la montaña respecto de las ciudades.

-Es que, en Perú, que es una zona de montaña, Lima, la capital, está a cero metros sobre el nivel del mar. Y paradójicamente es la que determina muchas de las políticas y de cómo se manda, cómo se hace y se deshace en el país. Está, digamos, abajo.

-¿Y arriba qué?

-Las ciudades andinas son todas las que están a lo largo de la cordillera. Tradicionalmente, históricamente. El propio Cusco antiguo está en parte de valle. Y cuando tú vas a los pueblos pequeños de Cusco, siempre vas a ver que el pueblo principal siempre está en la parte de valle. Y, paradójicamente, como son los sitios que tienen mejores vistas, uno pensaría que están más en las cumbres.

-Y no.

-Son los que están más en la periferia; mientras más alto subes, las comunidades están más y más alejadas. Digamos que, generalmente, son las zonas más olvidadas, están mucho más arriba, es más difícil de llegar, el clima es más duro, más drástico.

-¿Y cómo tratan a esas comunidades?

-Es adonde el Estado más difícilmente llega. Entonces, ahí jugaba yo con eso de la paradoja de que acá, mientras más arriba, estás más abajo. La propia Bárbara se cree una chica muy revolucionaria y que entiende y va a enseñar a ese pueblo. Pero ella, tampoco, no deja de ser forastera, por más de que sea de una misma comarca.

-Típico. Es parte de la vanguardia iluminada.

-Claro. Son esas cosas que tantas veces, ideológicamente, han sucedido. Quieres representar a un pueblo y ese pueblo, a veces, no te está viendo a ti como representante, no deja de verte como un extraño.

-Un colega, Martín Appiolaza, que vivió en Perú entre 2006 y 2012, dice que “en Lima había una mirada despectiva y racista sobre lo que había pasado y que son muy impresionantes el trabajo de la Comisión de la Memoria y su informe”.

-El informe de la Comisión de la Memoria y la Verdad debería ser de lectura obligatoria. Sin embargo, en la época en la que él vivió -y ahora es peor todavía-, con ignorancia y aprovechando la desinformación, se dijo que ese informe justifica el terrorismo. Y no hay nada más lejos de la verdad.

-¿Por qué sucede este tipo de cosas?

-Hay una mirada muy despectiva desde Lima hacia lo que ocurre en el resto del Perú. Y eso lo hemos visto solo hace un año.

-¿De qué manera?

-Cualquiera que protesta, que se levanta, automáticamente es tildado de terrorista. Hasta ahora. Y fácilmente se identifica a la gente de la sierra como gente violenta.

-¿Por qué eso?

-Porque generalmente la sierra siempre ha sido como más protestona. Lima tiene un cascarón de modernidad, pero políticamente siempre es muy conservadora. De hecho, el alcalde actual, por ejemplo, es del Opus Dei. Eso te dice mucho. Y entonces ellos siempre votan a candidatos más de izquierda.

-Pero, aun así, ¿a qué obedece esa mirada sobre la sierra?

-Como la violencia política, con esta brutalidad tan fuerte, vino desde la sierra, de algún modo ha quedado el estigma de que su gente, ante cualquier cosa protesta, es tachada de terrorista, aparte de ser mirada con mucho racismo.

-¿Por qué esto del racismo?

-Porque en la sierra, obviamente, el mestizaje y las poblaciones indígenas son mayoritarios. Nos reconocemos así.

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-Hace un tiempo, entrevistamos en este programa a otra escritora peruana, muy picante, Gabriela Wiener, que, más allá de las cuestiones racistas entre blancos, negros e indígenas, nos hizo tomar conciencia sobre el colectivo de los “marrones”. ¿Cómo está la cosa en este punto?

-Sí, es un término que se usa mucho ahora y, por fortuna, ya empieza a ser un poco reivindicado. Frente a un racismo tan feroz, está creciendo una reivindicación de asumirse uno como marrón o como algo que, tradicionalmente, en el Perú ha ardido mucho.

-¿De qué manera arde?

-Arde, arde. Por el tema del racismo, mucha gente no quiere reconocerse ni siquiera como mestiza. Es muy fuerte. Entonces ahora hay como una suerte de reivindicación y eso está generando que el racismo se denuncie muchísimo más, porque estaba muy normalizado.

-Cuesta entenderlo a esta altura. ¿De qué manera se expresa?

-En Perú, si alguien quería ir a un trabajo y te pedían buena presencia, buena presencia es tener rasgos menos indígenas y no más blancos, porque aquí hay muy poca población que pueda decirse que es caucásica.

-¿Con qué grado de influencia?

-La buena presencia, a través de los rasgos fenotípicos de la piel, ha sido algo muy, muy, muy normalizado, durante décadas. Pero ya, a partir de los noventa, han empezado a surgir muchísimos estudios que van cuestionando todo eso. No obstante, sigue provocando enormes heridas y enormes divisiones al interior del propio Perú.

-De entre los muchos mensajes que nos está enviando la audiencia, hay quien recomienda la película La Casa Rosada, que muestra el actuar de Sendero Luminoso. La dirige y produce el cineasta y antropólogo Palito Ortega Matute. Se ve, Karina, que ustedes, los antropólogos, están abocados a desentrañar la historia reciente del Perú.

-Sí, son muchos los que han abordado mucho esta historia desde la antropología, sobre todo. Hay un autor que para mí es fundamental, Carlos Iván Degregori, lamentablemente fallecido con mucho por decir todavía. Tuvo una mirada desde adentro porque él vivió en Ayacucho mientras Sendero se gestaba. Pero, ni siquiera estando ahí, podían darse cuenta de la dimensión que esto alcanzaría.

-Notable cómo el fenómeno los terminó sobrepasando a todos.

-Es una pena porque Palito Ortega fue un tremendo cineasta ayacuchano. Y justo La Casa Rosada fue una de sus últimas películas. Murió tempranamente.

-¿Qué otras manifestaciones podemos rescatar?

-Hay otra película que a mí me parece fundamental, La Boca del Lobo, de Francisco Lombardi. Creo que es del año '88, o sea, de cuando las cosas estaban todavía ardiendo. Para mí sigue siendo una de las expresiones que mejor te demuestran este estallido de fuegos por todos lados. Por un lado, te retrata con detalles específicos el racismo de quienes van a combatir la violencia y, por otro lado, el miedo, mientras Sendero se va expandiendo.

-¿Por qué el nombre de la película de Palito?

-No olvidemos que muchos de los militares que fueron a reprimir y que dirigieron la represión desde arriba, habían sido preparados en la Argentina de la dictadura y tuvieron su formación en esos años. Entonces, le llamaron la Casa Rosada a un centro de tortura muy conocido que existió en realidad en Ayacucho, en los años ochenta e inicios de los noventa. La película de Palito Ortega está en Netflix, por cierto.

-Qué importante es descubrir estas fuentes cinematográficas para completar la visión de este tema tan complejo.

-Hay otra película que también enfoca más sobre cómo afectó esto en una comunidad, Paloma de Papel.

-Nos aconseja, también Appiolaza un libro para entender algo más del choque de culturas, De Dónde venimos los Cholos, de Marco Avilés.

-Sí, es un libro de crónicas de Marco Avilés muy bueno, que ha sido un éxito tremendo porque el tema del racismo es algo tan fuerte en el Perú que realmente toca una herida profunda. Una herida que no abordamos.

-¿Por qué? ¿Qué se los impide?

-Porque es como que en el Perú uno no se acepta frente al espejo. La mayoría está tratando de encontrar por qué ángulo se ve más más blanco o menos indio, tratando de ver cómo camufla esos rasgos.

-¿Y por qué, también, eso?

-Porque es un tema de valoración muy fuerte. Te va a generar una serie de privilegios, solo ese hecho. O te va a generar muchos desprecios, según cuáles sean tus rasgos. Es paradójico para un país que se levanta sobre una historia construida en quechua, en aimara, en idiomas originarios.

-El país de Machu Picchu, como decíamos al principio.

-Yo siempre, cuando hablo de racismo con estudiantes, les digo: Machu Picchu es lo que levanta la imagen del Perú a nivel internacional. Machu Picchu no fue construido ni pensado en castellano. Probablemente fue en puquina, en quechua, en idiomas originarios que hoy despreciamos.

-Parece increíble.

-La escuela pública no atiende lo suficientemente en quechua. Y hablar el español con acento quechua en el Perú te puede generar discriminación de mucha gente en las ciudades. Y hay que recordar cosas tan esenciales como de dónde venimos, ¿no?

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Karina y sus libros.

Karina y sus libros.

-Pregunta inevitable para la antropóloga, en este punto. ¿Cómo se entiende el enorme imperio que crearon los incas en plena montaña? ¿Cómo hicieron para lograr ese gran desarrollo que no tuvieron las demás comunidades aborígenes de la época?

-Yo creo que los incas son grandes realizadores que aprovecharon los conocimientos de culturas precedentes, que también fueron gigantes. Por ejemplo, los waris, que ocuparon Ayacucho, llegaron hasta Cusco y parte de la Selva Central, fueron inmensos. Acá en Cusco hay un sitio poco visitado, pero que viene del tiempo wari: la ciudadela de Piquillacta. Muy pocos turistas la visitan.

-Has estado ahí, suponemos.

-Estuve hace unas semanas, con unos amigos. Uno de ellos es inglés y le decíamos: esto tiene mil cien años. ¡Y es inmenso! Y él respondía que esto debería aparecer más porque, claro, hace mil cien años, en Escocia, en Inglaterra, no había nada semejante. Entonces, cuando lo pones en esa perspectiva, te das cuenta de que los incas no surgieron al azar.

-¿Qué tipo de antecedentes relevantes vale la pena rescatar?

-Tenías a los tiahuanaco, de mil quinientos años; a los chavín, de dos mil años. Construcciones inmensas. La gente de Paracas, de Nasca. O sea, se van erigiendo sobre unas bases que ya de por sí son bastante grandes en términos de organización social, de arquitectura, de orfebrería.

-Una plataforma de enorme solidez, está claro.

-Y quizás lo que sea una lección para el presente, es que a los incas les gustaba lo mejor de cada lugar por el que hubieran pasado. Trataban de asumirlo, incluso en términos religiosos. No eran ningunos fanáticos como los que llegaron con los barcos hace quinientos años (ríe).

-Ilustranos. ¿De qué manera se ensamblaban?

-En el Coricancha, por ejemplo, que es el Templo del Sol, digamos, el kilómetro cero, había espacio para el culto solar, de la luna, el arcoíris, las estrellas. Pero también había recintos para los pueblos que voluntariamente se hubieran sometido (sonríe).

-Voluntariamente…

-Es cierto que también los incas podían ser muy crueles con los pueblos que no se sometían voluntariamente. Pero estos sí podían mantener su culto en el propio Coricancha. No era algo así como que yo impongo mi culto, y tu religión y tus costumbres desaparecen. Por lo tanto, yo creo que eso fue importante: el absorber de la diversidad, el sacarle el jugo a lo que cada una de esas partes aportaba.

-Más allá de lo antropológico, nos salta a la vista la gran cantidad de elementos comunes que ustedes comparten, culturalmente, con los chilenos como el carácter andino, la palta, el pisco, el choclo, etcétera, pese a que no hace tanto se enfrentaron en una guerra bastante enconada, ¿no?

-Así es. Y me alegra mucho de que, ahora, ya tengamos un vuelo directo de Santiago a Cusco. Hay muchísimo turismo de Chile que viene acá. Coincidentemente, ellos mantienen un uso común de palabras del quechua como guagua para referirse a los bebés o guata para referirse a la barriga.

-Todo un detalle, que a nosotros se nos escapa.

-En general, los pueblos latinoamericanos tenemos mucho en común y ojalá dejáramos atrás tantas luchas fronterizas que nos hacen olvidar lo mucho que podríamos construir más unidos.

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