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Guadalupe Nettel, desde México, advierte: "Todos los machistas pueden olvidar por unos minutos que lo son"

Reconocida y multipremiada escritora, novelista y ensayista, Guadalupe Nettel acaba de publicar Los Divagantes, en el que ratifica su calidad como cuentista

Guadalupe Nettel es un nombre ya consolidado en las letras mexicanas e iberoamericanas. Ha recibido importantes galardones como novelista y ensayista. Sin embargo, tiene, sobre todo, un alma aquilatada de cuentista. Por eso mismo su escritor preferido, entre todos, es Julio Cortázar.

En su nuevo libro, Los divagantes, ha vuelto a sus raíces más profundas. Y de las diversas historias que ahí cobran vida, se desprende su parentesco con los albatros, el tipo de pájaro que más se le parece.

El albatros divagante, ese que se pierde en las tormentas o en las vueltas de la vida, como buena parte de los seres humanos de este tiempo. El que le pone título al libro.

Desde de la ciudad de México, mientras le va dando forma a dos nuevas novelas en curso, Guadalupe dialoga con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

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Guadalupe Nettel, cuentista mexicana.

Guadalupe Nettel, cuentista mexicana.

-Sos una escritora hoy muy reconocida y has recibido importantes distinciones. Ahora bien, con Los divagantes has vuelto tu primer amor, Guadalupe.

-(Ríe) Sí. Siempre me he considerado cuentista. Como bien dices, es mi primer amor y nunca he dejado de profesarlo en realidad.

-Para los cuentistas el panorama actual es un poco ingrato. ¿Por qué en el mundo editorial el cuento tiene menos atractivo que la novela?

-No lo sé, exactamente. Hay pocos casos en los que un libro de cuentos se vuelve realmente un éxito comercial. Es más un género para la gente que ama de verdad la literatura y no para la gente que solo está buscando historias. Esa es mi impresión.

-¿Y la poesía cómo cotiza en este ranking?

-La poesía tiene un poco esa misma característica, solo que todavía peor. Sus libros se imprimen como en quinientos ejemplares, uno de cuentos como en dos mil quinientos o tres mil ejemplares y una novela se puede reimprimir miles de veces.

-Hay escritores a los que no les gustan los géneros largos, como es el caso de Borges, mientras que, por ejemplo, Cortázar se sentía a gusto en cualquier formato. ¿Son sensibilidades distintas?

-Pues creo que soy más cuentista, en el fondo. Ese es realmente el género que se me da fácilmente porque lo he practicado más. Es el género con el que empecé a escribir y lo practiqué durante muchos años.

-¿Y la novela?

-La novela es diferente. Es un reto mayor también porque, si a la mitad del libro de la escritura, no sé… después de ciento cincuenta páginas, te das cuenta de que no funciona, pues es muchísimo más grande la pérdida que si un cuento no va.

-Hay ganancia por todos lados, en tu caso.

-Creo, por otra parte, que también escribir cuentos puede ayudar a escribir algunas novelas con estructuras bien particulares.

-¿De qué manera?

-Por ejemplo, pienso en Samantha Schweblin, que es una cuentista, antes que nada. Y eso le dio un cariz muy especial a Distancia de rescate, que tiene realmente todo el punch de un buen cuento, ese nocaut del que hablaba Cortázar.

-Una pregunta de coyuntura, antes de meternos en tu libro. México va a tener, por primera vez en su historia, una presidenta. ¿Cómo están viviendo esto de que haya una mujer al frente del gobierno en un país de machotes revolucionarios con bigotes tipo Pancho Villa?

-Sí, por primera vez eso va a suceder. El éxito de la popularidad arrolladora que ha tenido el movimiento Morena con López Obrador hace que olviden el machismo por unos minutos.

-¿Unos minutos, nada más?

-Ya sabemos que todos los machistas pueden olvidar por unos minutos que lo son o pensar, incluso, que no lo son. Pues yo creo que la gente está contenta de que haya una continuidad en ese gobierno.

-¿Y respecto de lo que veníamos hablando, de una mujer en el gobierno?

-Vamos a ver cómo lo va a hacer. Vamos a ver qué va a hacer por las mujeres, sobre todo. Esa es mi gran pregunta. ¿Realmente va a cambiar algo para la situación de las mujeres el hecho de que venga una presidenta? ¿Van a matar menos mujeres? Digo, porque ahora estamos en once por día.

-Algo es algo, sin embargo.

-Esperemos. Tenemos alguna esperanza en eso. Pero el hecho de ser mujer no cambia por completo un plan de gobierno, desgraciadamente.

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Guadalupe celebró que en su país, la presidencia estará a cargo de una mujer.

Guadalupe celebró que en su país, la presidencia estará a cargo de una mujer.

-El cuento que le da nombre a todo el libro nos acerca mucho porque la protagonista viene a la Argentina, pasa por la Patagonia, se interesa por Malvinas y, en España, está en contacto con exiliados argentinos. ¿Cuál es tu conocimiento de nuestro país?

-Ese cuento tiene bastante de autobiográfico porque, como figura en el relato, yo viví en un barrio que fue el barrio del exilio sudamericano durante los años setenta.

-Claro, esas son las relaciones tempranas que vas contando.

-Sí, venían muchos niños exiliados con sus familias. Y con ellos yo crecí. Empecé a escuchar el español de Argentina desde que era muy chica.

-Estás hablando de la Villa Olímpica Libertador Hidalgo, ¿no?

-Exacto. Ahí fue donde crecí. Y después fui conociendo argentinos a lo largo de mi vida porque también viví en Francia. Y cuando eres latinoamericano en Francia o fuera de América Latina, buscas a los latinoamericanos. Más yo, que ya tenía esa experiencia.

-¿Y cómo te fue con esas relaciones?

-Me terminé casando con un argentino y tuve hijos argenmex.

-¡No te puedo creer!

-Por lo tanto, he viajado varias veces para allá. A las Malvinas no fui, pero sí a Ushuaia. Y estuvo muy lindo saber de toda esa fauna y de esa flora tan peculiar que hay.

-¿Tu marido y tus hijos son Mir, Lorenzo y Mateo, los nombres que figuran en la dedicatoria del libro?

-¡No!, porque después me separé del argentino (ríe).

-¡Guau! No teníamos ese dato.

-Hay muy buena relación con el padre de los hijos, todavía, por suerte. Sigo teniendo mucho cariño por Argentina, la verdad, y amigos buenos de allá.

-Está bien esto que decís porque varias tus ocho historias tienen que ver con los vínculos que se rompen, que se desgastan o que entran en crisis.

-Sí, sí, sí, exacto. Yo creo que es la realidad de muchísimas familias y parejas en el siglo XXI, algo que ya empezaba en el siglo XX.

-Clima de época…

-Me acuerdo que cuando nos separamos el padre de mis hijos y yo, en el 2012, o sea, hace mucho, mi hijo mayor les preguntaba a sus compañeritos en la escuela: “¿Tus padres ya se separaron?”.

-Tal cual. Un reflejo de los chicos de este tiempo.

-“En algún momento va a pasar. Vete preparando”, casi, casi era el mensaje. Y desgraciadamente terminó siendo realidad para casi todos.

-¿Y cómo interpretamos el fenómeno?

-Por un lado, si eso implica más felicidad, pues está bien porque antes, imagínate, eran parejas a las que obligaban a permanecer juntos a pesar de que se hacían la vida de cuadros. Y eso no es nada sano.

-Exacto. Esto mismo funciona casi como leitmotiv de buena parte de tus cuentos.

-Quería reflejar en los cuentos esta realidad y esas dinámicas extrañas que se dan a veces. Sobre todo, ocurrió durante la pandemia, en que estábamos todos muy encerrados, los hijos adentro, haciendo la escuela; con una rabia contenida que no expresábamos tanto porque también estaban el susto y la necesidad de cerrarse, de apretarse los codos.

-En el cuento “Un bosque bajo la tierra”, el protagonista central es un árbol, una enorme araucaria que se está secando y que funciona, de alguna manera, como el único sostén del clan familiar, según lo manifiesta el padre. Hasta ese punto los vínculos son frágiles, ¿no?

-Sí, exacto. Es que, claro, una araucaria, y ustedes lo saben mejor porque allá hay muchas más, es un tipo de árbol milenario y además muy robusto. Entonces a veces uno siente que así es, que tienes el peso de la tradición, de la genealogía, de que hay raíces y un tronco que van a durar muchísimo más que uno.

-Una aspiración que casi todos tenemos.

-Y no siempre es así. Hay ahí toda una idea de impermanencia, de incertidumbre en ese cuento; y la familia luchando contra eso.

-¿Cómo manejás vos este tipo de sentimiento?

-Fue, también, un cuento especial porque lo escribí poquito tiempo después de la muerte de mi padre. Y para mí, la araucaria esa era mi padre, en realidad. Yo siempre lo había sentido como el sostén absoluto de mi vida.

-Vos viví en pleno México, que es una ciudad enorme.

-Así es.

-¿Cuál es tu contacto con la naturaleza? Preguntaba porque les das mucho protagonismo en este relato a los árboles, como la araucaria; en “Los divagantes”, a los pájaros, con el albatros en primer plano; o, en el último cuento, en medio de una pandemia, a una familia de zorros que la narradora se encuentra en el bosque.

-Fíjate que, desde El matrimonio de los peces rojos, empezó como a tener una especie de protagonismo el mundo animal en mi escritura.

-¿Por qué esto?

-Porque siempre he estado muy atenta a los animales, a su comportamiento, a las formas diferentes que tienen, por ejemplo, de criar a sus cachorros, a su sexualidad. O sea, la naturaleza es una escuela de diversidad y a mí me fascina observarla. Me hace ver que el mundo de lo posible es muchísimo más amplio de lo que yo me imaginaba.

-¿Qué extraés de todo eso, como materia literaria?

-La extrañeza que a mí me gusta encontrar en la literatura, la encuentro observando a los animales, observando todo tipo de fauna. Pero México es una ciudad muy, muy extensa. Eso es incuestionable. Pero hay muchos árboles y hay muchas aves todavía. Zorros nunca he visto aquí (risas), pero también el bosque está cerca. Es posible, rápidamente, encontrarse en el bosque. El mar, no. El mar está lejísimos.

-¿A cuánto?

-La playa más cercana está a cuatro horas y media. Pero, bueno, el bosque, sí. Los zorros se pueden ver si uno conduce unos cuarenta minutos.

-En el cuento “Los divagantes”, que bien podría ser tu autobiografía, la narradora tiene un amigo uruguayo, Camilo, con quien empiezan a encontrar similitudes entre los vecinos de la villa y los pájaros que conocen. Vos, mirándote al espejo, ¿qué pájaro serías?

-(Ríe) Yo me siento una guacamaya, pero cuando veo a las puertorriqueñas pienso que no, que nada que ver. Me siento un albatros. Definitivamente, soy un albatros.

-¿Y por qué te sentís una albatros?

-Porque soy muy torpe. No puedo poner los pies en la tierra. Mientras, me gustan la imaginación o las ideas. Ese es realmente el cielo en el que me muevo y creo que con mucha más gracia que cuando tengo que gestionar la vida de todos los días, lo cotidiano, lo material, digamos.

-Es encantador lo del albatros porque vos ponés, como referencia, el inmortal poema de Baudelaire sobre esta ave torpe.

-Sí, sí, para Baudelaire ese es el poeta, justo.

-Ahora bien, llegó la hora de refutarte. Vos no podés ser el albatros porque, como contás en el cuento, este pájaro es monógamo y tiene una pareja para toda la vida. Vos ya rompiste esa condición.

-Tienes razón, pero, bueno, soy un albatros divagante como los que se describen ahí (risas). Incluso los albatros, que son tan monógamos, en algún momento se pueden desorientar muchísimo y cambiar de rumbo. Yo muchas veces me he sentido como si hubiera perdido el Ecuador y no supiera volver a casa.

-Ese es el caso, precisamente, que describe tu relato. Los navegantes encuentran un albatros solitario, que no debería estar en ese mar. Posiblemente lo desorientó una tormenta. Por eso se lo llama divagante.

-¡Sí! Puede ser una tormenta, puede ser un viento fuertísimo o, también, los biólogos dicen por razones desconocidas. Me gusta muchísimo que haya esa franja de incógnita.

-Lo inesperado, el golpe de efecto.

-Contra todo lo que se estipulaba que debían hacer los albatros, porque tienen una vida como muy programada. Y de repente, cambia completamente. Y es esta desorientación, yo creo, la que estamos sintiendo los seres humanos de esta época, particularmente después de la pandemia que vino a trastocar muchísimas cosas.

-¿Como qué?

-Nuestra idea de certezas, incluso las creencias, por ejemplo, en el progreso, en la ciencia, como proveedoras de felicidad o en el poder adquisitivo. Y no sabemos si realmente es eso lo que nos va a dar felicidad. No tenemos idea de qué es lo que sí deberíamos estar haciendo como especie, como sociedad. El cambio climático es otra de las cosas que nos vino a desorientar completamente.

-¿Qué vendríamos siendo, entonces?

-Creo que, sí, somos una generación de humanos, me refiero a todos los que estamos vivos en este momento, divagantes. Por lo menos ahora.

-Digamos, pues, que el albatros se vuelve divagante por alguna tormenta en su camino. ¿Qué pasa, pues, con vos, como mujer albatros? ¿Has tenido muchas tormentas en tu vida?

-(Ríe) Pues, sí. Como te decía, la pandemia, definitivamente; la constatación del cambio climático y luego otras más pequeñas, a nivel global, pero fuertes para mí, como fue el cambio de país cuando mi familia se fue a vivir a Francia y yo me tuve que ir con ellos a los diez años; cuando mis padres se separaron, también; cuando a mi padre lo metieron en prisión…

-Muchas tormentas. Y de distinto grado.

-O sea, todas esas son tormentas que a una la van dejando bastante desorientada, en efecto.

-Varias de estas situaciones las vas desgranando en tus cuentos, la mayoría de ellos realistas. Pero “El sopor”, que cierra el libro, tiene un carácter distópico. Hay una pandemia, sí, pero que mete en un confinamiento permanente al mundo. La mujer que lo relata se siente muy asfixiada hasta de su marido, de sus hijos y de la situación. ¿Cuánto de eso te pasó a vos?

-A mí me pasó que me dio anemia y yo no sabía qué tenía. Entonces era este sopor.

-¿Un sopor de qué tipo, el tuyo?

-Era como tener encima un yunque. Y era la anemia, en realidad. Yo pensaba que era otra cosa. Además, hacía muchísimo calor en algún momento. No podíamos salir de la casa. En fin, supongo que le pasó a mucha gente.

-Sí. Cosas parecidas. Cada uno lo vivió a su manera.

-Pero encima yo tenía esa anemia y desahucio. No podía ni siquiera caminar. Era como andar en arenas movedizas. Y escribir, tampoco.

-Se entiende perfecto, entonces, la atmósfera que generó “El sopor”.

-Fue un cuento como catártico, como diciendo: necesito algo que me saque de aquí. Yo no estaba harta de mis hijos ni de mi marido, pero podía imaginar a alguien que dijera estoy dispuesta a renunciar a todo esto que es lo que verdaderamente tengo con tal de volver a sentir libertad.

-¿Qué libertad?

-Cinco minutos o tres días porque ella sabía que, si marchaba de nuevo al bosque, se iba a morir, posiblemente.

-Y hay otros rasgos tuyos ahí, porque la profesión de la mujer es enseñar literatura.

-Ella es profesora de literatura, sí. Y da clases por zoom (risas).

-Veladamente estás en casi todos los cuentos, Guadalupe.

-Sí y no. Es como un posible avatar que, en realidad, no soy del todo.

-¿Cuánto hay de vos, entonces?

-Siempre exagero muchísimo algún rasgo mío. Pero también hay mucha gente que conozco, ¿eh? O sea, no soy yo en todos los cuentos. Y además hay cuentos en los que los narradores son hombres.

-Valga la salvedad.

-“La puerta rosada”, acuérdate, es un hombre de sesenta años. También “La vida en otro lugar” y “La Cofradía de los huérfanos”. Es decir, de los ocho cuentos, tres están narrados por hombres con unas características muy particulares. Y no soy yo ninguno de ellos.

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-Tus hijos son varones, ¿no?

-Sí, los dos.

-¿Y ellos o tu pareja, han leído tus libros? ¿Han leído, sobre todo, este último?

-Mmm… fíjate que mi pareja, sí, mi compañero ha leído mis libros. Pero mis hijos, uno tiene quince años y el otro doce. Conocen alguno de los cuentos. Pero se están esperando para leer, yo creo. O ya me han visto tanto y me sufren tanto todos los días, que deben decir: “Oye, ¿encima leerla? ¡Ya es demasiado!” (risas).

-Preguntaba porque, si soy tu pareja, me preocuparía. La mayoría de tus personajes masculinos son conflictivos, como el sospechoso tío Frank del primer cuento, Manu es un hombre perdido en el segundo, en “Jugar con fuego” los hijos hacen de las suyas, en “La puerta rosada” el señor Moncada busca alternativas en un prostíbulo, etcétera, etcétera.

-(Ríe) Lo que pasa es que estamos hablando de divagantes. Tanto hombres como mujeres son divagantes. Y es verdad que ahora, en estas últimas décadas, a raíz de todo el movimiento tan fuerte del feminismo, los hombres, como género, están bastante divagantes.

-De acuerdo. ¿Cómo sería ese divague?

-Hay una especie de desorientación, por supuesto. Todo lo que nos enseñaron que era la masculinidad ya no es tan válido. Tenemos que tener cuidado con cosas que antes pensábamos que sí podíamos hacer. Y eso se refleja de alguna manera.

-Le hemos terminado de dar sentido a tu título de los divagantes.

-Los hombres y las mujeres de este cuento son divagantes. Era la idea, poner personajes así. Gente estable también existe. Hombres muy estables y ecuánimes, etcétera (risas). ¡No sé dónde están, pero sé que existen! (sigue riendo).

-¿Viste? Te cuesta encontrarlos. Pero vos diste con la metáfora acertada: en realidad, los divagantes somos nosotros, los hombres, albatros perdidos en la tormenta del feminismo, ¿o no?

-(Ríe) Por ejemplo. Es una manera de verlo.

-En este sentido, da la impresión de que viene una etapa fascinante para tu país.

-Sí, sí, sí. Pero también hay una reacción muy fuerte. Acuérdate cómo está reaccionando Estados Unidos, prohibiendo derechos que las mujeres ya habían adquirido, etcétera. Entonces, hay tensión. Definitivamente la hay.

-Los divagantes es difícil de englobar en un género determinado. ¿En qué casillero lo ponemos?

-A mí me gusta mucho una expresión que es: realismo liminar o, también, fantástico liminar.

-¿Por qué liminar, en cualquier de sus dos variantes?

-Es liminar porque está en el borde, siempre. O sea, no estás seguro nunca de si lo que estás escuchando es un delirio o está realmente pasando. Por ejemplo, si el hombre, de verdad, cambió de realidad cuando se comió el caramelo ese que encontró en la puerta rosada o ya es de plano su mente que se está yendo.

-Buen ejemplo. Cualquiera de las dos opciones es factible.

-Otro ejemplo es el del bosque, en el cuento “Jugar con fuego”. Ahí están presentes los espíritus del bosque, se manifiesta la maldad en el Scrabble cuando aparece la palabra SATANAS y llena todo el tablero. No sabemos exactamente dónde estamos parados. Me gusta mucho jugar con esa ambigüedad entre lo realista y los fantástico.

-Claro, esa frontera débil entre la realidad y lo extraño, técnicamente es lo que define el género fantástico.

-Sí, totalmente. Y ahí creo que el maestro es Julio Cortázar, definitivamente. Él siempre está en esa frontera, en ese borde, en ese límite.

-A Borges, a Bioy y a Silvina Ocampo también les encantaba igualmente merodear por ahí.

-Sí, pero Borges también se iba a otras épocas, a civilizaciones que no existieron nunca; inventaba mitologías. En cambio, Cortázar siempre estaba como en el presente, salvo excepciones. Sus personajes son más contemporáneos, más conocidos en el mundo que nos parece muy cotidiano y donde aparece la grieta de lo fantástico como un guiño.

-Hablando de estos nombres, hay referentes inevitables en cada país, como Borges y Cortázar en Argentina, Neruda en Chile o García Márquez en Colombia. En México, tu país, saltan automáticamente íconos como Rulfo, Carlos Fuentes u Octavio Paz. ¿Cuál es tu padre tutelar?

-Si tengo que elegir a un escritor mexicano, yo creo que sería más bien Elena Garro. Pero si tengo que elegir del mundo entero, es Cortázar. Siempre lo he dicho.

-Ahí está tu alma de cuentista.

-Sí. Definitivamente.

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