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Fernando Fagnani cuenta cómo le ganó al cáncer: "Mi padre se llevó la muerte. Se murió él para que no me muriera yo"

Periodista, escritor, editor y crítico literario. Es Fernando Fagnani, autor de Ventana magnética. Allí cuenta cómo afrontó la noticia de su enfermedad

Editado por Andrés Gabrielli

A Fernando Fagnani (Buenos Aires, 1965) la noticia de que estaba afectado por una grave enfermedad le cayó como le cae al común de los mortales. Fue una conmoción.

Cuando el doctor Schejtman le comunicó su diagnóstico de cáncer, se llenó de ira. Como relata en su libro Ventana magnética, sintió, en ese momento, “una corriente eléctrica que recorría mi cuerpo, mi cara estaba helada por el odio. Quería destrozar su consultorio, sentía que mi cuerpo me había traicionado”.

Pero no se quedó ahí. Empezó a elaborar la situación. Como buen editor de libros (es un histórico editor de Edhasa) se volvió lector de sí mismo y de sus autores preferidos.

Miró aguda y obsesivamente Buenos Aires desde su ventana magnética. La caminó. Saldó cuentas con su padre. Entendió su obsesión con los hoteles. Reelaboró historias que le habían quedado inconclusas.

Un libro, el suyo, y una entrevista, como la que sigue, para el programa La Conversación de Radio Nihuil, que resultan una envidiable, serena y muy profunda reflexión sobre los torcidos caminos por donde discurre la vida.

Embed - Fernando Fagnani lee un fragmento de Ventana magnética

-Hola, Fernando. Ventana magnética, tu nuevo libro, es chiquito, de tan solo 94 páginas, pero muy concentrado y muy potente. Por momentos, es casi el diario de un librero.

-Hay muchas lecturas, es verdad. En el proceso que relato, la lectura fue muy importante.

-Pongamos en claro que este es el relato de cuando te enterás, en noviembre de 2024, de que tenés un tumor. Asumir algo como eso siempre es muy impactante, ¿no?

-Cuando me dieron el diagnóstico, la verdad es que en ningún momento pensaba en escribir sobre lo que finalmente escribí. Más bien lo contrario. Tenía decidido no hacerlo.

-¿Por qué? ¿Qué te pasaba?

-Me parecía que no correspondía o, en todo caso, no tenía ningún deseo de hacerlo.

-¿Qué pasó después?

-Cambié. En enero, o sea, a los dos o tres meses, algo me pasó y terminé escribiéndolo. Lo hice tratando de evitar una cosa y no sé si eso resultó logrado o no logrado. En definitiva, yo no quería escribir el típico libro del enfermo, esa especie de "yo sufro".

-¿Qué te molesta al respecto?

-No me gusta leer eso. Me sentía totalmente incómodo pensando en escribirlo. Y en un momento vi que podía escribir corriéndome de ese lugar, es decir, siendo como un objeto más de los que narro como la ciudad, los libros, la gente, mi familia, los consultorios. Como si yo fuera algo más que está ahí. Algo se destrabó y me permitió escribir esto.

-Las lecturas, como decías, fueron relevantes para vos en este periodo. Citás a varios de tus autores preferidos, pero de repente te molestás con Susan Sontag, la emprendés contra ella. ¿Qué pasó?

-Respecto de ella, solo quiero aclarar una cosa. Es una autora que me gusta mucho. De hecho, hay un libro suyo, Bajo el signo de Saturno, que debo haber leído tres o cuatro veces. Pero en cuanto a este en particular (La enfermedad y sus metáforas), que había leído cuando yo era chico, lo busqué en este momento porque dije: me va a acompañar y me va a ayudar.

-Y no ocurrió.

-Primero, fue una enorme decepción. Digamos, ella es quien es. No hace falta que le tiremos más laureles porque los tiene todos. Pero no por este libro, sino por los otros (sonríe).

-Tomar la decisión de escribir sobre algo tan intenso, tan íntimo, es todo un acto existencial también. Vos tuviste una manera de afrontar, desde la literatura, tu enfermedad. ¿Qué te molestó de la manera en que Susan Sontag hace lo propio?

-Hay dos temas. Por un lado, creo que conceptualmente el suyo es un libro fallido. O sea, comparar el cáncer con la tuberculosis es un delirio. Es como comparar, no sé, la gripe con el sida. Es cualquier cosa. No tiene ni pies ni cabeza desde el punto de vista científico.

-Pero no solo eso te molestó.

-Hay otra cosa que ella hace, que siempre dijo que no había que hacer: que cuando habla de la tuberculosis habla de personajes literarios, porque la tuberculosis tiene una larga saga de novelas y de cuentos donde hay tuberculosos en el centro del relato. Y cuando habla de cáncer no, porque la verdad es que el cáncer, como enfermedad, es mucho menos interesante literariamente que cualquier otra. Entonces no hay muchas novelas sobre el cáncer.

-Pero, ¿cuál es, específicamente, el punto central de tu malestar?

-En realidad, lo que más me molestó es una cosa que ni siquiera entiendo por qué la hizo. Ella escribe un libro posterior, El sida y sus metáforas, donde relata su lucha contra el cáncer; que es una épica, porque todo el mundo le dice que se va a morir y ella se obstina y no se muere.

-¿Entonces?

-Lo que me indignó no fue que contara eso, porque, por supuesto, no hay ninguna obligación de contar lo que te pasa. A vos te puede pasar algo y a partir de eso podés escribir un ensayo que omita completamente tu experiencia y donde lo importante sea lo que pensaste. Pero me molestó mucho porque ella está todo el tiempo denunciando en La enfermedad y sus metáforas que la medicina usa metáforas militares, lo cual es cierto. Pero eso es cierto en la medicina y en veinte mil cosas más.

-¿Y qué le faltó ahí?

-Que no narra, no le explica al paciente, que es finalmente su lector. Ese libro está dirigido a pacientes. No explica una épica. Inclusive ella podría haber omitido la cuestión personal. No tendría porqué haber dicho yo pasé por esto, por esto y por esto. Pero no le da al paciente las herramientas para luchar cuando tiene sentido luchar. Y eso me pareció moralmente incomprensible.

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Fernando Fagnani cuestionó a la escritora Susan Sontag,

-¿Por qué?

-Porque, finalmente, como decía, es un libro para ayudar a los pacientes. Y lo más importante, que es la lucha de un paciente, no la cuenta.

-A partir de esto que decís, el objetivo de tu libro, al escribir tu propia experiencia y que lo lean los pacientes, ¿cuál es?

-No, no hubo un objetivo. En realidad, hubo una pulsión, te diría. Yo empecé a escribir de golpe, una tarde, después de ver un hotel que se llama Lezica. Volví a mi casa y dije: tengo que escribir algo que se llame "Hotel Lezica". Y empecé.

-¿Cómo empezaste?

-Empecé con tres líneas rojas que no iba a cruzar. No iba a hablar del cáncer. No iba a nombrar la palabra tumor. Y no iba a hablar de mi padre. Y no cumplí ninguna de las tres.

-Exacto. Ninguna de las tres está fuera del libro.

-Claro, pero eso fue un desarrollo. Yo estaba muy enfrascado en narrar una experiencia y en tratar de hacerlo sin lo que decía antes, sin decir "yo sufro". Y, honestamente, no pensé mucho en los pacientes.

-¿En quién o en qué pensabas, entonces?

-Lo único que pensaba era en mi experiencia. Tampoco es un libro que esté dirigido a los pacientes. Creo que es un libro que está dirigido, en todo caso, eventualmente, a los lectores. O bueno... no sé a quién. Es muy difícil saber a quién se dirige un libro, sobre todo cuando lo escribís vos. Cuando lo escribe otro es más fácil (ríe).

-Va dirigido a la interioridad muy profunda de un ser humano sensible como vos. Ahora bien, decías que Sontag compara el cáncer con la tuberculosis. Vos no comparás, pero también te acompaña otra enfermedad en tu relato, el asma, que tiene un gran peso. Lo sufrías desde chico. ¿De qué manera te ha marcado?

-De pequeño fue una pesadilla. Una pesadilla absoluta. Es una enfermedad muy fea porque, además, te limita, te encierra. Aparte de que pone en riesgo tu respiración, sos muy vulnerable. Te quedás sin aire y te morís, simplemente.

-¿Cómo lo fuiste sobrellevando?

-En la adolescencia empezó a bajar y, en un momento, no me acuerdo qué producto me dieron. Acababa de salir de un laboratorio alemán y estaba medio en experimentación. Lo tomé diez veces y ahí se me fue. No tuve más síntomas.

-Este proceso nos lleva al personaje más entrañable del libro, sacando a tu familia, "el inolvidable doctor Fortunato. Experiencias que dejan huella.

-Sí, totalmente. Sobre todo, en la infancia. En la infancia y en la adultez, ahora que me tocó estar en manos de un médico, literalmente.

-Pero de manera diferente, se sobreentiende.

-En la infancia el médico es el sabio. Es la última barrera y es el que te puede resolver todo. Y después, en la adultez, cuando tenés una enfermedad como la que tuve yo, hay un momento muy raro. Por lo menos para mí fue muy raro.

-¿En qué sentido?

-En que te das cuenta de que te tenés que poner en manos de un médico y simplemente obedecer. Y eso puede salir bien o puede salir mal. Y lo único que tenés que hacer es obedecer.

-Algo que hiciste, por supuesto.

-Y bueno, a mí me salió bien. Salió bien porque tuve suerte y porque el médico es buenísimo. Pero, sí, yo me había olvidado de la experiencia de los médicos y es cierto que, a partir de la situación de ahora, de estar tan metido con mi médico, con el equipo del Fleming, digamos, tan en ese entorno de la medicina, me vino entero el recuerdo de Fortunato, al que de todos modos siempre tuve presente.

-Se nota por la manera en que lo describís.

-Tenía presente su cara, su casa en Castelar y eso que era muy chico. Es probablemente de las cosas de la primera infancia, a los cinco, seis, siete años, que recuerdo con más claridad. Veo los muebles, me acuerdo de la escalera, del color del piso, cosas que te marcan, evidentemente.

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Fernando también contó sobrfe otra enfermedasd que padeció y superó: asma.

-También se desprende de aquí que, más allá de la sapiencia científica de los médicos, lo determinante es el trato personal, humano, con el paciente, sobre todo en una enfermedad como la tuya ahora o con tus angustias de chico. Te salva la cabeza o te la hunde.

-Esto es muy personal por la situación de transferencia, en esta edad, con un médico. Cada uno tiene la suya, dependiendo de su carácter. En la infancia, sí, yo tenía una necesidad de Fortunato, de su mirada. Era una presencia que me contenía, por más que no me curó. No me curó porque nadie me podía curar. No fue porque no supiera, sino porque era imposible.

-¿Y ahora cambió la cosa?

-Ahora, de grande, en esta experiencia, la verdad es que yo no buscaba contención. Yo solo buscaba ciencia. La contención me la fabricaba por otro lado, en todo caso. Pero necesitaba la certeza de un saber de respuestas precisas. No tenía necesidad de que el médico me hablara mucho y de que me contuviera y de que me explicara. Más bien lo contrario, porque yo pensaba: si me habla mucho y me empieza a contener, es que estamos mal (risas).

-¡Se está compadeciendo de mí!, pensabas.

-Me está compadeciendo. Ya me está mandando para el otro lado. Prefiero que hable poquito. Y, sobre todo, que acierte. Y pasó.

-Como decías, es muy particular la relación con cada médico.

-Además, hay un tema que es propio de la especialidad. Cuando hablás con un clínico, la conversación es un poco dispersa. Hablás un poco de tu cuerpo, un poco de la vida, un poco de todo. Con los oncólogos es distinto. Miden mucho las palabras. No dicen una cosa de más, sobre todo porque me imagino que tienen que guardarse siempre el espacio para darte una mala noticia. No podés establecer una relación de complicidad con alguien al que, a lo mejor, hay que decirle es un problema grave y esto no tiene solución.

-Y no crear falsas expectativas, de paso.

-Exacto. Pero eso me parecía bien, porque yo pensaba, bueno, si alguien tiene que pensar en mí, que sea él, que es el que sabe de esto.

-Volvamos a Fortunato. A su vera figura otro nombre importante; no tan cariñoso, pero muy importante, que es el doctor Carlos Gianantonio, otro pediatra, al punto que lo hacés aparecer en la primera página del libro a través del nombre de una calle cuando caminás por Buenos Aires.

-Sí. Probablemente Gianantonio sea el pediatra argentino más importante del siglo XX. Yo llegué a él por casualidad porque mi padre trabajaba en la industria farmacéutica, entonces conseguimos un turno. Conmigo fue un señor muy hosco, seco; no te voy a decir mal educado, pero en el límite.

-Así figura en tu relato, precisamente.

-La única cosa por la cual lo recuerdo, en el fondo (ríe), es que cuando se enteró de que mi médico era Fortunato, dijo: "¿Y entonces para qué vinieron a verme?" (risas). Yo escuché eso y me quedó totalmente claro de que mi médico era Fortunato.

-Por eso mismo, recordando ese paralelismo, es que venía a cuento de que no es lo mismo un doctor que te contiene que otro que no, más allá de los pergaminos profesionales.

-A esa edad, claramente. Pero no lo quiero volver una cuestión personal. No se trata de cómo me trató. Gianantonio tenía ese estilo o lo tuvo conmigo. Y a mí, a los cinco años, eso no me gustaba. Me gustaba el estilo de Fortunato que me decía todo el tiempo quedate quieto, me estás desordenando el escritorio, ¡siempre lo mismo, cada vez que venís después no encuentro nada! Era como un abuelo, ¿viste?

-Es así. Nos pasó a muchos, en esa edad.

-Lo curioso es que yo siempre me imaginé que Fortunato era un solterón, que no se había casado. Y un día, después de publicar el libro, cuando lo vio mi mamá, me dijo: fue así. Un solterón. Nunca se casó.

-¿Cómo lo intuiste?

-Porque tenía eso. ¿Viste cuando ves a alguien, que decís: está entregado a esto y es difícil que comparta su vida con otra cosa?

-En el libro hablás de vos, obviamente, en primera persona, pero les prestás mucha atención a tu entorno, a tu mujer y a tu hija, pero los que más pesan son tu abuelo y tu padre; sobre todo, el declive de tu papá. No es un declive físico, sino que llega al final como con una sensación de derrota en la vida. Eso es lo que nos queda.

-A mí también (sonríe).

-¿Cómo es eso?

-Hay dos momentos, me parece. Esto es una interpretación, ¿eh?, porque no se lo pregunté, pero, al final, uno al padre lo conoce. No todo, pero sí las cosas importantes.

-¿Y qué te quedó, en definitiva?

-Yo creo que él tuvo un sentimiento de derrota, suponete, hace seis o diez años, que lo deprimió. Luego hizo las paces con eso. Y lo que tenía era más un sentimiento melancólico, pero no de derrota. Era como haber asumido: mi vida fue así.

-¿En qué sentido?

-Cuando digo derrota no me refiero a cosas económicas o triunfos laborales y todo eso, sino a la sensación de no haber entendido bien qué era vivir la vida, digamos; en qué consistía el paso por la vida. Esa fue la sensación que a mí me quedó.

-Suele ser habitual en mucha gente.

-Es que, por otra parte, independientemente de sus características personales, es algo bastante habitual en la generación de mi padre, en gente que hoy tiene noventa años; gente muy entregada al trabajo, donde su identidad es el trabajo y que, cuando deja de trabajar, no sabe qué hacer.

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Fernando Fagnani recordó a su padre y a su abuelo.

-Era viajante, ¿no?

-No, mi abuelo era viajante. Pero mi padre viajaba mucho, eso es cierto. Como era gerente de ventas de un laboratorio grande, tenía que viajar.

-Estas profesiones de ambos te llevan, a su vez, a otro capítulo muy importante, que es el de los hoteles.

-Sí. Estas son de esas cosas que estaban ahí, dormidas, porque son recuerdos que yo tengo de hace mucho tiempo y que en realidad se activaron ahora. Yo no pensaba escribir sobre los hoteles. Pero, claro, aparece el Hotel Lezica que, por otra parte, es el típico hotel de viajante.

-¿Cómo lo ves, bajo esta óptica?

-Un hotel de viajante de los de antes. Donde había gente que vivía. Casi un hotel familiar.

-Uno de esos hoteles que uno puede entrever en las películas de Hollywood de la década del cincuenta, en blanco y negro.

-¡Sí! Y muy ingleses también. Esa cosa inglesa de la gente que alquila habitaciones porque no puede pagar otra cosa y arma una pensión elegante donde está todo limpio y la gente es educada.

-Y baja a comer bien vestida.

-Baja a comer y se saluda y todos son respetuosos. Entonces, cuando apareció el Hotel Lezica, apareció esto. Aparecieron los hoteles adonde viajaba mi abuelo, apareció el hotel donde mi padre vino a Buenos Aires de Zárate. Y apareció una cosa mía, que es puramente laboral, en el fondo.

-¿Cómo ha sido tu experiencia, al respecto?

-Yo, hace como, no sé, veinticinco años, que me paso en los hoteles, quince, veinte días.

-Volvamos al tema de tu viejo porque ahí vos deslizás una serie de cuestiones emotivas. Y hay algo que te jode mucho, que es el resentimiento. Decís, sin dudar, que resentimiento es "el sentimiento que más desprecio".

-Es el sentimiento que más desprecio porque, curiosamente, me parece muy pasivo.

-¿Por qué?

-Porque es un sentimiento que ahonda en las heridas, en cualquier herida, en la que sea, y no produce nada, salvo ahondar en una herida. Aparte, es un sentimiento de derrota, te diría. Y no me gusta. Me parece poco activo, que no te produce ningún cambio.

-Por eso, en el mismo capítulo dedicado a tu padre, hay un párrafo fuerte, que, en la comparación con tu abuelo, dice: "Mi padre fue primero un padre cariñoso y luego complicado, con la inevitable ambigüedad, mezcla de amor y resignación, de tantos padres. La vejez a veces da sabiduría, a veces enceguece".

-Sí. En el caso de él, yo te diría, primero encegueció y después le dio sabiduría.

-Convengamos. Hay que tener coraje para escribir eso sobre tu papá, justo cuando estás poniendo el alma por tu propia enfermedad.

-Eso fue muy raro. El último capítulo lo escribí, cerré la computadora y dije esto está mal. Me equivoqué. No es esto lo que hay que escribir.

-¿Y? ¿Cómo lo solucionaste?

-Estuve como una semana pensando. Y al final me apareció entero, como si fueran dos páginas, en la cabeza. Y cada vez que llegaba el momento de escribir, lo postergaba. Decía: lo escribo mañana. Y así estuve un mes.

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Fagnani, autor de Ventana magnética.

-¿Qué lo destrabó?

-Un sábado dije basta, chau, tengo que terminarlo (ríe). Me senté, lo escribí entero, rápidamente, te diría en veinte minutos, porque era como si me lo estuviera dictando a mí mismo. Y después estuve dos días en cama, con 39° grados de fiebre.

-Bravísimo. Por eso te decía. Había qu aguantarse escribir algo así.

-De hecho, todo eso quedó para el final, no por una táctica o por un ardid narrativo, sino porque me costaba.

-Este libro, que se llama Ventana magnética porque te ponés a mirar la vida desde el balcón con tu enfermedad a cuestas, ¿tiene continuación? ¿Va a seguir la historia con otro libro o no?

-No. No. No. Y espero no tener que escribir nunca más sobre eso, no porque la haya pasado mal haciéndolo, al contrario. Fue un enorme placer. Me absorbió y me permitió depurar una experiencia que sé que tenía clara, pero que cuando iba escribiendo me di cuenta de que no la tenía tan clara.

-Pero aquí queda, entonces.

-Me parece que todo lo que yo quería contar sobre eso ya lo conté. Por ejemplo, el tema de las lecturas.

-Sí, citás a diversos autores, como dijimos.

-Hay mucho sobre libros que leo. Y sobre eso, a su vez, podría escribir muchos libros más.

-Está clarísimo. Es tu profesión, leer y editar (risas).

-Pero no puestos en ese contexto.

-La pregunta se fundamenta en que, como lector, uno empatiza con el autor, con su lucha contra la enfermedad, con sus devaneos. Pero termina el libro y no se concluye nada respecto. Ventana magnética se cierra con el capítulo de tu padre. ¿Qué pasó con el narrador? ¿Funcionó el tratamiento? ¿Se sana o no se sana? Por si esto fuera poco, inventás la atractiva historia de una mujer que se despierta sin memoria en un baño y la terminás abandonando en el Hotel Lezica. ¿Qué fue de ella?

-No, esperá. Esperá. Eso sí lo voy a escribir.

-¿Viste?

-(Ríe) Me refería a que no voy a volver a escribir sobre mi experiencia. Pero sobre esa mujer, sí, claramente, porque la historia me gusta. Y porque me parece que hay algo mío ahí.

-¿Y con lo otro qué?

-Respecto a lo inconcluso, es cierto. Lo que pasa es que yo lo escribí en pasado, o en el medio del tratamiento, convencido de que estaba curado. Y de hecho, acerté. Pero acerté por casualidad.

-Ok, pero en el libro nunca lo dejás traslucir. Uno empatiza con el protagonista, real, del libro, sigue la historia con el corazón en la boca y nunca se sabe dónde desemboca su situación. Ese es el punto.

-Bueno.... ahí hay dos cosas. Y las dos son reales. Cuando a mí me informan que mi padre muere, al día siguiente de la primera sesión de quimioterapia, lo que yo digo es: me salvó.

-Lo contás, tal cual, en el libro. ¿Cómo procesaste eso?

-En realidad, yo creo que, si mi padre no hubiera muerto, de la forma en que esto sucedió, no estoy muy seguro de que hubiera escrito este libro. O sea, lo que a mí me hace escribir este libro es él, no es mi enfermedad.

-¿Por qué esa trasferencia?

-A mi enfermedad, no sé... probablemente la podría haber usado en otro libro como algo más, como un personaje. Son cosas de experiencias que, desde la ficción, se pueden utilizar de otra manera.

-Vos decís mi viejo me salvó.

-¡Sí! ¡Sí!

-Es casi una postura mística. Él absorbió tu enfermedad para salvarte. Y en una situación personal tan difícil, es la única manifestación mística del libro, porque no hay Dios, no hay trascendencia, no hay plegarias, no hay nada de eso.

-No. Nada. Y fue una certeza. Yo pensé: se llevó la muerte. Se murió él para que no me muriera yo. Aunque todo hay que decirlo. Yo no tenía un riesgo de muerte.

-¿Cómo era la situación?

-Cuando me dan el diagnóstico, no me dicen: está complicado; de golpe, solo dura seis meses. Eso no pasó. Yo nunca tuve la sensación, ni me la transmitieron ni lo pensé, de que estaba luchando contra la muerte, sino de que estaba luchando contra una enfermedad.

-¿El libro cumplió esa función de ir reelaborando, resignificando, de alguna manera, el vínculo con tu papá? ¿Cumplió, además, una función de sanación?

-No. Ojalá. Ojalá lo hubiera hecho. En el caso de mi papá, el libro creo que lo que cumplió fue la función de duelo. Prácticamente nada de lo que digo sobre él lo pensé al momento de escribirlo.

-Ya lo tenías elaborado, fijado.

-O sea, todo lo que cuento son cosas que, para usar una palabra médica, yo ya había diagnosticado de mi padre y nunca lo había escrito.

-¿Por qué?

-Porque no me interesaba escribirlo. Pero en este contexto se me volvió indispensable. Y después, es más que nada una rememoración y poner en blanco sobre negro cosas que yo pensaba hace muchos años.

-¿Y respecto de la escritura en sí?

-No fue una curación. Mirá… me pasó una cosa muy curiosa. Yo empecé a escribir y, no me acuerdo bien, pero supongamos que fue a las tres páginas, en que llegó un punto en el que me di cuenta de que podía ir para cualquier lado. Digamos, que podía contar lo que estaba en el capítulo dos, en el capítulo tres, en el capítulo cuatro, en el capítulo equis. Como que no había una dirección muy clara. Sentía que la experiencia me presionaba en la nuca y tenía que sacar eso.

tapa de ventna magnetica

Tapa de Ventana magnética.

-¿Cómo te terminó afectando esa presión?

-Más que nada, lo que la escritura me introdujo fue elaborar esa experiencia, pero no en el sentido de la sanación, sino en el sentido de la comprensión, esencialmente.

-¿Comprensión de qué?

-De entender qué había pasado.

-¿Y entendiste?

-Yo nunca tuve la sensación de que tenía que sanarme. Sí físicamente, eso es obvio, pero no mentalmente.

-¿Mentalmente cómo te agarró la cosa?

-Mentalmente las cosas son como son, uno se defiende y no sé qué. Sanarse o no sanarse, en última instancia.

-Se nos acaba el tiempo de la entrevista y nos quedamos sin hablar de Szymborska, de Ajmátova, de Sebald, de Simenon y la novela policial, de Paul Celan, a quien le otorgás un elogio desmesurado, etcétera. Mirá todo lo que permite tu librito de 94 páginas. Está lleno de elementos para charlar sobre los caminos de la vida.

-(Sonríe) Gracias, sí, es verdad. Bueno, lo de Celan no es desmesurado. Los elogios se los merece.

-Como te guste. A Celan lo citás varias veces. ¡Y decís que “Fuga de muerte” es el mejor poema del siglo XX!

-Sí. Sí. Es correcto. Lo suscribo.

-Está bien. Te creemos. Sos editor, así que sabes más que todos nosotros juntos (risas).

-Es un problema de gustos, también. Pero es un poema que podés leer diez veces y tiene una cosa muy extraña. Cada vez que lo leés, es como si fuera la primera vez. Entonces es una conmoción…

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