Se detuvo en una piedra, respiró hondo y miró el paisaje. Frente a ella, la inmensidad del Parque Provincial Aconcagua. Pero lo que realmente la conmovía no era solo la montaña, sino todo el camino recorrido para llegar hasta ahí.
“Me puse a pensar en lo que había vivido… no en la caminata, sino en todo lo anterior. Desde haber estado cuadripléjica hasta poder estar caminando en ese lugar. Fue indescriptible, me emocioné hasta las lágrimas”, recuerda Belén Domizio.
A sus 38 años, la veterinaria mendocina atraviesa uno de los momentos más plenos de su vida. Pero su historia dio un giro abrupto el 17 de noviembre de 2020, cuando una mielitis transversa —una inflamación de la médula espinal— la dejó cuadripléjica de forma repentina.
Deportista, activa y en pleno movimiento, estaba corriendo cuando sintió un fuerte dolor en el pecho. En cuestión de horas, su cuerpo dejó de responder.
“Fue autoinmune. Mi propio cuerpo generó anticuerpos que atacaron mi médula. No se sabe por qué pasó”, cuenta.
Pasó más de un mes internada, diez días en terapia intensiva, y convivió con una incertidumbre devastadora: no saber si volvería a moverse. Hasta que un gesto mínimo marcó el inicio de todo.
De mover solamente el dedo gordo del pie a volver a ejercer como veterinaria
Un kinesiólogo le pidió que intentara mover el dedo gordo del pie. Y lo logró.
Ese pequeño movimiento fue el primer paso de un proceso que ella misma define como “entrenar para las Olimpíadas”. Luego continuó su rehabilitación en el centro FLENI, donde en apenas dos meses recuperó movilidad e independencia básica, aunque aún convive con secuelas.
El regreso a Mendoza no fue fácil. “El mundo siguió, pero mi vida no. Volver al trabajo fue durísimo, pero lo logré con el apoyo de mis colegas y mi familia”, dice.
En ese proceso, escribir también fue una forma de sanar. Con dificultades en la motricidad fina, utilizó un adaptador para poder sostener el lápiz. “Sentí que era una señal. Aunque me cueste, todo lo que me propongo lo logro. Pero sin caer en un positivismo tóxico”, aclara.
Así nació su libro, El Camino de las Magnolias, donde relata no solo su recuperación, sino también su historia de amor con su actual esposo, Andrés Vignoni, quien la acompañó durante todo el proceso.
Pero la vida todavía le tenía preparado otro capítulo inesperado.
Aquel llamado para sumarse al programa de Bienestar Animal del Aconcagua
A través de un video que publicó contando que buscaba trabajo, fue contactada por la ministra de Energía y Ambiente de Mendoza, quien le ofreció sumarse al programa de bienestar animal del Aconcagua.
“Yo no lo podía creer. Pensé que no iba a poder volver a ejercer mi profesión y de repente estaba trabajando en ese lugar”, cuenta.
Su rol dentro del equipo fue clave en el registro y análisis de datos, además de brindar apoyo a los veterinarios que rotan en el parque. Aunque en lo cotidiano su tarea era mayormente administrativa, el verdadero desafío apareció cuando le tocó subir a la montaña.
“Tenía mucho miedo de cómo iba a responder mi cuerpo. Yo siempre digo que mi médula es como un cable pelado: cualquier estímulo puede generar respuestas raras, dolores o problemas en la movilidad”, explica.
Sin embargo, la adaptación fue mejor de lo esperado. Y, sobre todo, estuvo acompañada.
“El equipo humano fue increíble. Mis compañeros y los guardaparques me ayudaron muchísimo. Eso hizo que pudiera trabajar con tranquilidad y confianza”, destaca.
Hoy, su mirada sobre el bienestar animal está profundamente atravesada por su propia historia.
“Para mí, respetar la vida es fundamental. Hubo momentos en los que no me cuidé y lo pagué caro. Eso lo traslado también a los animales: no exigirlos hasta el límite, respetar sus tiempos, sus cuerpos”, reflexiona.
El trabajo por el bienestar de las mulas que se desarrolla en el Parque Aconcagua
En el Parque Provincial Aconcagua, más de mil mulas trabajan cada temporada trasladando alimentos, equipos e insumos a los campamentos de altura. Para garantizar su cuidado, funciona un programa específico que incluye controles diarios, identificación con microchip, seguimiento sanitario y períodos obligatorios de descanso.
El equipo, integrado por veterinarios y guardaparques, evalúa cada animal antes de ingresar: controla su estado corporal, el peso de la carga, posibles lesiones y las condiciones generales de salud. Solo aquellos que cumplen con todos los requisitos están habilitados.
Además, se realizan inspecciones en las empresas de arriería para verificar condiciones de alimentación, agua y manejo, en un sistema que busca evitar la sobreexigencia.
“Verlos después, descansando, sanos, gorditos, felices… es muy satisfactorio. Es un trabajo que se hace con mucho amor”, dice Belén.
Y ahí aparece otra capa de su historia.
“Yo los miro y siento que son como mi propio cuerpo. Así como aprendí a respetar mis límites, quiero que se respeten los de ellos”.
Cada 17 de noviembre todavía le pesa. Es la fecha que le cambió la vida.
“Es como un estrés postraumático anticipatorio. Pero con terapia y con el apoyo de mis seres queridos aprendí a atravesarlo”, cuenta.
Sin embargo, hoy el balance es otro. Más amplio.
Porque si algo aprendió en este camino —el suyo, el de las magnolias— es que incluso después de los quiebres más profundos, algo vuelve a crecer.
“Siempre digo que la vida a veces fue injusta conmigo, pero también me retribuyó de formas increíbles”, dice.
Y hace una pausa.
“Miro dónde estoy hoy… trabajando, en la montaña, haciendo lo que amo… y no lo puedo creer”, señala.
En ese mismo lugar donde un día se detuvo a llorar, pero esta vez de emoción.
Porque volvió a caminar.
Y también volvió a empezar.








