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Estudio alerta sobre un peligro oculto de jugar demasiado al fútbol, y es peor para los defensores

Un nuevo estudio confirma que los impactos reiterados en la cabeza aumentan drásticamente las probabilidades de sufrir demencia en el futuro

Editado por Francisco Pérez Osán
perez.francisco@diariouno.com.ar

La emoción de marcar un gol de cabeza suele ocultar los riesgos físicos que conlleva esa acción, pero un estudio reciente ha puesto el foco sobre una realidad médica preocupante. Las investigaciones sugieren que la práctica constante de impactar el balón con el cráneo puede derivar en daños cerebrales irreversibles, los cuales se manifiestan décadas después del retiro profesional de los atletas.

Históricamente, las lesiones neurológicas graves se asociaban casi exclusivamente a deportes de combate como el boxeo. Sin embargo, la evidencia actual demuestra que los jugadores de fútbol también enfrentan probabilidades elevadas de sufrir Encefalopatía Traumática Crónica (ETC). Esta condición degenerativa aparece en quienes han sufrido impactos repetidos y se detecta mediante la presencia de depósitos anormales de proteína tau en el cerebro.

Un estudio detalla los riesgos según la posición

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Cabecear la pelota es más peligroso de lo que se creía.

El análisis liderado por el neuropatólogo Willie Stewart comparó historiales médicos de miles de exjugadores con la población general. Los datos indican que la posición en la cancha resulta determinante para el pronóstico de salud. Los defensores, quienes deben despejar la pelota con la cabeza con mayor frecuencia, presentan un riesgo cinco veces mayor de desarrollar demencia, mientras que los arqueros mantienen niveles de riesgo similares al promedio de cualquier persona.

La ciencia ha logrado establecer vínculos estadísticos alarmantes mediante el análisis de cerebros donados y registros médicos. Las cifras muestran que los ex profesionales tienen probabilidades significativamente mayores de morir a causa de patologías neurodegenerativas. Entre las enfermedades más frecuentes vinculadas a esta práctica deportiva se encuentran el Parkinson, la enfermedad de la neurona motora y el Alzheimer.

El mecanismo del daño silencioso

Sin aviso. Cuando el campeón Ortiz se disculpaba por un cabezazo previo, Floyd lo fulminó con este directo de derecha.

Los deportes de contacto son objeto de estudio desde hace un siglo, y el daño que causan está documentado.

El deterioro no proviene necesariamente de conmociones cerebrales violentas o fracturas, sino de la acumulación de golpes "subconcusivos". Al cabecear, el cerebro se desplaza dentro del cráneo debido a la aceleración y desaceleración, lo que provoca estiramientos y torsiones en las fibras nerviosas conocidas como axones. Investigaciones mediante resonancias magnéticas han detectado alteraciones en la materia blanca y la corteza orbitofrontal, incluso en jugadores amateurs jóvenes que cabecean frecuentemente.

Frente a este escenario, diversas federaciones han comenzado a implementar medidas preventivas basándose en la evidencia médica. En el Reino Unido se eliminaron los cabezazos en las categorías infantiles y se limitaron durante los entrenamientos de planteles profesionales. El objetivo principal es reducir la exposición total a los impactos a lo largo de la carrera del deportista, intentando proteger su salud neurológica sin alterar la esencia del juego.

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