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Entré de noche al cementerio de Rivadavia y nunca sentí tanto miedo

Me animé a pasar una noche en el cementerio de Rivadavia y viví una experiencia que me puso la piel de gallina

Estoy estacionada frente a la entrada y veo una luz al final del camino. Es Luis que, con su linterna, me invita a atravesar la frontera entre el territorio de los vivos y el de los muertos. Este cementerio es cuna de leyendas como la del Ánima parada, una historia para después (o para hoy, no lo sé).

cementerio rivadavia

Estaciono mi auto, me aseguro de no dejar nada adentro, me bajo y lo saludo. Camino sintiéndome perseguida, atravesando tumbas, en penumbras, con un nerviosismo casi insoportable. Llegamos a una casona en la que los guardias pasan parte de la noche y lo primero que veo es a un perro frente a una estufa. Hacia mi derecha, la tele está encendida. La normalidad, más allá del lugar, es tranquilizante.

Nos recibe el capataz Gabriel Ledesma y procede, inmediatamente, a contarme cómo es una noche de vigilancia nocturna en el cementerio de Rivadavia. El lugar tiene distintos sectores y en algunos hay tumbas del año 1900. El corazón palpita acelerado, pero recuerdo que soy la encargada de llevar a cabo una entrevista imparcial, en lo posible.

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No sé si pueda. Me empiezan a contar: llegaron a las siete de la tarde, una hora antes que yo. A esta altura del año, ya es de noche. Entran, revisan y se dirigen a la casona y sí, me cuentan que lo peor de este trabajo es la presión psicológica de sentir que alguien te persigue. Pero mucho peor es cuando comienza el recorrido, al que me invitan.

Antes, casi como avisándome para que tenga cuidado, me cuentan que enfrente está el nuevo pabellón de los niños y que, a veces, se les pierden las llaves o algunas pertenencias. "Ellos juegan", alegan. Inmediatamente reviso mis bolsillos para asegurarme de tener, por lo menos, las llaves de mi auto. Y sí, están. La idea de perderlas y tener que volver por ellas no me gusta para nada.

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Comenzamos por el sector de los docentes y yo les pido que me cuiden las espaldas, a modo de chiste, pero con mucha verdad en esas palabras. Logro atravesarlo pero sé que lo que sigue es el santuario del Ánima parada, una de las leyendas más reconocidas de Mendoza. Dicen que al exhumar a Diógenes Recuero, su féretro caía siempre de pie y nunca lograban acostarlo. Desde entonces lo llamaron “el Ánima Parada” y se convirtió en un santo popular de Mendoza.

Acá mi mente se detiene en una historia que me contó mi mamá sobre algo que le pasó en la adolescencia: Era de noche. Ella, junto a su hermano y su prima, tomaron la necia decisión de ingresar al cementerio y jugar a las escondidas entre las tumbas, algo que estaba de moda en aquella época: los 90'. Hasta que, desde el mausoleo del Ánima parada, comenzaron a sentir golpes, como si alguien quisiera escapar de algún lugar desesperadamente. Los que escaparon fueron ellos. Mal momento para que esa historia vuelva a mi mente.

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Vuelvo a escuchar atentamente a los guardias, que me cuentan un poco sobre la leyenda, pero también sobre otras historias de las que no tenía la más pálida idea (pálida en el sentido literal de la palabra, porque así debe verse mi cara). Me tiemblan las manos, no voy a mentir. Aunque voy acompañada de tres personas más, siento que me persiguen otras cuantas.

Llegamos al sector más antiguo del cementerio, el de los niños. Un frío escalofriante me hiela la sangre y una presión en el pecho me sofoca. No digo nada, hasta que les consulto y me afirman que eso sucede cuando hay presencia de almas. No sé si eso es verdad, pero la sensación no se me va y mentalmente, me estoy agotando.

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Continuamos el recorrido por el sector de las familias adineradas y reconocidas del departamento, como Gargantini y Ronco. La sensación ya es otra, pero la presión en el pecho continúa. Comienza a chispear y, a lo lejos, siento el sonido de una chapa. Para ellos es algo cotidiano, a mí me asusta.

Terminamos el recorrido. Son las 22 horas y pienso cómo voy a hacer para irme sola. Les pido que me miren hasta la entrada, tenebrosa. Tengo miedo. Yo me voy, pero ellos se quedan toda la noche, perseguidos con la idea de que en este lugar divagan espíritus y almas en pena. Les queda volver a realizar todo el recorrido cada una hora, hasta el amanecer, repitiendo una y otra vez lo que yo no quiero volver a hacer.

Miro por el espejo retrovisor, prendo la linterna del celular y me aseguro de ir sola de camino a casa. Y acá estoy, todavía con las manos temblorosas. Volví al mundo real y me quiero aferrar a la idea de que hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos, que descansan en paz. O no.

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