Hay una imagen que Luciano Galván podría guardar para siempre: la de aquel joven de Tres Porteñas que, después de trabajar en una finca mendocina, terminó recorriendo las calles de Ámsterdam y entrando al escondite donde Ana Frank escribió su diario. El viaje que parecía imposible llegó en 2025, después de un concurso literario y un proyecto educativo que le abrieron las puertas de Europa.
El estudiante de Tres Porteñas que trabaja en la cosecha, escribe cuentos y va por su título universitario
Luciano Galván tiene 25 años, vive en Tres Porteñas, cosecha uva, ajo y cebolla, y estudia Logística en la UTN. En 2025 un concurso lo llevó a Ámsterdam

"Terminamos de podar el jueves pasado", contó Luciano a Diario UNO. Mientras tanto estudia Logística en la UTN. "Jamás pensé en dejar el estudio", dijo.
Foto: gentilezaPero cuando las valijas volvieron a su casa de San Martín, la vida no se transformó en un cuento de hadas. Luciano siguió siendo el mismo trabajador de la tierra, con los horarios exigentes, el cansancio y la necesidad de ganarse el sustento. Y también siguió siendo estudiante, porque hay algo que no está dispuesto a abandonar. En este Día del Estudiante, su historia vale la pena ser contada.
Recomendadas
“Yo sigo siendo el mismo luchador. Hoy, con el título de la secundaria ya en mano y con la alegría de haber conocido un país del otro continente, sigo siendo trabajador de la viña y sigo estudiando”, cuenta a Diario UNO, con una claridad que atraviesa su historia desde que empezó a ser noticia. Ahora tiene 25 años, estudia la Tecnicatura Universitaria en Logística en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN), de manera virtual, y acaba de sumar otro reconocimiento a su recorrido como escritor: ganó el primer lugar en un concurso de cuentos organizado por el Atlético Club San Martín.
El premio tiene un valor especial para él. No solo porque incluye una camiseta del club del que es hincha, sino porque los cuentos seleccionados formarán parte del libro impreso que la institución publicará este año. Será la primera vez que Luciano vea un texto suyo en una edición de papel. El cuento se llama Antes de arrancarme y nació de una conexión muy personal: su trabajo en la viña y su vínculo con el club mendocino.
“Relacioné mi labor en la viña con el club. Fue lo que pude conectar para tratar de transmitir de la mejor manera lo que quería transmitir, y eso fue lo que me hizo ganar”, explica.
La noticia lo pone feliz. Se nota en la forma en que cuenta que, aunque el concurso no tenga la magnitud del que lo llevó a Holanda, significa mucho para él. Es otro paso en un camino que comenzó bastante antes de aquel viaje y que sigue construyendo mientras trabaja para poder vivir.
Trabajar o estudiar: una elección que no siempre existe
Luciano estudia Logística en la UTN, pero no en un aula presencial. La modalidad virtual fue la alternativa que encontró cuando se dio cuenta de que los horarios de trabajo no le permitían cursar de manera tradicional.
“Había intentado antes entrar presencial en la UNCuyo”, recuerda. Su sueño era convertirse en estudiante universitario de manera presencial, pero los tiempos no le daban. La cosecha, con sus jornadas extensas y el esfuerzo físico que demanda, no se puede acomodar fácilmente a los horarios de una carrera. Y él lo resume de una manera directa: si trabaja, puede comer. Si no trabaja, la situación se vuelve mucho más difícil.
Por eso buscó una segunda opción. Se inscribió en la carrera virtual de la UTN, que también implica un esfuerzo económico importante. “Hoy estoy pagando una cuota de más de 100 mil pesos por mes para poder estudiar”, cuenta. El dinero sale de su trabajo, de esas jornadas en las que pasa horas bajo el sol y después tiene que sentarse frente a una computadora para leer, preparar trabajos prácticos y rendir parciales.
Lo cuenta como su realidad. Una realidad en la que el estudio no es un pasatiempo ni algo que pueda dejar para cuando tenga mejores condiciones. Es el camino que eligió para intentar construir otra vida.
“A pesar de lo caro y de lo cansador que puede llegar a ser, después de una jornada laboral tener que sentarme frente a una computadora a estudiar, entregar los trabajos y rendir los parciales, mi sueño sigue intacto”, advierte.
Luciano ya aprobó todas las materias del primer cuatrimestre de su carrera, promocionándolas sin tener que rendir finales, y está cursando el segundo. Lo dice con orgullo, aunque sabe que todavía queda mucho por delante. La universidad no es sencilla para alguien que llega agotado de la finca, pero él encontró una forma de sostenerla.
“Ser estudiante es un título que a mí me da otra forma de vivir”, reflexiona. Y enseguida explica qué significa para él esa palabra que suele aparecer en los documentos, las inscripciones y las credenciales, pero que en su caso tiene una profundidad diferente: “Cuando me preguntan qué soy o qué hago, yo digo que soy estudiante, además de trabajador, obviamente. Para mí ser estudiante es ser portador de ese sueño, es estar en el proceso de crecimiento”.
Diez años lejos de las aulas y en las fincas
La historia de Luciano no empezó en la universidad. Antes tuvo que recuperar algo que parecía haberse alejado demasiado: la posibilidad de estudiar.
Después de terminar la primaria, pasó aproximadamente una década antes de que se animara a volver al aula. Había comenzado a trabajar en la cosecha desde la adolescencia, como tantos jóvenes de familias vinculadas a las fincas de San Martín. La necesidad de colaborar en su casa marcó su recorrido desde temprano. Su papá, Carlos, falleció hace algunos años, y su mamá, Beatriz, también trabaja en la cosecha. Luciano es uno de nueve hermanos y conoce desde chico el esfuerzo que implica sostener un hogar.
En Tres Porteñas, el trabajo rural es parte de la vida cotidiana. Uva, cebolla, ajo, poda, atado. Luciano hace de todo. Las jornadas pueden extenderse durante ocho horas, bajo el sol, con frío o con las condiciones climáticas que toque enfrentar. Es un trabajo duro, desgastante, y él lo sabe porque lo vive.
Pero un día decidió regresar a la escuela. Tenía miedo, reconoce, aunque también estaba lleno de sueños. “Volver al aula fue algo sanador. Fue algo que retroalimentó mis ganas de seguir adelante y de progresar”, cuenta.
En el CENS 3-511 de Tres Porteñas encontró docentes que lo acompañaron, compañeros y una oportunidad que no quiso desperdiciar. Allí terminó la secundaria y comenzó a descubrir que también podía escribir. Una de sus profesoras advirtió que tenía condiciones y lo alentó a participar en el concurso literario internacional De Ana Frank a nuestros días.
Luciano nunca había escrito un poema. Mucho menos un ensayo de diez páginas. No tenía computadora y trabajó desde su teléfono celular. Se puso a leer, investigar y redactar, con las herramientas que tenía a mano. El resultado fue Entre los susurros del pasado y los ecos del presente, un texto en el que abordó la discriminación, la violencia, la convivencia y la necesidad de construir una sociedad más justa.
Ese trabajo terminó llevándolo a Buenos Aires, a una premiación en el Congreso de la Nación y, después, a una segunda instancia vinculada con proyectos educativos. Su propuesta fue seleccionada y el premio fue un viaje a Holanda, dentro del programa Ámsterdam desde la mirada de Ana Frank.
De Tres Porteñas al mundo de Ana Frank
En 2025, Luciano cumplió un sueño que durante mucho tiempo le había parecido inalcanzable. Viajó en avión por primera vez, recorrió Ámsterdam y conoció el lugar donde Ana Frank escribió su diario durante el encierro provocado por la persecución nazi.
La experiencia lo conmovió. Pudo compartir actividades con jóvenes de otros países, conocer distintas realidades y reflexionar sobre la memoria, los derechos humanos y la convivencia. Para un chico que apenas unos años antes había regresado a la escuela después de una larga pausa, ese viaje significó mucho más que un traslado geográfico.
“Llegar a Ámsterdam fue como recibir un mensaje de ‘estás para soñar’”, expresa ahora, al mirar el recorrido con algo más de distancia.
Sin embargo, también se ocupa de aclarar algo que considera importante. El premio no resolvió su vida. No eliminó las dificultades económicas ni convirtió su realidad en otra de un día para el otro.
“Conocer Ámsterdam, si bien me dijo ‘estás para soñar’, no fue una solución mágica, porque fue un premio de un concurso, pero mi vida no cambió mágicamente a partir de ese día”, sostiene.
Un estudiante que todavía está construyendo quién quiere ser
El Día del Estudiante lo encuentra en un momento distinto al del año pasado. Ya no es el joven que estaba terminando la secundaria y soñaba con entrar a la universidad. Ahora está cursando una carrera, pagando una cuota mensual y organizando su vida para cumplir con las obligaciones académicas sin dejar de trabajar.
A veces, después de la finca, debe sentarse frente a una computadora cuando el cuerpo le pide descanso. Tiene que entregar trabajos, estudiar para los parciales y sostener el ritmo de una carrera que eligió porque quiere ampliar sus oportunidades laborales. No es el camino que había imaginado originalmente, pero es el que pudo encontrar.
Y, por ahora, le alcanza para seguir avanzando.
“Con mis 25 años todavía sigo luchando por mis sueños y estoy orgulloso de estar hoy en mi primer año”, dice. No se compara con quienes ya tienen un título ni considera que su recorrido sea menos valioso por haber comenzado más tarde. Para él, estudiar significa estar en movimiento.
“Ser estudiante es saber que todavía estás construyendo quién querés ser”, afirma.
La definición de ser estudiante
Esa definición tiene una historia detrás. Está la del niño que terminó la primaria y tuvo que salir a trabajar. La del adolescente que pasó años lejos de las aulas. La del joven que volvió a estudiar de noche después de una jornada en la finca. La del escritor que empezó a redactar en un celular y terminó viajando a Europa. Y la del estudiante universitario que hoy, mientras cosecha uva, ajo y cebolla, busca una forma de llegar a un título.
Luciano no sabe exactamente cuándo podrá terminar la carrera ni qué puertas se abrirán después. Lo que sí sabe es que no quiere quedarse quieto. Su vida todavía está en proceso, y esa idea le alcanza para sentarse a estudiar una vez más.
“Para mí ser estudiante significa mucho más que ser portador de un lápiz y una carpeta. Significa ser portador de sueños y de esperanza”, dice.
Y en esa frase aparece el mismo Luciano que, hace un año, cruzaba el océano para conocer el mundo de Ana Frank. Solo que ahora está otra vez en Mendoza, entre los surcos de la finca y las clases virtuales, escribiendo su propia historia.
En pocas palabras
- Luciano Galván: el estudiante de 25 años de Tres Porteñas que trabaja en la cosecha y estudia Logística en la UTN.
- Viaje a Europa: en 2025, un concurso literario lo llevó a Ámsterdam, al lugar donde Ana Frank escribió su diario.
- Presente: sigue trabajando en la cosecha y cursando la carrera universitaria de manera virtual, impulsado por su sueño de progreso.