Siempre hay una primera vez para todo y aunque ahora el paracaidismo sea una aventura divertida y solo para valientes (con plata) hubo un día en que ocurrió el primer aterrizaje de este estilo, pero de una forma poco convencional: en un parque.
No se trata de cualquier parque, sino del escenario más verde, elegante y sorprendente de Europa: el parque Monceau, donde junto a esculturas, puentes y templos un aventurero hizo historia.
Parque Monceau el lugar donde aterrizó el primer paracaidista de la historia
Era un 22 de octubre del año 1797 donde el protagonista de una hazaña única en el mundo llevaba el nombre de Andrea Jacques Gernerin, un físico y aventurero que tuvo el valor de desafiar la gravedad con un invento revolucionario para lo que era la época.
Pero, para lograr esto, primero tuvo que construirse el parque. Así que en un par de años antes, en 1779 fue inaugurado gracias al primo de Luis XVI rompiendo con el clásico jardín francés e imponiendo una naturaleza más bien inglesa que no tenía puntos extremos específicos si no más bien reunía algunas características: no era ni rígido, ni simétrico. Era romántico y libre.
Ubicado en el distrito 8 de París en Francia y con una superficie de más de 8 hectáreas, tiene columnas corintias y templos inspirados en la antigua Roma, esculturas, estanque con cascada artificial y una réplica de la pirámide egipcia.
Bien, luego de creado el parque y puesto en contexto su espacio, vamos a lo que nos interesa: el primer salto en paracaídas sin seguridad o rigidez alguna. Garnerin subió en un globo aerostático a los 1.000 metros de altura y al llegar a la altura deseada se tiró al vacío confiando ciega y locamente en su invento.
El paracaídas de Garnerin estaba hecho de seda y tenía un poste de sostén que hacía que se viera como un enorme paraguas que se movía violentamente porque el paracaídas no tenía orificios de ventilación, y el aire debía escapar por un lado y después por el otro.
Así es como André Jacques Garnerin es considerado como el primer paracaidista de verdad, habiendo realizado numerosos saltos y entre ellos uno de 8000 pies de altura (aproximadamente 2430 metros) sobre Londres con un paracaídas con campana de seda de unos 7 metros de alto.
Curiosamente, falleció en su ciudad natal el 18 de agosto de 1823 tras ser golpeado en la cabeza por una viga, realizando los preparativos para un nuevo salto.





