Para muchos, el hecho de hacer la cama inmediatamente después de despertarse es el primer paso obligatorio de una rutina productiva. Sin embargo, la ciencia acaba de derribar este mito doméstico con una advertencia que cambiará tus mañanas para siempre.
Mantener el orden en el hogar suele asociarse con una vida equilibrada. No obstante, cuando se trata de la habitación, el apuro puede convertirse en el peor enemigo de tu salud. Diversos estudios epidemiológicos y expertos en higiene ambiental advierten que armar el dormitorio a primera hora del día puede crear un ecosistema de gérmenes y bacterias.
Por qué no se recomienda hacer la cama por las mañanas
El motivo detrás de esta recomendación es tan real como perturbador: los ácaros del polvo. Estos microorganismos invisibles al ojo humano habitan de forma natural en los textiles de cualquier habitacion, pero encuentran su paraíso absoluto en los colchones y las almohadas.
Durante la noche, el cuerpo humano pasa entre siete y ocho horas liberando calor y transpiración. Una persona promedio puede llegar a evacuar hasta medio litro de humedad fluidificada por el sudor y la respiración en una sola noche. Al hacer la cama, todo eso puede quedar bajo tu sábana o acolchado.
El verdadero problema higiénico no radica únicamente en la presencia de estos arácnidos microscópicos, sino en sus desechos, que incluso quedan suspendidos en el aire de la habitación.
Afortunadamente, combatir esta situación es sumamente sencillo y no requiere de productos costosos. La clave es retrasar el reloj y esperar un poco para ordenar.
Los expertos sugieren que, al levantarse, lo ideal es abrir las ventanas, retirar las sábanas hacia atrás para dejar el colchón al descubierto y permitir que la habitacion se ventile durante al menos 20 o 30 minutos.
Cómo afecta este problema a la salud
Al ser inhaladas o entrar en contacto prolongado con la piel, estas partículas son las principales responsables de desencadenar cuadros molestos y crónicos de salud, tales como:
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Congestión nasal matutina y estornudos en ráfaga.
Picazón, irritación o enrojecimiento en los ojos.
Episodios de tos seca y empeoramiento de pacientes asmáticos.
Problemas dermatológicos por falta de una correcta higiene en las superficies.





