A los 11 años, Sabrina Paola Martin Benítez, médica pediatra y endocrinóloga, ya sabía qué quería hacer con su vida. Mientras en su familia todos estaban vinculados al área contable, ella no dudaba: iba a estudiar Medicina. No hubo un plan B.
El admirable logro de una médica mendocina que recibió el máximo título académico que otorga una universidad
Sabrina Martin Benítez es mendocina, pediatra y endocrinóloga. Tras años de estudio, viajes y trabajo, acaba de convertirse en doctora en Ciencias de la Salud

Sabrina obtuvo su calificación de sobresaliente en el doctorado. Es médica endocrinóloga y pediatra.
Fotos: gentilezaTambién sabía que quería trabajar con chicos. Le apasionaba la posibilidad de acompañarlos durante una etapa que considera fundamental: el crecimiento y el desarrollo.
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La decisión parecía tomada demasiado temprano, pero con el tiempo la vida le fue mostrando por qué.
Hoy Sabrina tiene 44 años, es médica egresada de la Universidad Nacional de Cuyo, pediatra y endocrinóloga infantil formada en la UBA y la Sociedad Argentina de Pediatría y, desde hace apenas un mes, doctora en Ciencias de la Salud por el Instituto Universitario del Hospital Italiano de Buenos Aires.
El doctorado es el máximo título académico que otorga una universidad y son pocos los médicos que llegan a obtenerlo. Sabrina lo consiguió con la máxima calificación: Sobresaliente.
Pero detrás de ese título hay mucho más que horas de estudio. Hay una historia.
Una experiencia que cambió el camino de la médica mendocina
Cuando tenía 15 años, Sabrina atravesó un trastorno severo de la conducta alimentaria. La situación fue tan compleja que su familia tuvo que mudarse a San Rafael para que pudiera realizar un tratamiento especializado en el Hospital Schestakow. La experiencia la marcó profundamente.
Una vez recuperada, ya como estudiante de Medicina, comenzó a imaginarse del otro lado: acompañando a otros chicos y adolescentes que atravesaran situaciones similares.
“Me proyectaba pudiendo ayudar desde la experiencia personal vivida”, explica.
Su formación terminó llevándola justamente hacia ese lugar. En el Hospital Notti realizó sus dos residencias y pudo vincularse desde el comienzo con el servicio de Endocrinología y Adolescencia y con el centro de día para trastornos de la conducta alimentaria.
Con el tiempo se especializó en endocrinología infantojuvenil, pero nunca quiso dejar de ser pediatra.
“Como subespecialista nunca quise dejar mi especialidad de base porque la pediatría permite una mirada integral del niño”, explica.
Hoy trabaja en el CUSFyC de la UNCuyo, en CPE, mantiene su consultorio particular SANA, que comenzó a construir de a poco en 2007, y además es docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo.
Lo que más le gusta de su especialidad son los problemas relacionados con el crecimiento y la pubertad.
Pero lo que más la moviliza no aparece en una receta. “Poder acompañar y guiar a las familias en la desafiante tarea de ser padres”, dice.
Seis años para llegar al doctorado en Medicina
Convertirse en doctora tampoco fue un camino corto. Después de los seis años de carrera de Medicina, hizo cuatro años de formación en Pediatría, tres de Endocrinología Infantil y dos como jefa de residentes. Y todavía quería aprender más.
Durante dos años viajó cada 15 días a Buenos Aires para cursar una maestría en Bioquímica, Fisiopatología y Clínica Endocrinológica en la Universidad Austral.
Defendió su tesis sobre factores predictores de deficiencia de hormona de crecimiento en niños cuando su primer hijo tenía apenas 8 meses.
Dos años después comenzó el doctorado. Fueron 2 años de cursado y otros 3 de preparación de la tesis. En total, 6 años hasta llegar a la defensa.
Su investigación se centró en el tratamiento hormonal de pacientes con criptorquidia, es decir, niños que nacen con uno o ambos testículos no descendidos.
Las investigaciones se realizaron en el Centro de Investigaciones Endocrinológicas Dr. César Bergadá de Buenos Aires, bajo la dirección del doctor Rodolfo Rey.
Y hace apenas un mes llegó el momento esperado.
Sabrina defendió su tesis y obtuvo la máxima calificación. “Sentí una gran alegría y emoción por poder lograrlo y encima con la calificación más alta, sobresaliente”, cuenta.
Pero hay una palabra que recuerda especialmente.
La que utilizó su director de tesis para definirla después de la defensa: tenacidad. La define como la capacidad de mantenerse firme y constante en un propósito sin rendirse ante los problemas.
Y quizás ninguna palabra describa mejor los seis años que quedaron detrás de ese título.
Maternidad, pandemia y una historia que también la transformó
Mientras hacía el doctorado, Sabrina fue mamá por segunda vez y fue en plena pandemia.
Y cuando su bebé tenía apenas un mes, su hijo mayor, de 3 años, tuvo que ser operado para corregir un problema cerebral con el que había nacido.
En medio de las horas de estudio, los viajes, las historias clínicas y la escritura de su tesis, la vida le puso delante una experiencia que no estaba en ningún libro.
“Ser mamá de un pequeño con capacidades diferentes ha sido lo más movilizante, en los momentos buenos y en muchos otros un gran abismo, pero un aprendizaje infinito”, cuenta.
Y esa experiencia también transformó su manera de ejercer la medicina.
Porque ahora conoce algo que ningún título puede enseñar: lo que se siente estar del otro lado del escritorio.
“Mi título más valioso, el de ser mamá, me ha brindado las herramientas para ayudar a mis pacientes y sus familias no solo desde el conocimiento científico, sino desde una empatía real y humana”, dice.
Hay vivencias que no aparecen en los libros de Medicina. Sabrina aprendió algunas de ellas en su propia casa.
El buen médico y el médico bueno
Quizás por eso, cuando habla de su futuro, no piensa solamente en seguir investigando. También piensa en formar a quienes algún día ocuparán un consultorio.
En la Facultad de Ciencias Médicas de la UNCuyo participa en el curso de habilidades de comunicación en salud para estudiantes de segundo año. Y allí intenta transmitir una idea que resume su propia manera de entender la profesión.
“La diferencia entre el buen médico, desde el aspecto científico, el conocimiento y la actualización, y el médico bueno, desde el aspecto humano y la empatía”, agrega.
Para Sabrina, el verdadero objetivo es conseguir ambas cosas.
Porque la Medicina necesita profesionales que sepan mucho, pero también personas capaces de mirar a quien tienen enfrente.
Después de tantos años de estudio, viajes, investigaciones y sacrificios, acaba de conseguir un título que muy pocos médicos alcanzan.
Pero cuando tiene que elegir cuál es el más importante, no duda. “Mi título más valioso es el de ser mamá”. Y quizás esa sea la mejor explicación de la médica que decidió ser a los 11 años: una mujer que pasó buena parte de su vida estudiando para entender mejor a sus pacientes y que terminó descubriendo, en su propia historia, algo que ninguna universidad puede otorgar, la posibilidad de comprender al otro de verdad.
En pocas palabras
- Sabrina Martin Benítez: se convirtió en doctora en Ciencias de la Salud a los 44 años, culminando una vocación iniciada a los 11.
- Trayectoria médica: egresada de la UNC, es pediatra y endocrinóloga infantil, con experiencia en trastornos alimentarios y adolescencia.
- Título máximo: obtuvo la calificación de "Sobresaliente" en su doctorado, destacando su tenacidad ante diversos desafíos personales y profesionales.