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Eduardo Álvarez Tuñón, juez y sutil autor de historias reales, pero que suenan inverosímiles

Es escritor, juez y profesor de Derecho. Ademas integra la Academia Argentina de Letras. Publicó un nuevo libro de relatos, titulado "Donde la luz se pierde".

Eduardo Álvarez Tuñón se mueve entre dos mundos, el de la justicia y el de la literatura.

Tiene una nutrida foja de servicios como juez, fiscal, profesor de Derecho.

Como escritor, su sensibilidad se fue templando en la poesía. Lo confirma la fineza y hondura en la construcción de los personajes que animan su nuevo libro de relatos, Donde la luz se pierde.

Hay amores imposibles, vuelos de eternidad que se estrellan contra la opaca realidad, el goteo imperturbable del paso tiempo, melancolías y suspiros, soledades, mundos que desaparecen. También el fuego de dos inquisidores que, en la época colonial, se empeñan en hallar pecados nuevos, nuevas hogueras que pueda ofrecer el Nuevo Mundo. Y hasta un cuento policial sin asesino ni muertos ni policías.

Son personajes difíciles de olvidar.

Como lozano miembro de la Academia Argentina de Letras, Álvarez Tuñón estuvo hace poco en Mendoza acompañando la asunción de Jaime Correas como miembro de la institución.

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Álvrez Tuñón es miembro de la Academia Argentina de Letras.

Álvrez Tuñón es miembro de la Academia Argentina de Letras.

Desde Belgrano, Buenos Aires, habla con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Eduardo. Qué bueno retomar el contacto después de anterior libro, El tropiezo del tiempo.

-Un gusto hablar con ustedes y evocar Mendoza, que es una provincia que me gusta mucho. ¡Miren si me gustará que este año he estado tres veces!

-¿Haciendo qué, además de la reunión de la Academia?

-Estuve dando una clase de posgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cuyo y otra vez más en el cumpleaños de un amigo. Así que conozco y quiero mucho a Mendoza y voy muy seguido.

-Ahora nos llegó Donde la luz se pierde. Un conjunto de relatos, sinceramente, fascinante.

-¡Uy, me causa mucho placer oírlo!

-En una entrevista de la revista Jot Down, la número 39, vos decías: “Aspiro a ser subrayado, no sé si lo lograré”. Pues bien, este nuevo libro tuyo lo tenemos todo subrayado. Así que se ve que lo lograste.

-Bueno, cuánto me alegro (ríe).

-A partir de la charla con Jot Down, queda claro que hay una relación de vasos comunicantes entre tu carrera judicial y tus relatos, ¿no?

-Sí. Es cierto. Realmente es cierto. Y todos mis relatos, salvo el que da título al libro y el último, están basados en historias reales.

-¿Por qué?

-A mí me gusta mucho trabajar lo real inverosímil, es decir, las cosas que pasaron y que el lector se pregunta: ¿pero esto realmente pasó? Y realmente pasó.

-Dentro de tu historia personal, hay un personaje muy interesante, tu tía abuela, con la cual te criaste.

-Sí. Mi padre falleció cuando yo era muy niño. Tenía tres años. Él murió de una aneurisma cerebral a los 32 años. Yo me crié con mi madre y con mis tías, que en realidad eran mis tías abuelas.

-Una atmósfera muy particular.

-Me crié en un mundo de mujeres, porque, claro, mi madre tuvo que salir a trabajar. Era maestra de escuela pública.

-¿Y una de tus tías fue la que más te influyó?

-Era una mujer muy culta. Maestra de escuela pública, también. Tenía una gran biblioteca. Es un poco la que me introdujo en la lectura y a la cual le debo mucho.

-Ella te regaló una frase, de esas que dejan una marca indeleble. Te dijo: “Hagas lo que hagas, tratá de no ser mediocre dentro de tus posibilidades”. Y esta es, precisamente, la obsesión de muchos de tus personajes, incluyendo al protagonista del último relato, el vendedor de persianas, que quiere matar a otro para salvarlo de la mediocridad.

-(Ríe) ¡Para salvarse los dos!

-Claro. Matar y salvar son los dos verbos que el tipo usa.

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La portada de "Donde la luz se pierde".

La portada de "Donde la luz se pierde".

-Ese cuento es el último que escribí y no está basado en una historia real. Pero tiene mucho que ver con lo que vos decís, ¿no?

-Esos climas que lográs te hacen pensar que, en algún momento, estás leyendo el Libro del desasosiego, de Pessoa.

-Buena comparación. ¡Ojalá pudiera rozarlo! Lo que pasa es que yo vengo de la poesía. Es lo primero que empecé a escribir y lo sigo haciendo. De hecho, dirijo una colección de poesía. Y la poesía tiene mucho en común con el cuento, porque, cuando el cuento fragua, el cuento es redondo, tiene redondez. Y cuando uno pasa de la poesía a la prosa, te enseña a cuidar la palabra. A escribir un poco con la palabra justa.

-¿De qué manera se traduce eso?

-Cuando digo “aspiro a ser subrayado”, es porque aspiro a que alguna frase, no sé si alguna historia, quede, suene, emocione, sirva. Eso es lo que trato de lograr. En fin… vos me decís que lo has subrayado el libro. Eso me resulta muy grato.

-Ha sido un problema con el lápiz porque el subrayado, en este caso, pasaba, incluso, de una frase y podía extenderse a un párrafo entero, casi a una página.

-Qué bueno eso que me decís. Por otra parte, trato de que el lector entienda el texto, que se subyugue un poco por la historia; trato de que el lector pueda viajar. Trato de no incomodar al lector.

-¿No incomodarlo en qué sentido?

-En el sentido de que la historia esté clara y le llegue.

-Sí. Hay muchos cuentistas que trabajan con finales abiertos. No es tu caso. Los cerrás de una manera contundente.

-Sí, trato de cerrarlos de una manera contundente y, al mismo tiempo, trato de que el texto tenga una prosa que no sea caótica. Es decir, trato de escribir cuentos que puedan ser escuchados; que puedan ser leídos y que tengan cierta música interna, a su vez; que el lector reconozca una voz.

-Hablando de finales contundentes, hay un cuento sobre un sastre, un personaje muy parecido al vendedor de persianas, que cierra de manera tremenda.

-Esa historia es absolutamente real.

-¿Inspirada en alguien cercano?

-Es la historia del padre de un amigo mío. Es la historia, también, de un mundo que desaparece y de un personaje obsesionado por la eternidad. Tenía algo de artista en sí, pese que era sastre. Y desde su humilde sastrería del barrio del Once, un barrio humilde de Buenos Aires, trataba de difundir cultura y todo lo que él amaba.

-Rescato, justamente, una frase subrayada al azar de ese cuento: “Nada resulta tan efímero como aquello que, en la juventud, creíamos eterno”.

-(Ríe) Claro, claro, es cierto, ¿no? Ese cuento tiene otra cosa que a mí me parece trágica para los que nos gusta leer y para los que formamos una biblioteca, aunque no seamos escritores. Y es que ninguna persona está preparada -a mi modo de ver ningún lector-, para sobrevivir a su biblioteca. Es decir, la biblioteca nos sobrevive a nosotros.

-Por eso el cuento se llama “La eternidad de un sastre”.

-Y me pareció interesante, porque, en realidad, lo que quise decir, más allá del mundo del libro, es que nadie puede sobrevivir a lo que amó mucho. Pensamos que lo que amamos nos va a sobrevivir a nosotros y no vamos a sobrevivir nosotros a lo que amamos.

-Mucha de la nostalgia que vas desgranando a lo largo de tus páginas tiene nombre y apellido. Por ejemplo, nombrás firmas como Casa Muñoz o Gath & Chaves, que han sido parte de nuestra historia.

-Han sido parte de nuestra historia y de un mundo que un poco ha desaparecido, ¿no? A mí me gusta trabajar la nostalgia. Quizá porque hay como una poesía en la nostalgia. Y lo mismo les debe pasar en Mendoza. Debe haber lugares que evocan desde la nostalgia, que muchos han cambiado y que ya no existen. O que no son lo que eran antes.

-A Borges le pasaba al evocar esos barrios de cuchilleros que conoció en su infancia. A vos también, cuando contás tus paseos por Corrientes, que era la calle de las librerías y que hoy es otra cosa.

-Es otra cosa y me da cierta tristeza. Algunas librerías han sido por reemplazadas por locales de dos por uno…

-O por las pizzerías…

-Por las pizzerías. ¡Terribles! Uno tiene siempre una especie de ciudad en la memoria. Vos debés tener una Mendoza de tu niñez y de tu adolescencia en tu memoria y la recorrerás diciendo “acá vivíamos esto, acá estaba este bar”, etcétera. Aunque no sé si Mendoza ha cambiado tanto.

-Ha cambiado. Por ejemplo, nosotros tenemos zonas que, hasta no hace mucho, eran viñas u olivares y que hoy ya son totalmente parte de la ciudad. Eso es fuerte.

-Claro, claro…

-Otra curiosidad de tu libro es que incluye un cuento policial sin asesinos, sin crimen y sin detectives. ¿Cómo lo urdiste?

-Este es un cuento escrito en pandemia. Yo empecé a notar con cierta mirada crítica que había una proliferación de la literatura del género policial, al que no desprecio obviamente, pero que tenía una difusión excesiva y que estaba, digamos, invadiendo zonas de otras lecturas posibles.

-¿Cuál sería el problema que te motivó?

-Que el lector del género policial es un lector especial. Es un lector que lee mucho para divertimento más que para reflexión pura. Y, después, es un lector que sobreestima mucho el final.

-¿Por qué eso?

-Sobrestima mucho los finales por sobre el recorrido que lleva a ese final. Y tiene otra particularidad. El lector de policiales es un lector que duda. Lee dudando. Lee así porque lo hace tratando él mismo de resolver el enigma.

-Lee investigando.

-Sí. Esto no quiere decir que no me parezca válido lo del género policial y que no yo no haya leído con mucho placer esos libros.

-¿Entonces?

-A mí el abuso del policial en las estanterías y en las ediciones me dio la idea de escribir una especie de parodia del género, que después se me fue un poco de las manos, con una novela que no tuviera ni asesino ni muerto ni policía.

-¿Por qué decís que se te fue de las manos?

-Empecé a tratar de desafiar el género de esa manera y, en realidad, se me fue un poco de las manos porque fue naciendo un personaje extraño. Un personaje que tiene una vida gris, pero que tiene, también, cierta profundidad, cierta aspiración a la trascendencia. De hecho, tiene esos insomnios a la madrugada que le impiden dormir y que, a su vez, le llevan a concluir que él ha vivido una vida donde no ha vivido los verbos sagrados; los actos de los verbos sagrados.

-Hundido en la vida chata, de la que hablábamos.

-Ha viajado, ha trabajado, ha cobrados sueldos, se ha casado, pero los verbos esenciales de trascendencia, aun los del pecado, no los ha vivido. Y ahí empieza a no querer irse del mundo sin haber vivido algunos de esos verbos sagrados que están en la Biblia o que están en los textos religiosos.

-El tipo se despertaba, a la madrugada, obsesionado con empezar a imaginar esos verbos. Y cita esta frase: “En la noche oscura del alma son siempre las tres de la mañana”. ¿Por qué las tres de la mañana, Eduardo?

-Es una hora en que no es demasiado temprano para ser madrugada y todavía no es noche.

-La peor hora para despertarse…

-Es la peor hora para despertarse, para volver a dormir. Y cuando te volvés a dormir, ya empieza la luz. Aparte, todo es más terrible de noche que a la madrugada. ¡Hasta un dolor de muelas es más terrible!

-Ahora bien, ¿esa frase te la inventaste o es una cita? No lo aclarás en ningún momento.

-Esa fue una frase que anotó en un carnet Scott Fitzgerald, el autor de El Gran Gatsby.

-¿Cuál era su mecánica, en ese sentido?

-De pronto se publicaron las frases que anotaba Scott Fitzgerald, cuando caminaba y escuchaba, que le parecían atractivas. Y en un momento anotó esa frase, que, en realidad, no es de él; la escuchó. Como aclaré en un reportaje, no cité la frase sobre las tres de la mañana literalmente porque me desdibujaba al personaje. Es decir, mi personaje, que es un reparador de persianas, no es fácilmente lector de los carnets de Scott Fitzgerald. Ojo, sin desprecio lo digo.

-Tus relatos se ubican, grosso modo, en una época contemporánea, salvo el que le da título al libro, “Donde la luz se pierde”, que se remonta a la época de la Inquisición.

-La historia de ese cuento es así. En 2018, hice un viaje a Cartagena de Indias. Me habían dicho que era una ciudad fascinante. Y realmente lo es. Pude alojarme dentro de la ciudad amurallada y realmente me impactó.

-¿Por qué te impactó?

-Porque me recordó la ciudad de Toledo, pero con mar y con la exuberancia y la sensualidad de Latinoamérica y del Caribe.

-¿Qué movió en vos?

-En esa visita turística de una semana, pude ver el Museo de la Inquisición. Y es muy atrapante porque la inquisición de Cartagena de Indias, junto con la inquisición de Toledo y la inquisición de México, fueron las tres inquisiciones más importantes, más rígidas del mundo español.

-¿Y qué es lo te llamó particularmente la atención?

-Que en el museo estaban los libros prohibidos por la Inquisición. Y, claro, ¡estaban casi todos los libros de mi biblioteca!

-Hubieras sido pasto de las llamas…

-¡Claro! Estaban casi todos los libros con los cuales yo me formé como escritor, como lector. Pero lo que más me impresionó fue la sala de los instrumentos de tortura. Todos esos instrumentos tenían ciertos nombres sensuales.

-(Risas) ¿Como cuáles?

-La cama del vértigo, la dama de la noche… Había cierta sensualidad. Y ahí se me ocurrió la siguiente historia: la de un inquisidor que lo mandan al Nuevo Mundo.

-Como para jubilarlo.

-Claro, pero con esta idea que me pareció atractiva. Aunque lo mandan un poco para sacárselo de encima, a él le gusta la idea de que, en un nuevo mundo, como era América, tal vez hubiese nuevos pecados.

-¡Fértil imaginación, la del hombre!

-Así como en el Viejo Mundo estaban los siete pecados capitales, tal vez en el Nuevo Mundo había nuevos pecados. Y él viene a ver cuáles son. Viene con esa inquietud teológica interesante.

-Y llega al lugar ideal…

-Ante la sensualidad, la exuberancia del Caribe; ante la belleza de las flores, de los frutos, tan diferente a la aridez de Castilla y de Toledo; se me ocurrió que a él lo recibía un inquisidor joven, un sacerdote joven, y que los dos se enamoraran de una misma mujer.

-Tremendo. Para dos inquisidores.

-Se me ocurrió que esto podría ser interpretado por ellos como el nuevo pecado de América o como el pecado del Nuevo Mundo. Sobre todo, él, el inquisidor mayor, que nunca había amado en España, cae presa de una especie de amor loco en América.

-Una encrucijada fatal.

-¿Y qué se me ocurrió ahí? No sé si lo logro: tratar cómo se enamoran los viejos y cómo se enamoran los jóvenes. Los viejos se enamoran un poco con el pasado y los jóvenes se enamoran un poco con el futuro.

-Y con la misma mujer entremedio…

-La historia de amor de una mujer para la cual, por otra parte, ellos dos no existen. Es decir, una mujer que atraviesa de una manera muy etérea el lugar donde ellos la ven, en la casa de su marido.

-Todo unido por el hilo de la música.

-Es otra cosa que me interesó y que es estrictamente cierta: la Inquisición tenía la obsesión de que en la catedral de Cartagena de Indias no había órgano.

-¿Y a qué respondía la obsesión por la falta de órgano?

-Ellos pensaban -y yo lo pongo en el libro- que el órgano convierte en sagrada cualquier música. Hay algo en el órgano que es un poco la voz de Dios. ¡Si vos ponés una bailanta tocada en órgano, ya te parece hasta más sagrada!

-Claro. La melodía se vuelve más elevada.

-Sí. Por eso, que no hubiera órgano, era considerado grave. Como que la gente no vivía la sensación de lo sagrado en las misas sin órgano. Entonces, ellos consiguen traer un instrumento, que es parte de lo que relato en el cuento.

-Pero además de esta dama que conmueve a dos inquisidores, tu libro está plagado de amores ideales, de mujeres imaginarias o imaginadas, de poca carnalidad.

-Muchos de mis cuentos están atravesados por historias de amor apasionadas y muchas veces no realizadas. El primero de ellos (“Los despojos de los días”), que está llamando mucho la atención y que es un poco el que más genera polémicas, es un hecho absolutamente real.

-¡¿Sí?! ¿De dónde salió?

-De un compañero mío de la secundaria al cual le conté que iba a escribir ese cuento. Y me dio como el permiso.

-¿Una persona de qué ámbito?

-Era un muy importante informático que trabajaba en un banco, en el cual ahora se acaba de jubilar. Era una persona de mucho talento y que vive esa historia de amor.

-¿Qué te atrajo, en concreto, de su historia?

-Dos cosas. Primero, que él vive un amor como unilateral. Él siente que puede vivir el amor, aunque esa mujer lo ignore. Y que puede vivir ese amor sin molestarla, sin acosarla, sin buscarla.

-Singularísimo, para ser real.

-Él lo contó en una cena de la escuela secundaria, como una especie de confesión. Entonces me acordé de un poema de Borges, el último de los dos sonetos a Spinoza, que termina con una frase que dice: “El más pródigo amor le fue otorgado, /el amor que no espera será amado”.

-Enorme poema…

-Es decir, él ama, pero ya no espera ser amado. Y, a su vez, me acordé de una carta que Voltaire le escribe a una mujer donde le dice: yo soy el que te debo todo, porque yo soy el que ama.

-Hermosas citas, ambas.

-O sea, como que amar produce un éxtasis tal vez más importante que ser amado y que poco importa tal vez la indiferencia del ser amado.

-Y sobre eso se sustenta la historia del bancario.

-El descenso a la locura de ese personaje, en realidad su historia de amor y de locura, comienza en un hotel internacional como si fuera el Hyatt de Mendoza, donde él va a tomar algo con esta mujer. Allí le plantea que la ama. La mujer le plantea que no. Toman una copa. Cuando ella se va, él ve la marca de rouge de sus labios. Gira la copa y apoya sus labios en esa marca de rouge. Bebe el pequeño sorbo que queda del agua y siente la emoción de un beso a la distancia.

-Ahí empieza su construcción personal…

-Esto es una cosa interesante desde el punto de vista del que ama. Él empieza a sentir que puede compartir algunas cosas con ella, aunque ella no lo sepa y sin molestarla. Y siente realmente que eso es un beso. Guarda la servilleta. ¡Se sienta en su mismo lugar para ver el mundo como lo veía ella! Y empieza a gozar una historia de amor como si la pudiera vivir. Con una historia terrible, después, y un final absurdo y terrible, que no contamos.

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"El tropiezo del tiempo", otro libro de Álvarez Tuñón.

"El tropiezo del tiempo", otro libro de Álvarez Tuñón.

-Usaste la palabra absurdo. Sí. Parecía, en un punto, una historia de Camus.

-Sí. Tiene algo de absurdo. Sobre todo, con ese final. Te cuento que acá se armó una pequeña discusión, ahora que está tan de moda el tema del feminismo y del acoso. Me parece bien que se hable del tema, no estoy criticando esa corriente.

-¿Qué pasó? ¿Qué te plantearon?

-Dos exponentes del feminismo habían discutido entre sí y me preguntaron si lo que hace mi personaje es o no acoso.

-¿Sí? ¿Qué les respondiste?

-Les dije: me parece que no es acoso porque la mujer no llega a enterarse jamás.

-¡Nunca se le acerca! No quiere ni ser visto por ella.

-Nunca se le acerca. Sí. Después hay otra cosa interesante y es que él piensa que ese amor que vive, que no tiene cotidianidad ni tiene esa cosa de la rutina del matrimonio; ese amor que vive es un amor que nunca se va a marchitar porque no tiene capacidad de decepción. Uno puede decepcionarse con una mujer, si vive con ella, después de diez años de matrimonio. ¡Pero este no se decepciona!

-No hay manera.

-Claro. Vive como en un eterno éxtasis. Vive como si fueran las vísperas del amor. ¿Vos viste que las vísperas del amor es tal vez lo más hermoso el amor?

-Cuando todo es ideal, cuando todo es posible.

-Son los momentos que preceden a ese amor.

-Para demostrar que no es acoso, te voy a citar a vos mismo. Dice, al principio del cuento: “Supo que el secreto estaba en amar, no en ser amado. Debía evitar caer en ese error superficial de reducirla a un cuerpo. Ella era también lo inasible, su memoria, sus sueños, lo que no se ve, lo que no se marchita, los lugares donde estuvo y, sobre todo, aquello que abandona, esos restos que ahora el mozo se llevaba en la bandeja”. ¡Cómo va a ser acoso eso, si es todo etéreo!

-Claro, claro, claro…

-Vuelvo al cuento que da título al libro, porque quizá acá se vea mejor tu veta de funcionario judicial. Están hablando los dos inquisidores y uno dice: “A veces es mejor no conocer a quien se va a juzgar. Conocer lleva siempre a comprender y comprender lleva siempre a perdonar”.

-A mí me ha pasado en la función judicial. Cuando uno conoce y comprende, comprender te lleva siempre un poco a perdonar. Eso también es cierto. Y es un poco el drama de la función judicial cuando, a veces, comprendés. Es como si vos me dijeras: el concepto abstracto de asesino merece pena. Pero, por ahí, cuando ves a una persona real, vas conociendo todo lo que lo llevó a determinadas situación y ya tenés más atenuantes.

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