Contestatario

Saccomanno, con libro nuevo y la acidez intacta: "No me interesa en absoluto el Mundial. Me parece detestable"

Guillermo Saccomano es escritor, guionista y columnista de medios nacionales. También expone dibujos y pinturas. Es considerado un distinto e inimitable

A Guillermo Saccomanno la copiosa colección de distinciones que reúne gracias a su labor de escritor, de guionista de historietas y, también, de columnista en diarios de circulación nacional, no lo invita a la molicie. Muchos menos a la autocomplacencia.

Trabaja todo el tiempo. Y disfruta trabajando. Es su inercia indetenible.

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En abril de este año, fiel a su carácter -y a su aura-, pateó el tablero con un discurso contestatario en la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires, en la Rural.

Siguió a paso firme desde entonces. Viene de inaugurar una exposición con sus dibujos y pinturas en la librería Menéndez. Y ahora está presentando su nuevo libro, Esperar una ola.

Se trata de relatos cortos. Concentrados. Con la concentración de la poesía y la hondura de la filosofía, sus dos principales fuentes de alimentación en este momento, según reconoce.

Y con el punch que lo convierte en un escritor distinto. Un inimitable. ¿Un indomable?

Vive a caballo entre Buenos Aires y Villa Gesell. Ahora está en el Bajo, para hablar con el programa La Conversación de Radio Nihuil.

-Hola, Guillermo, ¿cómo andás?

-Bien. Escribiendo.

-Como siempre.

-(Ríe) ¡Qué se le va a hacer! No sé hacer otra cosa.

-Vos mismo lo has dicho: no hay día en que yo no escriba, no pinte, no trabaje.

-Cómo decía el Negro Fontanarrosa: vivimos de esto, pero también vamos a morir de esto.

-Hablando de vivir, cómo estás viviendo estos días del Mundial, porque, aunque no te guste el fútbol, es imposible evitarlo, ¿no?

-No me interesa en absoluto el Mundial. Me parece detestable, bajo todo punto de vista, considerando la situación que implica este negociado y la distracción que significa de las masas cuando hay otra problemática más vigente, que es la destrucción del mundo y los problemas que tenemos todos los días. Lo que no quiere decir que esto sea una enfática puteada contra el deporte.

-¿No?

-Me encanta el deporte. De pibe yo jugaba a la pelota, al fútbol, como cualquier pibe de barrio. Respeto a quienes les gusta el fútbol y juegan.

-¿Pero?

-Pero me parece que se ha convertido en un negocio muy ruin, muy canalla. Se realiza en un territorio marcado por la esclavitud, marcado por la tortura, la represión, la persecución de los derechos humanos, etcétera. Entonces no siento particular interés en este Mundial.

-Quedó totalmente entendida tu postura.

-Quiero aclarar algo acerca del negocio. No nos olvidemos de que Maradona lo había denunciado con mucho más conocimiento de causa que yo. Esta es una de las cosas que lo hacen valioso al Diego. Es decir, no soy un antifutbolero. Simplemente me guío por otros razonamientos y otros planteos.

-Okey, pero apelando un poco a tu filiación marxista, Marx entendía la necesidad de un opio del pueblo para aliviar al trámite de la existencia. En algún momento fue la religión, hoy puede ser el fútbol, ¿no?

-No. La religión también sigue. Sino, mirá los evangelistas en Brasil.

-Es cierto. Entonces, más opio del pueblo, todavía. Se ve que nos hace falta.

-El “nos” no me incluye, perdón.

-Eso está fuera de duda. Lo decía pensando en la sociedad, para eliminar tensiones.

-Sí, pero no creo que a todo el mundo le pase lo mismo, ¿eh? No creo que todo el mundo esté subyugado por este opio. Conozco a mucha gente que no. Y a amigos futboleros que, si bien siguen los partidos con interés, no se comen el circo.

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Guillermo Saccomano es un escritor inigualable.

Guillermo Saccomano es un escritor inigualable.

-Justamente, casi al terminar tu libro, en la página 185, se lee la alusión a un diario amarillista: “Noticias escalofriantes, mucho fútbol, faranduleras provocadoras”. Y agrega: “Esta clase de diarios son diarios de clase. Expresan las frustraciones y deseos de sus lectores”. Como que ya te venías anticipando…

-No es una anticipación. Es una lectura, te diría, directa de la realidad. No hay que hilar muy fino por esto que yo digo. El escritor, en todo caso, indaga la realidad, la mira, intenta cuestionarla. Indaga. Indaga sobre sí mismo, indaga sobre los otros. La literatura es un ejercicio de indagación. La escritura es un ejercicio de indagación.

-Un oyente y buen lector te felicita por lo que dijiste del Mundial. “Excelente definición del circo mundialista. Qatar, el peor lugar en un mal momento. ¡Bravo Saccomanno!”, te dice.

-¡Es que alguien tiene que decirlo! Y no soy el único. Hay muchos que lo están denunciando. Se sabe que es un negociado que empezó con Sarkozy, etcétera, y donde está complicado también Macri. Es decir, no nos podemos hacer los inocentes con respecto al significado trágico que tiene este Mundial

-Guillermo, vos oscilás entre Buenos Aires y Villa Gesell, donde algo se te perdió por la partida de Juan Forn. ¿Cómo decidís en qué lugar estar? ¿Depende de qué?

-Depende de lazos afectivos familiares muy, muy profundos. Yo tengo hijos, nietos. Tengo un hijo de 14 años. Entonces estoy un promedio de 20 días y 10 días, a veces más, a veces menos. Gesell se me convirtió un poco, desde la ausencia de Juan, en un territorio de desolación, dado el vínculo que teníamos, muy estrecho, donde conjugábamos vida y literatura.

-Sí. Una herida abierta…

-Pero, bueno, más allá de eso, Gesell es un territorio electivo, Buenos Aires me tocó. Uno no elige dónde nacer.

-Te lo preguntaba porque tu libro tiene mucho paisaje; mucho, desde el título, que habla de esperar una ola y con un dibujo tuyo, encima. Está el mar todo el tiempo, obviamente, hay merodeos por el cementerio, cielos, etcétera, pero el que termina adquiriendo mayor protagonismo es el bosque. Supongo que tiene que ver con tu paisaje interior, ¿no?

-Yo crecí en un barrio de trabajadores. Nací en Mataderos, un barrio de calles de tierra, cerca de los mataderos, de los frigoríficos; pero también un barrio donde había mucha naturaleza, muchos potreros. Había un parque inmenso, el Parque Avellaneda. Y al volver a Gesell creo que recuperé esa relación con la naturaleza, que para mí es esencial.

-¿De qué manera te llega la naturaleza?

-No quiere decir que yo sea un botánico o un estudioso de la ornitología, pero vivir en la naturaleza te cambia la perspectiva y estar frente al mar te devuelve a tu infinita pequeñez humana. Te planteás, entonces, qué haces, a qué vinimos a esta tierra. Aunque en los últimos tiempos, hará unos ocho años, ya no vivo frente al mar. Siempre viví frente al mar. Cambié por el bosque.

-¿Por qué? ¿Qué te hizo cambiar?

-El bosque es un territorio distinto que implica, tal vez, más intimidad o recogimiento, otro tipo de reflexión.

-El bosque, como decíamos, aparece varias veces en el libro, incluso para preguntarse si conviene atravesarlo, si acecha el lobo allí adentro y esas cosas. Y el tema arroja una de las páginas más bonitas: es cuando aludís a la voz del bosque. El bosque habla, “pero averiguar qué dice no es así nomás”.

-Te agradezco. Es la metafísica del bosque, un aspecto de la naturaleza. Otro es el campo. Yo viví alguna vez en el campo. Alquilé en un campo. También viví en el Tigre, en una isla, durante dos años. Es un paisaje absolutamente distinto que implica otro tipo de reflexión, otro tipo de situación, te diría, casi de insularidad. Un paisaje más japonés, cuando ves la niebla, los juncos… Muy interesante.

-¿Qué te queda de todo este peregrinaje planetario?

-Es una pena lo que está ocurriendo en términos de ecología con nuestra naturaleza, el arrasamiento, que no es solo nuestro, sino que es general, del planeta. Cómo los millonarios siguen queriendo más y más y más y más. Y estamos en un planeta donde los polos se derriten, donde las temperaturas ascienden; un mundo gobernado por viejos carcamanes, que no son ellos los que van a sufrir las consecuencias sino nuestros hijos, nietos, etcétera. Qué mundo les tocará vivir, ¿no?

-Sí. Es una agenda global, sin dudas.

-Mendoza tampoco es ajena a esta situación, como no es ajeno el Noroeste, como no es ajena la Mesopotamia ni tampoco la Patagonia. La política extractiva que contamina, que recurre al cianuro y a otros factores tóxicos. La cultura del sojismo. Hay testimonios elocuentes sobre esto, pero se lo ningunea. Se lo ningunea, además, en los medios. Yo creo que de esto hay que hablar. Es la preocupación, por ejemplo, de mis nietos. La ecología es una preocupación cada vez mayor en los jóvenes y con razón, con justificada e indignada razón.

-Vos hablás de los viejos carcamanes que manejan el mundo…

-¡Y de los jóvenes carcamanes! Porque hay otros, como Elon Musk, etcétera, que no son tan jovatos.

-Decía de los viejos carcamanes porque nosotros, vos y yo, pertenecemos a esa generación. Y el problema es cuando miramos hacia abajo, hacia nuestros hijos y nuestros nietos, ¿no?

-Sí, pero, al menos yo, no he talado ningún árbol. Aunque, como escribo a mano y escribo en papel, si uno lo piensa, estos elementos provienen de alguna deforestación.

-Tu lápiz también.

-Mi lápiz también. No estamos libres, en grado menor.

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Guillermo Saccomano tuvo en la última Feria del Libro un discurso contestatario.

Guillermo Saccomano tuvo en la última Feria del Libro un discurso contestatario.

-Me llama la atención que vos dijeras, en alguna entrevista, que, para este libro, tu intención era escribir cien cuentos felices. Pero, después de leerte, yo los llamaría al revés. Los llamaría “cuentos crueles”. Algunos son muy bravos.

-Es que la realidad detona estas historias. Yo pensaba, primero, en un libro que irónicamente se iba a llamar “cien cuentos felices”. La felicidad estaba, en todo caso, en escribirlo. Después no me convencía y seguí un poco más. Soy de aquellos que necesitan quinientas páginas para quedarse con cien. Fui filtrando. No me conformaba. Entonces me di cuenta de que estaba escribiendo lo que los gringos llaman una atomized novel, una novela atomizada, como lo fue Cámara Gesell.

-Claro, tu libro de hace una década, más o menos.

-Es un conjunto de situaciones que pintan un lugar. En Cámara Gesell yo me había centrado en un pueblo balneario. Acá es un poco más ambicioso. Si bien el libro es más corto, más chico, más acotado, más compacto, la preocupación es mucho más planetaria.

-¿Qué te propusiste, en concreto?

-Lo que me propuse en este libro era trabajar sobre dos ejes: uno, la contemporaneidad y otro, la simultaneidad. La contemporaneidad es que las historias tengan que ver con nuestros miedos contemporáneos. Y la simultaneidad tiene que ver con qué está pasando del otro lado de la pared.

-¿A qué le llamás el otro lado de la pared?

-A que hoy estamos enterados al toque de lo que pasa en una guerra como puede ser Ucrania, pero no sabemos qué está pasando en el departamento de al lado, si están fajando a un chico, matando a una mujer, si hay una pareja haciendo el amor, si hay alguien sufriendo, si hay alguien feliz. Es decir, estamos cada vez más aislados a pesar de estar cada vez más conectados con nuestros celulares en tiempo real con el resto del planeta.

-Varios de tus relatos apenas superan una página, los más largos. Es muy significativo el ejercicio de concentración que hacés en cada uno de ellos. Y muchos, al final, te dejan un nudo en el estómago. O sea, hacés una concentración ácida.

-Supongo que esto tiene que ver también con mi lectura cada vez más intensa de poesía y filosofía. Casi no leo narrativa. Esto no quiere decir que no esté enterado o no esté al tanto de lo que se publica, pero desde hace ya algunos años, en las contratapas de Página 12 que publico un domingo al mes, estoy escribiendo sobre la búsqueda de la belleza.

-Estás aficionado a la poesía y a la filosofía. Contame cómo.

-No sé cuánto entiendo de filosofía, por ejemplo, cuando leo a Wittgenstein.

-¿Entonces?

-Pero cuando no lo entiendo sigo adelante y aplico el mecanismo de un lector de poesía. ¿Por qué? ¿Qué pasa con la poesía? Que en una línea tiene un relámpago, te presenta un relámpago que te aclara el mundo o te toca en algún lugar y dice más, a veces, que un tratado o que una novela. Y no estoy hablando de superioridad de género, sino que estoy hablando de mis predilecciones. No desdeño una buena novela.

-Vos te preguntás, todo el tiempo, en el libro, por qué escribo, para qué, qué estoy haciendo. Afirmás, al respecto, en otra página notable, que “lo que hacemos es empecinarnos en dejar constancia de que aquí estuvimos, un cortaplumas raspando la corteza de un árbol que nos sobrevivirá”.

-Yo recurriría a la cita de un poeta egipcio exilado en París, Edmond Jabés, no muy conocido, que, según planteaba, escribía para que alguien supiera que él alguna vez existió. Me parece que esta es la gran pregunta de la escritura: la cuestión del sentido. ¿Por qué escribo, para qué escribo, para quién escribo? Uno escribe para sí mismo, pero también escribe para el otro, para la alteridad. Entonces, ¿qué decir?

-Decime.

-Son todas preguntas que uno no puede dejar de formularse hoy cuando escribe, aun cuando pueda escribir una novela, entre comillas, “de evasión”.

-¿Por qué entre comillas?

-Porque creo que no existe la evasión. No existe en el género policial, no existe en el género romántico. Tarde o temprano la realidad interfiere, te toca, te compromete. La escritura no es un ejercicio gratuito, aun cuando te quieras hacer el distraído.

-No. No hay manera de hacerse el distraído.

-Y menos de uno mismo. Estamos todos concentrados en nosotros mismos en un mundo en el que, como te decía, a partir de esta cuestión de la aparente comunicación real, estamos cada vez más en soledad y más aislados.

-A propósito de esto, cuando te referís a la voz del bosque, terminás dándote cuenta “de que nadie está solo del todo: se trae siempre al pasado con uno”. O sea, ¡ni siquiera se puede estar solo!

-No. No lo podés aliviar. Tarde o temprano te alcanza. Cuanto más lejos creés que te vas, lo tenés ahí. Es tu sombra.

-Por si esto fuera poco, en otra página, desarmás otra ilusión, la de pensarse invisible cuando uno anda merodeando la presa: “Pero nadie es invisible: todos estamos sometidos a la visión de todos”.

-Además, estamos todos bajo control. Es decir, si el imperio quiere saber dónde estás en este momento, te localiza. Y no es solo lo que se ve en las películas, por ejemplo, en una trama bélica de estas que transcurren en Afganistán o en una de espionaje, en las películas de Jason Bourne. ¡Ves que el mundo está bajo control! El mundo está bajo vigilancia. Hay cámaras en todos lados.

-El súper Gran Hermano, ¿no es cierto?

-Sí, sí. Algo así. Coincido.

-Se ve que estás en un momento creativo muy intenso. Además de publicar tu nuevo libro acabás de inaugurar una exposición en una galería. ¿Cómo es esto último?

-Yo siempre dibujé y siempre pinté. Desde muy pibe. Te diría que, antes que la escritura, estuvieron el dibujo y la pintura. No obstante, me formé en una casa proleta donde había una biblioteca considerable a la cual yo tenía acceso irrestricto. Después, a los 15 o 16 años, empecé a laburar de cadete en una agencia de publicidad. Era la época en que no había estas escuelitas que enseñan el arte de la truchada, ¿no? Otra cosa es la publicidad.

-¿Cómo era la actividad en ese momento?

-La publicidad se hacía con escritores que trabajaban de redactores, con directores de cine que filmaban los spots, con pintores que trabajaban de diseñadores gráficos. Entonces, para un pibe de esa edad, que laburaba de mandadero, entrar en este mundo era deslumbrante. Además, era una época en que Buenos Aires estaba pletórica de galerías de arte, etcétera.

-Un ambiente muy Mad Men, como alguna vez dijiste.

-Sí, muy Mad Men. Además, por otro lado, unos años más tarde me inicié como guionista de historietas. Y al ser guionista, conocí a grandes maestros como Alberto Brescia, su hijo Enrique, su hija Patricia, su hija Cristina.

-Lo de Brescia fue muy fuerte, ¿no?

-Al conocerlo al maestro Brescia, porque ese sí que era maestro en serio, ahí te dabas cuenta. En la evolución de Brescia, desde el realismo hacia el expresionismo, hay un pasaje muy interesante que yo observaba con mucho detalle.

-¿Qué querés decir con esto?

-Que estuve haciendo una carrera de Bellas Artes sustituta al conocerlo a Solano López, a ilustradores y dibujantes como Mandrafina, con quien todavía yo trabajo porque sigo escribiendo, cada tanto, guiones de historietas. O sea que al dibujo siempre lo tuve al lado como complemento de la de la escritura, como una expresión más instintiva, más intuitiva, menos cerebral, menos elaborada mentalmente. Es dejarte llevar por la línea, a ver a dónde te conduce la línea, tanto en el dibujo de un caracol como de una playa que puede ser imaginaria o una tormenta que puede ser imaginaria.

-Okey, pero no te habías mostrado como tal, como dibujante.

-Ahora me animé porque un día paso por la librería Menéndez, que también es un espacio de arte. Y Marta, la dueña del establecimiento, me preguntó qué estaba escribiendo. “No, no estoy escribiendo. Estoy dibujando y pintando”, le conté. Entonces le mostré algunas reproducciones que tenía en el celular y ahí me propuso hacer una exposición.

-Te la jugaste.

-Sí. Nunca me había animado. A ver… yo siempre estoy mirando pintura y mirando dibujos. Ustedes tienen Mendoza a un gran, gran, gran artista y no me refiero sólo a Carlos Alonso, sino a Luis Scafati, con quien alguna vez intentamos hacer historietas.

-¿Te acordás en qué momento fue?

-Fue en la primera época en la que el Fati empezaba a venir a Buenos Aires. Estaban él y su mujer alquilando y yo los visitaba. Su mujer también es una gran plástica.

-Hablando de historietas, resulta un acontecimiento la reedición de El Eternauta con prólogo tuyo.

-Con prólogo mío y artículo también de Juan Sasturain. Era una deuda editorial lanzar una edición donde esté cuidada la reproducción al detalle y reconstruidos aquellos momentos de relatos que tal vez estaban borroneados, etcétera. Me parece notable en ese sentido el libro. Por otro lado, porque El Eternauta se puede leer como una gran novela argentina, como se puede leer el Martín Fierro.

-Exacto, ya con categoría de clásico.

-Cambiemos la palabra novela por relato. Hablemos de relatos fundacionales, así como pensamos el Facundo o el Martín Fierro, al que Borges definía como la primera gran novela argentina.

-¿Qué cualidades específicas le atribuís a El Eternauta?

-El Eternauta tiene esa calidad profética donde la aventura que vive un pueblo colonizado y su resistencia se lee como anticipo de lo que iba a ocurrir en la negra noche de la dictadura.

-Por eso fue buenísimo que lo reeditara Planeta. Y ahora hay que esperar la serie que vienen anunciando.

-¿Viene la película el año que viene? No estaba al tanto.

-No es una película, supuestamente, sino una serie. Está entre los proyectos algo demorados de Netflix. Seguimos esperando.

-Yo creo que es un texto imposible de adaptar. Me parece. ¿Viste que decimos a menudo que es mejor la novela que la película? Es como un lugar común decirlo. El Eternauta tuvo muchos intentos. Me acuerdo de que en los años ochenta, cuando estábamos con Carlos Trillo, nos llamó un director de televisión, que quería encararla. Incluso había apalabrado a alguna productora norteamericana. Quería realizarlo en Estados Unidos reemplazando la cancha de River por Central Park.

-Toda una proyección internacional…

-Después hubo otro intento de parte de Aristarain. Hubo otro proyecto con otro director argentino y también creo que estuvo ahí detrás Lucrecia Martel.

-¡Qué nombres!

-Sí, nombres importantes. Pero El Eternauta plantea problemas no solo de producción, digamos, por el despliegue que implica, sino también ideológicos, estéticos.

-¿En qué sentido?

-Veamos… ¿cómo se hace la internacionalidad que ganó El Eternauta? No fue deliberada. Entonces, cuando se hace algo con una intención deliberada en este caso, se pierde la identidad de la obra. Me parece. Arriesgo una opinión, hablando tal vez al cuete porque, por ahí, lo que se hace es una gran producción. Pero los gringos acostumbran mucho a trabajar en este sentido. Habrá que ver.

-Ya que mencionaste a Lucrecia Martel, si ella se atrevió a adaptar Zama al cine, bien se puede intentar con El Eternauta, ¿no?

-Sí. Es una adaptación complicada. No desacredito la obra de Lucrecia. Me parece una película muy interesante. Pero si ponés al lado el libro, se te cae la película. Son muy contados los casos. Por ejemplo, el Juan Moreira, de Favio, es una excepción.

-Pero, en este último caso, no tenés una obra maestra literaria detrás.

-Claro. Tenés una obra literaria maestra como Guerra y paz, de Tolstoi. Fijate todas las versiones que se han hecho. ¿Con cuál te quedás? Hay muchas. Es muy difícil.

-Pasa también con García Márquez, ¿no? Sobre todo, con Cien años de soledad.

-¡No quiero ni pensar lo que puede llegar a ser!

-Teniendo en cuenta que estás en plena actividad, ¿qué viene ahora? ¿Cuál es el próximo Saccomanno literario?

-Ahora Planeta armó una “colección Saccomanno”. Lo digo con modestia, si cabe (ríe). Estoy muy contento.

-¿De qué consta la colección?

-Reeditan en febrero La lengua del malón, en abril/mayo sacan El buen dolor; en junio, a mitad de año, van a publicar una edición voluminosa de cuentos reunidos. Después, más adelante, en el segundo semestre, va a salir Un maestro.

-¿Y mientras tanto?

-Mientras tanto tengo algún libro inédito, también, por contrato, ya terminado.

-¿Por qué por contrato?

-Porque yo no contrato un libro si no lo tengo terminado. E iremos viendo. No me animo a hablar de lo que estoy escribiendo porque uno nunca sabe si convencerá o no convencerá; en primer lugar, a uno.

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