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La dura historia de una estudiante y 20 mendocinos varados en Nueva Zelanda

Editado por Raúl Adriazola
adriazola.raul@diariouno.com.ar

Las historias de los argentinos varados en el exterior -incluso dentro del propio país también- por la pandemia mundial de coronavirus son ya constantes, y desde el gobierno nacional se han hecho esfuerzos para repatriarlos. Pero hay un muy grande grupo de compatriotas que está perdiendo las esperanzas de poder volver, debido a que no están ni en Europa ni en en el continente americano. Son más de 350 y han quedado anclados en Nueva Zelanda, donde fueron a trabajar, y 20 de ellos son mendocinos.

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Hay una historia especial, y es la de la joven María Bernadita Clement, que como buena estudiante de enología, fue a trabajar la temporada a una bodega neocelandesa para adquirir experiencia, y la cuarentena no le permite retornar. Tiene aún trabajo, pero sólo por dos semanas, y cuando este contrato termine, se vence su work visa. No tiene respuestas ni desde el gobierno, para un vuelo de repatriación, y tampoco desde el ámbito privado, ya que no habrá vuelos hasta el 1 de septiembre.

La mamá de Bernardita escribió una emotiva carta para hacerla llegar a los medios, donde se destaca lo que ella llama la "invisibilidad" de estos argentinos en un destino tan poco frecuente como ese país de Oceanía.

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Esperando respuestas para volver

"Vine con una work visa por seis meses con un contrato para trabajar exclusivamente en una empresa, si la empresa te despide o se termina el contrato, no se puede trabajar en otro lado. Yo tenía vuelo de retorno para el 3 de mayo, y me lo cancelaron 10 días antes, por lo que estoy varada aquí", contó Bernardita, que trabaja en forma temporaria en una bodega de la ciudad de Blenheim, al sur de Nueva Zelanda.

"Estamos varados desde hace dos meses sin ningún tipo de ayuda de nuestro gobierno. La poca ayuda que tenemos es del gobierno de Nueva Zelanda, que no tiene por qué hacerlo. Tenemos versiones que dicen que no mandan un vuelo porque somos muy pocos y no llenamos un avión, cuando en realidad somos más de 350 y sí lo llenamos" "Estamos varados desde hace dos meses sin ningún tipo de ayuda de nuestro gobierno. La poca ayuda que tenemos es del gobierno de Nueva Zelanda, que no tiene por qué hacerlo. Tenemos versiones que dicen que no mandan un vuelo porque somos muy pocos y no llenamos un avión, cuando en realidad somos más de 350 y sí lo llenamos"

María Bernardita Clement, estudiante varada en Nueva Zelanda

"Me vine cuando desde el Ministerio de Salud decían que el virus no iba a llegar a Argentina. Tres semanas después que llegué, el virus se declaró en Argentina y también en simultáneo acá. Pude seguir trabajando, se controló bien todo y la situación está mejor. Pero yo y los otros 20 mendocinos, a los que se incluyen 350 argentinos, con mucha gente mayor, de riesgo, y otros que se han quedado sin trabajo no podemos volver", expuso la mendocina, que agregó: "También hay algunos que han venido de vacaciones, y con el 30% de impuesto puesto en Argentina (para compras en dólares) nos está costando mucho poder comer o tener donde alojarse", relató con angustia la estudiante de 4° año de enología en la facultad Don Bosco Mendoza.

"En mi caso me quedan dos semanas más de trabajo, pero se termina y es un lugar muy caro para vivir, y del gobierno no tenemos absolutamente ninguna respuesta. Eso es lo más triste, que la embajada no hace ya nada, sólo saben decirnos que tengamos paciencia y que están armando un vuelo, pero esto lo vengo escuchando desde hace dos meses", detalló la estudiante mendocina.

Al no tener respuesta por parte del gobierno argentino, se intentó una solución en el ámbito privado. "Llamamos a Latam, que es la única empresa que vuela a Argentina y dicen que hasta el 1 de septiembre no pueden volar al país porque el gobierno no lo permite. Y de un vuelo de repatriación, no hay ninguna noticia", explicó Clement para concluir.

La desesperada carta de una madre

"Cuando era chica creía que era maravilloso ser invisible. Jugaba por horas a imaginar un mundo curioso donde la gente no me veía. Cuando crecí, aprendí que eso no era posible. Hoy tengo 56 años y la vida me enseña que si se podemos ser invisibles, y que ya no es parte de un juego, sino más bien, una pesadilla.

Mi hija se llama María Bernardita Clement, estudia enología en la Facultad Don Bosco de Mendoza. Actualmente cursa 4to. Año de la carrera. Es dedicada, muy buena alumna. Como cualquier chico o chica que estudia enología, tiene la opción de ir a trabajar y hacer vendimia en cualquier otra bodega del mundo que los acepte. Esto les permite a los estudiantes adquirir conocimientos muy valiosos y además vivir una experiencia relevante para sus antecedentes laborales y su futuro desarrrollo profesional. Así fue, como ella, el año pasado trabajó durante la vendimia en Bodega Rutini (en nuestra provincia). Para este año se propuso una gran meta: trabajar en la vendimia de otro país. Buscó durante meses y meses, envió muchas cartas, realizó muchos trámites, participó de muchas entrevistas, y al fin, en octubre de 2019, la contrataron de una bodega muy importante de Nueva Zelanda. Era un contrato laboral desde febrero a mayo de 2020. Debía volver a Mendoza en los primeros días de este mes para continuar con sus estudios universitarios.

La pandemia llegó. Luego vino todo lo que ya se imaginan: pasaje cancelado, falta de respuestas, incertidumbre, etc. Desde hace dos meses Bernardita está tratando de volver a casa sin éxito. Su pasaje fue cancelado hasta el mes de setiembre y no hay nadie que la ampare. Hoy se convirtió en uno de esos miles de argentinos viviendo este infierno. El infierno de un mundo que arde con ellos lejos de sus casas, el infierno de no saber cuando podrán estar cerca de sus seres queridos, el infierno de que la plata no va a alcanzar, el infierno de sentirse desprotegidos, el infierno de sentirse solos, el infierno de sentir que los argentinos no podemos hacer que nuestros compatriotas vuelvan a nuestra casa, el infierno de sentir que su propio país los ha olvidado, porque en su país, lo único que les dicen es: “tengan paciencia”. Los han olvidado porque les comunican que actualicen sus seguros de salud como puedan, sin siquiera preguntar si tiene esa posibilidad. Los han olvidado porque no les ofrecen techo, ni comida, ni nada. Los han olvidado porque aunque parezca impensable, siguen pagando un impuesto del 30% en todos sus gatos.
Hay miles de argentinos (si si, más de 20.000) varados en el exterior. Los vuelos de repatriación salen desde Miami, Barcelona, Madrid y Cancún. A cualquiera que mire un globo terráqueo o un mapamundi le queda claro que si solo tenemos en cuenta estas zonas para traer a argentinos, nos queda una enorme cantidad del planeta excluida. Nadie los tiene en cuenta, nadie los protege, son “invisibles”. No hay vuelos de repatriación desde Nueva Zelanda, y tampoco dicen que vaya a haber. Ese país, tiene un control muy bueno del virus, con muy pocos casos y sin circulación comunitaria. Con lo cual, desde el punto de vista epidemiológico, es aún más injusto y doloroso.


Mi hija tiene epilepsia y actualmente se encuentra en tratamiento farmacológico, lo cual le permite hacer una vida normal. Pero obviamente, requiere estudios, controles y medicación. Esta es la historia de mi hija, pero además de Bernardita, hay más de 300 argentinos varados en Nueva Zelanda. Es injusto que el gobierno argentino no piense en ellos, no los ayude, los haya convertido en personas “invisibles”.

¿Es tan loco pensar que un avión pueda traer a casa a nuestros hijos e hijas, a padres, madres, hermanos, hermanas, a maridos o esposas, que necesitan volver y dejar de ser “invisibles”?.

Así se comunicó Marcela Sosa Escalada, la mamá de Bernardita, pidiendo "visibilizar" a su hija y otros compañeros de desventura, que están varados en el otro extremo del mundo, por la pandemia mundial del coronavirus.

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