Historias del Este mendocino

Curandero Nicolás Zapata: a más de 40 años de su muerte, sigue sanando a sus vecinos

Hace ya muchos años, quizás nadie recuerde exactamente cuántos. La memoria no retiene datos innecesarios porque prefiere reservar lugar para aquellas vivencias que han emocionado, que han conmovido, que influyen en el resto de la vida. Nicolás Zapata murió hace más de 40 y nació hace más de 100. Entre medio ejerció, sin cobro alguno, su don de curandero en el amplio territorio del extremo este de Mendoza, allá por La Dormida y más allá también. Y todavía hoy sigue ejerciéndolo desde su tumba del cementerio antiguo y olvidado de su pueblo.

Te puede interesar: Caso Sebastián Prado: perpetua para un acusado y libertad para el otro

Allí, frente a su lápida y solo con la ofrenda de unas flores o una vela, sumadas a un padrenuestro, don Nicolás Zapata cura ojeaduras, empachos, culebrillas, verrugas y alguna que otra peste terrenal. Y así, como todo culto popular, sus agradecidos le dejan alguna ofrenda, alguna plaquita, algo.

Luisa Plácida Correa tiene 85 años y un recuerdo. "Era el hermano de mi suegra, Brígida Zapata", dice.

Doña Luisa vive en La Dormida pero antes, casi siempre, vivió en una finca de Gobernador Civit, un paraje más o menos cercano también dentro de Santa Rosa. "Nicolás Zapata vivía bastante lejos. Me acuerdo que teníamos como una hora y media de viaje en sulky", relata.

El hombre tenía algo de ganado y vivía de él "además de algunas changuitas que hacía", recuerda doña Luisa.

 Embed      

Tenía ojos claros, era más bien alto, no tuvo hijos y estaba casado con una mujer, María, bastante mayor que él. "La atendía bien, se veía que se llevaban muy bien", asegura.

 Embed      

Con el tono cascado de sus 85 años, la mujer recuerda que la primera vez que vio al curandero fue porque "yo llevé a mi Luisito (su primer hijo, que ahora tiene 67 y que sigue siendo Luisito pero que entonces tenía dos) ha curarle algún empacho".

Y, para certificar la idoneidad del manosanta, Luisa cuenta que fue testigo de algunas curaciones notorias. "También curaba los animales que estaban agusanados. Un día le llevaron un caballo lleno de gusanos. No sé qué palabras dijo pero, cuando le habló al caballo, comenzaron a caérsele los gusanos y le dijo al hombre que lo había llevado: 'Váyase, que su caballo va a llegar sano a su casa'", dice.

 Embed      

La fama de Nicolás Zapata creció de boca en boca y siguió creciendo aún después de muerto, porque el hombre perdió la vida pero no sus dones. Los necesitados de sus favores siguieron yéndolo a ver a su tumba y el espíritu de Zapata continuó haciendo lo que sabía hacer.

"Yo me hice curar en su tumba", dice Diego Maures, uno de los nietos de Luisa Plácida Correa. "Tenía verrugas en una mano, en todos los dedos. Yo habré tenido como unos 20 años (ahora ya tiene 20 más) y mi nona me dijo que fuera a su tumba un lunes, le prendiera una vela y le rezara un padrenuestro. Fui y, de un día para otro, las verrugas desaparecieron", dice.

Muchos de los vecinos de La Dormida van a visitar el viejo y semi abandonado camposanto para curarse de alguna cosa. También va gente de todo Santa Rosa, de La Paz "y de otros lados, incluso de la ciudad de Mendoza, porque uno le recomienda que pasen a verlo a Nicolás Zapata cuando tienen alguna cosa de la que curarse", añade doña Luisa.

Y allí Zapata hace lo que debe. Para eso vino al mundo y para eso se fue de él.