Cristina Pérez (San Miguel de Tucumán, 1973) admite que hoy está transitando el momento “con más voz propia” de su carrera como periodista, actriz y escritora.
Cristina Pérez, bajo el influjo samurái de Tomoe Gozen "por su temple para seguir adelante entre tantas vicisitudes"
Escritora, actriz, periodista y pareja de Luis Petri, Cristina Pérez es la autora de Mujer samurái, novela en la que conlfuyen aspectos biográficos y mitos
Sobre todo, como escritora: “Digamos, es el momento en el que más dueña de mi propia historia me siento”.
Tal presencia de ánimo la llevó a zambullirse en la historia de Japón, uno de sus fervorosos amores, tanto como la vida y la obra de Shakespeare.
Allí, en el siglo XII, entre las batallas de clanes para dominar la realidad feudal e imperial, se le impuso la figura de Tomoe Gozen, “la más célebre guerrera de Japón”, a quien una porción del país enaltece bajo un aura de leyenda, mientras la otra parte se empeña en ignorarla.
Mujer samurái es la novela de Cristina donde confluyen el aspecto biográfico y el mito, los códigos férreos del honor y las más pedestres ambiciones humanas, el rico cuadro cultural del Oriente y un velado, sutil, homenaje a Borges.
Para un guerrero de aquella época, ser ultimado por una mujer era el horror total. Le impedía, para siempre, acceder a la Tierra Pura del Más Allá.
Consciente de esos poderes, nuestra colega, en pareja con el diputado mendocino Luis Petri desde hace unos años, muestra sus cartas y enarbola su espada, desde Buenos Aires, donde vive y trabaja, en el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Cris, buen día.
-Qué lindo volver a encontrarnos. Tengo tantos gratos recuerdos de cuando presentamos mi otro libro (Tiempo de renacer), que esta es casi como otra presentación.
-De eso se trata, de retomar el diálogo. Vamos hablar enseguida del Japón feudal del siglo XII, pero, ante la inminencia de los Oscar y siendo Hamnet una de las películas favoritas, no podía dejar de consultar tu opinión. Si hay alguien especialista en Shakespeare en el país, esa sos vos.
-Para mí es una maravilla lo que logró Maggie O'Farrell con su novela Hamnet porque, documentalmente, históricamente, no hay prácticamente nada. Es decir, lo que debe existir de Hamnet, el hijo de Shakespeare, son hipótesis.
-¿De qué tipo?
-Hipótesis de cómo podría haber sido su fallecimiento. Y después, obviamente, que William Shakespeare tuvo tres hijos: Susana, la mayor, y unos mellicitos.
-Un tema que no siempre se pone sobre la mesa.
-Si ustedes repasan Shakespeare, van a encontrarse con que hay muchas de sus obras teatrales que hablan de hermanos que se reencuentran. Por ejemplo, Noche de reyes. Ahí vemos que él, en sus historias, de alguna manera trató de curar el dolor o de expresar el amor por sus hijitos, por los mellizos, que habían sido separados por el mar de la vida.
-Buen indicio, a fin de cuentas.
-Cuando advertís que Shakespeare hace reencontrar a hermanos, tal vez tenés un dato biográfico, algo que tampoco abunda. Pero dicho esto, ella asume como propia la hipótesis de que el pequeño Hamnet muere, como se sabe, a los once años, como consecuencia de la peste, es decir, del factor singular que más impactó en la vida de Shakespeare y sus contemporáneos.
-Exacto, un factor decisivo en aquel tiempo.
-Para que vos tengás una idea, el mismo día, el mismo año en que nace Shakespeare, en el registro de nacimientos de Stratford-upon-Avon, te vas a encontrar con una inscripción al costado de la fecha que dice: aquí empieza la plaga. Ese año Shakespeare tuvo suerte, como bebé recién nacido, de sobrevivir, porque la población de Stratford-upon-Avon se diezmó.
-Tremendo dato.
-Murieron, se diezmaron las familias, prácticamente la mitad de las personas fue afectada por la plaga. Entonces vos tenés este vendaval que en la época adulta de Shakespeare hacía cerrar teatros o generaba cuarentenas como las que nosotros vivimos durante la pandemia. Y habría sido el mismo factor que, en un momento determinado, pero estando él en Londres, lejos de su familia, le lleva la vida al nene.
-Un factor donde se apoya el argumento.
-Lo que Maggie O'Farrell cuenta en ese libro es cómo habría sido el proceso de vivir la peste por parte de un niñito y las características que habría tenido esta madre, la mujer de Shakespeare, de la que conocemos bastante poco también. Y le agrega un poco de cuestiones místicas y, si se quiere, sobrenaturales.
-¿Cómo dialoga Hamnet, sobre todo el libro, con tu novela La dama oscura (2021)?
-Hay dos cuestiones ahí. Primero, que yo tomo la noticia de la muerte de Hamnet como un momento que lo hace dejar todo en Londres a Shakespeare. Y, por lo tanto, queda en crisis la relación con Æmilia Bassano que, por otro lado, ahí se entera de que él tiene familia.
-Claro, Æmilia era su amante secreta.
-Entonces, eso genera una crisis entre ellos, una primera ruptura, un primer engaño.
-¿Y la otra cuestión?
-La otra cuestión es muy importante. Y es cuando la gente dice: ¿Hamnet tiene algo que ver con Hamlet?
-¿Y? ¿Tiene o no tiene?
-Biográficamente no, porque Hamlet fue un príncipe que vivió en el siglo XII en Dinamarca. Tiene que ver, sí, en cómo se escribe. Hay una letra de diferencia.
-Además de eso, ¿qué?
-Pero también tiene que ver con el hecho de que Shakespeare escribe Hamlet después de la muerte de Hamnet. Entonces se piensa que él estaba interiormente en un estado de duelo, de dolor sombrío, y quizás pudo ser el momento perfecto para interpretar al príncipe de Dinamarca, que no solamente tenía la angustia de haber perdido a su padre, el rey, sino que veía cómo el reino había sido tomado por su tío, casado de golpe con su madre. Y él vivía esto como una extrema traición. Ahí es donde aparece el fantasma de su padre, el viejo Rey Hamlet. Por lo tanto, si querés, hay formas en que se cruza una historia con la otra.
-Entrando específicamente en materia, sorprende de vos, Cristina, como escritora, la amplitud de realidades que abordás. Has escrito sobre el mundo de Shakespeare, sobre la Argentina del 2026, luego te fuiste al siglo XV de Botticelli en una trama de reencarnaciones y ahora te metés en el Japón del siglo XII. ¿Cómo hacés para cambiar el chip y la cabeza tan rápido?
-(Ríe) Tengo que ser muy modesta y justa, porque vos sos muy generoso. El punto nuclear del libro El jardín de los delatores es la intimidad de una investigación periodística y el crimen. Y con respecto a los dos libros de historias de mujeres que abarcan el Renacimiento, hay una línea conductora que tiene que ver con la época desde lo histórico.
-Una de tus pasiones.
-Es algo que yo ya tenía investigado por Shakespeare, por mis estudios sobre literatura inglesa. Entonces tuve que ampliar ese estudio, profundizarlo, llevarlo a Italia o bien ahondar en algunas cuestiones biográficas en Londres con La dama oscura. Pero no era una entrada a un mundo desconocido.
-De acuerdo. ¿Y ahora?
-Tampoco es una entrada a un mundo desconocido el acervo histórico y cultural de Japón, porque es algo que yo vengo siguiendo desde hace unos vente años.
-Lo tenías muy vivo adentro de vos, digamos.
-Lo que pasa es que, por ahí, lo que venís siguiendo madura cuando encontrás una historia que tenés ganas de contar. De pronto, confluye todo lo que venías investigando, sabiendo, profundizando y lo podés aplicar.
-El momento del arranque efectivo.
-Por lo tanto, te diría que no es un chapuzón que uno se da para escribir una novela, sino un camino largo, que en todo caso adquiere significado.
-La narración de algún otro libro tuyo, pero, en especial, de Mujer samurái, está matizada por diversos poemas que redondean el significado de algunas escenas. ¿Son tuyos o los tomás del acervo tradicional?
-En efecto, son míos. ¿Y sabés lo que más me emociona de esos pequeños poemas? Que surgieron, prácticamente, tan espontáneos como perfectos.
-¿Por qué? ¿Qué los hizo aflorar?
-Porque surgieron en el fluir de la escritura. Y yo, lo que buscaba, era hacer un eco de la obra en la que más me basé, El Cantar del Heike.
-Lo nombrás al principio. ¿De qué se trata?
-Es una crónica de guerra, un libro literario bélico que se utiliza para tratar de desentrañar la historia de esa guerra civil en la que está basada el libro. Y ahí había muchos pequeños poemas.
-¿Cómo te movilizaron?
-Dije: para hacer una sonoridad con esa obra, yo voy a hacer pequeños poemas. Lo que nunca me imaginaba era que iba a sentirme tan a gusto con la textura de esos poemas.
-¿Qué textura?
-Son poemas escritos como en suspensión, como en una levitación, como entre el asombro, el deleite y la angustia, con ese sentimiento por la mitad que tiene todo lo que es japonés. Porque en lo japonés vos encontrás la elevación, el dolor, el regocijo y la incertidumbre en la misma línea. Y te preguntás: ¿cómo hace esta gente?
-Por lo tanto, te zambulliste de cabeza.
-Eso es lo que me gustó de poder escribir esos poemas, porque sentí que pude llegar a esa especie de blend de emociones.
-De ahí la pregunta, porque ese aporte suena muy japonés, muy a tono con la historia que se va desarrollando. No es sencillo lograrlo, ni siquiera en la brevedad de un haiku.
-Vos dijiste haiku. Los pequeños poemas que yo escribo no son exactamente eso porque el haiku tiene una rima de cinco, siete, cinco sílabas. Borges escribió diecisiete haikus que yo amo. "En el desierto/ acontece la aurora./ Alguien lo sabe". Este es de Borges.
-Pero te fuiste levemente por otro lado.
-En mi libro hay resonancias con Borges. Hay una página en donde se nombra a un poeta ciego y está como en un juego traducido el nombre de Borges. Pero nadie se dio cuenta.
-Hay que estar muy atentos para advertirlo, sí.
-Y después hay un samurái que es mencionado en este libro, el General del Sol Naciente, Minamoto Kiso Yoshinaka, cuyo cuerpo, en parte, está enterrado en un templo, en las afueras de Kioto, llamado Gichji.
-¿Por qué una parte de su cuerpo?
-Porque hay partes, como la cabeza, que se llevaron sus enemigos. En fin...
-¿Qué más hay ahí?
-Al lado hay una tumba de homenaje a Tomoe Gozen, que es la mujer samurái.
-¿Y por qué ese homenaje?
-Porque se dice que una mujer extraña lo cuidó hasta sus noventa años, pues ella lo sobrevivió todo ese tiempo. Pensá que él muere a los treinta y uno.
-Una pareja de leyenda.
-Y si vos caminás un poco más hacia adelante, está la tumba de Bash, el gran poeta del haiku de la lengua japonesa, que era tan apasionado por este samurái, tenía tanta admiración por él, que pidió en su testamento que lo enterraran a su lado.
-Tomoe, como señala la tapa de tu libro, es la guerrera más célebre de Japón. Pero su historia está algo velada. ¿Cómo fue tu proceso de reconstrucción?
-Si vos hoy te tomaras un avión, fueras a Japón y, luego de aterrizar en Tokio, tomaras dos trenes, uno de ellos rápido, hasta algún punto de transbordo; y luego tomaras otro tren, que no sea bala, porque no llega tan alto en las montañas, hasta el Valle de Kiso, no tendrías dudas de que Tomoe vivió.
-¿Por qué? ¿Cuáles son los testimonios?
-Porque te encontrarías con sus estatuas, con las tumbas de las familias de ambos guerreros, con los templos en el lugar donde levantaron su bandera y no me estarías haciendo esta pregunta. Pero yo entiendo este interrogante, que es occidental, porque si uno busca en Google, va a encontrar que la historia es difusa.
-Justamente.
-Entonces, basta ir al Valle de Kiso para darte cuenta de que Tomoe sigue viva. Ahora, si vos fueras al sur de Tokio, donde estaban los samuráis que fueron sus rivales, te contestarían que ni conocen el nombre.
-¡Qué notable!
-Ahí te darías cuenta de que esta la rivalidad de El Cantar del Heike, de la guerra civil japonesa del siglo XII, está viva. Pero, por supuesto, hay muchos lugares, lugares concretos de Japón, donde está marcado el paso de Tomoe.
-¿Y por qué las ambivalencias?
-Es que, tantos cataclismos mediante, y con la historia oficial siendo un tema solo propio de los gobiernos o de quienes detentaron el poder, no vas a tener los registros que pueden existir a partir de la escritura de la historia profesional. Pero cuando te ponés a hurgar, el hecho de que su historia tenga todavía la fuerza de la instalación folclórica y estos resabios de huellas en lugares concretos, en templos que existen desde hace 800 años, ahí la cosa cambia.
-¿Qué sería sustancial ahí?
-Tenés, sobre todo, ese capítulo de la crónica del Heike, donde dice de ella que era una guerrera sin par, que valía por mil hombres, que era capaz de pelear con un dios y con un demonio.
-Los escritores no eligen a sus protagonistas porque sí. Vos has puesto el foco en la guerrera samurái. ¿Por qué? ¿Qué tenés de Tomoe Gozen?
-Yo me encontré con este párrafo que acabo de compartirte un poco a capela y dije: quiero saber quién fue esta mujer.
-Un flechazo, digamos.
-Cuando estaba escribiendo el libro, por primera vez en la historia, Japón elige a una primer ministro (Sanae Takaichi), algo que me hizo decir: ¡es una primer ministro samurái!
-¿Por qué?
-Porque ya está parándose ante los chinos y ahora va a elecciones. Entonces yo me decía, mirá cómo resuenan las cosas, ¿no? ¿Por qué, desde el pasado insondable, vino la voz de esta mujer y yo escribí esta historia?
-¿Pero qué hay de vos en ella?
-A mí, lo que me refleja una mujer como esta, pero por toda su vida, no sólo por el tramo que yo trato de contar, es su temple para seguir adelante en medio de tantas vicisitudes. Las mías son ínfimas al lado de las de ella. Pero yo soy una persona que cultiva mucho el temple.
-¿Cómo es eso?
-Mi vida ha sido de un vértigo y de una cantidad de vivencias que sólo puedo agradecerle a Dios. Tempranamente tuve que tomar muchas decisiones porque trabajo desde niña.
-¿Cómo se afronta una cuestión así?
-Hay algo de uno en cuanto a que, si no trabaja el temple, la disciplina, la preparación estoica para la frustración, para lo que sale bien y lo que sale mal, para tener antídotos ante el exitismo y también ante el fracaso, no se aguanta.
-Te aplasta.
-Por el ritmo que uno lleva. Y ni te digo si venís del interior a la Capital. No para todos los que nacimos en la provincia es algo lindo. Yo tengo muchos amigos que han venido a Buenos Aires y se han vuelto corriendo. Por eso podría decirte que me inspira, más que me refleja, el temple de esta mujer.
-Hablando del monje ciego, hay una frase suya en tu libro muy apropiada para trasladarte. Dice: "La vida cuenta con un solo momento, el momento en que un hombre sabe para siempre quién es". ¿Te ha llegado ese momento?
-Ahí le hice decir al monje ciego, que cifradamente es Borges, una frase de Borges. ¿Me estás preguntando a mí si me llegó ese momento?
-Sí. La pregunta es si sabés quién sos.
-Yo creo que estoy en un momento de esos que describe Borges. Esto lo dice él en la "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz". Pero si vos vas al poema de Borges sobre Laprida, que fue su antepasado, ahí habla de la cifra final.
-¿Cuál es?
-Él considera la cifra final la muerte de una persona y dice que ahí se sabe cuál fue su hora más importante. Entonces, yo creo que la hora más importante o la hora definitiva, quizás la sabemos cuando la historia termina. Pero, en mi caso, me siento en el momento con más voz propia. Digamos, es el momento en el que más dueña de mi propia historia me siento, ¿me entendés?
-Es cuando más dueña de vos misma te sentís y eso se nota. Pero más que por tu semblante en la tele, es cuando hablás en la radio. En la radio, la voz de cada uno no permite ocultar nada.
-Es así. ¿Sabés que la radio, para mí, te va esculpiendo? Te ayuda. Te ayuda a ser mejor persona porque vos ponés todo. No podés fingir. En un silencio te quedás al descubierto. Por ejemplo, venís hablando con amor y ponele que sea falso. De golpe, en un silencio se nota la transición. Se nota si eso era verdad. Al oyente no le mentís. Te saca la ficha.
-Otro contenido que manejás mucho, porque está en el corazón de tu historia, es el bushido, el código de honor de los samuráis. Los personajes centrales reflexionan todo el tiempo en torno de esto. Ahora... hay tanto honor en tu libro y tanta falta de él en el mundo contemporáneo, ¿no?
-El honor y el coraje son dos de mis temas favoritos. Y cuando entrás a la cultura japonesa te emociona porque, en el caso de los samuráis, hoy su código de honor está sublimado a una especie de filosofía un poco entrelazada con la filosofía zen, que por ahí nos haría acordar de los estoicos. Pero para un guerrero la línea de la vida era el filo de la espada.
-Era lo que les tocaba en ese momento.
-Ellos todo el tiempo estaban jugándose vivir o morir. Entonces sabían que el momento definitorio de su vida era su muerte y tenía que ser honorable. Y eran capaces de quitarse la vida para no perder el honor.
-Mediante el seppuku...
-Pero vos fijate que, si te vas a la cultura de los indios quilmes que, si yo no mal entiendo, son los primeros pobladores del territorio argentino…
-Venidos del Norte.
-El otro día, justamente, estuve en Tucumán, en las ruinas quilmes. Pues bien, esos indios, a quienes los conquistadores españoles los hacen caminar hasta la reserva de ese nombre en Buenos Aires y muchos de ellos muriendo en el camino por las condiciones de esa marcha de la muerte, prácticamente; muchos de ellos, cuando llega el conquistador a la montaña, preferían arrojarse al vacío y no ser conquistados. O sea, preferían dejar la vida y no la libertad o la dignidad.
-Muy buena relación entre dos tiempos y culturas diferentes.
-Vemos como un valor de los tiempos de guerra que existía el honor jugándosela hasta la misma finitud. ¿Y por qué te tomo dos culturas tan impares? Porque es interesante la reflexión sobre el honor. ¿Qué hace una persona para ser capaz de dar la vida? Para que tenga sentido la guerra que es, en la práctica, morir, primero, probablemente, por una trascendencia que, en el caso de los japoneses, está.
-¿Cuál es esa trascendencia?
-Ellos sabían que, si se morían de esa manera honorable, iban a la Tierra Pura del Más Allá. En cambio, si no, iban a ser condenados. O sea, está este sentido que trasciende el plano de la vida.
-Respecto de tu rescate de los quilmes, en septiembre entrevistamos a Andrés Bonatti, autor del libro Mitos, leyendas y verdades de la Argentina indígena, y nos contó exactamente lo que vos decías de ellos.
-Mirá vos. A mí me encanta todo eso porque es de mi tierra. El lugar donde mi corazón estalla de amor es Tafí del Valle. Me acuerdo de que con Luis (Petri), cuando fuimos ahí, le dije: mirá, mirá, esto también nos une porque parece que los quilmes llegaron cruzando por Mendoza (risas).
-Entre tantas otras cosas en las que profundizaste para tu libro, están las enseñanzas de Confucio. Él señala cuáles son las cinco virtudes: benevolencia, justicia, compostura ritual, sabiduría y sagacidad. Hay algunos de nuestros dirigentes que solo tienen sagacidad, como uno de los guerreros de tu historia, ¿no?
-¡Fijate qué metas espirituales! No te alcanza una vida para lograrlas, porque el ser humano es una historia que se escribe. Entonces, la sagacidad se juega en cada hecho donde tengás que aplicarla; la sabiduría, en cada minuto, en tu estado del alma.
-Dificultoso camino, pero es una guía.
-Ahí te encontrás entrelazado en forma permanente todo lo que es Oriente, porque obviamente es una época donde a Japón habían llegado influencias chinas, influencias coreanas. Hay toda una discusión ahí.
-Una transferencia que parece inevitable, por otra parte.
-Por eso, incluso, se dice que uno de los generales, que había viajado a China, recibió de alguna manera el aprendizaje del Sun Tzu. Pero es una filosofía muy universal, porque hoy podemos hablar de esas virtudes o agarrar a Aristóteles y pensar en ellas.
-Se trata de escuchar a los maestros...
-Sigue siendo probablemente la esencia de lo humano, la posibilidad de escalar el espíritu hasta las virtudes.
-Antes de cerrar, convendría reforzar un concepto del que hemos venido hablando. Tomoe Gozen se destacaba por ser una gran jinete y por el uso de la espada. Pero ella se dice a sí misma: "Me temerán más que un hombre, porque al que mata a una mujer no lo espera la Tierra Pura del Más Allá sino el deshonor total". Aquí se concentra el poder de su figura.
-Los samuráis se reconocían, a veces, a lo lejos, por el color de la armadura o el cuero, por el plumaje, por la cresta del casco, por los adornos, que podía ser un águila o un dragón, cuando venían a toda velocidad y un choque estaba precedido por muy pocos segundos o minutos. Imaginate el terror de un samurái que reconocía a esta mujer, sabiendo que ella era temible y una guerrera sin par y que si lo mataba no iba a la Tierra Pura del Más Allá. ¡Hay una batalla en donde ella sola se lleva siete cabezas!
-Lo cual era el fin del mundo para esos guerreros.
-Entonces, claro, su general y su marido o concubino, porque, sin duda, el amor de la vida de cada uno de ellos fueron ellos mismos; imaginate que él fue muy inteligente y muy desprejuiciado.
-¿Por qué lo decís? ¿En qué sentido?
-Porque no le importó el prejuicio. No le importó que dijeran que una mujer no podía estar en ese lugar. Ese es el motivo, yo creo, por el cual ella termina oculta en la historia. Porque era una transgresión total.




